¡Con esto arriesgo demanda!(?)
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.:VI:.
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El domingo era el día en que se había programado la fiesta de los alumnos de pedagogía. Iván se levantó de buen ánimo por ello. En la planta baja Carlos ya estaba en pie, leyendo el instructivo de la nueva podadora que había adquirido.
— ¿La probarás?
— Sí. Más tarde veré si algún vecino quiere que corte el césped de su casa.
— Mucha suerte.
— Antes de que salgas quiero hacerte una pregunta.
— Claro.
— ¿Sabes si Hyung regresó a casa anoche?
— No.
— Con un carajo, ¿dónde se va ese hombre después del trabajo?
— Tal vez… fue a ver a su familia. Si se le hizo tarde allá, puede que le hayan ofrecido quedarse.
— No me consta del todo.
Muchos detalles sobre la vida de Hyung eran todavía un completo misterio. Aún cuando había sido el primero de los residentes en mostrarse más abierto y receptivo con Iván, rehuía las preguntas que se referían al trabajo, a sus compañeros de la universidad o su pasado familiar.
— ¡En fin, no te molesto más! Ve y diviértete.
— Gracias.
(***)
Aquél día era tan soleado como los del resto de la semana recién pasada, sin una sola nube en el cielo. Perfecto, tomando en consideración que la celebración incluiría una piscina al aire libre. El eslavo llevaba ropa de baño en su mochila por si le entraban ganas de meterse al agua, aunque la verdad, podía soportarlo. No le atraía demasiado la idea de que los demás alumnos de la universidad apreciaran sus piernas blancas, su abdomen fofo o sus brazos regordetes.
"¡Ojalá haya un sitio con sombra y mucho helado!" pensó Iván, mientras subía al autobús que iba en dirección al este de la ciudad. En una mañana holgazana como aquella, la gran mayoría de los asientos estaban vacíos. Eligió uno que daba a la ventana y dejó que su mirada se perdiera en los grises paisajes urbanos que el vehículo iba dejando atrás. Los parajes desconocidos hasta ese entonces, tristemente, no eran muy diferentes a los ya recorridos durante la semana. Pronto el ruso perdió todo el interés en observarlos, y todavía con los ojos fijos en el cristal, se fue meditando en todo lo vivido en su breve estadía en la capital.
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Había conocido las multitudes de autómatas que caminaban enfrascados pensando en sus problemas cotidianos o mirando la pantalla de sus teléfonos móviles, tan enajenados que poco les importaba impactar con quienes caminaban cerca de ellos o cruzar las calles cuando los automóviles –conducidos por otros autómatas- pasaban a toda velocidad. Perfectamente la muerte podría haberlos golpeado y ellos no habrían podido preverlo.
También había coincidido con un montón de gente que subía a los transportes públicos empujando como toros en una estampida, desde colegiales hasta cincuentones, sin importarles si acaso en su camino había niños pequeños o ancianos de complexión quebradiza. Todo con tal de hacerse con un lugar donde nadie invadiera su espacio personal.
Pensándolo bien, Carlos tenía razón al decir que en aquella ciudad era fácil estresarse, deprimirse y sentirse consumido por el ajetreo diario. De haber sido alguien 'normal' de esas que conformaban la muchedumbre de alienados, Iván no habría resistido ni un solo día de buen ánimo. Afortunadamente, era un joven al que le gustaba estar feliz, que deseaba que cada día valiera la pena, quería estar siempre sonriente. No solo se hacía bien a sí mismo, sino que también las personas que por casualidad detenían sus ojos sobre él y se contagiaban de su energía.
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Tenía experiencia. Quien pensara en él como un niño inocente que por haber vivido en un pueblo pequeño desconocía los pesares de la vida, se equivocaba. Iván también tenía una historia donde no habían faltado los momentos difíciles, a veces con problemas que se presentaban en forma de tentadoras oportunidades para dejarse caer y jamás volver a levantarse. Y cuando sopesaba como la mejor opción el darse por vencido, algo le devolvía la fuerza: su familia, sus sueños, su amor propio…
Iván podía no estar listo para enfrentar con total entereza los desafíos de la gran ciudad, pero su voluntad y la experiencia podían hacer que cualquier obstáculo, por infranqueable que pareciera, se convirtiera en una oportunidad de crecer, de hacerse fuerte y también de hacer el bien a los demás.
