CAPÍTULO 6: Bello y trágico amanecer

Castillo de Nidaros, Noruega:

- Ah… -suspiré- menuda noche… - continué mientras me dirigía a mi alcoba por el amplio pasillo – Parece ser que la Luna está en su cenit, eh? – dije mientras observaba como entraban los puros rayos por los altos ventanales e iluminaban un oscuro pasillo, en el cual no quedaba ya ninguna alma despierta – Es la última vez que me quedo haciendo el inventario de las armas – pensé – La próxima vez se lo pido al co-teniente – continué en mis adentros mientras me paraba delante de mi puerta y giraba el pomo para proceder a entrar.

Una vez dentro no tarde en darme cuenta de que la chimenea estaba encendida y de que las cortinas ya estaban cerradas, lo que me extrañó enormemente. Si bien los criados encendían las chimeneas en todo el castillo, en mi alcoba eso estaba prohibido, ya que a partir de cierta hora estaba prohibida la entrada en ella, y si encontraba a alguno merodeando, sería sancionado sin una semana de paga. Por otra parte, estaba el asunto de las cortinas. Eso es lo más extraño de todo. No entendía por qué estaban cerradas o quién había ordenado hacerlo, pero de todos modos, no dejé que esos sucesos me arruinaran la noche. Así que, después de colgar mi cinturón con mis armas en una percha, y despojarme del chaleco y los brazaletes de cuero, me acerqué a uno de los dos sillones que estaban enfrente de la cálida chimenea, me senté y cerré los ojos, relajando así completamente mi cuerpo y mi mente. Hoy no fue precisamente un día tan duro como algunos que tuve en Gran Bretaña, sin embargo eso no quita que hoy haya trabajado hasta hartarme. En Gran Bretaña todo era mas fácil. – ¡Ah mi querida Bretaña! como echo de menos tus costas, tus cielos grises y tus ardientes y valerosos soldados – suspiré en mi mente – Valerosos soldados que en un tiempo no muy lejano yo comandé.

De repente, todos mis pensamientos se vieron afectados por un escaso chirrido de bisagras moviéndose, lo que me indicaba que alguien estaba entrando por la puerta, pero yo proseguí con los ojos cerrados, sin mostrar ningún nerviosismo o evidencia de que me había enterado de la estancia de un alma intrusa. Lo único que hice fue prestar extrema atención a los pasos que se escuchaban aproximándose a mi, despacio. Cuando supe que esos pasos se habían parado como a un metro de mi y que no había indicios de mas movimientos, procedí a hablar.

- ¿Acaso no es muy tarde para que alguien como tu merodee en alcobas ajenas? – dije con tono firme y una leve sonrisa en el rostro que demostraba mi alegría al comprobar mi exitosa intención en sorprender al intruso, dando a entender que se trate de un ladrón – Personas como tú, me ponen enferma… - dije con el tono más rudo que pude.

- Vaya… ¿Acaso es así como tratas con lealtad a tus señores? – Oír esa voz hizo que todo mi cuerpo se helara.

- M-Mi reina… - dije al abrir los ojos y comprobar que realmente se trataba de ella, y rápidamente me arrodillé a sus pies – Le ruego acepte mis más sinceras disculpas y olvide mi osado atrevimiento – le rogué mientras sabía perfectamente que me estaba mirando con una atrevida sonrisa. En todo caso, no alce mi mirada del suelo en ningún momento.

- Levántate – dijo en un tono que para mis oídos sonó, ¿como decirlo?... Sonó a lujuria.

- Mi reina… - permanecí a sus pies sin moverme – Yo… - intenté hablar pero fui interrumpida por una mano que elevaba lentamente mi barbilla, hasta ver los profundos rubíes que tenía por ojos y los claros cabellos plateados que destellaban gracias al fuego que iluminaba la oscura habitación. Y de nuevo dijo…

- Levántate – dijo con sus ojos clavados en los míos – Levántate mi más leal siervo, mi valeroso comandante, mi eterno caballero… - prosiguió mientras ya estaba a su altura y mientras depositaba sus finas manos en mi pecho – Levántate para que yo misma… te haga caer… - y dicho esto me empujó al sillón tan rápido que no pude evitarlo.

Caí en el sillón, sin dejar de observar aquellos profundos ojos, esos ojos que me miraban con deseo, con lujuria, con desesperación… No lograba apaciguar mi corazón y mi sorpresa, pero para mayor ímpetu, lo siguiente que vino me sorprendió aun más. Lo que a continuación vi fue, a la mas hermosa de todas las reinas nórdicas despojarse de su largo chal, dejando ver sus suaves hombros y su fino vestido de noche, hecho de la más suave y transparente seda, que dejaba ver su perfecto cuerpo, sus perfectas caderas, sus firmes pechos… Todos los reyes, príncipes y nobles de las tierras nórdicas han intentado conseguirla; conseguir ese cuerpo que solo pudo ser engendrado por dioses del Valhala; conseguir esa dulce y brillante sonrisa que resaltaba como la luz de la luna en los fríos fiordos; conseguir ese poder y esa riqueza, que solo los hombres más avaros, cobardes y egoístas pueden desear. Odio con todo mi ser a ese tipo de hombres, pero se que mi reina también, pues se casó con el único que no se parecía a las definiciones que acabo de hacer; se casó por obligación, se casó por amor… O eso es lo que me dijo y me hizo pensar. Pero después de llevar meses aquí, en esta fría tierra, en este gran castillo, compartiendo el lecho noche tras noche con ella, a tantas horas de la madrugada, sin que nadie más que nosotras lo sepa… Me hizo pensar que tal vez el amor que le tiene a mi rey, a su esposo, no sea del todo, real. Sino más bien una sutil forma de endulzar su matrimonio por conveniencia. Ese es el amor que le tiene al rey, o al menos eso es lo que yo creo, y lo que me hace creer. Pero en noches como esta, ese tipo de pensamientos se esfuman de mi mente, y le doy rienda suelta a mi deseo de la carne.

La vi aproximarse ante mi, posando sus brazos en mis hombros cansados, y levantando sus piernas que de tal manera, quedasen una a cada lado de mis caderas, sentándose así en mi regazo. Yo no hice tal que otra cosa más que estarme quieta, estática, agarrando con mis uñas los apoyabrazos del sillón, aguantando mi lujuria y mi deseo.

