Disclaimer: Los personajes de KnB no me pertenecen, son propiedad de Tadatoshi Fujimaki.

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Chapter 2: Tatsuya Himuro; un chico popular.

El uniforme masculino del Instituto Yōsen se caracterizaba en: americana negra, camisa blanca, corbata roja y pantalones grises de cuadros. El de las chicas era igual excepto por el detalle de la falda. Pero, cabe mencionar, que ese conjunto era muy acertado para los chicos. Se podía decir a la perfección que les daba un toque "elegante" e "interesante". Y ese era una de las muchas razones por las cuales Tatsuya Himuro era de los chicos más populares en la escuela.

Mientras este caminaba por los pasillos leyendo un libro y junto a su gigantesco mejor amigo, se podía notar como era el blanco de varias miradas. Tatsuya simplemente sonreía cada vez que una chica le daba los buenos días o solo le observaba detalladamente, para él no era una molestia. Pero, para el que disfrutaba de unas patatas fritas justo a su derecha, no parecía eso.

Murasakibara no estaba celoso. A él las chicas le importaba mucho menos que una pizca, pero el tener que aguantar siempre tantas vocecitas gritonas a su alrededor cada vez que se juntaba a su mejor amigo, acababa siendo una molestia. Aún así, lo único que podía hacer era seguir caminando con el ceño fruncido cada vez que oía un "buenos días, Himuro-kun". De vez en cuando miraba a su izquierda, ¿de verdad a él no le molestaba tanta niña tonta? No lo podía llegar a comprender.

-¿Podías sonreír por lo menos una vez? –aunque Tatsuya no levantó la cara de su libro, Murasakibara sabía que se lo preguntaba a él-. Tampoco son tan molestas… -el pelimorado chascó la lengua, a lo que el otro simplemente rió-. Son agradables.

-¿Hm…? -¿acaso su mejor amigo había perdido la cabeza? Esas chicas eran de todo menos agradables-. Murochin, no puedes decir eso enserio… -se llevó una nueva patata a la boca-. Son tan… Agobiantes.

La única respuesta que el otro atinó a dar fue una corta risa porque, en una milésima de segundo, llamando la atención de todos y, sobretodo, sufriendo un punzado dolor en su trasero, Himuro se vio en el suelo con un peso encima de él. Y, cuando ese peso fue reconocido, la cosa se puso aún peor.

-Auch… -en cuanto pudo, se colocó la falda antes de que nadie viera su ropa interior-. Ah… Tatsu-kun, eres tú –el nombrado estaba más sorprendido por la forma en que lo había llamado la Presidenta del Consejo Estudiantil que por la situación en sí-. ¡Tienes que tener más cuidado de por donde andas!

-Sí, es verdad –entre los dos se ayudaron a levantarse-. Lo siento, Kaichou.

Aunque, obviamente había sido culpa de ella, nadie en su sano juicio se lo pondría en cara. Pero Murasakibara Atsushi no parecía estar en su sano juicio.

-Has sido la que has venido corriendo, Claichin –se llevó otra patata a la boca, sin importancia-. Deberías pedir disculpas, ¿verdad Murochin? –en ese momento, no solo su mejor amigo, sino que todos los que estaban cerca, llevaron su mirada al gigante como si acabara de matar a alguien-. ¿Qué?

El pelinegro ni si quiera se atrevía a mirar cómo tendría el gesto la presidenta, simplemente se acercó a su mejor amigo y le empezó a dar suaves golpecitos en el hombro al tiempo que soltaba una risa nerviosa. Murasakibara miraba la escena con desinterés porque, ciertamente después de lo que pasó el fin de semana en el parque, había perdido cierto miedo a esa chica.

-Vamos, vamos Atsushi… -Himuro temblaba cual gelatina sin parar de golpear el hombro de su amigo-. No lo dices enserio, ¿verdad? –y el gigante iba a contestar con la pura verdad, pero fue interrumpido antes de que la situación se pusiera peor-. Pídele disculpas a la presidenta, anda.

-¿Eh…? ¿Ahora soy yo el que tiene que pedir perdón? –suspiró cansado-. No te comprendo, Murochin.

Entonces, justamente un lunes 13 de diciembre del 2014, a las 12:30 de la mañana, el Instituto Yōsen percibió quizás la octava maravilla del mundo. La presidenta estaba riendo. Y no, no era una pequeña risa irónica, ni maléfica… Era una gran carcajada. ¡Si hasta le salían lágrimas de los ojos! Y claro estaba, toda la gente que andaba cerca no podía creer lo que veía. Hasta en el mismísimo Murasakibara se vio cierto gesto de asombro.

-¿Me has llamado…? –la chica apenas podía articular palabra. Se agarraba la tripa con una mano mientras que, con la otra, intentaba limpiarse las lágrimas-. ¿Me has llamado Claichin…? ¿Enserio?

-Hm… ¿No te llamas Claire Granger? –el gigante seguía con su tono despreocupado, como si lo que estuviera pasando fuera lo más normal del mundo-. Por eso mismo, Claichin.

