*Corazones, mil gracias por sus comentarios. Me da mucho gusto que les gustaran los fics, me han animado a seguirlos, por lo pronto aquí va la continuación desde el punto de vista de Kurt, luego volveremos con Puck. Disculpen si quedó largo, pero Kurt piensa mucho las cosas, más que Puck... díganme por favor si hay manera de ponerle doble espacio aquí. La canción que Kurt escucha es cool de Gwen Stefani, como se vio en la pantalla de su Ipod en el capítulo 4 de la serie.

Cool

Si mi Ipod pudiera hablarme en lugar de limitarse exclusivamente a reproducir canciones gritaría:

-¡No te hagas esto Kurt! ¡Basta!

Pero no puede hacerlo, así que en un acto masoquista escucho la misma canción una y otra vez. A oscuras y hecho un ovillo en mi cama no puedo parar de llorar. Le dije a papá que tenía mucho que estudiar y gracias a esa mentira, no se ha dado cuenta de que lloro por un chico. Él no podría manejarlo y tampoco quiero que lo haga, sería complicado e incómodo para los dos. La parte más difícil, es lograr que me salgan todas las lágrimas antes de la cena. Llegada la hora, saldré sonriendo como el adolescente más feliz de todo el mundo.

Tampoco me gusta vivir del drama. ok, un poco pero no así. Por desgracia las opciones son limitadas cuando tienes el síndrome del corazón roto o cuando vives un amor no correspondido.

Vivir en Ohio es difícil para un adolescente como yo, en primer lugar la gente te mira raro, te señala o te molesta y eso en los días buenos. Tener un amor correspondido es impensable, y por otro lado, no faltan los "hombres muy hombres" que en realidad te miran más de lo que miran a sus esposas que llevan del brazo. En los días malos, recibes insultos, burlas o terminas en los contenedores de basura por cortesía de los abusones de la escuela.

Supongo que está mal que me guste Finn, él podría intervenir para que los demás chicos no me molesten sin embargo no lo hace. Tan sólo es menos agresivo que los otros y nunca me ha lastimado directamente. ¿Dónde rayos dejaría guardada mi autoestima?

No puedo evitarlo, Finn es Finn y sé que es mucho más noble de lo que parece, por eso me gusta (y porque es sexy… eeh… a su manera pero sexy).

El que es todo un caso es Puck. Nunca una persona me había resultado tan desagradable. Apuesto que si una puerta eléctrica se cierra frente a él, cree que gritándole conseguirá abrirla. Es tan primitivo que... en fin, está claro que no es mi persona favorita.

Recuerdo el primer día que nos cruzamos en los pasillos de la escuela. Esa imagen habría sido del todo desagradable de no ser porque Finn estaba con él. Incluso, me distrajo del golpe que sentí en el hombro. Cuando llegué a casa, descubrí un moretón. El dolor me duró casi un mes. A partir de entonces, fue habitual que Puck me acosara de alguna manera. Siempre esperé que Finn lo detuviera pero nunca pasó. Con el tiempo, se volvió una rutina un tanto desagradable, pero prefería soportarlo a desatar la furia de todos y que me golpearan en serio.

Sé que corro el riesgo de ser golpeado hasta la muerte, no sería la primera vez que pasa algo así en una población pequeña de América, así que prefiero aguantar sus humillaciones que arriesgar mi vida. Esos gorilas no sabrían cuando detenerse una vez que soltaran los primeros golpes y yo todavía quiero ganar mi Grammy.

Entonces pasó algo que no me imaginé, ocurrió algún tiempo antes de que mis sospechas se confirmaran, pero no estaba equivocado. Noah Puckerman me miraba de "esa" forma y cada vez que me ponía una mano encima temblaba un poco. No soportaba que lo mirara directo a los ojos y sé que por eso se desquitaba así conmigo. Una vez mientras él y sus amigos me dejaban al fondo del contenedor, me quedé allí un poco más de la cuenta sonriendo maliciosamente y viendo hacia el cielo. Sí, estaba rodeado de basura, pero la iluminación divina descendió a mi, entendí porqué Puck me arrojaba más fuerte y porqué sus insultos eran más hirientes. Estaba claro: Yo le gustaba. Mercedes se asomó al contenedor y me preguntó si estaba bien y yo le respondí con una sonrisa de triunfo.

