CAPÍTULO 8: Manipulaciones.
Bueno, a ver.. por donde empiezo mi testamento. Sé, con certeza, que muchos lectores que tenía que eran recurrentes a esta historia los he perdido debido a los meses que tardo en publicar los capitulos venideros. Sé tambien que otros (y espero que muchos) han sido pacientes y han conservado la esperanza de seguir leyendo esta historia (a vosotros os quiero decir muchas gracias por el apoyo) ^-^ Y TAMBIEN SÉ QUE SOY UNA CABRONA DE REMATE POR NO ACTUALIZAR. Pero que quereis! he estado en un estanca. Si, lo siento, ya se que las vacaciones empezaron hace un més. Pero si conoces a una chica que te empieza a gustar y hace que tu estancamiento emocional desaparezca, lo prefiero *.* Bueno, que podeis mandarme a la mierda, a la horca o a lo que prefirais. Solo digo que esta historia NO ACABA AQUI. Y que todos aquellos que dejan sus comentarios, me son de gran ayuda porque son mi apoyo de volver a escribir. porque me hace saber que en otra parte del mundo hay gente que le encanta mi historia y eso me llena de alegria, de verdad que si. Y bueno, no se que mas contar. Aqui en españa son las 12 de la noche y tengo sueño - _- He hecho algun cambio en la forma de narar, que no se si se va a notar o no. Y HE AÑADIDO ESCENAS QUE OS VAN A ENCANTAR! -COMENTEN PLIS! BESOS
En la posada:
- ¿En qué puedo ayudarle? – dijo el robusto y amable posadero. Ymir se acercó con esa mirada de pocos amigos con la que miraba a todo el mundo.
- ¿Cuánto pide por dos habitaciones? – le preguntó mientras se quitaba los guantes. - ¿Dos habitaciones? ¿en serio? – pensé.
No podía estar hablando en serio. Después de todo el tiempo que pasamos juntas, ¿aún sigue pidiendo dos habitaciones? De verdad, a veces creo que a Ymir le gusta tirar el dinero.
- ¿Por dos? – preguntó extrañado, a lo que Ymir no hizo otra cosa que fruncir aún más el ceño – M-mis disculpas, señor. Pero pensé que se ospedaría con su señora.
Ymir ante esto se quitó la capucha y el posadero quedó sorprendido.
- ¿A quién llamas tu señor? – le seguía mirando amenazante.
- E-esto…
- ¿A quién llama usted señora? – le encaré quitándome la capucha. Me había ofendido, no soy tan mayor, ni lo parezco.
- ¡D-disculpen damas! – se veía nervioso - ¡No era mi intención ofenderlas! Es solo que… pensé, que se trataba de una pareja que quería pasar la noche.
- Pues mira, en eso no te equivocas – dijo Ymir con una sonrisa maliciosa – No te equivocas porque, primero: sí, somos una pareja ya que en un sentido de la palabra, pareja significa "un par" y en este caso, de personas. Y segundo: sí, venimos a pasar la noche – seguía hablando con ese sarcasmo que la caracterizaba – Como ve, no se ha equivocado en nada.
El posadero se rascó la cabeza con una sonrisa perdida.
- Si bueno, visto así…
- Pero, como no soy idiota pienso que a lo que se refería con "pareja" era haciendo referencia al otro significado, así que se lo voy a aclarar – me agarró de la cintura y me acercó a ella, mientras ponía su mano libre en mi barbilla y la acercaba a su mejilla – Yo quiero poseerla – dijo con su habitual sonrisa. Yo me sonrojé y al mismo tiempo me irrité, y la aparté de mi bruscamente. No me atreví a levantar la cabeza y encontrarme esa mirada felina – Pero como puede ver ella no está por la labor de corresponderme – prosiguió con una sonrisa, que aunque no podía verla, sé que la tenía – Así que se lo volveré a decir de otra forma para que lo entiendas… - de repente su voz tornó a un tono frío y cortante.
De un momento a otro Ymir había agarrado los pliegues de la camisa del posadero y, bruscamente, lo había acercado hasta ella, de modo que sus frentes estaban a 5 cm de distancia. La mirada del posadero reflejaba exactamente la mía. Pura incredulidad y sorpresa. Por no decir también miedo.
- Quiero dos habitaciones, y más te vale que las camas sean cómodas porque la última vez hice que el posadero se comiera la paja del colchón – no estaba de broma, era cierto – Y no estoy bromeando.
Ymir lo alejó en un movimiento rápido y el posadero torpemente se enderezó y empezó a buscar las llaves de las habitaciones. Nervioso, se las entregó a Ymir, y ella, sacó de la bolsa que tenía en la bota, algo de dinero – No entenderé porqué la guarda ahí – pensé. Sacó cinco monedas de bronce y las dejó encima del mostrador.
- Dos monedas por cada habitación y una más por las molestias – dijo con una sonrisa sarcástica, mientras le pellizcaba la mejilla y al mismo tiempo le daba una pequeña cachetada.
Realmente me daba pena el pobre hombre. Estaba siendo manipulado por la fría y controladora Ymir. Nadie escapaba de su fría mirada, y de su sarcástica y encantadora sonrisa. Nadie… ni siquiera yo.
Recogimos nuestros sacos y nos dirigíamos hacía las escaleras, cuando la voz del posadero nos detuvo.
- Saben, por estas tierras no es de buen agrado ver a gente como ustedes – dijo seriamente sin titubear. Yo me sorprendí – No se de donde vendrán, ni cómo es la sociedad de donde vienen, pero este país no tiene buenos ojos para "parejas" como la vuestra.
