Tammy: Al principio tenía mis dudas acerca de hacer referencia a la obra de Lady Loba por las posibles repercusiones que esto pudiese traer en los lectores. A toda costa quería evitar el nacimiento de nuevas polémicas en el fandom, ya que esto podía ser tomado como una muestra de 'resentimiento' o 'venganza' por lo que la autora hizo a Vietnam en su fanfic. Sin embargo, convine en que este fanfic es de mi autoría, y si yo quería expresar algo al respecto, era completamente libre de hacerlo.
A pesar de que seguí de cerca las actualizaciones de Lady Loba y los comentarios que llegaban a su historia, me abstuve de escribir el mío porque, de verdad, sentí que pese a que empleara el tono más amigable del mundo, no habría forma de razonar con la autora, porque mi comentario 'detractor' cabría en el mismo saco que los reviews más ácidos, y no quería poner más leña a un fuego que, a fin de cuentas, estaba destinado a extinguirse por sí mismo.
Me complace saber que hay personas que reconsideraron las opiniones vertidas en esa obra. Con lo difícil que es reparar en los errores propios. Meh, la señorita Flannya, como autora y lectora, no me va ni me viene. Tengo el agrado de no haberme cruzado jamás con ella en el largo camino que llevo en esta página, y espero no tener que hacerlo. Con todo respecto.
Creo que a cualquiera le hubiese afectado ver a su gente convertida en lo que vimos que pueden llegar a volverse por algo tan irracional. Digo, ¡los fanfics son para disfrutar! ¡para compartir el fruto de nuestra imaginación! Pero, ¿qué pasa cuando se vuelve un vicio malsano donde sale a flota la peor faceta de las fangirls, esa que es capaz de volcar tanto veneno, tanto odio, contra algo que es ficticio, para colmo, una obra cuya autoría intelectual no les pertenece?
Tienes razón en decir que de eso nos dieron suficiente otras fans en el pasado. Me avergüenza compartir fandom con gente como ellas, pero tampoco me veo lanzándome en picada contra ellas (a menos, claro, que hagan algo directamente contra MÍ). Me considero en ese sentido bastante respetuosa de los gustos y las actitudes ajenas, aunque no las comparta, y mientras no arremetan contra mi persona u otras a quienes estimo. Tal vez es una actitud pasivamente egoísta, pero en virtud de mantener la paz, no me pronuncio para echar más combustible al fuego que por sí solo se extinguirá en algún momento.
¡No te disculpes! El espacio de los reviews es libre para que gente como tú, que tiene mucho que decir, pueda expresarse y encontrar en mi historia una oportunidad y en mí una lectora que, respetuosamente, compartirá también su propio punto de vista. Agradezco que te hayas tomado el tiempo de dejar tu comentario. ¡Ten una linda semana!
.
.:VIII:.
.
Cada vez que Iván trataba de develar el misterio del empleo de Im Hyung Soo, las respuestas que recibía estaban llenas de mofas y evasivas que rayaban en el mal gusto.
— ¿A qué te dedicas?
— Mato gente por dinero.
— ¿Qué haces después de clase?
— Me cubro la cara con esto –una pañoleta- y salgo a robar.
— ¿Qué clase de trabajo le exige ese incómodo horario nocturno a un estudiante como tú?
— Vendo drogas a menores de edad.
— Toda tu ropa es un asco, y siempre tienes nuevos moretones. ¿Qué tipo de trabajo tienes, si puede saberse?
— Me prostituyo. A veces tocan clientes difíciles, ¿sabes?
Los demás miembros de la residencia de estudiantes sabían tanto como el ruso sobre la enigmática vida laboral del asiático.
— Tal vez es niñero y se avergüenza de decirlo— dijo Kim Ly, encogiendo los hombros.
— ¿Lo dices en serio, Kim? ¡No seas tan inocente! De ninguna forma un canguro llegaría con todos esos golpes en el cuerpo los fines de semana-aru.
— Yo pienso que debe estar metido en algo turbio, como una pandilla o algo así.
— Iría armado en ese caso, y sus enemigos atacarían esta casa.
— Tienes razón. Descarta esa opción…— el móvil de Carlos comenzó a sonar, y tras breves segundos de lucha contra el apretado bolsillo de su pantalón, atendió: — ¿Maddie? ¡Hola, guapa! ¿Qué cuentas…?