Ese idiota. No me halagaba en absoluto ser objeto de su enfermizo afecto. Saber la causa de su interés en molestarme, aliviaba un poco las cosas. Me sentía un poco mejor porque eso me daba algo de poder. Tarde o temprano le diría que sabía su secreto y lo amenazaría con decírselo a los demás para que me dejara en paz. El problema, era que el momento de amenazarlo nunca llegaba y terminé acostumbrándome a sus abusos, ya no me importaba la razón. Ya no me importaba nada, ni siquiera él y casi inconscientemente empecé a ignorarlo. Descubrí que coincidíamos en algunas clases hasta mucho después. Hasta que el día llegó.

Luego de lo que pasó en el salón de música no ha vuelto a molestarme, a hablarme o a mirarme directamente. Cree que no me doy cuenta de que me observa, pero las veces que lo he atrapado, parece avergonzarse y baja la mirada. Hace esa cara de cachorro regañado que contrasta con su faceta de malo. Al menos, ya no tengo que preocuparme de sus abusos.

¿Qué es lo que pienso de gustarle? No lo sé. No estoy habituado a saber que soy correspondido o que le gusto a alguien. En definitiva, no esperaba que Puck fuera el elegido. Lo tomé como una broma del destino y me parecía muy divertido que aquel que me hacía descender al infierno todos los días sintiera algo por mi.

A partir de que supe la verdad, me reí para mis adentros cuando estábamos en clase y después, pude darme el lujo de ignorarlo. Supongo que subestimé sus sentimientos, pensé que estaba pasando por una etapa y que después volvería a las chicas como si lo del salón de música nunca hubiera pasado. Casi podía imaginarlo amenazándome si me atrevía a decírselo a alguien para después pasearse por la escuela con una chica en cada brazo.

Lo admito, hubo un tiempo en que olvidé que Puck existía, nunca pensaba en él porque sólo tenía cabeza para Finn. De pronto entendí lo que pasaba, Puck de verdad se había apartado de mi camino como yo se lo había pedido.

Tal vez los demás crean que aparte de la moda y tratamientos faciales mi rango de intereses no vaya más allá pero se equivocan. Los sentimientos de los demás me preocupan tanto como los míos aunque no lo demuestre siempre. Es decir, no es que me estuviera sintiendo culpable por castigar a Puck…¿castigarlo? ¿ era lo que estaba haciendo? Sentí que debía pagar por lo que me había hecho, aunque fuera durante el par de semanas de su crisis de identidad. Porque eso era ¿no? Algo pasajero. Tenía que ser pasajero… ¿o no?

Mis dudas empezaron el mes posterior de la gran revelación en el salón de música. Como dije, Puck seguía comportándose igual que si fuera invisible hasta ese día...

Yo estaba en la biblioteca buscando un par de libros para terminar mi ensayo de historia cuando me lo topé en el mismo pasillo. Me sobresalté al verlo, pero como se supone que lo estaba ignorando… o él a mi… o ¿Cómo era?, lo pasé de largo. Aunque no pude evitar mirarlo por encima del hombro.

Fui a la sección de libros de historia, había sólo un ejemplar y tuve que pararme de puntas para alcanzarlo sin suerte. Tres intentos y nada. Vi como un brazo se extendió a mi lado, tomó el libro y me lo entregó. Era él. Me quedé mudo.

No parecía que quisiera decirme nada, se dio la vuelta y echó a andar. Sacudí la cabeza e intenté ir tras él para darle las gracias, pero me detuve. Pensé que era muy raro, tanto que por poco me pellizco el brazo para saber si estaba soñando y eso que todavía no veía lo más extraño de todo. Volví a mi mesa donde encontré el otro libro que necesitaba y una nota:

"Quédatelo antes de que Rachel se los lleve todos"

Tenía que ser una broma. Y algo extra: Puck estaba en una de las mesas de trabajo… ¿haciendo el ensayo? ¿estudiando? Todavía no salía de mi asombro cuando Finn entró. El corazón me empezó a latir a un millón de revoluciones por segundo hasta que vi que estaba acompañado, por Rachel. Esta vez, sentí que la sangre me recorría dolorosamente por las venas, como todas las veces que Finn y yo nos cruzábamos, sin que nuestro encuentro significara para él ni un 10% de lo que significaba para mí. Si él me sonreía, si se portaba amable conmigo, pasaba el resto del día perdido en mis ensoñaciones, tampoco comía. Finn y la música eran lo único que le daba alegría a mis días. Y lo más triste de todo, era que yo sabía bien que nunca me iba a querer del mismo modo que yo. Tan apocalíptico como podía sonar, pero Puck tenía razón.