Y como un balde de agua fría, me estampó en la cara aquella advertencia. Me fijé en él. Esa mirada que anteriormente mostraba sorpresa, nerviosismo y miedo, ahora era seria, fuerte y confiada. Me di la vuelta para mirar a Ymir, pero ella seguía de espaldas. Ni siquiera se había dado la vuelta para escucharlo. No hizo nada durante un rato, y entonces dejó caer el saco y se volteó hacía mi, caminó firmemente y se detuvo a 10 cm. Podía oler su perfume. La miré titubeando y sus ojos… Su mirada no era fría ni distante, era… cálida. Me sorprendí levemente y entonces levantó la vista y miró al posadero con los mismos ojos.
- Puedes pensar tu, y este reino, que una relación así es algo profano y asqueroso. Que es algo que hay que erradicar. Que no es algo, normal… - por primera vez Ymir estaba hablando con el corazón. Ese mismo que a nadie enseña y que me gustaría descubrir más de él – Pero, no todos podemos controlar lo que somos, o de quién nos enamoramos. – me miró. Yo quedé sorprendida – Pero así como no se puede controlar la fuerza de las olas, tampoco se puede controlar el amor – me sonrojé.
Ymir volvió a sacar esa sarcástica sonrisa y miró al posadero.
- Pero no quería decir eso – prosiguió – Solo quería decirte que esa quinta moneda no era solo por las molestias, sino para que mantengas el pico cerrado. – le amenazó Ymir, y el hombre volvió a ponerse nervioso.
- Otra vez ha vuelto a manipularlo – pensé.
Con todo, me sonrió y cogió su saco, la seguí hasta nuestras respectivas habitaciones, y entré en la mía, dejando el saco en la cama. – No está tan mal – pensé – al menos el lugar es cálido.
Cuando estaba a punto de cerrar la puerta, un pie me lo impidió. Abrí la puerta y allí estaba Ymir, con una mirada que nunca antes le había visto.
- ¿Qué pasa Y…?
No me dio tiempo a formular la pregunta, ya que, rápidamente, Ymir me atrapó con un brazo y me acorraló a la pared mas cercana. Levanté la vista y, de nuevo, estaba tan cerca que podía sentir su respiración.
- ¿Q-qué…? – dije sonrojada y nerviosa.
Ymir sonrió y me apartó un mechón de la frente, poniendo detrás la oreja.
- ¿Te apetece dar una vuelta e ir a tomar algo? – me preguntó en un susurro que me erizó.
- ¿A-a dónde? – pregunté. Seguía nerviosa.
- A donde sea, me da igual – no se como era posible que una voz pudiera sonar tan sensual, pero ella lo conseguía.
Volvió a sonreír y yo bajé la mirada avergonzada.
- De acuerdo – dije apartándola rápidamente, mientras comenzaba a caminar – Pero dime una cosa – me paré, y ella me miró – Todo lo que dijiste antes, abajo… ¿era en serio?
Ella me miró sorprendida y seriamente me respondió.
- ¿Tu no lo crees? – me preguntó. Yo no sabía que contestar.
- Yo… claro que lo creo – die en un susurro – Cualquiera debe tener el derecho a amar.
La miré y ella me sonrió, yo me di la vuelta.
- Y a tener la felicidad de ser correspondido… - susurré.
- ¿Qué has dicho? No te escuché – me preguntó.
- Nada – dije andando rápidamente.
- ¡E-espera! – gritó Ymir, que empezó a seguirme.
Nada. Eso es lo que tengo que sentir. No puedo esperar a que algo bueno me pase. Nunca tengo esa suerte.
Nunca seré feliz.
Carruaje:
En el momento que el supuesto Comandante le alentó al capitán, yo me quedé perdida.
- ¿Quién es?, ¿lo conozco? – pensé.
Pero cuando me di cuenta, ya había dado la orden de partida y se alejaron en una nube de polvo. Lo único que quedaban allí era los ciudadanos que se disipaban lentamente. Algunos apenados por no poder ver a la muerte cerca, otros aliviados por no verla, y muchos más extrañados de los sucesos. Intentando entender lo ocurrido y lo que ocurre dentro de las clases más altas. Aunque no me había dado cuenta hasta que escuché el inconfundible relinchar de los caballos, había en un costado de la plaza un carruaje real, y en el, un cochero y cuatro guardias a caballo para resguardarlo. Tenían en la coraza el símbolo real, lo que me decían que eran de palacio. Uno de ellos se acercó a mi.
- Princesa, ¿desea que la respaldemos hasta palacio? – preguntó amablemente. Yo aún seguía descolocada.
Cómo era posible que tantas congojas pasaran al mismo tiempo. Por qué me estaban pasando a mi. Por qué mi mejor amigo había hecho tal atrocidad. En qué momento se torció mi vida de ser aburrida y monótona, a estar plagada de luz, dolor, y sentimientos encontrados por alguien que apenas conozco…
Y fue en ese momento, cuando mis pensamientos volvieron a ordenarse en mi mente y lo primero que pensé fue en la causante de esos sentimientos.
- Chikane…
Así que volví la vista atrás, y ahí estaba. Apoyada en las paredes del foso, intentando enderezarse. Como pude, recogí los pliegues de mi vestido y, rápida como el viento, corrí hacía ella y la ayudé. En cuanto la enderecé y la sujetaba con mi cuerpo, ella alzó la vista y me sonrió con toda la calidez que una persona puede mostrar. Yo me sonrojé, pero intenté ocultarlo.
