Disclaimer: Los personajes de KnB no me pertenecen, son propiedad de Tadatoshi Fujimaki.
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Chapter 3: Simplemente preguntas de baloncesto.
Estaba empezando a cabrearse. ¿Era la Presidenta del Consejo Estudiantil, no? Entonces… ¿¡Por qué no estaba en la sala del Consejo Estudiantil?!
Murasakibara Atshushi llevaba como diez minutos buscando a la chica y podía asegurar que en cualquier momento gritaría. Sí, lo sé, diez minutos no eran nada, ni si quiera una pizca. Pero estando en la posición del gigante, él era una persona con poca… No, con MUY poca paciencia. Incluso, en mi opinión, creo que llevaba más tiempo de lo que hubiera esperado.
-¡Vamos Natsu! –Atsushi seguía caminando por los largos pasillos de su instituto cuando oyó a dos de sus compañeras cerca de él-. ¡Tengo que ir a la biblioteca ahora!
-¿Estás loca? –el pelimorado hubiera pasado de ellas, como siempre…-. ¡Ahora no podemos ir, está allí la presidenta! –pero no lo hizo.
3.1
La biblioteca del Instituto Yōsen se caracterizaba por ser la sala más grande del edificio. Ni si quiera el gimnasio la podía superar. Quizás era por eso por lo que los alumnos allí eran llamados "Los bibliotecarios". ¿Estúpido, no? Murasakibara pensó lo mismo.
Es decir, ¿solo por tener ese enorme cuarto ocupado con dos estanterías por metro cuadrado repletas por miles de libros de todo tipo? Bueno, mirándolo de ese lado… A lo mejor sí que eran unos bibliotecarios.
Pero ahora no estaba para pensar en lo grande y silenciosa que era la biblioteca de su instituto. Porque con su increíble tamaño, lo grande lo veía pequeño. Y, con el ruidoso portazo que dio al entrar en la sala, rompió toda la tranquilidad del lugar.
A cualquier persona le hubiera costado encontrar a la diminuta presidenta entre tanto libro. Pero Murasakibara estaba decidido a hacerlo; y todos sabemos que lo que quiere lo consigue. Por lo que, con unas cuantas zancadas, localizó a la chica junto con otros dos alumnos sentados en una mesa, probablemente hablando de la celebración de Navidad que se acercaba. Y era obvio que eso al gigante le importaba menos que poco.
-¡Claichin!
Las caras de la secretaria y tesorero que acompañaban a la presidenta fueron un poema. Nadie en su sano juicio se hubiera atrevido a correr hacia la baja chica y colocar las manos en sus hombros; ¿pero Murasakibara no era nadie, cierto? Por lo que hizo eso e incluso más. Parecía que la iba a gritar: la miraba directamente a los ojos, de una manera seria y amenazante.
Mike, el tesorero, y Sakura, la secretaria, dirigieron un segundo la mirada hacia su amiga esperando encontrarse con un aura que quemara de solo observarla. Pero no fue así, y eso les sorprendió mucho más. Ya que Claire Granger, la gruñona presidenta, miraba a Atsushi como quien mira llover; como si tuviera la mente completamente en blanco.
-Ag, Claichin… -fue un suspiro agitado, no un gran grito como era de esperar-. ¿Por qué estás tan bien escondida…? –Murasakibara torció la boca-. No me gusta estar andando por tanto tiempo…
La presidenta alzó una ceja.
-Y… ¿Qué haces aquí? –Claire hizo un cruce de miradas con él y los espectadores pudieron jurar que en su pequeña boca de malhumorada se vio una pequeña sonrisa-. He llamado a Tatsu-kun, no a ti Atsushi –y entonces, el gigante sintió una vena hincharse en su frente.
-¿¡EH…?! ¡No puede ser! –su tono era tan apagado como siempre, excepto por ese toque de enfado-. Murochin me dijo que… -suspiró sin querer seguir su explicación-. ¿Y qué hago yo ahora…?
-Bueno –Atsushi miró a Claire, quien seguía tan seria como siempre-, si quieres puedes ayudar tú. Al fin y al cabo, solo quería saber unas cuantas cosas del baloncesto.
A Murasakibara no le parecía gustar esa idea, pero tampoco le agradaba el tener que volver a clase y ajustar cuentas con Tatsuya, así que simplemente suspiró como siempre hacía. La presidenta entendió su gesto y sonrió con arrogancia y, cuando giró su cabeza hacia sus dos compañeros estos sacaron su dedo pulgar en forma de aprobación. Al fin y al cabo, solo era un asunto de baloncesto.
3.2
El sol se había puesto mucho más pronto de lo que hubieran esperado. Las preguntas sobre "¿dónde preferís el próximo campamento de entrenamiento?" o "¿cómo se ve el capitán?" se habían hecho monótonas. Bueno, y tampoco es que el gigante ayudara contestando prácticamente con monosílabos. Y, aunque la presidenta era la que más había trabajado, era la que menos cansada se veía; todo el rato de un lado a otro, apuntando cosas en papeles aleatorios y buscando libros de diferentes tipos.
-Kaichou, nosotros ya nos vamos –dijo la secretaria, al tiempo que se ponía la mochila al hombro-. Arreglaré lo del Club de Manga en casa –la presidenta asintió sin mirarla, mientras que el tesorero no sabía si despedirse o no. Y Sakura lo notó-. Mike-kun se encargará de las cuentas para arreglar el patio, ¿de acuerdo?