Rachel y Finn se acercaron. Ella me preguntó por el libro y le prometí que tan pronto terminará el ensayo se lo prestaría y prácticamente huí de ahí. No vi por dónde iba y choqué con Puck a la salida de la biblioteca.

-Perdón, estaba distraído.

-¿Ya me hablas?-dijo con una sonrisa cínica y bajé la guardia porque no detecté un tono agresivo. Era una pregunta genuina.

-No te estaba hablando, me estaba disculpando.

-Eso está muy mal, si dejas que Finn te afecte de esa manera estás en problemas. Prefiero que seas petulante conmigo a verte tan afectado-dijo ladeando la cabeza y cruzándose de brazos.

-Petulante es una palabra muy difícil para ti, ¿has usado el diccionario últimamente?-dije emprendiendo la marcha.

-Así está mejor-respondió complacido-pero ahora que lo mencionas no es que use el diccionario, sólo que vengo a la biblioteca a…

-¿Dormir? ¿Destruir el mobiliario?

-Ya no, y nadie tiene porqué saber, ni siquiera Finn, por eso me escapé sin que me descubriera. Sé que es el último lugar donde pensabas encontrarme, la forma en que me viste lo dijo todo.

-Oh, ¿y es mi culpa? Como si no te hubieras ganado a pulso tu reputación y… sigo sin hablarte-dije colocándome los audífonos, y subiendo el volumen del ipod me alejé de él.

Al día siguiente, a la hora del almuerzo caminaba como muerto viviente en la cafetería. Escuchaba la misma canción, una y otra vez. Todavía hoy, me resulta gracioso cómo escuchar repetitivamente una melodía de corazones rotos puede hacerte sentir tan bien y tan mal a la vez. Estaba demasiado distraído para darme cuenta de lo que estaba a punto de pasar. Un grupo de chicos se colocaba a una distancia estratégica de mí. No ví lo que me arrojaron, porque de pronto Puck se puso frente a mi y le cayó todo. El líquido de las bebidas le empapaba el rostro y la camisa, la comida se había convertido en una masa asquerosa que se le adhería a la ropa y a la piel.

Me quedé boquiabierto, veía a Puck y a los chicos mover los labios, mientras la balada sonaba en mis oídos. Supuse que se insultaban, aunque insultar es una palabra que se queda corta para todo lo que esos gorilas podían decirse. Al quitarme los audífonos escuché el alboroto del lugar. Vi al resto de los chicos del Glee club en una de las mesas, estirando sus cuellos para ver sobre los demás. Debieron adivinar que uno de los suyos estaba en problemas.

-¡¿Qué les pasa imbéciles?!-gritó Puck.

-No íbamos sobre ti Puckerman-dijo un gigante. No por aclarar las cosas sonaba menos agresivo.

De repente fue como si yo hubiera desaparecido para los tipos y el problema fuera entre ellos. Aún así, no me moví. Pude salir de allí, pero me quedé quieto detrás de Puck. Tal vez si hubiera tratado de escabullirme me habrían notado de nuevo y entonces mi suerte se acabaría. Por un momento me pareció que al más mínimo de mis movimientos Puck también se movía, de modo que yo quedaba fuera de la vista de los chicos y de la línea de fuego. Unos cuantos gritos después, Puck se dirigió al líder del grupo y lo golpeó en el vientre. Después de eso se desató una batalla: Puck contra los demás.

Mercedes corrió junto a mí, todavía incrédula de que no me hubieran lastimado. Me rodeó con el brazo, también horrorizada por la pelea. Los maestros no tardaron en aparecer a separar a los chicos y el entrenador sacó a Puck a rastras de la cafetería.

-Estoy bien no te preocupes-le dije a Mercedes, que seguía preocupada y confundida por cómo habían ocurrido las cosas-vámonos. Cruzamos el comedor entre las voces que comentaban la pelea, nadie supo que el frustrado ataque iba dirigido a mí.

Al volver a clases no pude concentrarme. Pensaba una y otra vez cómo habían pasado las cosas, negándome a creer lo que claramente había ocurrido. Cuando el timbre indicó el fin de la clase, casi sin pensarlo me dirigí hacia la enfermería. De camino allá, me topé con Quinn y las cheerios en los casilleros.