- Si con solo una sonrisa me hace sonrojar, no quiero pensar en lo que le pasará a mi cuerpo cuando vea esos blancos y perfectos dientes cuando se ría. – pensé.
No hubo necesidad de decir nada. Ni una palabra. En cuento estuvimos cerca de la otra, mi alma se calmó, y sé que la suya también. Y así seguimos todo el trayecto hasta el carruaje, que estaba com de nosotras. Por el camino, tuve que ayudar a Chikane poniéndole su brazo bueno alrededor de mi cuello y mi brazo alrededor de su cintura. Si me paro a pensarlo, estábamos muy cerca. Tanto, que podía sentir su entrecortada respiración, y su dolor … Lo bueno era que Chikane no pesaba tanto, pero tampoco es que sea muy fuerte, así que me cansé en seguida.
Cuando un guardia se ofreció a ayudar, miré a Chikane y ella me sonrió de nuevo, como diciendo que estaba bien. Entonces se la ofrecí cuidadosamente al guardia y el la llevó en brazos hasta dentro del carruaje. Yo busqué con la mirada lo que me estaba inquietando desde que comenzó este sufrimiento. Y lo encontré.
Allí estaba el capitán de la guardia real y de la milicia. Solo. Mirando lo que queda de la estela de polvo y humo, que dejaron tras de si los corceles reales. Preguntándose qué era lo que ocurría. Sé que se estaba preguntando eso porque yo también me formulaba esa misma pregunta. Mi cuerpo al verlo se tensó de la rabia. Me fijé más en él. Su cuerpo también estaba tenso. Podía escuchar cómo crujía el cuero de sus guantes, apretados por la ira. Su mandíbula tensa. Sus ojos que expresaban rabia y … ¿confusión?. Quizá porque ahora ha descubierto que ya no está al mando. De todas formas, después de todo lo que le dije, una parte de mi le odia, mientras que una parte de mi siente pena y dolor por lo que me ha hecho. Aquel que juró ante mi padre y ante Dios que me protegería de cualquier mal, ha sido el causante de él. Y no lograba entenderlo. Aquel niño que me protegió, no es el mismo que el que tengo delante. Y no lo volvería a ser. Al menos, para mi.
Volví la mirada y me metí en el carruaje. Una vez dentro, avisé al cochero de que podíamos irnos, y vi a Chikane sentada, apoyando la cabeza en el lateral del carruaje. Estaba durmiendo, o pretendía hacerlo. Me senté a su lado y le aparté algunos mechones de la cara. - Dios, por qué han sido tan crueles contigo, Chikane. –La miré. No había parte de su cuerpo que no estuviese de color púrpura, y no quiero ni pensar cómo de mal estaría su cuerpo, debajo de los harapos empapados en sangre, que tiene por ropa. Sus brazos, uno que debería estar inmovilizado y otro lleno de cortes y contusiones. Sus pies, llenos de sangre coagulada y seca. Sus piernas, más moradas que blancas. Y su cara. Por Dios, su cara. No había parte de ella que ese salvaje del alguacil no hubiese tocado. Aunque algo me dice que no fue obra suya. Tenía un ojo morado, cortes en labios y cejas, tenía otro corte en el puente de la nariz, y varias contusiones en la mandíbula. Cada vez que mis ojos veían un corte o una contusión, empezaban a llorar.
- ¿Por qué…? – pensé - ¿por qué te hicieron esto? Chikane…
Mi mano recorrió su mejilla y un quejido salió de sus labios hinchados.
- ¡L-lo siento!, no quería… - no se por qué, pero no me salían las palabras.
Cada vez que me miraban esos ojos zafiro, me congelaba. Mi cuerpo y mi mente no sabían que hacer o decir. Solo existía y nada más.
Chikane volvió a sonreír, lo que provocó que miles de mariposas volaran por mi estomago.
- Ahora entiendo lo de la sensación de mariposas en el estomago cuando te enamoras – pensé – Pero… ¿es esto realmente amor?
Y en un segundo, Chikane se había recostado en mi pecho. Mi corazón pegó un vuelco que probablemente haya escuchado. Escuché cómo exhaló gran cantidad de aire y se relajó. Yo no sabía que hacer, estaba nerviosa.
- ¿C-Chikane?, ¿estas bien?
No hubo contestación. Solo me respondía una acompasada respiración que me indicaba que ahora estaba en el mundo de los sueños.
Me apené. Pero a la vez me alegró verla dormir. Tranquila y relajada como una niña. Como si nada hubiera pasado, como si su dolor no existiera, como si solo existiéramos nosotras en el mundo…
Busqué con mi mano la suya y la entrelacé. Pude escuchar cómo balbuceaba algo. Sonreí cuando finalmente pude entender lo que decía. – Himeko – eso es lo que decía.
Apreté más fuertemente su mano y le besé la cabeza, con todo el amor que le pude dar con ese beso. Dejé que se acunara en mi pecho.
Miré por la ventilla del carruaje, viendo como subíamos las cuestas hasta palacio, y una cosa me paso rápido por mi mente. Bueno, más bien que una cosa, alguien.
- Souma… - pensé – ¿Cómo has podido hacerme esto? – unas lágrimas silenciosas rondaron por mis mejillas - ¿Cómo…? tu… - miré a Chikane – No, no puedo perdonarle esto – miré las heridas de Chikane – Esto no…
Volví a besar la cabeza de Chikane y mis lágrimas llegaron a caer sobre su cabello. Apreté más su mano.