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Aunque fuera demasiado pronto para considerarlos sus amigos, los ocupantes de la residencial estudiantil a la que había llegado parecían ser la clase de personas que necesitaban de esa buena vibra para poder levantarse al día siguiente con un peso menos encima. Hasta ese entonces todos habían tratado de buscar alternativas en solitario, a menudo poco efectivas. En buena hora había aparecido en sus vidas.
"Tal vez he evitado que sucediera una tragedia", pensó feliz al recordar cómo Hyung se había reído de buena gana apenas había sacado parte de ese resentimiento por su pasado, o cómo Carlos se había emocionado al hablarle de su novia y el pequeño hijo que tenían, tras descargar algo de la ira que se había tragado hasta ese entonces. Y qué decir del alivio que mostró Yao al probar la comida casera del nuevo residente y ver que, lejos de ser un golpe a su paladar acostumbrado al gourmet, el platillo consiguió hacerle evocar un sinnúmero de hermosos recuerdos.
Si Kim Ly cedía a hablar con él acerca de sus penurias, ¿qué agradable sorpresa le daría? ¿Qué faceta se ocultaba tras la decepción de haber perdido un empleo estable en una de las zonas más ricas de la ciudad? ¿Qué clase de chica sería? Esperaba descubrirlo pronto.
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— ¡Mi parada! — exclamó, levantándose de un salto del asiento. Tocó al timbre de aviso al conductor, que con un bufido, se detuvo unos metros más allá del paradero que le correspondía. El joven ruso de bajó dándole las gracias al hombre al volante, que como era de esperarse, ni se molestó en responderle.
(***)
Tan pronto como llegó a la fiesta, el eslavo llegó a la rápida conclusión de que su estadía allí no se podría extender por mucho. Había llegado dos horas después de lo que estipulaba la invitación, y por lo menos una tercera parte de la concurrencia ya estaba ebria, algunos bailando y brincando sobre improvisados escenarios hechos con las mesas del local; otros más desplazándose confusamente en el agua de la piscina donde flotaban vasos de plástico, vendajes usados y algo amarillento que seguramente era vómito; el tercer grupo de beodos estaba imparcialmente diseminado por el suelo firme, inmersos en sus propios asuntos.
— ¡Bienvenido!
— ¡Eh, hola!
Un joven en vías de la borrachera se le acercó ofreciéndole un vaso lleno de ron de mala calidad que Iván rechazó con su mejor sonrisa.
— ¡Únete a la celebración!
— Gracias, eso haré.
Al darle la vuelta al recinto de festejo, el ruso distinguió varios aromas repelentes que competían en el aire: orina en las orillas cercadas y los muros externos de las edificaciones, mezclas de bebidas alcohólicas volteadas en las mesas, vómito reciente en el césped, y el hedor denso de la marihuana que envolvía a los grupos de jóvenes acostados en el suelo. Al pasar cerca de los baños –la única locación que debía apestar ahí- lo ahuyentaron los gemidos de las parejas que descaradamente intimaban de manera escandalosa en los cubículos.
Antes de irse de casa, Iván había sido advertido de que la vida universitaria era un caldo de cultivo perfecto para los excesos. No obstante, las dimensiones de lo que observaba excedían cualquier situación antes imaginada.
La visión de una muchacha completamente empapada de cerveza que bailaba despojándose de la parte superior de su bikini fue la alerta definitiva para que el ruso emprendiera la retirada. Se despidió de los pocos jóvenes sobrios que se cruzaron en su camino a la salida. Uno de ellos le invitó con tono cómplice a que compartieran un sobrecito de cocaína que, por supuesto, prefirió rechazar.
Una vez fuera, soltó un suspiro de alivio y esperó el autobús que lo haría volver sobre sus pasos.
(***)
— ¿Regresas tan temprano?
— Sí. No me sentía cómodo.
— A ver, déjame oler tu aliento.
— No te molestes. No bebí nada.