- Relájate, mi caballero – susurró en mi oído mientras envolvía sus brazos en mi cuello – No te preocupes, haz lo que solemos hacer… - prosiguió mientras agarraba una de mis manos y la posaba en uno de sus muslos desnudos. Acabo de darme cuenta de que sus ropas de noche son demasiado cortas. El suave contacto de su piel hizo que la mía se erizara, que mi respiración se agitara y que mis latidos se aceleraran. Después de aquel dulce susurro pensé que debía controlarme aun más, ya que sabía de sobra que en cualquier momento iba a estallar mi locura y mi deseo. Y, como si de una adivina se tratase, sus labios dejaron de estar cerca de mi oído para estar ahora rozando los míos, y con ello atrajo de nuevo mi deseo y desesperación.

No se cómo era posible que supiese mis pensamientos así de fácil, no soy que digamos una persona que se la ve venir, sino más bien todo lo contrario. Mi presa nunca va a saber que está siendo acechada. Pero por algún extraño motivo mi adorada reina, sabía lo que pensaba, y lo que sentía, ya que cuando la miraba a los ojos, lo que veía era una mirada llena de deseo y victoria. Victoria por el simple echo de saber que lo que hacía, lo estaba haciendo bien, ya que era consciente de que provocaba el desmoronamiento de mi cuerpo ante su presencia, con una sola mirada suya.

- Mi caballero… - dijo mordiéndome el labio inferior y tirando suavemente de el- Sé que no quieres traicionar a mi rey, que no quieres sufrir el castigo que se te pueda someter, y se que no quieres vivir sumido en tu deshonra…- prosiguió tranquila y pausadamente mientras soltaba mi labio y me envolvía mas fuerte con sus brazos alrededor de mi cuello – Pero sé más bien que nadie, incluso que de ti misma, que no quieres defraudarme, que estarías dispuesta a lo que sea para hacerme feliz…-me empezó a desabotonar la camisa sudorosa que llevaba mientras yo solo la veía- Que me amas aunque no lo aceptes y que no estarías dispuesta a dejarme marchar –Me miró con esos profundos ojos que dejaban que me perdiera en una especie de llama eterna y reluciente.

No entendía lo que me decía, no, más bien no entendía mis propios sentimientos. Si aun me quedara el mas mínimo honor como caballero que soy, la hubiese interrumpido y le habría rogado que se marchará, pero ese honor lo había perdido ya, hace mucho tiempo… cuando nos conocimos, cuando por primera vez puse de lado mi honor y lo reemplacé por deseo. Aunque para mi desgracia eso que sentí en aquel momento cuando la vi frente a mi, en ese jardín, bajo la luz de la luna, no era simple atracción o deseo, sino más a mi pesar creo que era, amor. – ¿Y si realmente lo que siento es amor y no un simple mero respeto ante mi reina? ¿Y si es ese el motivo por el que no me atrevo a contradecir sus órdenes? ¿Acaso es por ese sentimiento que fui capaz de abandonar mi honor y dejarme persuadir por ella, por sus encantos? – me cuestioné - ¿Y si hoy tampoco me puedo controlar por ese mismo motivo?- Aunque me cuestione todo eso, y aunque sea cierto, no puedo contradecir a mi reina. Si esto es lo que quiere, así se hará, no importan mis sentimientos.

Al concluir con mi razonamiento, mi cuerpo empezó a tomar el control y poco a poco se fue relajando, depositando por fin la otra mano libre en el muslo continuo, apretando ambos con ligera fuerza, lo que provocó en mi reina un ligero gemido.

- Veo que ya tienes las ideas claras… - dijo mientras depositaba ambas manos dentro de mi ya desabotonada camisa y empezaba a acariciar mi pecho, provocando un fuerte sonrojo en mi rostro – Por favor… - susurró en mi oído – Esta vez no te contengas… – prosiguió mientras rozaba sus labios por toda mi mejilla hasta llegar a rozar los míos, y yo acariciaba suavemente sus muslos, mientras notaba su fresca y agitada respiración en mi boca. Podía notar como ambas estábamos nerviosas mediante nuestras respiraciones y nuestras miradas – Hazme tuya – sentenció con un profundo, suave y alocado beso que hizo que todo dentro de mi se descontrolara. Esa sensación solo lo había vivido con ella.

Mi cuerpo actuó sin que yo o mi reina se lo pidiera. Mis manos empezaron a recorrer sus suaves y delicados muslos hasta llegar a sus nalgas, y una vez noté esa piel rozando mis dedos, no pude evitar agarrarla con fuerza, lo que provocó un gemido ahogado de su dueña, que ahora se centraba en dominar mi lengua.

Cada beso, cada movimiento de su lengua, cada gemido que salía de su boca… Provocaba en mi un sentimiento de necesidad, de entrega, de locura por querer más y por sentirla tan cerca de mi. Mi reina continuaba con sus sensuales caricias en mi pecho que me enloquecían. A continuación me despojó de mi camisa muy sutilmente, como si quisiera comprobar todos los sentimientos que me hace provocar. Para hacerle fácil la tarea me acerqué aun más a su cuerpo, sin dejar de besarla, y ella deslizó mi camisa hasta mis brazos para que yo pasase estos por las mangas y así dejarla a un lado. Yo no me quedé rezagada con ello. Mis manos subieron desde sus nalgas, deslizándose sensualmente por su cadera, levantando con ello su vestido de noche. Poco a poco, sin ningún tipo de prisa. Quería disfrutar de este momento por la eternidad, que nunca llegase a terminarse. Y creo, por cómo mi reina estaba controlando mi lengua con la suya, que ella también quería lo que yo. Proseguí levantado su fino vestido hasta el punto de hacerla elevar sus brazos para despojarla completamente. Con ello, mi reina rodeó con sus brazos mi cuello, aproximando aun más nuestros cuerpos, hasta el grado de que solo nos podría separar un fino hilo de seda. Podía sentir su suave piel en contacto con la mía. Sus candentes senos en contacto con los míos, despertaba en mi un sentimiento de lujuria que nunca había sentido antes por nadie. Y eso, en la parte de mi que desconocía, me encantaba.