- Ya ha pasado… - susurré – ya ha pasado.
Taberna:
Después de mi fatídico día, perdiendo la confianza que tenía Himeko en mi, el encuentro con el perdido Comandante, y mi frustrada condena a esa sinvergüenza. Mi tarde entera la pasé en una taberna cercana. Ya que no tenía caballo alguno con el que volver a palacio, debido a que me abandonaron en la plaza. Todos, hasta mi séquito. Y no quería sufrir la vergüenza de subir las colinas que llevaban hasta palacio a pie.
- ¡Ponme otra! – grité.
El tabernero me miró rudamente mientras me servía otra copa de vino.
- ¿No cree que ya ha bebido bastante?
Entre el barullo de hombres medio ebrios que rodeaba el ambiente, y mi mareada cabeza, pude escuchar al tabernero.
Le miré como si lo quisiese matar y bebí de un trago lo que me acababa de servir.
- ¡Soy el capitán! – grité – A mi nadie me da órdenes… estallé fuertemente la copa de madera contra la mesa – Otra…
El tabernero me arrebató la copa y me miró enfadado.
- En mi taberna nadie me grita. Ni siquiera un capitán - guardó la copa y se cruzó de brazos.
Me cabreé e intenté levantarme firmemente, sin tambalearme por la embriaguez, lo que no conseguí por que mi cabeza seguía dando vueltas. Le encaré con la peor cara que tenía, aquella que enseñaba en batalla, y le susurré.
- Nadie, y mucho menos un mugriento tabernero como tu, me dice lo que tengo o lo que debo hacer.
El robusto hombre se acercó a mi, intimidante. Ahora me doy cuenta de lo grande que es. Me pasaba una cabeza.
- Siempre hay una primera vez – susurró con tono tosco.
Eso fue lo que quebró mi paciencia y aumentó mi cabreo. Le agarré el dorso de la ropa y estaba a punto de estamparle el puño en plena cara, de no ser porque el tabernero no había parado con la suya, y con la mano que le quedaba libre me lo devolvió. Haciendo que cayera de espaldas al suelo y gritase de dolor.
- ¡AH! – chillé con mi mano en mi nariz – ¡Hijo de puta, me has roto la nariz! – miré mi mano y estaba empapada de sangre - ¿Acaso no sabes… - me intenté levantar – … que pegarle a un guardia es un delito? – me levanté tambaleándome - ¡¿Y MÁS SI ES EL CAPITÁN?!
En ese momento, algo me tocó el hombro y me di la vuelta aún más cabreado.
- ¡¿QUÉ?! – grité.
Lo siguiente que vi fue otro puño, que esta vez logró tumbarme del todo, ya que no podía abrir los ojos debido a las lágrimas incontroladas que emanaban de mis ojos. Intenté buscar al causante esta vez, y con lo que me encontré fue con una sonrisa afilada y una mirada orgullosa.
- Creo que debería hacer caso al tabernero, "capitán" – le dio énfasis a esa última palabra - ¡Mírese, no puede ni ponerse en pie! Dudo si quiera que pueda ver o hablar adecuadamente. Y eso lo sé con solo olerlo. – se rió y eso me estaba cabreando – Háganos un favor a todos y márchese. No sé que le habrá podido pasar para que pase sus penas en un sitio como este – observé a mi alrededor y vi a hombres riéndose, bebiendo, y apostando para ver quien ganaba la pelea, si es que la había – pero el alcohol no es la solución – se agachó y me tiró del pelo para que estuviese a su altura – Así que márchese de aquí, estúpido capitán – sus ojos destellaban y sus dientes eran los mismos que los de un lobo.
Yo le escupí la sangre que tenía en la boca y él, riéndose, me soltó y se levantó. Se limpió con la manga la cara, y se acercó al tabernero que tenía un semblante serio. Buscó en su bota y le entregó dos monedas.
- Por las molestias – dijo mientras volvía a pasar por mi lado.
Se paró en frente mía. Sin agacharse. Noté como sus ojos me atravesaban la nuca como una hierro al rojo. Yo miraba el suelo.
- Ten cuidado – me susurró – Las ratas son una plaga que debe erradicarse rápidamente.
Y aquello me recordó a algo que había pasado recientemente…
Flashback…
- ¡Sucia rata! – gritó ebria - ¡eso es lo que es el rey! – escupió - ¡Él y toda su familia!
- Será mejor que lo retires y te calmes – me estaba aguantando las ganas de arrestarla por ir contra la corona.
- ¡¿O qué?! – gritó - ¿Me someterás como los tiranos que tenemos por reyes? – se notaba demasiado ebria. Podía oler su aliento a metros y además se tambaleaba - ¡Me gustaría verlo! – gritó cogiendo una botella y estampándola contra la mesa, lo que hizo que todo el jaleo que había en la taberna se detuviera.
- Por favor, relájese – miré a mis compañeros – No queremos tener que usar la fuerza.
- ¡Vaya cobardes!, ¿tanto miedo os da que sea una mujer? – dijo – ¡¿Acaso tengo que tener una polla colgando para que se me haga caso?! – puso su atención en mi – ¿Sabes lo que creo? – me miró fijamente – Que tu solo vales para limpiarle las botas al rey – me empezaba a cabrear – Y seguramente por eso él te deja estar al lado de su hija, la dulce y bella princesa, la cual ni siquiera sé su nombre. Aunque tampoco lograría recordarlo. – apreté mis puños – Sería un desperdicio hacerlo – mi mandíbula estaba tensa – Tener que recordar a esa "ramera".