— ¿Qué es esa mancha en el borde de tu boca?
— Helado. Le compré una paleta a un vendedor ambulante que subió al autobús.
Iván pasó por la cocina para dejar el pie de limón que había comprado de camino a casa y luego regresó a la sala de estar para dejarse caer junto a Carlos en el sillón. El cubano lucía cansado, estaba empapado de sudor y sus andrajos salpicados de hebras de césped recién cortado.
— ¿Qué tal te fue?
— De maravilla, chico. Prácticamente todos en esta cuadra solicitaron mis servicios y la máquina que compré es fantástica. Si mañana me va igual, habré recuperado todo lo que invertí en ella.
— ¡Genial!
El caribeño encendió un habano con una sonrisa de satisfacción.
— ¿Ya volvió Hyung?
— ¡No me hables de ese hijo de puta!
— Uy.
— Llegó apenas hace media hora, hecho un asco. Como ya podrás imaginar, no quiso decir nada acerca de dónde estaba.
— Tendrá sus motivos.
— Me gustaría hacer que se los tragara, junto con un par de dientes— suspiró el cubano — Tratamos de cuidar de ese engendro, sin embargo, él parece pensar que pretendemos controlarlo. No somos sus padres, pero tanto el viejo Yao y yo tememos que vaya a lastimarse. Es un chico listo, solo que a veces pienso que está tan loco como una cabra.
— ¿Lo dices por la motocicleta?
— Sí, y también porque pensamos que trabaja en un ambiente inseguro donde su vida corre peligro.
— ¿En qué?
— No sé, nunca nos lo ha dicho. Hay ocasiones en que lo vemos llegar hecho polvo— tras desperezarse, el cubano se levantó del sillón —Debo preparar las cosas para mañana. Ya me gustaría que toda esa ropa se planchara sola…
— ¿Dónde están los demás?
— Arriba, cada uno en lo suyo.
Subieron juntos las escaleras y se separaron al llegar a la puerta de Iván. El ruso dejó la mochila sobre la cama, con las pocas cosas que había llevado a la fiesta y regresó hasta las primeras alcobas. Estaban cerradas.
— ¿Hola? — tocó a la puerta de Kim Ly.
— ¡Adelante-aru!
¡Oh, sorpresa!
— ¿Qué hacen? — preguntó, al ver a la vietnamita y el chino sentados sobre la cama frente a frente.
— Nada. Hablamos.
— ¿Sobre qué?
— Kim necesitará un nuevo empleo para pagar sus estudios-aru— respondió Yao — Podría hablar con mi padre para preguntarle si aceptaría que la contratáramos en la sucursal donde trabajo.
— ¡Ah, serían compañeros de trabajo!
— En realidad, coincidiríamos solo en el cambio de turno-aru.
— Oh, cierto. Tienen horarios de clase distintos.
— Yao fue muy amable en hacerme esa oferta, pero… debo pensarlo— dijo Kim Ly — No es por desmerecerlo, pero el sueldo sería más bajo que el que tenía cuando trabajaba en casa de los Jones, y aunque es suficiente para pagar el porcentaje que me corresponde por el acuerdo que tengo con mi padre, tendré que pedirle dinero para otros gastos extra que no podré cubrir…
— Eso será unos meses, hasta que seas una trabajadora estable. Y con tu experiencia, seguro que te ascenderán rápidamente de lavaplatos a camarera, entonces ya el dinero dejará de ser un problema-aru.
— Déjame pensarlo, Yao.
Al generarse un breve espacio de silencio, Iván aprovechó su oportunidad de involucrarse en la charla:
— ¿Estás mejor?
— ¿Eh? O-oh, sí…— titubeó la vietnamita — No hace mucho me llamó la señora Jones para… esclarecer algunos detalles. Debo ir mañana a retirar el finiquito.
Ante la caída de los ánimos de la joven, el chino trató de remediarlo.
— Deja de pensar en eso. Y tú, Iván, no la presiones. Tal vez aún no está lista para hablar-aru.
— Solo por si cambias de parecer, hay un sabroso pie esperándonos allá abajo.
— ¿En serio?
— Da. Pondré a hervir el agua.