Salió por un breve instante al antejardín de la casa, mientras los demás continuaban enfrascados en sus manuales de estudio o los quehaceres del hogar. El reloj marcaba las tres de la madrugada del sábado.
Extrañamente, y rompiendo con su costumbre del último tiempo, el ronroneo del motor de una motocicleta irrumpió la quietud de la noche anunciando la llegada del coreano. Carlos, aún hablando por el móvil, le facilitó la entrada. Hyung entró tambaleándose, con el casco colgando de una mano mientras la otra presionaba su costado. Tenía el rostro comprimido en una mueca de dolor.
— Buenas no… ¡¿Qué te ocurrió?!
— ¡Estás sangrando!
El aspirante a periodista se dejó caer de bruces como un saco de plomo en el suelo, y de inmediato los otros tres se abalanzaron a ayudarlo.
— Mira nada más… ¿dónde estabas?
— ¿Quieres decirnos qué te ocurrió? ¡Déjame ver! Por favor, que no sea grave, que no sea grave…
El mozo balbuceó:
— Putos… neonazis…
— ¿Qué?
—Me dieron una paliza— confesó con voz arrastrada — Tres de esos hijos de perra armados con nunchakus y un bate de béisbol…
— ¿Qué les hiciste?
— ¡Nada! — tosió — Solo hacía mi trabajo…
Carlos entró, y la enorme sonrisa que traía se desvaneció al ver a Hyung casi ovillado en el suelo.
— ¿Qué es…?
— Lo golpearon unos maleantes.
— Puta madre…— el cubano se hincó junto a su compañero y se abrió algo de espacio con sus manazas — Déjame verte.
Tras examinarlo, concluyó:
— No pareces tener nada roto, por suerte. Al menos no en tu tórax. Las costillas están en su lugar, pero no descarto contusiones graves que quizás te duelan toda la semana. Ahora, sobre tu nariz…
— Sangra.
— ¿Puedes respirar?
— Me cuesta hacerlo de este lado— señaló el flanco derecho de su cara — No pude esquivar el puñetazo que me dio el sujeto al que le quité el bate, y temo que me la haya roto…
— Límpiate y trataré de colocarla de regreso en su lugar… ¡no, no tengas miedo! Lo hice al menos unas siete veces en esta semana. ¡Es increíble cómo sufren las narices de los borrachos peleoneros!
Como pudo, Hyung se levantó y subió las escaleras con la ayuda de Iván, que procuraba darle el soporte que necesitaba para no caer por los peldaños. Cuando llegó al baño y comenzó a lavar el flujo de sangre que le manchaba los labios y el mentón, el ruso observó los detalles de la ropa que su amigo llevaba puesta. ¡Su uniforme!
— "El Búnker"… ¿acaso es el club nocturno que…?
— Sí, ese mismo.
Había escuchado sobre ese local. Su reputación era la de un sitio donde antiguamente se reunían disidentes políticos e intelectuales para organizar sus manifestaciones 'a salvo' de quienes les repudiaban, y de ahí su nombre. En la actualidad el sitio seguía mereciéndolo, pero por servir de escondite para ciertos grupos minoritarios –y no necesariamente intelectuales- que iban a pasar un buen rato siendo ellos mismos lejos de la vista de los menos liberales, fuera ya tomando un trago mientras charlaban de sus extravagantes ideas con sus no menos estrafalarios pares, o buscando entretenciones en su ambiente oscuro, anónimo y caldeado de una especie de pecaminosa complicidad.
A juzgar por el traje desordenado y manchado de sangre que Hyung vestía, los accesorios que colgaban de él –unas esposas, una luma y un arma de electrochoque-, sumado a la incógnita que se había tejido en torno al tema de su ocupación, Iván se sintió en condiciones de sacar sus propias conclusiones.
— ¡Guardia de seguridad!
— ¿Uh?
— Eres guardia de seguridad en ese club…
— ¿Qué, lo dices por el uniforme? No te equivoques: soy stripper y esta noche me pidieron que usara este…
— No tienes por qué seguir ocultándolo.
— Está bien— desistió, dejando de lado las bromas — Cuido la entrada del local por las noches. Es el único horario que me acomodaba, pues no topaba con mis horas de estudio…
— Pero te obliga a llegar a las tantas de la madrugada todos los días, y aún más tarde los fines de semana. ¿Por qué no quisiste decírnoslo?