- ¡ATACAD! – grité a mis hombres.
Para cuando quise darme cuenta, estaba atacando a una desconocida por mancillar el nombre de Himeko. Mi Himeko. Mi princesa.
Tengo que admitir que nos lo puso difícil teniendo en cuenta que éramos tres contra una. No me gusta jugar con ventaja, pero no lo pude evitar. Ahora mismo no atacaba con la cabeza, sino con la ira incontrolable que sentía. Aunque logró estamparnos algún que otro golpe seco y certero, que hizo que mis hombres se quedaran en el suelo, su embriaguez sumaba un punto a nuestro favor y logré estamparle un puñetazo en pleno rostro. Ella se apoyó en una mesa y logró aguantar de pie. Se enderezó. Escuché como gritaban y animaban los ebrios hombres de la taberna, que ahora hacían de público.
- ¡¿ESO ES TODO LO QUE TIENEN?!
Ni si quiera le dejé darse la vuelta cuando le estampé una silla en la espalda. Haciendo que se desplomara inconsciente en el suelo. Aunque no me gusta atacar por la espalda, esto no era el campo de batalla, así que no importaba. Además, no me gustaba. Con la pequeña conversación que tuvimos, ya la odiaba.
Estaba a punto de llevármela presa, de no ser porque un robusto hombre se entre puso en mi camino y se la llevó rápidamente. Yo no tenía fuerzas para seguirlos. No quería admitirlo, pero mujer lucha con mucha fuerza.
Fin del Flashback:
- Esa mujer… - susurré.
De repente, sentí como alguien se agachaba a mi lado y me ofrecía un pañuelo de tela.
- Mantén la cabeza levantada y presiona fuerte en la nariz. – dijo una voz dulce y angelical.
Alcé la vista y vi a una chica de cabellos dorados y ojos glaucos. Una diosa.
Perplejo. Cogí el pañuelo e hice lo que me dijo.
- Gracias – ella no mostró ningún sentimiento y se acercó al hombre que me había pegado. Al parecer estaban juntos.
Este último me fulminó con la mirada. Se que en su interior me ha matado más de 10 veces.
- Gracias por molestarte con el estúpido capitán. – dijo el tabernero al hombre – Pocos hombres saben hacerle callar – sonrió.
El hombre se rió y se quitó la capucha.
- Pues da la casualidad de que no soy un hombre – yo y el tabernero quedamos mudos – Sino una simple mujer que ha tumbado a un ebrio. – se rió. La chica a su lado no dijo nada. Ni una sola expresión se manifestó en su rostro.
- B-bueno, de todos modos, gracias – dijo el tabernero.
- No dejes que te vuelva a hablar así, ¿de acuerdo? - se dio la vuelta y caminó hasta la puerta.
Yo le seguí con la mirada, pero luego se paró y se volvió. Estaba buscando algo, o más bien a alguien. Así que recordé a su compañera. La busqué con la mirada, y allí estaba, mirándome. Seria. Analizándome.
- Ella no te va a perdonar – me sorprendí – Al menos, no tan fácilmente…
No sé de qué me conocía, o cómo sabía de mis problemas personales. Pero luego me di cuenta que puede que haya estado en la plaza y haya visto toda la revuelta.
- Christa – la llamó su compañera.
- Christa. Así se llamaba. – pensé – La que viene de Cristo…
La chica obedeció y se acercó a su compañera y ambas salieron. No sin que antes, la que me lanzó el puñetazo, me dedicase una mirada asesina.
- Deberías largarte tu también – dijo el tabernero y yo me incorporé. Los hombres de la taberna volvieron decepcionados a sus conversaciones – Tienes suerte. Esa chica te ha pagado las copas. Y da gracias, porque lo hizo después de que te robara.
- ¿Qué…?
Miré a mi cadera, en mi cinturón, y efectivamente. Donde debería haber una bolsa de cuero, ya no la había.
- ¿Pero… cuándo…? – entonces recordé. Fue cuando le escupí.
Yo me reí silenciosamente.
- Así que… se supone que yo soy la rata, ¿eh? – susurré.
Alcoba de Himeko:
Abro los ojos intentando acostumbrarme a la luz que entra por la cristalera. Busco a mi alrededor a la última persona que vieron mis ojos, y no la encuentro. Me propongo a levantarme, pero el dolor me frena. Noto algo que me molesta en la pierna. Me inclino y encuentro una larga cabellera rubia esparcida por mis piernas, y sonrío al percatarme de quién es.
Ahí estaba. A mi lado, siempre a mi lado. Durmiendo. Cansada, de seguro, de esperar mi regreso de la tierra de los sueños. La veo dormir. La escucho respirar acompasadamente. Mi mano se aproxima a ella y le acaricio la melena. La veo sonreír. Tal vez estaba despierta o lo hizo instintivamente, no lo sé. Lo que sí sé, es que no dejo de sonreír. Me siento muy a gusto a su lado. Si me cabe decir, no creo que sea capaz de pensar en una vida sin ella.
Y pensar que hasta hace poco la conozco. Que no tenia ningún conocimiento de ella. Ni siquiera me importaba la familia real, es más, nunca me gustaron los monarcas. Y ahora… aquí estoy. En palacio. Rodeada de lujos y comodidades, y enamorada de una princesa…
- Enamorada… - susurré, sin dejar de acariciarla.