El mayor de los residentes rodó los ojos y siguió a sus compañeros escalera abajo.
(***)
La tarde del día anterior, tras una larga jornada de conversaciones amistosas acompañadas de bocadillos y refresco, los jóvenes invitados a la mansión de los Jones pidieron autorización a la dueña de casa para hacer uso de la piscina. Tanto movimiento en casa comenzó a poner nervioso al chihuahua de María -la nueva integrante de la familia-, y en vano la vietnamita trataba de controlarlo.
— Si lo dejaras en mi cuarto, Kim, dejaría de ser un problema para ti.
— Señorita, lo más probable es que si encierro al perro en la habitación, este se orinará en la alfombra.
— ¿Qué sugieres?
— Bueno, podría encadenarlo en la cerca.
— ¡Ay, no! Pobrecito.
— ¿Y si mejor dejas que el pequeñín corra libre por el patio? — aconsejó una de las amigas de María, que durante toda su visita no había dejado de manifestar lo tierno que le parecía el animalito.
— Está el riesgo de que caiga en la piscina, o también podría hacer destrozos en el jardín de la señora Jones— espetó Kim Ly.
— ¡No, él es un perrito listo y bien educado! Ay, Kim, ¿por qué te haces tantos problemas por una mascota?
La chica se abstuvo de responder. Finalmente, el chihuahua fue dejado en libertad. Mientras los jóvenes jugaban en agua, el cachorro corría en círculos ladrando de alegría mientras las visitas lo salpicaban en son de juego. Kim Ly se encargó de atender los pedidos de aquella gente hasta que ya no hubo más deseos que saciar, entonces, volvió al interior de la casa.
Por supuesto, el perro la siguió.
Mientras barría, trapeaba y sacudía, el chihuahua no dejaba de molestarla. A veces mordisqueando las plumas del sacudidor, otras jalando de su vestido o tratando de arrebatarle el estropajo con que limpiaba las puertecillas y cajones de los mostradores de la cocina. La asiática estaba harta de él, y bien que lo hubiese apartado de una patada si tan solo tuviese la certeza de que la ira de la dueña no caería sobre ella.
— ¡Ya, vete…!
Los finísimos dientes del can habían roto siete pares de pantimedias en menos de una semana, además de abrir unas heridas dolorosas -aunque poco profundas- en sus tobillos. Cuando la joven se agachaba para revisar las cañerías del fregadero o la lavadora, el perrito se colgaba del nudo de su delantal con sigilo, y solo cuando se levantaba, lo soltaba dejándose caer con un chillido. María era capaz de escuchar esas agudísimas exclamaciones de dolor a un kilómetro de distancia, y aparecer en cosa de segundos para regañar a la responsable del 'sufrimiento' de su mascotita.
Pero, por supuesto, era incapaz de hacer algo para quitársela de encima.
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Cuando la vietnamita emprendió rumbo hacia las habitaciones de la segunda planta, el chihuahua corrió tras ella y tiró del talón de sus zapatos negros. Cuidando de no perder el equilibrio, la sirvienta lo evadió tres veces, cada vez más tentada de mandar a la criaturilla a volar. Una vez arriba se encerró en la alcoba ocupada por los dueños de la enorme mansión, deseando haber estampado el tablón en las narices del perrito.
No obstante, apenas y bajó la vista para cerciorarse de que tenía el camino libre, lo vio asomarse por debajo de su vestido y correr en dirección a la repisa donde el señor Jones ordenaba su colección de mocasines italianos.
— ¡No!
Corrió tras el can para sacar de su alcance los carísimos zapatos de su jefe. Los apiló desordenadamente, y dejó que el animalito brincara y gruñera de indignación al ver que ni siquiera dando brincos podía alcanzarlos. La mucama rió para sus adentros y procedió con sus labores en dicha alcoba: cerró las ventanas, cambió las sábanas de la cama, aseó el baño privado de la suite matrimonial y recogió la ropa sucia que sus amos dejaban en los cestos destinados para ello, todo ante la atenta mirada del perrito que destellaba frustración, furia, como si analizara a una poderosa enemiga en busca de su flanco débil.