La presidenta seguía con sus carcajadas y, analizando la situación, Himuro estaba seguro que era el único que no la entendía.

-Me encanta, Atsushi-kun –decía entre risas algo más relajadas-. ¡Me encanta ese apodo!

-¿Oh? –Murasakibara la miró desde arriba por el rabillo del ojo-. Pues supongo que te tendré que llamar así siempre.

-¡Clar…! –pero la risas pararon de golpe, por el simple hecho de que la presidenta miró el reloj colgado en mitad del pasillo. Y la cara que tenía cambió a ser completamente seria-. ¡Casi se me olvida, mierda! –volvió a girar su mirada hacia los dos amigos antes de salir corriendo-. ¡Vosotros dos, no me entretengáis más! –y, sin más, desapareció por lo largo del pasillo.

Como si no hubiera ocurrido nada especial, Mursakibara siguió caminando hacia su clase. Pero Himuro no pudo, se quedó un rato mirando como su amigo se alejaba y pensando en esa serie de sucesos ocurridos. Entonces, el gigante se dio la vuelta al notar la falta del otro a su lado.

-¿Murochin? –al notar la mirada del otro, Atsushi alzó las cejas-. ¿Qué pasa?

Y, evidentemente queriendo tapar sus pensamientos, Tatsuya sonrió y se colocó rápidamente a la izquierda de su amigo.

-Nada, Atsushi.

Pero él siguió con esa sonrisa que decía lo contrario. Claro que pasaba algo. Algo que solo esos dos podían saber. Porque, una de las manías de Murasakibara era esa; el añadir "chin" a los nombres. Pero no a cualquier nombre. Porque, para tener ese importante honor, el grandullón tenía que tener hacia ti… ¿Cómo decirlo? ¿Cariño? ¿Aprecio? Sí, quizás esos eran los adjetivos. Tal vez Himuro no estaba en los cierto pero, ¿no se había visto su amigo algo feliz al pronunciar el simple nombre de "Clairechin"?

2.1

-Hi-himuro-kun… -el pelinegro alzó la vista hacia la chica que temblaba justo delante de su pupitre. Con una sonrisa le dio a entender que se explicara-. La p-presidenta quiere verte… -hasta ella notó como Himuro sintió un gran escalofrío por todo su cuerpo-. Y mejor q-que no tardes…

Antes de contestar, el pelinegro miró a su derecha, justo donde se encontraba sentado su mejor amigo que parecía demasiado concentrado en sus gominolas como para haberse enterado de la petición de la chica. Pero entonces, una idea recorrió su mente y, volviendo a sonreír, se giró hacia ella.

-Muchas gracias, ahora iré.

La chica se despidió con un asentamiento de cabeza y volvió a reunirse con sus chillonas amigas que la esperaban en la puerta, las cuales no tardaron en rodear a la sonrojada chica de "que suerte de que hayas ido tú", "Himuro-kun es muy guapo", "ojalá yo fuera la presidenta ahora"… Y miles y millones de tonterías de adolescentes más.

Aunque Tatsuya ni si quiera prestó atención a aquella escena, ya que se levantó y se posó justo en frente de su mejor amigo para llamar su atención. Este desvió la mirada de la ventana y, con un dulce en la boca, miró la extraña sonrisa del otro.

-¿Qué ocurre, Murochin?

-¿Eh? ¿No te has enterado, Atsushi? –hasta el menos espabilado de todos se hubiera dado cuenta de la forma sobreactuada en la que hablaba Himuro. Pero Murasakibara parecía mucho menos espabilado que el menor de todos, porque lo miraba completamente interrogante-. ¿No has oído lo que me ha dicho Sayuu-san?

-¿Ha estado aquí Sayuu-san…?

Himuro sabía que esa era su oportunidad.

-¡Sí! –dijo, apoyando las dos manos en el pupitre de su amigo-. ¡Y ha dicho que la presidenta quiere verte ahora!

-¿Claichin…? –Murasakibara lo miraba de manera inexpresiva. Incluso se podía percibir pereza en sus ojos, ¿qué querría ahora esa chica de él? –Supongo que… ¿Tendré que ir?

Una gota estilo anime cayó por la nuca de Tatsuya mientras seguía sonriendo forzadamente.

-¡Claro que sí! –entonces, rápidamente, ayudó a su amigo a levantarse del pupitre empujándolo por la espalda-. Recuerda que es la presidenta… ¡No hay que hacerla enfadar! -y siguió empujándolo hasta la salida de clase, mientras que el otro seguía con un dulce colgado de la boca-. Supongo que te mantendrá ocupado, ¡así que hoy no me importa irme solo a casa! ¡Sayonara!

El portazo que dio los dejó separados: Himuro en clase y Murasakibara en el pasillo. Y, mientras que el pelinegro suspiraba aliviado, el gigante empezó a caminar por el pasillo con aire desinteresado. Era cierto que tenía muchas dudas recorriendo su mente pero en ese momento le daba igual. Mirando el lado positivo, por lo menos así se podría librar de la última clase, ¿no?

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¡Nos leemos, bye!