-Es un idiota, ¿se volvió loco o qué?-dijo Quinn, usando su tono de reina del campus.

Me mordí la lengua, porque estuve a punto de decirle: ¡No es un idiota! , pero creo que la mirada que le lancé fue muy ilustrativa. Ahora, lo más preocupante era mi impulso de defender a Puck.

Lo encontré en el pasillo de la enfermería acompañado de Finn. Tenía la camisa manchada de sangre y pude ver que no lo habían atendido aún. Después supe que se debía a que lo sermonearon por media hora al considerarlo culpable y por esa razón, les hicieron las curaciones al resto de los tipos primero que a él ¿cómo un solo chico podía dejar tan malheridos a un grupo de gorilas? La respuesta era simple: sólo siendo Puck se lograba tal hazaña.

Finn parecía desconcertado, pero tampoco lo presionaba para que le explicara el incidente. Era usual que Puck se metiera en líos, así que había perdido su capacidad para sorprenderse. Sólo estaban ellos en el pasillo y me sentí fuera de lugar, quise darme media vuelta pero me vieron al mismo tiempo. Ahí estaban, mis dos grandes dilemas amorosos. Uno, el monumental e ingenuo que ignoraba mi existencia; el otro violento por naturaleza que se había fijado en mí y cuyos sentimientos no correspondía.

-¿Algún mensaje del señor Schue?-preguntó Finn, asumiendo que no había otra causa que justificara mi aparición.

Miré a Puck y luego a él sin saber qué contestar y sintiendo que me ruborizaba.

-Eh… no, el libro… traigo el libro para Rachel-respondí agradeciendo el pretexto que se me acababa de ocurrir, revolví dentro de mi portafolios y se lo entregué.

-Qué bien, de verdad necesito sacar una buena nota en ese ensayo, por suerte Rachel me ayudará esta tarde. Gracias.

Puck arqueó las cejas mientras sonreía triunfante. Una vez más, quedaba comprobada su teoría acerca del nulo interés de Finn hacia mí. Yo pretendí sonreír también, como si aquello no me afectara.

Mi sonrisa estúpida era causada por un doble motivo. Me alegraba ayudar a Finn y definitivamente me decepcionaba haberlo enviado directo a Rachel. Todos saben que una cita de estudios, nunca es una cita de estudios.

-Ah, se me olvidaba algo-dije de pronto, quitándole el libro de las manos. Pasé las hojas rápido y saqué la nota de Puck, guardándola al fondo de mi portafolio. Sentí un poco de vergüenza, él me había conseguido el libro y yo corría a dárselo a Finn-no es nada, son unos apuntes de mi ensayo.

-Nadie te preguntó-intervino Puck, que sabía bien de qué papel se trataba.

No supe qué decir, Finn retomó la conversación con él y me fuí de allí, pensando que mi presencia era innecesaria.

Decidí saltarme la clase siguiente porque quería hablar a solas con Puck, pero cuando volví a la enfermería no estaba. No hizo falta que buscara demasiado, sabía a dónde ir. Lo encontré en las gradas del campo de football. Al ver los golpes en su rostro y su figura en general, recordé porqué inspiraba tanto miedo. Quizá yo lo había soñado todo y estaba jugando en terrenos peligrosos, sin embargo me armé de valor y me senté a su lado.

-Debiste dejar que la enfermera te curara, te ves terrible.

-Sobreviviré…, entonces ¿me hablas de nuevo?

-Es posible, todo depende. Mira, creo que no debes de meterte en problemas por defenderme, lo de hoy… te lo agradezco pero no era necesario.

-Te molestabas porque era abusivo, ahora te molestas porque te defiendo-dijo riendo por lo bajo.

-Yo nunca dije que me molestara, es que es raro.

-No es eso, tú no quieres sentir que me debes algo, esta bien que me sienta como basura por todo lo que te hice pero si encuentro una forma de arreglarlo lo rechazas. Quieres que me sienta en deuda contigo, es tu forma de castigarme.

-¿Qué?-Puck había dado en el clavo.

-Y tienes razón, lo voy a aceptar.

-Son las contusiones las que hablan-dije empujándole la cabeza hacia un lado- si no fuera un cliché y si mi pañuelo no fuera Versace te lo prestaría para que te quitaras la sangre de la cara. Es tétrico.