Cuando la vietnamita abrió la puerta con los brazos llenos de las carísimas prendas de sus jefes, el cachorrito le dio un empellón en las pantorrillas y del montón de ropa cayó un calcetín de hilo. El chihuahua lo tomó entre sus dientes y corrió a la planta baja con él; Kim Ly, con la sangre helada, buscó un lugar seguro donde apartar lo demás mientras corría a recuperar el objeto robado. Tiró todo a la cama y se lanzó a trompicones tras la mascota, que ya le había sacado varios metros de ventaja.
— ¡No, no, vuelve aquí! ¡Regrésame eso!
En su desesperación la sirvienta tropezó varias veces, chocó contra los muebles y resbaló en las baldosas que había trapeado. Por la trampilla de la puerta que daba al patio, el chihuahua se lanzó a toda carrera hacia el patio donde las visitas todavía disfrutaban de la piscina. María, que se había sentado junto a Alfred en el borde y mantenía los pies en el agua, no pasó por alto la persecución.
— ¿Qué le pasa a la sirvienta?
— No lo sé.
— ¡Ay, tu perrito viene hacia nosotros! ¡Ven, ven aquí, precioso! ¿Qué regalito traes ahí, eh?
El can trazó una curva cerrada poco antes de caer a la piscina, y la inercia hizo que Kim Ly se precipitara de bruces al agua. Salió a flote en medio de las carcajadas de las visitas, y dificultosamente nadó hasta la orilla para trepar fuera de ella. Mientras los demás vitoreaban y aplaudían como locos, la vietnamita estaba cada vez más empeñada en dar alcance al perrito. Eso la llevó a meterse por entre medio de las flores y arbustos, donde su vestido se enganchó con las ramas. En tres ocasiones se fue a tierra. El chihuahua nuevamente cambió el rumbo y se dirigió a la piscina, allí donde los amigos de la dueña del can no hacían más que disfrutar del espectáculo.
— ¡Por aquí, chiquitín!
— ¡Corre, que ya te alcanza!
— ¡Salta, salta, salta!
Como si acatara la orden, el perrito brincó en dirección al agua con el calcetín colgando del hocico. La mucama se lanzó con los brazos extendidos y atrapó a la traviesa criaturilla en el aire, a pocos centímetros de impactar contra la superficie llena de ondas que brillaban con el sol. Con la diestra lo sostuvo fuertemente bajo las costillas, y la mano izquierda forcejeó para arrebatarle la prenda.
— Dámelo, ¡dámelo…!— una vez que logró arrebatárselo, el chihuahua lanzó una dentellada que le abrió dos pequeñas heridas en el dorso. Soltando una maldición entre dientes, la chica dejó que el perrito cayera sobre sus faldas soltando un alarido más que exagerado.
— Maldita rata…— masculló la sirvienta llevándose la mano herida al pecho.
La dueña del animalito se levantó furiosa.
— ¡Oye, ten cuidado! ¡Pudiste lastimarlo!
— Ven, ven, pequeñito, ¿te hizo algo esa bruja? — refunfuñó una de las invitadas tomando al can en sus brazos como quien acuna a un bebé.
— ¡Kim, estoy hablándote! ¡¿Qué te he dicho de quitarle las cosas de ese modo?! ¡Pudiste haberle soltado un diente!
— Honey, tranquila— dijo Alfred, sujetando a su novia de un brazo — Ni a tu perrito ni a ella les ha pasado nada…
— ¡¿No viste cómo lo tiró?! — exclamó iracunda, antes de volverse hacia su amiga con un ademán más suave — Déjame verlo. Quiero asegurarme de que no está herido.
Totalmente agotada y adolorida por las caídas, la mucama se levantó. La incriminaban varios pares de ojos llenos de reprobación. Todo estaban demasiado preocupados por el perrito como para notar que ella tenía las rodillas raspadas y el vestido, las manos y la cara llenas de barro. Avergonzada, la joven se volvió hacia la mansión pensando en qué hacer con el desastre que era su ropa. De pronto, un par de manos amables la empujaron por los hombros con suavidad.
— Vamos.