-¡Sí, lo haré!
La presidenta volvió a asentir sin mirarles; parecía demasiado concentrada apuntando lo que fuera en ese folio. Por lo que, con un movimiento de cabeza, los dos se despidieron, dejando al gigantón y a la pequeña chica solos en la biblioteca.
-¿Tú no te vas a casa?
Murasakibara tuvo que levantar la cabeza para asegurarse de que había sido ella quien le había hablado, aunque no ayudó mucho, ya que la cara de la presidenta estaba escondida entre libros. El chico, agotado, apoyó su codo en la mesa y su cara en la palma de la mano, y suspiró. La verdad es que debería irse pero, ¿qué más daba ya? Podría esperar a que ella terminara y salir juntos. De todos modos, no tenía nada que hacer en casa, ya todos se habían ido a sus respectivos hogares y sería Claire la encargada de cerrar el colegio. ¿Pasaba algo si se quedaba él?
-Iré a la máquina a coger algún aperitivo.
Ni si quiera esperó respuesta de la presidenta para salir de la biblioteca. Caminó directo a su objetivo y analizó por unos segundos, lo que su capacidad de concentración le permitió, el por qué de que no se hubiera dado cuenta de lo mucho que llevaba sin comer algo dulce. Ciertamente, no había pensado en comida en toda la tarde.
3.3
El sonido de la bolsa poniéndose en frente de sus narices la desconcertó por completo. Cuando se quiso dar cuenta, ya la tenía agarrada con sus dos manos, entonces tuvo que mirar al que se sentaba justo a su lado, el cual solo giró su cabeza hacia la ventana desinteresado mientras se llevaba un puñado de patatas fritas a la boca.
-Vaya, así que en verdad eres considerado… -la presidenta abrió la bolsa y se comió una patata-. Me preguntaba por qué alguien como Himuro… -comió otra más, sin importar hablar con la boca llena-. …Era amigo de alguien como tú –y otra-. Algo especial tenías que tener.
Ella siguió escribiendo, entre bostezos y masticaciones de comida, en aquel papel que parecía tan importante. Murasakibara no la miró ni una sola vez, parecía demasiado concentrado en mirar la oscuridad de la noche a través de la ventana.
-Claichin… -la presidenta levantó la mirada, sin contestar-. ¿Siempre te quedas hasta tan tarde…? –Murasakibara suspiró, parecía cansado de solo hablar-. Ya sabes, haciendo… Lo que sea que estés haciendo.
Él no lo vio, pero la pequeña surcó ligeramente las comisuras de su boca.
-Soy la presidenta; es mi trabajo.
-… ¿No te esperan en casa?
-Vivo sola.
Estaba claro que ella no quería contar su vida privada a nadie, y seguramente mucho menos a él. Y, por alguna extraña razón, Murasakibara lo comprendió a la primera, sin necesidad de que Himuro estuviera allí para decirle algo como "Atsushi, ya vale".
3.4
-Aquí nos separamos.
La noche estaba más que cerrada. Murasakibara no sabía que sus casas estaban tan cercas, lo único que él tenía que irse por la derecha y ella por la izquierda. Pero –volvió a pensar- la noche está muy cerrada. Así que, sin decir nada, el gigantón siguió por el camino contrario al que tenía que ir. La pequeña chica se quedó observándole en su sitio; claro que ella no iba a dejar las cosas así.
-¡Eh! –gritó, haciendo parar al grandullón-. Ya te he dicho que aquí nos separamos.
Ella tenía su orgullo.
Pero él también podía tener el suyo.
Murasakibara llevó su vista al cielo oscuro, sin dirigir en ningún momento su mirada hacia la presidenta.
-¿La noche está muy cerrada, eh…? –preguntó retóricamente, y ahora sí la miró-. Si nos quedamos más tiempo parados puede que venga alguien.
Si no fuera porque con el baloncesto había mejorado su capacidad de reflejos, la mochila de la presidenta hubiera dado de lleno en su cara. Aunque, para analizar bien la situación, el chico tuvo que mirar el objeto y luego a su dueña repetidas veces.
-¿Eh…? Claichin, ¿qué…?
-¡Eres un idiota!
Vale que las chicas no eran el fuerte de Murasakibara; le parecían tontas, chillonas e incomprensibles, pero sin lugar a duda, esa escena era mucho peor de entender. Es decir, pensándolo bien, había sido, lo que él creía, amable con esa chica en toda la tarde. Y ella, no solo le había lanzado su pesada mochila llena de libros a la cara, sino que también ¡le había insultado!
Frunció el ceño.
-¡¿Eh?!
-¡Sé dónde está mi casa! –gritó la presidenta, al tiempo que iba a por su mochila-. ¡Y sé cuidarme sola, imbécil! –siguió caminando, al tiempo que cogía su mochila, sin ni si quiera mirlarle-. ¡No me trates como a una pequeña niña indefensa! ¡Hasta mañana!
Claire comenzó a correr y, aunque se había alejado rápidamente y posiblemente ya no le oiría, Murasakibara gritó:
-¡Está bien, Kaichou idiota! –aún con ese tono apagado y con un ligero toque infantil, se notaba muy cabreado-. ¡Puedes hacer lo que quieras! ¡A mí me da igual! –la presidenta había desaparecido-. ¡Piérdete!
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¡Nos leemos, bye!