Proseguí besándola, solo que esta vez mis besos fueron a parar a su fino cuello, y comencé a chuparlo. A lo que como recompensa obtuve un sensual gemido y un fuerte agarre de mi cabello por su parte. A cuanto más ascendía mi fuerza de succión, más aumentaba su agarre y su abrazo. Mis manos aproximaban fuertemente sus caderas con las mías. Sus respiración vibraba en mi oído. Era jadeante. Una respiración entre gemidos apenas audibles, la más sensual de las respiraciones. Mis manos volvieron a bajar de nuevo a sus nalgas, las volvieron a apretar fuertemente, mi reina volvió a gemir, y una de ellas se adentró sutilmente a su íntima humedad, parándose a medio camino. Con ello, llegó la sorpresa a mi reina.

- ¿Por qué os detenéis, mi noble caballero?- me pregunto a modo de susurro - ¿Acaso no queréis complacer a vuestra reina?- continuó.

- No, ese no es el caso… - en realidad, quería saber otra cosa de más importancia - … es solo que…

- ¿Qué…? – pregunto mirándome a los ojos. ¡Maldita sea! No podía combatir contra esos ojos. Siempre acabo sucumbiendo a ellos.

- Es solo que… - intenté proseguir pero las malditas palabras no querían abandonar mi boca -… es solo que… yo…

Las manos de mi reina dejaron mi cuello y se posaron en mis hombros. Una de ellas acarició cariñosamente mi mejilla.

- No tengas temor mi valiente caballero – dijo con toda la sinceridad que transmitían sus palabras – Adelante, dime – y terminó haciendo lo que yo más temía. Rodeó la atmósfera con su cálida sonrisa, lo que me desmoronó por completo.

Con todo, esta hermosa noche que queda en el recuerdo de otras iguales, fría pero a la vez cálida, con su brillante luna llena en lo alto, y a la compañía de mi amada reina… Con todo aquello que me rodeaba, esta cálida atmósfera que me envolvía, el cuerpo desnudo de mi reina, sentado encima del mío, y con su hermosa sonrisa … Con todo ello, no tendría razón para interrumpir esta hermosa velada. Sin embargo, tenía que preguntárselo. Necesitaba saberlo… ahora.

- Mi reina… yo… -Intenté decir

- ¿Si, mi caballero?- Volvió a sonreír. Su mano seguía en mi mejilla.

- Yo… - susurré.

Mi mano tomó cartas en el asunto y se adentró sin previo aviso en la intimidad de mi reina, generando que un fuerte gemido saliese de sus cuerdas vocales y su cuerpo se arquease, echando hacía atrás su cabeza. No puede apreciar su bello rostro, ni el sentimiento que se manifestaba con un color escarlata. Sus manos me apretaban fuertemente los hombros.

- Mi reina, yo soy tu siervo… tu fiel caballero - le dije en tono serio – nunca te he fallado, siempre te he servido bien… - mis dedos continuaban dentro de su intimidad, moviéndose lentamente dentro de ella – Por eso yo, le pido humildemente, que por favor… - ella me miró a los ojos con una respiración agitada – Por favor me diga, si usted… - mis dedos intensificaron la profundidad y su velocidad - … siente alguna atracción… - ella rodeó mi espalda con sus brazos. Fuertemente, entre gemido y gemido. Continuó mirándome - … por mi. – y con ello mis dedos no pararon de moverse más rápido y más fuertemente que antes.

Un extravagante gemido es lo que obtuve como recompensa, eso y… unas largas uñas que se clavaban en mi espalda como afiladas cuchillas. Contuve el dolor con un leve quejido. Con el movimiento de mis dedos, su cuerpo se contoneaba con el mío, y sus pechos se movían junto a los míos. Rozándose entre si, y saltando juntos. Mi reina gemía más continuamente. Tenía la cabeza escondida en mi cuello. Podía notar su aliento cálido.

- Respóndame, por favor – supliqué en su oído.

- Yo, ¡ah!... yo… ¡ah! ¡Ah!... – intentaba responderme, pero su respiración era demasiado agitada.

- Por favor, mi reina…- volví a suplicar. Mis dedos continuaban su labor.

- ¡Ah, ah!... yo... ¡Ah!.. te… te ¡Ah! – seguía gimiendo.

Quería escuchar su respuesta con ansias, mi reina estaba a punto de terminar, y quería saberlo antes. Pero, por extraño que parezca, pude escuchar unas pisadas aproximándose a mi alcoba, la misma que ahora estábamos ocupando.

Así que, rápidamente dejé mi labor y levante a mi reina de mi regazo y de mi sillón. La alcé con mis brazos y la deposité entre mis sábanas, a lo que ella me miró sorprendida pero con un brillo en los ojos de emoción. Yo le susurré en el oído – No se mueva, por favor – Y la arropé con mis mantas. Me acerque rápida pero silenciosamente a mi espada y me aproxime a la puerta. Tenía que ser precavida, a estas horas de la noche dudo enormemente que se trate de una visita. Al menos, no una que sea amigable.

Esperé y esperé. La agitación de mi corazón volvió a la normalidad. Necesitaba tener el pulso firme. Los pasos al otro lado de la puerta se escuchaban aproximarse cada vez más. Una gota de sudor rozaba mi sien. Mi reina me veía sentada, tapando su busto con las mantas. Su mirada reflejaba preocupación. Yo asentí en modo de tranquilidad. Los pasos se detuvieron justo en mi puerta. Apreté con fuerza el mango de la espada. Y sonó el sonido de nudillos contra la madera, lo que me indicaba que alguien llamaba a mi puerta, y no era un intruso.

- ¿Quién va? – pregunté - ¿Qué ser me molesta a estas horas? – mi voz sonaba enfadada.

- Soy yo, mi Comandante – escuché esa voz que me sonaba familiar – Su Lugarteniente, Reiner – terminó de decir - ¿Podría hablar con usted de algo? – escuché como giraba el pomo de la puerta.

- ¡Espera!- grité

- ¡A sus órdenes! – noté por su voz que le asusté.

- Un momento… - dije mientras dejaba la espada reclinada en la pared y corría a coger la camisa que estaba a los pies del sillón. Me la puse sin abotonar. Aun así cumplía bien su labor de tapar bien mi cuerpo. Avisé a mi reina por señas de que se metiese entre las sabanas, y esta obedeció. Abrí la puerta.