— ¿Bromeas? ¡Los demás me hubiesen obligado a renunciar de inmediato! Y no es como que cada día los estudiantes como yo tengamos la suerte de encontrar un empleo con buena paga y un horario que no nos estorbe en nuestras responsabilidades y prioridades.
Cuando acabó de retirar de su maxilar y los labios todos los restos de sangre, Hyung disolvió las gotas que habían caído en el lavamanos y cerró la llave de agua. Trató de inhalar profundamente, pero dadas las condiciones en que estaba su nariz, tuvo que abrir la boca para respirar.
— ¿Y prefieres acabar así tu día? ¿Apaleado por tres punks?
— Neonazis.
— Da igual.
— No. Los neonazis son enemigos mortales de los…
— ¡Da igual! — insistió Iván — A lo que voy, es que podrías buscar algo más seguro.
— Podría, pero ¿sabes? Después de un tiempo le he tomado el gusto— confesó sonriéndole con dificultad, y señalándole la nariz agregó: — Esto son solo gajes del oficio.
Carlos llegó junto a ellos.
— ¿Puedes dejarnos un momento a solas, Iván?
— ¿No necesitas ayuda?
— Nah, ya dije que tengo práctica. Pero la gente normalmente grita cuando lo hago, y no quisiera que vieras un espectáculo tan perturbador.
Aún con todos los deseos de contradecirle, el ruso se alejó. La puerta del baño con patitos de goma se cerró a sus espaldas. Cuando iba a la mitad del pasillo, escuchó algunas protestas ahogadas por el paupérrimo aislamiento de las paredes, y luego reclamos más enérgicos. Los vecinos podrían llamar a la policía en cualquier momento.
— ¡La puta madre…! ¡Quita tus manos, o vas a empeorarlo!
— ¡Duele…!
Cuando el eslavo se reunió con los otros dos en la planta baja, un alarido de dolor lo inundó todo desde el último cuarto de la derecha.
— Suena como si estuviese torturándolo— comentó preocupada la vietnamita.
— Pues conociendo a Carlos, y con la poca paciencia que le tiene a Hyung…
— ¡BASTA!
— ¡TRATO DE AYUDARTE, CARAJO! ¡Quita, deja las manos abajo! Así…
Un milisegundo de silencio antecedió al aullido de agonía del coreano.
— ¿Debería subir a verlo?
— ¡AHORA EXPLÍCAME TODA ESTA MIERDA: QUÉ ES ESA ROPA, DÓNDE ESTABAS METIDO, Y POR QUÉ ACABASTE GOLPEADO POR NEONAZIS…!
—… mejor démosle espacio a esos dos-aru.
(***)
A la mañana siguiente, las marcas que la paliza había dejado en el rostro y el cuerpo del asiático cobraron mayor nitidez. Los demás las apreciaron en detalle mientras componían muecas de dolor y compasión. Tras la conmoción de la madrugada, todos los rastros de la ira cubana se habían desvanecido, tanto así que ninguno recordaba haberlo visto antes tan compungido. No por eso era menos inflexible con su compañero:
— Renunciarás. ¿Me oíste?
— Sí— mugió con desgano el aludido.
— Ni te molestes en lavar la ropa. Entregarás ese uniforme lleno de sangre para que tu jefe vea cómo has arriesgado el pescuezo en su puto local lleno de anormales. Te desharás de ese empleo de mierda y romperás todo vínculo con ese lugar de mala muerte.
— Será una pena. La paga era excelente.
— ¡Pamplinas! Estabas advertido, Hyung. Nos prometiste que no andarías en esos ambientes raros de nuevo. ¡Allí era donde escapabas, maldito engendro!
— No entiendo… ¿por qué no lo pensaste antes? Según nos dijiste, no es la primera vez que te tratan como punching bag— dijo Kim Ly.
—Supongo que era porque estaba dispuesto a hacer más de lo que realmente podía soportar. Las peleas no son poco frecuentes, pero jamás había salido tan mal de una.
— Si eran tres contra uno, a mí me parece de lo más natural que te dieran una buena golpiza.
— Somos cinco guardias en total. Dos en la puerta, dos en el interior y otro en la sala de cámaras de seguridad. No creí que fueran a superarnos, pero usaron tretas para distraernos y finalmente solo acabamos mi compañero de la puerta y yo tratando de repelerlos. Por lo menos ningún cliente salió herido… de gravedad.