-No tanto, cada golpe valió la pena por ti-dijo, con ese orgullo que le brotaba con facilidad y me sujetó la mano.

Sus palabras me abrumaron, lo mismo que su mano tomando la mía y me sonrojé.

-Buen intento-respondí soltándome- pero como te decía, hace falta más que un par de libros y una golpiza para arreglar las cosas-me levanté, y empecé a alejarme, arrepentido por haber ido a buscarlo.

-Tal vez, pero ¡Creo que voy bien!

Su voz se escuchó en la soledad del campo de juego y mientras le daba la espalda tratando de apartar de mi mente lo que había dicho, sentí un hormigueo en la mano que me había tocado. En definitiva, estaba jugando con fuego.

*****

No sé muy bien cómo pero el par de semanas siguientes, Puck se las arregló para convertirse en mi sombra. Es decir, era como una especie de guardaespaldas que se aparecía justo en el momento apropiado. Si alguien tenía la intención de jugarme una mala pasada, Puck llegaba y sin decir una palabra, ahuyentaba al bravucón en turno con la mirada. Por supuesto era demasiado sutil, de modo que no era notorio que en realidad me estaba defendiendo. Daba la sensación de que los tipos se cruzaban con Puck en el momento y lugar equivocados, justo cuando andaba de malas y mi presencia parecía circunstancial. Nadie quería provocar la ira de Puck, después de que quedó claro que podía enfrentarse él sólo contra la mitad del equipo de football. Una vez que el peligro había pasado para mi, Puck desaparecía sin decir una palabra. Y no era todo. Cualquier cosa que necesitara él me la proveía, por ejemplo una silla fuera de mi alcance durante los ensayos en el Glee club, la última soda dietética de la cafetería, me apartaba los libros en la biblioteca, etc.

Lo normal era que la gente fuera del coro me molestara o me ignorara, no que alguien me tratara bien, era una sensación muy extraña y ni siquiera sabía si debía agradecérselo o pedirle que se detuviera.

Así estaban las cosas cuando Mercedes me insistió que la acompañara a una fiesta en casa de uno de los chicos de la escuela. Intenté decirle que no, porque al contrario de lo que parece es el lugar menos propicio para vestirse a la moda, los adolescentes ebrios representan un peligro para cualquier prenda de diseñador, ya sea porque te echen la cerveza encima (por accidente o intencional, es lo de menos) o porque te vomiten. Volví a casa sin confirmar que la acompañaría, pero con la intención de decirle que no. Estaba particularmente deprimido y no porque Finn me hubiera dado más motivos para romperme el corazón, al contrario era amable como siempre. Y ese era el problema, que tras su amabilidad no había nada más. Pasé toda la tarde en mi habitación sintiendo pena por mí de la forma más patética y barata posible: escuchando música, pensando en él, llorando. Tenía que haber un remedio.

Recibí un mensaje de texto de Mercedes para confirmar que iríamos a la fiesta, sin secarme las lágrimas pensé en lo que haría, miraba la pantalla en blanco pensando en mi respuesta.

Mercedes y yo, no éramos material para fiestas, pero quería encontrarse con un chico que le gustaba y me confié en que entre tanta gente nadie nos notaría. Un amigo no traiciona a una amiga en medio de una conquista, así que ser chaperón por una noche no me haría daño. Además, creí que era momento de terminar con mi tortura, iría a esa fiesta y le diría a Finn lo que sentía por él. No esperaba nada, ni siquiera que fuera considerado con mis sentimientos, sólo quería liberar mi pecho de la opresión de todos los días. Soportaría las consecuencias, aún si era cruel conmigo, cualquier cosa era mejor que sufrir por mis falsas e infundadas esperanzas. Me puse el primer suéter que encontré y me enredé una bufanda en el cuello. Cené rápidamente con papá y le dije a dónde iba, pero no para qué.

Una hora después, entre la música, algunos chicos que bailaban y otros que charlaban, yo me moría de aburrimiento. Mercedes no reunía el suficiente valor para acercarse al chico, cosa que nos pareció graciosa los primeros quince minutos, sin embargo había perdido la gracia. Pero yo no era más valiente que Mercedes. Estábamos en un rincón cerca de la mesa de bebidas y podía ver directo hacia el sofá donde estaba Finn, con Quinn sentada en sus piernas y besándose en todas las maneras posibles. Ya había perdido la cuenta del número de cervezas que me había tomado y entre tragos los veía, rumiando mis celos. No podía cumplir mi plan si Quinn no se separaba ni un instante de él.