- Reiner, que sorpresa a estas horas- dije con una medía sonrisa.

Frente a mi había un monumento de hombre. Alto, rubio de ojos azules, con las fracciones de un Dios. Realmente parecía un titán.

- Siento molestarle a estas hora mi Comandante pero tenía una duda que… - vi como sus ojos se transportaban al interior de mi alcoba y divisaba a lo lejos una silueta entre sábanas de un cuerpo que el desconocía pero yo conocía muy bien. Carraspeé la garganta para llamar su atención.

- Lo siento mi Comandante, pero no pude evitar…- volvió a ver- ¿Oiga es una prost…?

- Yo diría más bien señorita de compañía – le interrumpí – Ya sabe, una noche de frío… para entrar en calor – le sonreí y le guiñé un ojo.

- Ah.. claro jajajaja- se rió nerviosamente.

- Bueno ¿qué era lo que quería preguntarme?- le dije impaciente.

- No pasa nada, creo que puede esperar – dijo y se puso firme – Disculpe las molestias, que tenga buena noche mi Comandante – Se inclinó y se fue por el frío pasillo. Yo cerré la puerta y suspiré. De repente noté unas manos abrazando mi abdomen, y una barbilla encima de mi hombro.

- Así que, señorita de compañía ¿eh? – susurró- ¿Eso es lo qué soy para vos? – preguntó.

- No, y lo sabéis perfectamente – respondí firmemente.

- Ya lo sé – susurró más cerca de mi oído. Me abrazó más fuerte.

- Mi reina, cogerá frío – le dije mientras me zafaba de su abrazo e iba a por una manta – Tenga- la envolví con la manta. Me sonrió

- Gracias, mi caballero – dijo acercándose a mi – Tendremos que dejar esto aquí, no sería bueno llamar tanto la atención después de esta interrupción- dijo mientras me acariciaba la mejilla con su fina mano. En realidad no quería que esto terminase.

- Como usted deseé, mi reina – me incliné levemente.

- Mírame – dijo a mi sorpresa. La miré. Y ella sonrió de nuevo – Contestando a tu anterior pregunta…

Me tiró de la camisa hacía ella y me beso abruptamente, con toda la pasión que podía expresar. Yo estaba atónita. Mordió mi labio inferior y lo estiró lenta y sensualmente, lo que hizo que mis piernas temblasen. Volvió a mirarme pegando nuestras frentes.

- Eres mi fiel caballero … -dijo a mi tristeza- … pero mi más amado amante- sentenció. La miré con incredulidad. Y ella sonrió. – No lo olvides nunca, Saber – pronunció mi nombre – Nos vemos mi caballero – y dio media vuelta y se alejó por la puerta por donde vino. Aquella que la había traído hasta mi tantas noches, aquella que se la volvía a llevar…

- Irisviel… - pronuncié el nombre de mi amada reina en un susurro, mientras tocaba la comisura de mis labios con mis dedos.

Y esperé a que la noche me engullese en su frío abrazo.


Palacio de Iderland, Alemania:

Chikane:

Creo que eso cálido que sentía recorriendo por mis brazos, no era el impulso de los escalofríos, sino la sangre que emanaba de mis muñecas por culpa de las esclavas. Realmente estaba tirando con fuerza de ellas. Pero no me importaba, porque lo único que anhelaba con gran fuerza era el desesperado contacto de su cuerpo, sus caricias, sus labios… - ¡Dios! ¿cómo era posible que sus labios supiesen a fresa? – cuestioné en mi mente. Pero era del todo verdad. Sus labios eran suaves como la seda, y dulce como la misma fruta. Realmente no me podía resistir a ellos, ni a ella. Mi cuerpo intentaba estar lo más cerca posible de ella. Mi princesa me envolvía con sus finos brazos mi cuerpo, envolviendo sus dedos en mi alborotado cabello. Por mi parte si no podía abrazarla, tendría que demostrar mi pasión de alguna forma. Así que me separé lentamente de sus labios para que ambas pudiésemos recuperar el aliento.

- Chikane… - dijo en un inaudible susurro que pude oír.

- Himeko…- susurré. Me miró a los ojos y pude descifrarlos aun con la escasa luz. En ellos vi el fuego de la pasión y el frío viento del miedo, de la duda.

Volví a besarla, ella volvió a apretarme en el abrazo. y esta vez me encargué de que recibiese toda mi pasión y amor por ella. Nuestros labios estaban unidos y yo asomé la punta de mi lengua para que me permitiese el paso, ella dudó en un primer momento, pero luego abrió tímidamente su boca, abriéndome paso con mi lengua. Sentí como me agarraba de los cabellos con más fuerza. Nuestras lenguas danzaban sincronizadas, como si de siempre se conocieran. Nos separábamos y nos volvíamos a juntar, haciendo un sensual ruido en el proceso. Unas ligeras líneas de saliva rondaban la comisura de nuestros labios y de nuestras barbillas. Nos estábamos perdiendo en nuestro amor, y por mi parte continuaba tirando con fuerza de las esclavas. Tenía el pequeño arrebato de que, si lograba aumentar la fuerza, podría soltarme. Pero eso era solo una irrealidad.

- Chikane… - volvió a susurrar en la comisura de mis labios- …Chikane… - sus rodillas se cruzaban con las mías, muy cerca de mi intimidad -… Chikane… - sus brazos se deslizaron por mi voluptuoso pecho, lo que hizo que manifestase un pequeño gemido. Continuó su recorrido hasta rodearme por las espalda -… Chikane.- apretó con fuerza y volvió a besarme.

En toda esta alegre y pasional atmosfera, no pude percatarme del punzante dolor que desde hacía horas sentía. La herida de mi hombro seguía abierta, y el dolor que sentí con el fuerte abrazo, se manifestó en forma de grito.

-¡Ah! – grité intentando contenerme pero resulto ser un grito perfectamente audible. Rápidamente Himeko se separó de mi y me vio con ojos de preocupación. Yo intentaba aguantar el dolor, pero mi cara me delataba.