— Solo hay algo que todavía no comprendo del todo-aru— intervino Yao — ¿Qué hacían tres neonazis metidos el sábado por la noche en un club nocturno de bajo perfil?
— Sabes la clase de gente que va a ese sitio, ¿no?
— Ahm…
— 'Intelectuales' alternativos, gente rara, artistas frustrados, juventud en decadencia, parejas liberales en busca de diversión, homosexuales, lesbianas, travestis… todo un abanico de posibles víctimas para enfermos fanáticos de la ultra-violencia. Esa noche, al parecer, estaban de cacería.
— Uy.
— Tienes suerte de que no te haya ido peor — gruñó Carlos — Y antes de que vuelva a ocurrir una barbaridad como esa, será mejor que renuncies. Para siempre.
— ¿Luego qué? Quedaré desempleado quizás por quién sabe cuánto tiempo, ¿Cómo pago entonces el alquiler, la gasolina y…?
— ¡Busca otra cosa en la que no corras peligro de morir, pedazo de pelotudo!
— ¡Vale, ya entendí! No me grites.
— Hay miles de cosas que podrían ajustarse mejor a tus habilidades que ser guardia de seguridad— intervino Iván — Tan solo es cosa de tener iniciativa e insistir hasta conseguirlo…
— Lo que me recuerda que tú y yo debemos salir dentro de media hora— interrumpió Kim Ly, dirigiéndose al más viejo de los residentes. Los demás la acribillaron con la mirada simultáneamente. La vietnamita les explicó, nerviosa: — E-eh… acepté la oferta de Yao, y… hoy… iremos a coordinar la fecha de la entrevista de trabajo.
— Jo, pues, ¡te deseo toda la suerte del mundo! — exclamó Iván.
— Háblales de tu experiencia con modestia y transparencia, y te ganarás a tu futuro jefe de inmediato.
— Y muéstrale el video de la detención del ladrón en la galería, eso le dará la idea de que eres una chica en quién podrá confiar si alguna vez entran delincuentes a su local.
(***)
Como de costumbre, Yao y Kim Ly se movilizaron en bicicleta en dirección al centro de la ciudad. Eran cerca de las dos de la tarde de un soleado día sábado, y el flujo de automóviles en las calles y avenidas principales era alarmante.
Aún cuando ambos tenían la posibilidad de circular por las ciclovías que el gobierno había construido para evitar los roces entre conductores de vehículos motorizados, peatones y ciclistas, estas vías especiales a menudo eran ocupadas por la gente que circulaba a pie y quería evitar el tumulto de las aceras, o pasajeros que esperaban el autobús en paraderos que rebalsaban de transeúntes.
Sumado a eso, los vehículos mal estacionados solían también ocupar la ciclovía como un espacio donde acomodarse, aún cuando el peligro de que la carrocería sufriera un rayón o un golpe era enorme. Era mucha la gente que había preferido el medio alternativo de transporte para movilizarse por la ciudad, y los angostos caminos destinados a los pedaleros no daban abasto, menos aún cuando en esos espacios reducidos por la invasión de personas y vehículos se producían atascos, accidentes y peleas que interrumpían el tráfico.
En definitiva, y por irónico que pareciera, para un ciclista era incómodo moverse en la ciclovía. La mejor opción era circular por la calzada, junto a los automóviles, lo más cerca posible de la acerca, aún cuando esto despertara la ira de los conductores que debían alejarse de la orilla para darles espacio a los conductores de vehículos a tracción humana.
— Ugh, esto es horrible…
— ¡Hey…!— gritó la vietnamita al ver que un descarado copiloto sacaba el brazo por la ventana para tratar de darle un agarrón. El sujeto se arrepintió de inmediato al ver que la chica se había percatado de sus intenciones, y simplemente soltó una carcajada.
— ¿Qué pasó…? ¡AIYAAH! — Yao se orilló en un brusco movimiento, y Kim Ly casi impactó contra él — ¡Con un demonio…!
Los automovilistas los adelantaban sin ningún miramiento. Poco importaba si acaso el espejo retrovisor impactaba contra la espalda del ciclista y lo tiraba, o si el pedal del armatoste rayaba la pintura. Afortunadamente, el chino había reaccionado rápido.
— ¡Son todos unos salvajes-aru!