-Kurt, bebé no sabía que te gustara la cerveza barata-dijo Mercedes.

-Y no me gusta-respondí sintiendo que hablaba torpemente y de pronto mi respuesta y toda la situación en sí me pareció demasiado graciosa. Empecé a reírme de cualquier cosa, y Mercedes se reía conmigo o de mí.

El chico al fin, descubrió a Mercedes y fue el quién se acercó, no sabía exactamente qué decían pero mis carcajadas no iban a dejar mucho margen para ellos.

-Vuelvo enseguida-me dijo ella al oído.

-¡Ve voy a estar bied, biend bii..ee! ¡No puedo pronunciar la "N"!-respondí demasiado alto y doblado de risa.

-No te vayas a mover de aquí.

Como era incapaz de hablar sin carcajearme, moví la mano indicándole que se fuera de prisa.

Por supuesto mi plan era otro, bueno, ya no sabía exactamente para qué era mi plan. Iba a ir con Finn y decirle que lo amaba, ¿para qué? ¿era una buena o mala idea hacerlo en esas condiciones? Empecé a caminar, sintiendo que el piso bajo mis pies se movía en otra dirección, todo a mi alrededor se veía borroso, sólo había un punto claro, allá donde estaba Finn y aún así no me parecía que tuviera la seguridad de que me dirigía hacia él. Mientras avanzaba casi a tientas, sentí que perdí el equilibrio pero no caí al suelo. Alguien me había atrapado y reconocí enseguida a Puck.

-¿Tan temprano y ya estás ebrio?

-No-respondí riéndome-¿por qué me sostienes como si fuera una damisela en apuros? ¿No vas a besarme o sí?

-Tú qué crees.

-Que te mueres por hacerlo-respondí con una sonrisa cínica y sin saber muy bien porqué de pronto parecía tan fácil y divertido retarlo.

-Es posible, pero estas casi inconsciente y sería aprovecharme de ti.

-Nunca habías tenido problemas con eso, apuesto que lo disfrutarías más-dije con un tono lúgubre y rencoroso… después me empecé a reír por lo que acababa de decir.

Aunque tenía la cabeza echada hacia atrás podía ver su cara, no supe si su sonrisa era por condescendencia, le parecía divertido verme ebrio o estaba disimulando su pena ajena. Como sea pensé que no me había fijado que tenía una linda sonrisa y unos ojos preciosos y que físicamente no se quedaba muy atrás si lo comparaba con Finn. ¿Sólo lo pensé o también se lo dije?

Intenté caminar y Puck me ayudó. A partir de ahí todo fue muy confuso, sólo sé que me puse a protestar porque quería ir donde estaba Finn, el lugar daba vueltas frente a mis ojos, entre la música, olor a cerveza y el humo de los cigarrillos de hierba y tabaco. En un momento estaba sentado en el piso… ¿del baño? y después tuve la sensación de la brisa fresca en mi cara y de estar recostado en el pasto. Pero podía ser un falso y alcohólico recuerdo.

Cuando finalmente pude entreabrir los ojos, el dolor de cabeza me estaba matando. Me sentí envuelto en la calidez de las sábanas y hubiera sido confortable de no ser por la jaqueca y las náuseas. Tenía la cara aplastada contra la almohada, tuve que incorporarme con los codos para respirar bien, miré alrededor y un delgado hilo de luz se escapaba entre las cortinas. Vi a Puck, de pie junto a la puerta, entonces intenté aclarar mi mente, sin éxito. No estaba en mi habitación, pero no terminaba de comprenderlo.

-Sobreviste-dijo Puck sonriendo traviesamente-ahora sólo te queda la resaca.

Intenté aclararme la garganta. Tenía un sabor amargo en la boca y no tenía muchas energías para pelear, ni siquiera para quitarme el cabello de los ojos. De algún modo sentí algo diferente, algo importante que debía recordar intenté atar los cabos y nada, lejos de tranquilizarme el pánico me invadió. Me asomé bajo las sábanas, traía puesta una playera grande y un pijama a cuadros. Definitivamente no era mi ropa de dormir. Mis ojos se abrieron muchísimo y de un salto me levanté de la cama y sofoqué un grito histérico cubriéndome la cara.