-Chikane – dijo con tono suave, un tanto asustada - ¿qué…? ¿qué te pasa? – se podía notar por el timbre de voz que estaba nerviosa. Yo solo sonreí nerviosamente.

- No es nada, es solo que… -intenté decir.

- ¿Es solo qué…? – repitió aun con esa mirada de preocupación. Realmente parecía un ángel.

- Es solo que creo que la herida que tenía en el hombro… - la miré a los ojos con una ligera sonrisa en el rostro- … esta abierta.

No sabía que el ser humano pudiese cambiar tan rápidamente sus sentimientos a otros, pero siempre me sorprenderá la vida con cosas como esta. De un momento a otro, tenía a Himeko asustada, sorprendida y llorando amargamente ante mis ojos. Yo la miré incrédula, quise decirle que ella no tenía culpa ninguna, pero las palabras no abandonaban mi boca. Agachó la cabeza y apoyó sus manos en su rostro.

- Lo siento… - susurró con la voz quebrada por el llanto- … lo siento mucho, Chikane…. – estaba llorando a mares – Es mi culpa… todo es mi culpa… - continuaba llorando- … por mi culpa estas así, Chikane.

- Eso no es verdad Himek...

- ¡Si, si que lo es! – fui interrumpida abruptamente, lo que me sorprendió – Por mi culpa estás en este estado, ¡es por mi maldita culpa que ahora estés aquí!- gritó.

Hubo un silencio. No se escuchaba nada, ni siquiera su llanto, solo el seseo de almas en penumbra pidiendo ayuda desde las otras celdas.

- Himeko - le dije con tono serio para que me mirase, ya que no podía levantar su barbilla. No me prestó atención – Himeko, mírame – volví a decir a lo que esta finalmente obedeció – Esto no culpa tuya, y lo sabes – me miró con ojos vidriosos – No es tu culpa que hubiese una disputa en el mercado- le dije recordándole aquel día- no es tu culpa que yo misma te protegiera de aquella flecha, no es tu culpa que me dieran una paliza, y por supuesto no es tu culpa que mañana sea juzgada. – le dije lo más cariñosamente posible que me fue posible.

- Pero mírate Chikane – dijo posando sus manos en mis mejillas, recorriendo con sus dedos cada poro de mi piel- Tus pómulos morados, tu ceja rasguñada… tus labios hinchados y ensangrentados… - dijo posando su pulgar en ellos y rozándolo suavemente – Y por no hablar de las contusiones que tendrás ocultas bajo la manta, la cual no me deja ver.

¿Será que no puede ver mis contusiones debido a la manta?, ¿o será que así no puede ver mi cuerpo desnudo? – pensé maliciosamente.

- Desearía que aquel día no me hubiese atrevido a desobedecer a mi padre y me hubiese quedado en palacio – dijo bajando la mirada y sus brazos- Así nada de esto hubiera pasado- volvió a llorar. Yo la miré seriamente.

- ¿Acaso dices que te arrepientes de haberme conocido? – ella levantó la mirada, viéndome con incredulidad.

- ¡N-No me refiero a eso! – contestó nerviosa.

- Yo no me arrepiento de hacer lo que hice, porque gracias a eso pude conocerte… mi princesa –le regalé una sonrisa entre tanta penuria.

- Chikane… - dijo resbalándosele una lágrima solitaria.

- Conocí a un pequeño y delicado ángel, a una valiente princesa dispuesta a proteger a su pueblo, a la más bella flor de entre todas ellas… - me miró sonrojada – Conocí… a la mujer que logró robarme mis suspiros, mis palabras, mis pensamiento, mi alma… y mi corazón- vi como comenzaba a escapárseles lágrimas por esos hermosos ojos amatista.

- Chi-Chikane… - su voz era entrecortada.

- Himeko- me acerqué a ella lo máximo que me dejaban las esclavas, y le dije suavemente – Yo te…

- ¡Princesa!, ¡princesa! – fui interrumpida por una voz femenina procedente del pasillo que llevaba a mi celda, lo curioso era que me sonaba pero no recordaba de qué- ¡debemos irnos ahora, el alguacil está a nada de llegar!

- Deberías irte, no quiero que tu también seas castigada- de dije alejándome- ¡vamos, deprisa, antes de que llegue!- añadí fuerza a mi voz para que reaccionase, y así lo hizo. Se levantó.

- Juro por el reino de Iderland, que haré todo y más de lo que esté en mi mano para cambiar esta injusticia – dijo mientras se secaba las lágrimas.

- No te tomes tantas molestias para alguien como yo – dije a lo que ella me miró sorprendida – Tengo las manos manchadas de sangre, no soy del todo inocente.

- Me tiene sin cuidado- vi como se agachaba y me cogía el rostro con sus manos acercándolo al suyo- Seas el tipo de persona que seas, no voy a dejar que esto pase- eso me sorprendió- La gente cambia, lo he comprobado por mi misma.- susurró.

- ¿A que te refieres?- le pregunté.

- A esto.

Y con esto me arrastró hacía sus suaves y apasionados labios con sabor a fresas. Mi estómago se volcó en un agitado revoloteo y mi corazón quería salírseme del pecho. Era increíble lo que me hacía sentir esta chica. Maldecía a la vida por tener que arrebatármela mañana. Desearía que este momento fuera eterno, que pudiésemos vivir juntas toda la vida, igual que en los cuentos de hadas. Pero siempre hay un antagonista en toda historia de amor.

- Espérame... –susurró entre mis labios-… espérame…. –noté como su voz se había vuelto a quebrar.

Y cuando quise darme cuenta, ya se había ido de mi lado, cerrando la puerta consigo.

Alis:

- ¡Vamos princesa, rápido! – grité por lo bajo mientras levantaba la manta que tapaba el carrito y le hacía señas para que apresurase su ritmo.

- Ya voy, Alis – dijo corriendo hasta donde me encontraba.

- ¡Vamos, vamos! – le insistía nerviosa. Estaba preocupada. Si nos encuentran aquí nos harían muchas preguntas a las que estoy segura tendría que responder yo, ya que sé que, aunque la princesa no contestaría a ninguna, a mi me torturarían hasta obtener la verdad.

- ¡¿Quién anda ahí?! – escuchamos a lo lejos del pasillo. Nuestras vistas se posaron en el fondo del pasillo donde se podía divisar una tenue luz de antorcha.