El caos vial, el estrés al volante y sus consecuencias inmediatas como los insultos y los sustos eran el resultado de una mutua intolerancia entre conductores, ciclistas y peatones que nunca tendría fin. Porque al parecer, nadie estaba dispuesto a ser amable con los demás ocupantes de la vía pública.
— Ya casi hemos llegado. En el siguiente paradero hay que doblar a la derecha, ¿no es así?— dijo Kim Ly.
— Sí. Entraremos por la puerta trasera, para dejar las bicicletas encadenadas a un cerco seguro-aru.
— Uf. Yao, cuando vayamos de regreso a casa, ¿no podríamos tomar una vía alternativa? Una que no esté al borde del colapso, por ejemplo…
— Podríamos ir por el parque, aunque tendríamos que ir esquivando a las personas que salen a pasear con sus niños-aru.
— Prefiero eso a tener que seguir soportando a los dueños y señores de la calle en sus carrozas a motor…
En eso, un enorme autobús tocó la bocina a sus espaldas. La mole se estaba aproximando a velocidad moderada, ocupando casi la totalidad de la calzada con su imponente estructura de carrocería pintada de anaranjado chillón, y un tonelaje alimentado por las varias decenas de pasajeros que se apretujaban como sardinas en su interior contra las puertas que apenas habían podido cerrarse.
Si el conductor frenaba en seco para no arrollar a los ciclistas, entonces provocaría un accidente de dimensiones bíblicas con los coches que le seguían.
— Uh oh…
La vietnamita hizo el intento de subir a la ciclovía, donde una mujer que no pasaba de los cuarenta se encontraba inmersa en su conversación por whatsapp, rodeada de bolsas con las compras del supermercado y el centro comercial. Por poco no impactó de lleno con ella. La chica tuvo que bajarse con una improvisada maniobra que apenas dejó un milimétrico margen entre la rueda y el empaque de papel de una tienda de ropa que rebosaba de prendas nuevas. Indignada, la fémina levantó la vista con el ceño fruncido:
— ¡¿Cómo se te ocurre pasar por aquí?!
— ¡¿Y por dónde quieres que lo haga, bruja…?!— jadeó exasperada la asiática.
Un segundo bocinazo le recordó que Yao seguía con su bicicleta en la calle, y que ella y la mujer del móvil estaban estorbándole la entrada a la vía de la salvación.
— ¡Yao…!
El chino se orilló lo más que pudo unos metros más adelante, y hubo de inclinarse hasta posar un pie en la acera, alejando el manubrio del costado del autobús que pasó por su ladoa dos centímetros de tocarlo, sin poder apartarse ni reducir la velocidad. A ambos ciclistas el alma se les cayó a los pies.
Una vez que el peligro pasó y el chino consiguió subir a la vereda ante la mirada atónita y reprobatoria de los peatones, su compañera corrió a su lado para evaluarlo.
— ¿No te tocó?
— No…— gimió el mayor, tembloroso, sudando a mares y con el rostro pálido como un papel. Señaló su cuello — Pero siento algo… aquí.
— ¿Qué cosa?
— El filo de la guadaña de la muerte-aru.
(***)
— ¿Tienen algo que hacer mañana?
— Uh… no.
— ¿Por qué la pregunta?
— Pues… ayer hablé con Maddie.
— ¡Cierto, te llamó antes de que Hyung llegara! — exclamó Iván — ¿Sucedió algo?
— Nada grave. Me contó que están haciendo algunas reparaciones en su casa, y pues… mañana es la fecha en que puedo visitar a Hugo…
— Tu hijo, ¿verdad?
— Sí. Y me preguntaba si…— para ser él mismo, Carlos estaba demasiado nervioso — Si no les molestaría… que él y Maddie vinieran mañana a casa.
Los otros dos intercambiaron una mirada de sorpresa.
— ¿Por qué habría de hacerlo? ¡Adelante! Después de todo, eres casi el dueño oficial de esta casa. Ahora, si lo que quieres es pedirnos que nos larguemos porque te damos vergüenza ajena, buscaré algo en que…
El cubano interrumpió a Hyung:
— Por el contrario. Quiero que los conozcan.
— ¡Aw, qué dulce! Me hace mucha ilusión tu propuesta, de verdad— ronroneó conmovido el eslavo.
— ¿Qué dices tú, Hyung?