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Alfred la condujo hasta la habitación de María, la única mujer joven que vivía en la mansión. Las intenciones del joven estadounidense no iban más allá de prestarle algún conjunto que María no utilizara con frecuencia para que se fuera a casa con ropa seca y limpia.
— Alfred, no. Va a molestarse todavía más…
— Lo va a entender.
— ¡Alfred, no!
La vietnamita forcejeaba contra las manos de su joven amo con muy pocas probabilidades de ganar: era una chica menuda, mientras que él tenía de su lado la corpulencia y la fuerza propia de su género. En un repentino abrazo de inmovilización, el estadounidense consiguió desabrochar el nudo del delantal de la mucama. Con un empujón certero en un momento de distracción, ella se apartó.
— Trato de hacerte un favor.
— ¿Por qué no pedírselo a tu madre, con quién tengo más confianza además de la certeza de que no me odia?
— ¡Tonterías! Eres al menos tres tallas menos que ella. En cambio, María y tú tienen una contextura parecida. Aunque tal vez su ropa interior te quede un poco grande…
— ¡¿Ropa interior…?! ¡Olvídalo, no me voy a poner sus…!
— ¡Kim, basta! — gritó Alfred — Esto es por tu bien. Mírate: estás completamente empapada, llena de barro y tienes heridas que podrían infectarse con la tierra y la suciedad de la piscina. ¿Podrías colaborar un poco y dejar el pudor de lado por un momento?
Muda de asombro, la asiática asintió. Mientras el muchacho rebuscaba en los cajones y el armario de su novia, la vietnamita se desprendía de su atuendo con el cuidado de no salpicar de mugre la alfombra de su nueva jefa. Una vez que se despojó del delantal, bajó el cierre de la espalda y se desprendió de la parte superior de su vestido. La tela celeste estilaba y se le pegaba a la piel y el sujetador mojados. Alfred giró sobre sus talones con un brassiere de encaje blanco en las manos, y miró estimativamente el torso de su sirvienta.
— No parece tu talla, pero va a cubrir lo que necesitas.
— Voltéate.
Una vez que se lo entregó, el estadounidense volvió a buscar en el cajón de las camisetas. Kim Ly bajó los tirantes y copas de su propio sujetador, justo en el preciso momento que la dueña de la alcoba ingresaba con el chihuahua en brazos.
Los tres presentes se quedaron de hielo.
— ¡Ho-honey…!
— Alfred— rugió guturalmente la joven — ¿Qué está sucediendo?
— Ve-verás… es que Kim Ly…
— Estoy empapada, señorita María— intervino la vietnamita, apenada — Alfred tan solo quiso hacerme un favor. Y… sé que debimos consultarle antes, pero… solo iba tomar algo de su ropa por hoy… ¿no le molesta?
En un milisegundo, la expresión de María se transformó, pasando de la incredulidad a una furia desbocada. Tomó a Kim Ly por las muñecas y la sacó de su cuarto de un aventón.
— ¡LARGO!
Aprovechando el breve instante en que el estadounidense pudo sujetarla, la asiática reacomodó su ropa interior y el vestido mojado. Su ama le arrojó el delantal embarrado y la persiguió echando maldiciones, mientras la sirvienta corría por los peldaños en dirección a la planta baja.
— ¡VETE! ¡VETE, ZORRA! ¡VETE DE AQUÍ Y JAMÁS VUELVAS! ¡SUCIA VÍBORA RASTRERA, NO QUIERO VOLVER A VERTE!
En la puerta que daba hacia el frontis se habían congregado todos los amigos de la joven pareja, intrigados por el griterío.
— ¡TOMA TODA TU BASURA Y LÁRGATE DE ESTA CASA!
De la mesilla de la sala de estar, la novia de Alfred tomó el bolso que la sirvienta siempre cargaba y se lo aventó contra el estómago. Debilitada y doblada por el golpe, le fue muy sencillo a María sacar a la calle a Kim Ly, donde estaba encadenada su bicicleta.
— ¡Detén este escándalo! ¡No sabes lo que estás haciendo! — gritaba Alfred desde el interior de la casa, tratando de controlar a su enojadísima pareja.
— ¡Señorita María, por favor, no es lo que usted está pensando…!— gimió la asiática en un incipiente llanto humillación.