- Oh, no… - escuché decir a la princesa asustada.

- El alguacil…- dije atónita, mi cuerpo no reaccionaba – ¡Rápido princesa!

- ¡Ya-ya voy! –dijo nerviosa, mientras se metía dentro del carrito. Yo bajé la manta.

- No haga ruido, princesa – susurré mientras conducía el carrito por el pasillo. En un abrir y cerrar de ojos tenía al alguacil delante mía. Me miró sorprendido.

- Señorita Alis… ¿qué está haciendo usted aquí?

Ante mi había un hombre de unos 50 años, pelo ya encanecido, de una altura un poco más alta que la mía, con una barba de unos 15 días y con unas cuantas arrugas asomándose por la frente. Su mirada bajo para ver el carrito, lo que me dio una brillante idea.

- Oh nada, solo que el cocinero está ebrio de nuevo y no puede repartir la comida a los presos, por lo que me toca hacer el trabajo a mi- le dije con una sonrisa.

- ¿Otra vez?, ah…- dijo resignado- ¿Cuantas van ya esta semana?, ¿5? Ya he perdido la cuenta… - ajustó su cinturón.

- Bueno, yo tendría que irme ya- dije continuando mi paso- ¡Ah por cierto!, me olvidaba de darle esto- recordé dándole un plato todavía caliente de estofado. Él lo miró con alegría.

- ¡Oh, muchas gracias¡- dijo con la sonrisa que siempre mostraba cuando veía una deliciosa comida. La tomó sin dudar.

- No se dan- le devolví la sonrisa- Bueno que tenga una buena noche – le dije mientras me alejaba.

- Usted también señorita – dijo despidiéndose.

- Uff… menos mal- suspiré mientras subía por la rampa hasta abandonar las mazmorras.

Llegué a la planta baja del palacio, pasé por el enorme recibidor, y abrí la puerta que llevaba hasta el patio interior. Había unos cuantos guardias pero no llamé la atención porque siempre pasaba por el mismo camino. Ellos me saludaron y yo a ellos y me abrieron la puerta que llevaba hasta la cocina. Entré y dejé el carrito.

- Princesa estamos solas, salga- le avisé y obedeció.

- P-pero Alis… ¿cómo voy a llegar a mi alcoba?- me preguntó preocupada. Yo le sonreí.

- Amiga mía- dije mientras le cogía la mano entre las mías- ¿te acuerdas de cuando éramos pequeñas, e iba a tu habitación en secreto para que jugásemos?- me miró dubitativa, estuvo pensando un rato y me miró.

- Aquel pasadizo… - recordó incrédula.

- Exactamente.

Y la llevé hasta el pasadizo, aun sin soltar su mano, metí la mano entre la leña amontonada de la pared, y presioné la roca que sobresalía. Sonó un mecanismo a través de la pared y se abrió la pared continua.

- Vamos- dije mientras cogía un candelabro encendido.

La arrastré conmigo por todo el pasadizo. Las paredes eran pequeñas, parecía como si de un momento a otro nos fueran a devorar; estaba demasiado oscuro, ya que no había ventanas; y del techo colgaban telarañas vacías. Quién sabe dónde estarán sus dueñas. Llegamos a unas escaleras estrechas solo podíamos pasar una a una mientras subíamos. Llegamos a la primera planta, donde estaban las alcobas. Ambas no dijimos nada en todo el trayecto. Sentía una curiosidad tremenda por preguntar a Himeko qué tal le había ido, pero cada vez que me giraba y le veía el rostro, triste y apagado, mis ganas de saber se esfumaban como un suspiro.

Continué mi camino hasta que vi una franja dorada en la pared, la cual había hecho yo cuando era pequeña. Esa franja me decía que al otro lado de la pared se encontraba la alcoba de Himeko, por lo que detuve mi andar y me puse a buscar el accionador del mecanismo.

- ¿Qué ocurre Alis? – preguntó Himeko a mi espalda.

- Estoy buscando… - alcé el candelabro y palpé las paredes con la mano libre. Seguía estando demasiado oscuro- … el… maldito… - Mi dedo se depositó en un orificio y se escuchó un chasquido de metal – ¡Ya esta!- la pared empezó a moverse sola.

- Así que si que llevaba a mi alcoba… -dijo incrédula mientras observaba el interior de la sala.

- ¡Pues claro! – dije un poco mosqueada por su falta de fe en mi- Vamos princesa no hay tiempo, entre – le dije mientras la empujaba hasta dentro – Y no haga mucho ruido, ¿no querrá que los guardias alerten de esto?- me miró asustada y asintió - Recuerde que ya es muy tarde y ya debería estar dormida. Bueno me marcho, que tenga una buena noche princesa – me incliné levemente mientras le daba al accionador para cerrar la pared.

- Alis – paré mi acción y asomé la cabeza para mirarla – Gracias… por todo – me dijo con la voz apagada y con la mirada llena de agradecimiento. Yo sonreí.

- No se dan , Himeko – y pulsé el accionador.

La pared me engulló y seguí mis pasos, con el candelabro, cuyas velas ya estaban en las últimas. Maldije por lo bajo por no haber cogido uno con velas nuevas. Sabía que la luz se iba apagar antes de que llegara a las estrechas escaleras, así que busqué otro accionador en la pared. Según mis cálculos debería estar por el gran pasillo, en el tramo en el que no hay ninguna alcoba, y por lo tanto, ningún guardia. Moví el candelabro de un lado a otro para ver más rápido y encontré un agujero del tamaño de un dedo, presioné el botón de dentro y el mecanismo se activó. La puerta se echo hacia atrás y después se corrió hacia un lado. Asomé la cabeza y miré un extremo y otro del pasillo. No había nadie. Volví a accionar el botón de nuevo, y antes de que se cerrara la pared, salí de allí. La pared se cerró y anduve por el gran pasillo hasta llegar a las escaleras.

- Vaya noche más movidita llevo… - suspiré.

- ¿En serio? – escuché decir al fondo del pasillo. Estuve a un tiro de piedra de bajar las escaleras, pero me detuve por la escalofriante voz. Giré mi vista y divisé a lo lejos una sombra. Tragué saliva.