— Uh… pues… no creo que pase nada malo— dijo, dubitativo — ¿Cuánto años tiene? Sucede que… no tengo experiencia tratando con niños. ¿Debo tomar precauciones? ¿O comportarme como una persona decente…?
— Cumplirá cuatro años— respondió — Descuida, es un chico muy tranquilo cuando está en presencia de gente que no conoce. No es intruso y come de todo. No planeo tenerlo todo el día en casa, de hecho, puede que vayamos al parque que está por aquí cerca. A ambos nos gusta jugar béisbol cuando estamos juntos.
— ¡Qué lindo!
— Así que puedes seguir siendo tú mismo cuando él esté aquí, y confiar en que no vas a incomodarlo, ni él lo hará contigo.
— Está bien.
.
Más tarde, en un momento en que Iván encontró a Hyung a solas en su cuarto, quiso charlar con él para salir de una importantísima duda:
— En día en que llegué a esta casa, y te vi discutir con los otros sobre lugar donde habías pasado la noche… ¿era…?
— Sí, "El Búnker".
— ¿Por qué? Digo, ya vi el estado en que llegaste ayer, y creo que entiendo su preocupación. Pero creo que entendería mucho más si me contaras toda la historia: ¿qué sucedió en ese sitio que hizo que los demás quisieran que te mantuvieras alejado? ¿Y qué te hizo insistir, y esconder lo que hacías allí…?
— Iván, estás metiéndote en un asunto que no me gusta tratar— dijo cortante el asiático — Algo demasiado privado, que siento que aún no puedo compartir contigo. Solo diré que ya había estado antes allí en calidad de cliente, y un día recibí una paliza. Llegué a casa aún peor de lo que lo hice esta madrugada, y los demás me hicieron jurar que jamás volvería a poner un pie en ese lugar. Pero justo apareció una buena oferta de trabajo, y el ambiente del local, dentro de todo, seguía gustándome. Así que si me descubrían, podía decir que tenía una buena excusa…
— ¿Poniendo tu vida en riesgo? — le interrumpió — ¿Qué tiene ese sitio que te hizo volver a pesar de lo que ya te había pasado, y de la promesa que hiciste a los demás, que estaban muy preocupados por ti?
— No trates de hacerme sentir mal, ¿quieres?
— ¿Qué te hizo regresar? — insistió el rubio.
— Iván…
— ¿Qué?
— ¡Es simple! — rugió el coreano — Allí es el único lugar donde realmente siento que puedo ser yo mismo, sin el peligro de que nadie me juzgue. ¿Contento?
— ¿Por qué?
— No te diré más que eso.
— Hyung…
— ¡No! ¡Ya déjame, ¿quieres?!
Cuando el asiático trató de cerrar la puerta, Iván interpuso las manos y empujó en el sentido contrario. Forcejearon por un momento.
— ¡Explícate! Tal vez haya una forma en que pueda ayudarte…
— ¡Jamás! ¡No necesito ayuda, solo mi ambiente y privacidad!
— ¡Abre la puerta…! ¡Oye! ¡¿Qué puede ser tan malo como para que no quieras hablar con tu amigo…?! ¡¿Por qué prefieres esconderte!
— ¡Déjame solo!
— ¿Por qué debes refugiarte en un búnker? ¿Qué tiene ese sitio que te hace sentir mejor?
— Oscuridad, hermetismo… anonimato. Es el mejor sitio para ocultar secretos que jamás deben salir a la luz…
— ¡Oh, vamos…! Nada puede ser tan terrible. Abre la puerta, terminemos ya con este juego… venga, puedes confiar en mí.
Por un momento, el coreano dejó de empujar la puerta.
— Lo digo en serio…— susurró el eslavo — Sabes que hablar sobre eso te va a hacer sentir mucho mejor, como has hecho con todas las frustraciones que habías estado guardándote. Piensa que este podría ser otro gran paso… uno que te libre definitivamente del peligro que representa ese lugar…
— Te dejaré pasar si tan solo me prometes una cosa antes…
— Lo que quieras.
— No vas a juzgarme. Tampoco vas a compadecerme… mucho menos vas malpensar. ¿De acuerdo?
— De acuerdo…
De regreso en el habitáculo, Iván cerró la puerta tras él. Su amigo se sentó en el borde de la cama con la vista baja, en señal de compunción. Tomándose una pequeña libertad, se acomodó frente a él, en la silla que solía ocupar para trabajar en el escritorio.