— ¡CALLA, NO QUIERO OÍRTE, PUERCA OFRECIDA! ¡VETE DE AQUÍ PARA SIEMPRE!
— ¡Señorita…!
— ¡VETE!
Al ver que la muchacha alcanzaba una escoba para corretearla, Kim Ly se apresuró a abrir el candado que aseguraba la bicicleta. Se montó rápidamente y pedaleó, sintiendo el golpe amortiguado de las cerdas duras de la barredera en su espalda. A medida que se alejaba, los comentarios y risas de las visitas iban apagándose, y los oídos le pitaban haciéndole perder la noción de la distancia que la separaba de la mansión.
Aquél fue el camino de retorno más largo y bochornoso que hubiese recorrido, mientras lloraba, a bordo de su bicicleta.
(***)
— Dios santo…
La chica terminó su historia junto con la rebanada de pie en su plato. Tenía los ojos empañados y unas enormes ojeras negras.
— La señora Jones llamó para disculparse, tanto en su nombre como en el de su futura nuera. No hay forma de que me acepten de regreso después de haber montado semejante número— sorbió por la nariz — Y no sé cuánto tardaré en encontrar otro trabajo…
— Siempre está la posibilidad de que hable con mi padre. Recuérdalo-aru.
— Gracias, Yao— tras esa breve interrupción, regresó al tema — Jamás me había sentido tan humillada… aún no puedo creer que haya tratado de golpearme con una escoba.
— Yo en tu lugar le daría una cucharada de su propia medicina— opinó Carlos, quien no había querido restarse de la plática y observaba al trío desde el umbral de la puerta de la cocina.
— No me gusta la venganza.
— TODOS aman la venganza— irrumpió la voz de Hyung, haciendo que todos dieran un salto en su lugar — Sí, los estuve escuchando desde la escalera. Todo este tiempo.
— ¿Qué le sucedió a tu cara? — preguntó Iván.
— ¿Esto? — el coreano indicó el moretón que resaltaba bajo su ojo izquierdo — Asuntos del trabajo, nada tan importante como para no seguir escuchando lo que Kim tiene que decir sobre su espantosa jefa…
— Supe desde el primer momento que ella y yo no podríamos llevarnos bien— suspiró la asiática — No porque fuese antipática, por el contrario. Es solo que… ser la sirvienta de su novio…
— Puede que su novio haya sido el problema— opinó el cubano.
— ¿Por qué?
— Tal vez le dio algún motivo para ponerse celosa de ti. No sería de extrañarse de que algún comentario, una actitud o qué se yo, le haya hecho creer que contigo cerca su relación estaba en peligro.
— ¿Entonces por qué la arremetió contra Kim y no contra su novio?
— Porque mujeres taradas las hay por montón— escupió el coreano con desdén — Mereces algo mejor que ser explotada por ricachones groseros, Kim. Olvídate de esa princesa malcriada, rocía tu vestido de sirvienta con un bidón de combustible y préndele fuego…
Iván temió que la brusquedad de Hyung empeorara las cosas y buscó una excusa para hacerlo callar.
— ¿Quieres un trozo de pie?
— No gracias. Detesto los dulces— contestó — Regresando a lo que importa: hay trabajos infinitamente más dignos que ese, y si lo que te preocupa es el dinero, pues déjame decirte…
— Basta. Lo estás empeorando, bruto— regañó Carlos.
—… que hay centenares de jefes más agradecidos y juiciosos que darían lo que fuera por alguien como tú.
— ¿De verdad lo crees? — susurró la joven, levantando la mirada hacia su par asiático.
— Absolutamente.
Aún cuando los labios de Kim Ly trazaron una sonrisita, Iván adivinó que las convicciones de la chica al respecto eran más bien débiles. Podía leerlo en sus ojos.
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Continuará...
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Notas de la autora:
¡Sí, lo escribí! ¡¿Y qué tanto?!
Gracias a las adorables personillas que dejaron su comentario en el capítulo anterior: Kayra Isis, Julchen awesome Beilschmidt y Softlavender.
Nos leemos la otra semana, corazones :3