- ¿Q-Quién va? – dije asustada mientras levantaba el candelabro. Aunque la luz de la luna llena me proporcionaba una visión razonable, lo cierto era que no llegaba a iluminar el rostro del sujeto. Por lo que solo podía ver una sombra oscura acercándose a mi. - ¡No se acerque, se lo advierto!- sujeté firme el candelabro con las dos manos y me preparé. Ya lo tenía a dos metros.

- ¿Acaso vas a hacerle daño a tu propio hermano? – dijo dando un paso, y con él la luz lunar se depositó en su rostro.

- ¿Souma…? – dije incrédula y enojada- ¡¿Se puede saber que te pasa?! ¡Casi me muero del susto, idiota! – le grité. Dejé de sujetar el candelabro con ambas manos.

- Tranquila, tranquila… - me dijo sonriente- No creí que fueras a reaccionar así.

- ¡Ah!- me quejé – Solo no lo vuelvas a hacer, ¿entendido? – dije levantando una ceja – O sino te tragaras el maldito candelabro – le amenacé.

- Vale, vale – seguía con esa sonrisa. Era como si nada de lo ocurrido ayer le afectara.

- Por cierto, Souma – prestó atención- ¿Cómo es que aun sigues despierto?

- Podría hacerte la misma pregunta- me respondió. Ahí me había pillado.

- La verdad es que intentaba visitar a la princesa, para ver si necesitaba hablar. La vi muy decaída hoy, ¡pero esas montañas que pusiste en su puerta no me dejan entrar! – me quejé falsamente. En realidad ya me habían dejado entrar, pero el no lo sabía. - ¿Por qué tanta seguridad? – y su sonrisa desapareció instantáneamente.

- No es de tu incumbencia – dijo sin un ápice de aprecio en sus palabras. Me sorprendió. – Ahora si me disculpas me voy a mi alcoba – Iba a bajar por las escaleras, pero lo paré.

- ¡Souma! – grité y se detuvo. Lo tenía de espaldas hacía mi - ¿Por qué?- pregunté triste - ¿Por qué todo esto? El arrestó, la paliza, la ejecución, pelearte con Himeko… - suspiré- ¿Por qué? ¿Por qué hacerle daño a Himeko? Se que la amas, así que… ¿por qué? – sentencié.

En toda la conversación no me miró en ningún momento. Solo noté como apretaba los puños. Yo iba a acercarme a él. Estaba preocupada, pero en el momento en el que iba a posar mi mano en su hombro, continuó bajando, aún sin mirarme.

- Como dije antes, no es de tu incumbencia – se le escuchó decir a lo lejos, son una voz sin vida. Yo me quedé asombrada por su actitud. Siempre me trataba muy bien, y a Himeko aparte de amarla, la idolatraba, la protegía… Pero ahora, no me contaba nada, ni siquiera me miró cuando le hablé, y discute con Himeko sobre la actitud de esta.

- Souma…

Rey:

- ¿Qué hago?, ¿qué puedo hacer? – dije con la mano apoyada en el frío cristal de la ventana. Me había pasado la noche despierto, sin conciliar el sueño

- Pensé que nunca volvería a verla, que Shun haría bien su trabajo, pero ya veo que no – observé el patio interior, las pequeñas antorchas que se veían a lo lejos, la luna eterna en el cielo. Me di la vuelta y me senté en la silla del gran escritorio de roble. Observé a lo lejos el chispeo y el crujir de la ardiente madera, que iluminaba toda la sala. Me llevé las manos a la cabeza.

- No se que pasará, no se si salvarla o dejarla morir- me auto dije en un susurro- Aun que si muere, todo mi trabajo no habrá valido nada… - elevé la cabeza, posé mis manos en el escritorio- De todas formas, ¿acaso es cierto lo que dijo el capitán? ¿mi hija…? ¡Ah! no, imposible – estaba seguro de ello- Ella no es así.

Mis ojos se posaron en algo que llamó mi atención, lo cogí y lo acerqué a mi.

- ¿Una carta?- me pregunté extrañado.

Normalmente las cartas, los tratados y las leyes los lleva mi valido*. Él es el encargado de enseñármelos y traérmelos para que yo los lea y los firme. Raramente se olvida de enseñarme una carta.

- Lleva el sello real de Noruega- dije al ver la marca de la cera que cerraba la carta. Rompí el sello y empecé a leer su contenido.

Después de unos minutos, la volví a doblar y la metí en el sobre. Me llevé las manos a la nuca y entrelacé los dedos mirando al techo.

- Bueno parece que la familia de mi amada nos va a hacer una visita.

Me levanté de la silla y miré el horizonte. Detrás de aquellas montañas se podía ver un color anaranjado junto con unos cuantos rayos de sol, lo que indicaba el hermoso amanecer.- Cuanto tiempo llevo pensando- pensé en mis adentros. Bajé la mirada y mis ojos se posaron en el capitán que andaba raudo y firme por el patio interior, dirigiéndose a unos guardias que vigilaban la puerta que llevaba al enorme recibidor. Los guardias lo saludaron y le abrieron la puerta.

- Parece que ya es la hora

Chikane:

- ¡Vamos, ábrala ya! – escuché gritar al otro lado de la gorda puerta de roble. Mis ojos estuvieron abiertos toda la noche, mirando aquel charco de agua y sangre, pensando en lo miserable que es la vida

- ¡No he visto persona tan incompetente en la vida!- volvió a decir esa voz que conocía.

- Lo siento, señor- escuché como se disculpaba el alguacil - pero no encuentro las llaves – terminó diciendo.

- ¡¿Cómo que no las encuentras?!- se notaba enfadado - ¡PERO SI ERES LA UNICA PERSONA QUE TIENE ACCESO A ELLAS! ¡nadie puede ver a los presos sin que tu abras las celdas! – sus gritos eran fuertes, aun que estuviera al otro lado, parecía como si estuviera delante mía.

- Lo sé, señor. Pero realmente no sé donde están- dijo y un recuerdo se vino a mi mente.