— Bueno, suéltalo.
— No es tan sencillo. ¿No te importa si me doy unos rodeos antes?
— Tengo todo el tiempo del mundo.
— Antes de entrar a la universidad, realicé el servicio militar…
— ¡Whoa…! Jamás me lo hubiese esperado de ti— exclamó el ruso, fascinado.
— Tras un año muy intenso allí dentro, descubrí algo… con lo que jamás había podido estar en contacto antes. No sé si fue gracias a la escuela, al ambiente donde vivía o las presiones de mi padre, pero… ese hallazgo… estaba muy dentro de mí. Solo pude verlo una vez que tuve el tiempo suficiente y la oportunidad de experimentarlo… y fue la razón que me llevó a desistir de continuar la trayectoria de la carrera militar que tenía planeada para mi vida hasta ese momento. Un golpe bajo para mi padre, que se mostró tan furioso que… preferí no comentarle lo que me había empujado a tomar esa decisión. Y reservándome de todas esas explicaciones incómodas, opté por escuchar los consejos de mi profesor de lengua de la escuela, y entrar estudiar periodismo…
— Vale, vale… ¿y qué fue lo que descubriste?
— ¡No me presiones! Ya te dije que no es sencillo de explicar— espetó el muchacho — En gran parte, yo mismo me reprimí. Es una revelación sumamente incómoda, no importa donde esté, ni el contexto en que viva… hay cosas de mí que preferiría que jamás salieran a la luz. Lamentablemente, son pulsiones tan fuertes que no puedes esperar que la simple voluntad las acalle. Necesitaba un escape, un sitio donde poder liberar todas las cosas que ocultaba… y fue cuando conocí ese lugar.
Como te dije, "El Búnker" es un sitio donde va la gente más extravagante y liberal de la ciudad para pasar un buen rato. El ambiente de ese sitio es propicio para que allí suceda de todo, con la garantía de que jamás saldrá de esos muros. Las identidades se distorsionan, eres alguien distinto cuando estás allí. Eres un cuerpo lleno libertinaje puro. Era lo que necesitaba para poder cargar con el secreto que me atormentaba sin sentir que estaba decepcionando a otras personas.
— ¿Y qué salió mal?
— Conocí a alguien en ese lugar. Digamos… que fue un momento de debilidad, mal combinado con alcohol y lo que sea que le pongan allí a los tragos. Nos encontramos varias veces, no solo en ese local. Tuve una relación breve, pero muy intensa, con esa persona. Y me confundí. Pensé que estaba realmente enamorado de ella…
— ¿Qué pasó después?
— Fuimos una vez a un motel y trató de involucrarme en un trío— confesó escupiendo rápidamente las palabras — Trató de llevar el juego de seducción que habíamos iniciado en ese club a un nivel superior que, para mí, rayaba en lo pervertido. Me dejé cegar por los celos y la furia que inicié un pleito del cual, como te podrás imaginar, salí muy mal parado. Toda la clientela del lugar de abalanzó sobre mí para defender a la víctima.
— ¡Oh!
— Pero, no satisfecho con la merecida paliza que me dieron, volví al club donde nos habíamos conocido. Todos aquí en casa habían adivinado lo que tanto trataba de ocultar, y temían que en mi afán de seguir frecuentando ese sitio fuese a insistir y me hiciera más daño. Pero tal y como te comenté en un momento, había buenas ofertas de empleo como guardia de seguridad. No iba a desaprovechar la oportunidad de refugiarme otra vez en el sitio donde me había hecho de un lugar, y donde todavía me sentía cómodo. Posiblemente albergaba también la esperanza de rencontrarme con… mi 'ex', y arreglar las cosas.
— ¿La viste de nuevo? ¿Pudiste alguna vez disculparte con la chica por lo que hiciste?
—… ugh.
— ¿Qué?
—No has entendido nada.
— ¿Eh?
— No era una chica, Iván— gruñó el coreano, apartando la vista apenado — Lo que he tratado de decirte en todo este tiempo… es que me gustan los hombres.
.
Notas de la Autora:
¿Qué puedo decir...? ¡Fuertes declaraciones!
Gracias a Julchen awesome Beilschmidt, Tammy, Kayra Isis y Softlavender por comentar el capítulo anterior.
¡Tengan todos una linda semana!