-¡No me digas que tu y yo…!- le reclamé con la cara roja, pero Puck no decía nada, desconcertado por mi reacción.

Me desplomé en el borde la cama, y enterré la cara en la almohada, volví a gritar, pero sólo se escuchaba una especie de gruñido. La idea de haberme acostado con Puck en un acto de inconsciencia me horrorizaba a sobremanera, eso sin mencionar que no sólo había arruinado mi plan con Finn, sino que mi primera vez era un acontecimiento inexistente en mi memoria. Empecé a llorar y mis lágrimas empaparon la almohada. Sentí que Puck se sentó a mi lado.

-¿Y a ti que te pasa? ¿Por qué tanto drama?

-¡Y todavía preguntas!- le espeté viéndolo de frente y con los ojos anegados de lágrimas-Debiste saber que estaba fuera de mí anoche, pero no te importó ¿verdad?

-Claro que estabas fuera de ti por eso te detuve antes de que cometieras una estupidez.

-¿Disculpa, y lo qué hice contigo no fue una estupidez?-le reclamé indignado y con la voz quebrada.

-Eh… eso depende…-titubeó-espera… ¿qué crees que hiciste conmigo?

-Cómo si no supieras, no voy a hacer una recreación de los hechos para placer de tu retorcida mente, además ni siquiera me acuerdo-dije echándome a llorar otra vez.

-Hey, ¿crees que tú y yo?-cuando se empezó a reír monté en cólera le lancé un golpe que bloqueo con la almohada.

-No tiene gracia.

-Kurt no dormimos juntos, ¿de dónde sacaste esa idea?

-¿No pasó nada? ¿En serio?-Puck negó con la cabeza-pero esta ropa, tu cama…

-Por si no lo notaste yo dormí en el suelo-dijo señalando el lugar donde estaba un edredón, sábanas y una almohada-quería que durmieras cómodo, además, tu ropa no estaba muy limpia… no quieres saber… olor a cerveza, vómito… te tuve qué cambiar.

-¿Vomité? Qué asco… ¿entonces me viste?-pregunté cubriéndome.

-No, apagué la luz.

-Mmm-murmuré con desconfianza.

-Puede que sea un idiota, pero no soy un maniático sexual, si te digo que apagué la luz es porque lo hice.

-¡Qué alivio!-dije, desplomándome en el colchón con los brazos extendidos y una sonrisa que me desbordaba del rostro-entonces nada pasó-rematé con un profundo suspiro.

-Gracias, es muy halagador-dijo con un tono sarcástico.

-No todo se trata sobre ti, no es que seas tú precisamente sino las condiciones… bueno, ¡Tampoco te tengo qué contar mi idea de una noche perfecta!-grité, pero acto seguido sentí un pinchazo de dolor en la cabeza, ahora que el susto había pasado, la jaqueca regresó con más fuerza y me cubrí los ojos.

Puck me condujo a la cocina despacio, igual que si fuera un paciente salido de cirugía, pues apenas podía caminar por el dolor pulsando en mis sienes. No caí en cuenta de sus cuidados hasta que me dejó en una silla mientras preparaba una bebida que según él curaba hasta la peor resaca.

-¿Qué es eso?- indagué, pero él se volvió de espaldas de forma juguetona cubriendo los ingredientes, en señal de que no me revelaría el misterio.

-No quieres saber, tómatelo y ya-dijo una vez que mezcló todos los ingredientes del mundo en la licuadora y me extendió un vaso con una sustancia verde y espesa, me tapó la nariz y con mucho asco lo bebí.

Todavía no me recuperaba, cuando Puck me colocó una bolsa de hielos en la cabeza; la sostuvo con su mano riéndose de mis protestas causadas por el frío. Lo observé con curiosidad, era mucho más paternalista de lo que yo habría querido aceptar, aunque ya lo había demostrado antes. Era muy gracioso que estuviéramos juntos en su propia casa después de la forma en que nos habíamos tratado mutuamente. Quizá pasar más tiempo con Puck no sería tan malo, parecía que podíamos dejar a un lado nuestras diferencias de carácter, sobre todo las barreras que nos veníamos poniendo en el pasado. Por alguna razón, sentí que la herida por el amor no correspondido con Finn se iba cerrando, ¿podría ser que aquella noche de alcohol había sido suficiente desahogo?

-¡Por Dios! ¡Mi papá no tiene idea de donde estoy!-dije levantándome de golpe y la bolsa de hielos cayó al suelo.