La visita inesperada de mi pequeño ángel, esa visita que hizo que mi corazón pegará un vuelco, que mi mente se paralizase, y que mis extremidades flaquearán. Ese bello y angelical rostro; ese cuerpo proporcionado y perfecto; y esos labios carnosos y dulces. Toda ella en sí era perfecta, como un ángel o aún más, como una diosa… No me podía creer que ella viniera a mi para contarme lo que sentía, y para besarme. Pensé que todo era producto de mi mente, que solo quería jugarme una mala pasada. Pero gracias a los escalofríos y a las mariposas que revolotearon mi estomago, pude comprobar que aquello era cierto. Y por eso maldigo con ganas este día.

- Tenga paciencia, mi señor. Seguro que las encuentro en un abrir y cerrar de ojos- le dijo el alguacil.

- ¡YO NO TENGO PACIENCIA! – gritó aquel desgraciado.

Y de un momento a otro, un fuerte estruendo retumbó en las pareces de la celda y de todo el palacio. Había cerrado los ojos por puro reflejo y lentamente los abrí. Ante mi había una ancha puerta derivada en el suelo, y una columna de polvo se elevó. Una silueta se posó encima de la puerta derivada, mis ojos se posaron en ella y el polvo se disipó.

- Se acabó tu paraíso – le escuché decir con una sonrisa- Tu te vienes conmigo.

Dicho esto, chasqueó los dedos y unos macizos guardias se encargaron de soltar las esclavas que me sujetaban a la pared por las muñecas. A cambio de esto me pusieron una apretadas y cortas esposas a la espalda. Yo no puse resistencia. Ya nada me dolía. Hacía horas que no sentía las manos, las rodillas y la espalda. Tenía todo contusionado y mi cuerpo desarrolló un sistema de invernación a base de dormir las partes de mi cuerpo contusionadas. Me llevaron a rastras por toda la mazmorra. El miserable capitán iba al frente, rápido, impaciente. Quería terminar rápido con esto, y yo también. Cuanto antes terminara, mejor.

Me llevaron por una vía que llegaba hasta lo que parecía ser unos establos, y de allí me llevaron a la gran entrada del palacio, que tenía la puerta bajada. El capitán hizo un gesto y un seguimiento de guardias reales nos acompañó a pie. Pasamos el puente y todo el camino de gravilla que había hasta el la entrada del pueblo. Mis oídos solo escuchaban el rítmico sonido de los pasos de la guardia. En el pueblo, todo el mundo me observaba. Unos asombrados y otros extrañados. Sabían que iba a ver una ejecución hoy, pero les extrañaba que una mujer fuese colgada, ya que normalmente a las mujeres se les impone la muerte por la hoguera, ya que siempre son juzgadas como brujas. Los que me miraban asombrados eran los que había estado en el mercado aquel día, y vieron como ayudé a ese mercader a recuperar su pertenencia. Les extrañaba que por una buena acción había sido juzgada a muerte.

Cuando llegamos a la plaza donde iba a ser juzgada, había una pequeña multitud de personas alrededor del foso donde me iban a ejecutar. Podía ver la perfecta soga llamándome, y al corpulento verdugo que lo acompañaba. Su atuendo y su capucha negra, daba más miedo que el propio verdugo.

- Llegó tu hora – escuche susurrar al capitán delante de mi.

Me elevaron subiendo por las escaleras y me acercaron a la muerte en sí. El capitán se quedó a un costado de mi, viéndome con una sonrisa. Mientras el pregonero decía a la muchedumbre los delitos de los que se me acusa. Raramente había visto a una muchedumbre de ejecución tan tranquila. Normalmente a estas alturas ya deberían estar lanzándome verdura podrida. Pero, extraño por lo que parezca, no lo estaban haciendo, es más, no estaban haciendo nada. Me colocaron la soga al cuello y se escuchó un redoble de tambor. Cuando aquel redoble terminase, el verdugo tiraría de la palanca y aquel despreciable a mi lado, ganaría. A lo lejos algo llamó mi atención. Una columna de polvo se elevaba por el camino a palacio llegando hasta el anaranjado cielo, y de allí salió una silueta femenina montada en un corcel blanco, dirigiéndose al galope hasta aquí. Ajusté mi vista y pude ver que se trataba de una agitada princesa gritando algo como -¡Detente Souma! ¡Detente! – Pero antes de que llegara hasta aquí unos cuatro guardias se pusieron en su camino y el caballo tuvo que parar aún sin el consentimiento de la princesa.

- Himeko… - susurré.

Y en ese instante del susurro no me enteré de que el redoble de tambor había parado y de que mi cuerpo estaba sostenido en el aire gracias a una cuerda que me asfixiaba. Mi cuerpo se tambaleaba en el aire . Intenté zafarme pero no lo conseguí. Quise gritar pero no pude. Pronto no tendría aire que respirar. Mis ojos, anteriormente cerrados, se posaron en lo que desde hace horas no dejo de pensar. La vi intentando zafarse de dos guardias, gritando cosas inentendibles para mis oídos, que solo escuchaban las pulsaciones de mi corazón. Cuando quise darme cuenta mis ojos fueron consumidos por una sombra negra, y mi cuerpo por la muerte.


Valido*: antiguos secretarios reales, que servían a los reyes en las Cortes y en los palacios, al rededor del siglo XIV.


HOLA Y BUENAS!, bueno más bien para mi de buenas nada, pues creo que muchos, por no decir todos -_- me mandareis un poquito a la m*** por no haber subido rápido el capitulo, pero en serio que lo siento y en verdad que no tengo tiempo con tantos exámenes, deberes, deporte y problemas sentimentales . (PERO ESPERO QUE OS GUSTE EL CAP ^-^) Agradezco mucho a la gente que escribe sus criticas y a aquellos que aun que no lo hagan les interese mi historia (si, hablo de ti y de todos vosotros;)... Escuchar una preguntita que quería hacer, ¿Os gusta mi forma de escribir? lo digo por si queréis decirme una crítica constructiva de como puedo mejorar mi escritura ( y si os gusta pues mejor!) Bueno gracias por leer y nos vemos. Subiré más rápido esta vez. BESOS!

PD: Si os habéis dado cuenta he agregado tres nuevos personajes que son Saber e Irisviel de Fate Zero (me encanta esta pareja, aun que no lo sea -_-) y Reiner de Shingeki no kyojin. Añadiré dos nuevas más. Podeis adivinar quienes son n.n/