Tal vez me halla enamorado o tal vez solo sea atracción, no lo sé. Pero de lo que si estoy segura, es que nunca había sentido esto por nadie. Ni en tan poco tiempo, ni tan fuertemente.
La observo una y otra vez. Miro sus largas pestañas, juego con los cortos cabellos que le cubren el rostro, aprecio su fina nariz y sus carnosos labios. Esos en los que no puedo dejar de pensar, e instintivamente me vienen recuerdos a la mente: Ella llorando y gritando mi nombre en la plaza; su beso desesperado momentos después de mi liberación; su cuerpo encima del mío en esta misma habitación, su mirada perdida cuando mis labios rozaban los suyos y la sujetaba en mis brazos; la primera vez que nuestros ojos se cruzaron y, por primera vez, me sentí perdida.
Perdida, por el simple hecho de no saber que le sucedía a mi cuerpo en ese momento. La ignorancia del porqué mi respiración y mi pulse se aceleraron, y el porqué que mi cuerpo solo quisiera correr hacia ella.
Maldigo mi estado, ya que soy incapaz de erguirme para apreciarla más de cerca. Maldigo no poder agarrar su rostro, susurrar su nombre, y besarla. Lo único que podía hacer era seguir acariciándola.
De repente, noto cómo se mueve y suelta un leve gruñido, lo que me pareció muy tierno.
- Chi…ka…ne… - susurró aún con los ojos cerrados.
Esto provocó una inmensa alegría en mi, sin tener absolutamente ni idea del porqué. Pero estaba feliz, y mi rostro lo manifestó en forma de sonrisa.
Intenté erguirme un poco más aunque me muriera del dolor, y le volví a acariciar el rostro.
- Himeko… - susurré – Himeko, despierta.
En un momento, unos perezosos ojos amatistas me miraron y les tomaron unos segundos en entender la situación.
- ¡Chikane!
Himeko gritó de alegría, casi chilló, y luego se abalanzó sobre mi y me envolvió en un abrazo, tan fuerte, que no pude evitar quejarme del dolor.
- P-perdón, no quería hacerte daño… - se disculpó sonrojada.
- Lo sé – le sonreí y se lo contagié.
Su sonrisa era cálida, tan cálida como las llamas que estaban en la gran chimenea de la habitación. Que daban luz a la sala y hacían rechinar a la madera. Aunque, más que la calidez producida por el fuego, ella era mucho más. Era como un sol. Si… era como el mismo Sol que da calor a la Tierra, y a mi corazón.
Su mano se aproximó a mi mejilla y me apartó unos mechones de la frente.
- ¿Estás mejor? – me preguntó con una leve sonrisa y una mirada llena de … ¿amor? – Has estado durmiendo todo el día.
- Si… - le respondí.
- ¡Eso es genial! – avivó la voz – Exigí que los mejores médicos de la corte te auxiliaran – siguió acariciándome – Y veo que mi tozudez y la habilidad de los doctores ha funcionado. Vuelves a estar aquí… conmigo.
Su mano dejó de acariciarme y me cogió la mano libre, la entrelazó con las suyas.
- Nunca… me había sentido así.
La miré y su rostro estaba serio, perdido, angustiado…
- Nunca había sentido impotencia, esa desesperación, ese dolor, ese miedo… - agarró fuertemente mi mano – Nunca había tenido tantos sentimientos juntos en un mismo momento. Nunca había sentido que mi corazón explotaría en mi pecho. Nunca tuve tanto miedo en perder a alguien – me miró disimuladamente –Nunca había sentido nada, por nadie… - me sorprendió – Jamás me había enamorado de nadie. Una vez creí que sí, pero ahora puedo ver que no era así. Jamás experimenté lo que era el amor… - se sonrojó - … hasta ahora.
Sonreí levemente y ella emitió una leve carcajada.
- Bueno, si es que a esto se le puede llamar amor porque… sinceramente… no lo sé.
Su mirada no se apartó de la mía. Estaba levemente roja, sus manos sudaban, y tenía una tímida sonrisa. Se la devolví y aparté mi mano suavemente de su agarre, le cogí la suya, y la deposité en mi pecho envuelto de vendas. Ella se sonrojó aún más.
- ¿Q-qué…? – se puso nerviosa.
- ¿Lo notas? – le pregunté apretando aun más su mano contra mi pecho - ¿Notas los latidos? ¿lo notas? –Himeko asintió - ¿Cómo son?
- Rápidos… muy, rápidos – susurró.
- Exacto, ¿y sabes por qué? – ella no dijo nada – Son rápidos, porque tu me estas tocando –se sorprendió – Porque tus preciosos ojos están mirándome y porque mi cuerpo aún se debilita con tu mera presencia.
- Yo…
- ¿Te han contado alguna vez lo que se siente al estar enamorada?
- Si, mi madre, la reina Elizabeth, me contó de pequeña, que cada vez que vea a esa persona espacial, sentiría como si miles de mariposas volaran por mi vientre.
- Bien – sonreí – pues yo temo hablar demasiado por si se me escapan.
- ¿Qué…? – susurró con una leve sonrisa.
- Princesa – mi mano se depositó ahora en su mejilla y obligué a mi cuerpo a erguirse hasta estar sentada.
- ¡N-no deberías levantarte! – me agarró los hombros preocupada - ¡la supuración podría…!
- Himeko – dije y ella me miró.
Su rostro estaba a 15cm del mío. Pude apreciar sus grandes ojos más de cerca. Mi pulgar acarició su mejilla y dibujó el carnoso contorno de su labio inferior. Himeko abrió levemente su boca y pude ver su amplio sonrojo y su mirada perdida.