-Mercedes le llamó anoche, no creo que a él le gustara verte así: necio, pasando de la risa al llanto y…

-Ya entendí-respondí avergonzado por algo que no recordaba-tampoco le va a gustar saber que dormí en la casa de un chico.

-Es una confusión que me conviene.

-No empieces Puck.

Regresó a la habitación a devolverme mi teléfono celular, cuando me lo entregó nuestros dedos se rozaron y me congelé. Tardé en reaccionar y para ocultar mi sonrojada cara me apuré a buscar el número de mi padre torpemente. Le di la espalda a Puck, apartándome el cabello de la oreja. Quería sonar lo más tranquilo y convincente para que papá no se molestara o creyera que había cometido alguna tontería. Tuve mucha suerte y dijo que iría por mí en 20 minutos. Era mucho tiempo a solas con Puck y eso me puso nervioso, demasiado, así que decidí pedirle que me permitiera cambiarme de ropa en su habitación. En realidad lo hice rápido pero me quedé un buen rato ahí, pensando en todas las molestias que Puck se había tomado por mí. En casa estaba acostumbrado a atender a mi padre, en la escuela nadie me daba un trato preferencial, mucho menos cuidaba de mi. Para mi sorpresa, ya no me resultaba despreciable ni indiferente. Podía ser que yo sucumbiera a aquellas atenciones que sólo podían compararse con las que se le prodigaban a la realeza europea.

-Tuve que dejarme tu camisa-anuncié cuando volví a la estancia-la mía no se puede ni ver, pero te la devolveré el lunes.

-Me gusta que no me la hayas pedido, significa que al fin entiendes que yo y todo lo que es mío está a tu entera disposición-dijo sonriendo complacido, mis ojos se abrieron muchísimo y no pude decir ningún comentario sarcástico que le restara valor a lo que acababa de decir, me limité a sonreír nerviosamente, esquivando su mirada-además, vas a llevarte algo de Puckerman contigo, al menos hasta que vuelvas a casa-bromeó con tono cínico.

Escuché el claxon del auto de papá y sentí un alivio enorme. Me había salvado la campana literalmente, antes de que las palabras de Puck me abrumaran más. Me dirigí a la puerta y al abrirla, tuve una rara sensación, ese cabo suelto que mi mente intentó atar de último momento.

- Te pregunté si no había cometido una estupidez contigo…-dije lentamente- y tu respondiste: "depende", ¿eso qué significa, estás seguro que nada pasó?

-Seguro, ninguna estupidez se cometió anoche-dijo encogiéndose de hombros.

Lo miré tratando de rastrear una mentira y aunque me daba la impresión de que ocultaba algo, pensé que no era para tanto y mi padre podría molestarse si lo hacía esperar demasiado.

-OK, sé que quieres jugar con mi mente, así que será un alivio no verte todo el fin de semana. Por cierto, gracias por todo-dije con la arrogancia empleada por los que sienten que las atenciones de los demás no son un favor sino una obligación. Fui a encontrarme de prisa con mi padre a propósito, para no dar oportunidad a que Puck dijera nada más.

Pude convencer a papá de que había pasado una noche inofensiva, por supuesto no mencione las condiciones en que salí de la fiesta. No hizo falta que explicara demasiado, sin embargo, me cuestionó por la camisa que llevaba. Conociendo bien cuales eran mis gustos en lo referente a vestimenta, sabía que no era mía y que nunca usaría una como esa. Le aclaré que Mercedes me había ensuciado por accidente y eso pareció convencerlo.

Esa noche me acosté en mi cama y traté de arrullarme con la música de mi Ipod. Justo cuando la canción masoquista empezó, me salté a la siguiente. Gwen ya no me haría llorar de nuevo. Había terminado el luto por mi corazón roto por Finn. Poco a poco empecé a quedarme dormido, y tuve un sueño extraño: Puck me besaba justamente cuando estaba a punto de dormirme. Me incorporé de medio cuerpo, pensando que tenía un sueño cíclico, es decir, soñar que sueñas, incluso traté de ver a Puck en la oscuridad. Entonces sospeché que de eso se trataba el cabo suelto en mis pensamientos, tal vez no había sido un sueño… tal vez sí había pasado, porque de otra manera no sabría cómo se sentían sus labios presionando los míos.

Que alguien llame a Oprah. Pronto.