- Cada vez que veo tus ojos, mi boca sonríe. Cada vez que veo tu hermosa sonrisa, mi corazón quiere salírseme del pecho – me acerqué aún más de modo que nuestras narices estaban rozándose – Cada vez que veo tus labios, recuerdo su sabor. Esos labios que hacen que enloquezca y que saben a miel con cada beso. – susurré.
Noté el aliento de Himeko contra mi boca cuando suspiró.
- Todo eso que siento, se le llama amor – susurré en sus labios y ella abrió la boca sutilmente – Si tu sientes lo mismo, o algo parecido… - su mano aún seguía en mi pecho – Que sepas que te estás enamorando.
Temblaba. Suspiró en mi boca levemente.
- Chikane… - susurró.
- ¿Si?
- Puede que esté enamorada – yo sonreí.
- ¿Y de quién?
Himeko me agarró de las vendas que tapaban mi pecho.
- De ti.
Tiró de mi bruscamente y me besó apasionadamente. Era como si ya estuviese acostumbrada a mi boca. Sus manos pasaron por mis mejillas, y sus largos brazos me envolvieron el cuello, aprisionándome aún más a su cuerpo. Dios, que pena que sólo la podía sostener con una mano. La quería aún más cerca. Hasta que nos fundiésemos la una con la otra.
Himeko continuó envolviendo su lengua con la mía. Parecía que bailaba en perfecta sincronía. Nuestras respiraciones eran entrecortadas y nuestra temperatura subía. Pero no era lo único que subía. Ya que Himeko se sentó encima de mi regazo. Me quejé pero no nos importó a ambas. Seguíamos con nuestros besos húmedos. Debido a la ligera altura que ahora tenía Himeko, sus pechos rozaban mi barbilla magullada mientras mi brazo la envolvía contra mi. Sus manos me sujetaban la cara, y de repente, el beso fue más lento.
- Chi…kane… -susurraba entre besos, ya que yo no la dejaba hablar – Chikane… - aumentó el tono, pero no paré – Chikane – finalmente consiguió que parase.
La miré expectante y preocupada. Al parecer ella lo notó porque enseguida me sonrió y depositó su pulgar en mis labios.
- No te das cuenta – me dijo – pero tus labios vuelven a sangrar.
De repente me asombré al escucharlo y ver en la comisura de los labios de Himeko un pequeño hilo de sangre. Se lo limpié.
- Yo… no me di cuenta.
- Lo supuse, ya que no parabas – sonrió – Yo lo noté por el sabor.
La miré pícaramente y le sonreí con malicia. Mi brazo volvió a apegarla a mi. Ella se sorprendió pero se rió levemente.
- Y… ¿sabía bien mi ardiente sangre? – susurré en su boca.
Himeko se sonrojó y sonrió.
- Creo que se podría decir… - me envolvió de nuevo el cuello con sus brazos – que sabía a pasión… con un regustillo a metal.
- Oh… ¿en serio? – seguía sonriendo.
- No te rías de mi…
- Nunca.
Abrimos nuestras bocas para unirnos nuevamente, pero un ruido en la puerta los avisó de que alguien estaba al otro lado.
- Princesa, ¿se puede? – preguntó una voz femenina.
Nos quedamos heladas. Himeko encima mía y yo agarrándola. Y no fue hasta que la sirvienta giró el pomo que Himeko literalmente se lanzó al suelo desde la cama.
- ¡Princesa! – corrió la sirvienta que extrañamente, me resultaba familiar - ¿Qué hace en el suelo?
- Ai… - se quejó del golpe – Na-nada solo que… tropecé… con… ¡la alfombra! – me aguante una sonrisa – ¡Si, eso!
- ¿La alfombra? – se extrañó la sirvienta – Pero… si aquí no hay ninguna – vi como Himeko miraba angustiada al suelo.
- Ve-¡ves!, por eso mandé que la quitaran y se ve que me hicieron caso – se rió nerviosamente.
- Bueno, es la princesa, tienen que hacerle caso…
- A propósito ¿por qué estás aquí, Alis?
Alis… si, ya me acuerdo. Era la misma sirvienta que nos interrumpió la otra vez.
- El rey requiere de su presencia, princesa – sonrió Alis.
Noté cómo Himeko me lanzó una mirada preocupada que luego la cambió por una sería.
- Dile a mi padre, que iré enseguida.
- Como diga, princesa – Alis me miró sonriendo – Hola, no nos han presentado debidamente – se inclinó levemente y levanto su vestido suavemente – Soy Alis, la sirvienta personal de la princesa Himeko de Iderland. Gusto en conocerla. Para cualquier necesidad, ya sabe cómo me llamo – sonrió cálidamente.
- Mi nombre es Chikane, un placer conocerte – le devolví la sonrisa aunque me sangrase aún más el labio.
- El placer es mío… - cogió un paño y lo mojó en un cuenco de agua que había en una mesilla y la colocó en mi boca – Debe aplicarle frío, así no se inflamará – me giñó el ojo, yo me sonrojé levemente. Himeko lo notó.
- Alis – la avisó Himeko.
Alis volteó y sonrió a la princesa.
- Bueno, yo ya me voy. Si necesitan algo, avísenme – me sonrió y le guiñó el ojo a Himeko con una mirada inquisitiva – Hasta luego – y desapareció por la puerta.
- Ah… - suspiró Himeko – a veces creo que entra sin que le dé permiso porque se divierte.
- A mi me parece divertido – me reí.
- ¿De qué te ríes? – me miró enfadada.
- ¿La alfombra? ¿en serio? – continué con mis carcajadas hasta que me abrí más el labio y me quejé levemente. Himeko se volvió a sentar en la cama, preocupada, y me limpió la sangre con el paño húmedo.
- Te está bien, por reírte de una princesa – la noté un poco enojada.
- Lo sé… lo siento – susurré.
Himeko no dejaba de mirarme el labio, luego los cortes y los moratones en la cara, el brazo, las vendas… Tenía la mirada perdida, pensativa.
- Himeko – la llamé. Ella volvió en sí.
- Dime.
- Tranquila – le cogí de la mano – estoy bien y voy a estar bien – le sonreí- Ve, los reyes no esperan.
- Soy su hija – reprochó – Puede esperar un poco más a su hija.
- Vaya con la princesa – sonreí pícaramente.
- Cállate – aprisionó con sus manos mi cara – Ye te dije que no te rieras de mi – me aproximó.
- Nunca.
Me besó suavemente. Fue largo, pero me pareció corto.
- Chikane…
- ¿Si? – pregunté.
- Yo también tengo miedo – me sorprendió.
- ¿De qué?
Me miró, y juro por Dios que fue la mirada más cálida y la sonrisa más brillante que he visto jamás.
- De que mis mariposas salgan volando.
Y entre risas, me volvió a besar.
En las calles, por la noche:
Intentaba andar recto, pero me era imposible. Las doce copas de vino que me tomé hicieron efecto en mi, y ahora mis pies eran torpes y mi cabeza daba vueltas. Andaba por las calles, de noche, después de haber salido de aquella taberna de donde me echaron. Si no fuera por aquella marimacho, ahora mismo no tendría la nariz torcida.
- Ah… - suspiré apoyándome en una pared.
Alcé mi vista y no había nadie en las calles, solo el ruido lejano de borrachos y las luces de las estrellas eran lo único que me acompañaban hasta Palacio. Eso, si era capaz de llegar por mi propio pie.
Intenté reanudar la marcha pero tropecé y me maldije por ello, pero aún más por lo que resurgió de mi boca momentos después. Una charca de vómito maloliente rodeó mis pies.
- Mierda… - maldije – Estas botas eran nuevas.
Intenté erguirme. Despacio. Apoyándome de nuevo en la pared y tosí un poco.
- Vaya, parece ser que el capitán no se encuentra en sus mejores galas.
Oí una voz a lo lejos y me puse en guardia como pude. Alertando a lo poco que me quedaban de mis sentidos.
- ¿Quién va? – agarré la empuñadura de la espada, aún sin desenvainar – Muéstrate.
De entre las sombras salió una figura. Delgada, pequeña, encapuchada. Solo podía ver una fina sonrisa.
- ¿Quién eres? – pregunté.
- Soy alguien, y a la vez, no soy nadie.
- ¡Basta ya! – me enfadé – Muestra tu rostro, canalla.
Poco a poco, pude aguantar de pie mientras observaba cómo se quitaba la capucha. A mi sorpresa, me encontraba con una mujer joven, con la frente descubierta y con el pelo plateado.
Me sorprendí. Nunca antes había visto a una mujer así. Y en cuanto vi sus brillantes ojos grises, mi cuerpo empezó a temblar y me asusté por ello.
- ¿Qui-quién eres?
Ella sonrió y yo retrocedí un poco.
- Soy aquella que es la responsable de tu sufrimiento.
- ¿Cómo…? – pregunté extrañado.
Ella se rió y empezó a aproximarse a paso lento pero seguro. No era capaz ni de escuchar sus pasos, ni siquiera fui capaz de diferenciar su voz de la de un hombre o de la de un niño.
- ¡Quieta! – le advertí sacando mi espada. Ella continuó.
Esto estaba mal. Es muy extraño. Mi cuerpo tiembla, mis pies retroceden. Esto no es normal. Cómo puede ser que una mujer como ella provoque tanto miedo en mi.
Había algo más. Algo en ella no era normal.
- Tu mente se ha preguntado porqué has hecho las acciones de hoy, ¿verdad? – me sorprendió aún más – Por qué capturar y torturar sin misericordia a una caza-recompensas, por qué fallarle a la persona que proteges y amas, por qué ese ímpetu de matar, por qué hacer llorar a la princesa, esa indiferencia que muestras a que te odie… - se quedó a un metro de mi – Los celos son la mejor arma para controlar a las personas.
Me enfadé. Tensé mi espada y aproximé la punta a su cuello.
- ¿Quién coño eres?
Ella sonrió, y algo en su mirada cambió. Sin más mi cuerpo se relajó.
- Ya te lo he dicho – apartó mi espada suavemente con el dorso de su mano – Soy la causante de tu sufrimiento – se aproximó y levantó su mano – Soy la causante de que tus celos avivasen – me tocó el hombro y mis temblores cesaron – Soy la titiritera que movió tus hilos – susurró.
En ese momento mi espada cayó al suelo, mi cuerpo se relajó, mi mareo cesó, mis ojos tuvieron una vista clara pero perdida, y mi mente ya no pudo pensar más. Estaba en blanco.
La mujer se aproximó mucho más a mi. Su mano acarició mi mejilla y aproximó mi cara a la suya. Su boca estaba ahora en mi oído. Pude escuchar claramente lo último que me dijo.
- Mi nombre es Murak… Y tu… me obedecerás.
Continuará…
