Happy together
-¿Entonces, no quieres venir a la fiesta del sábado? será lo mejor de lo mejor y prometo que ahora no te dejaré beber como la vez pasada.
-Gracias Mercedes, no necesito que me lo recuerdes. Además tengo planes.
-Baby, planchar tus corbatas no cuenta. Sábado, en la noche… es deprimente.
-Oh, lo olvidaba, ahora hablas desde el otro lado del hemisferio social, sabía que estarías insoportable en cuanto tuvieras novio.
Mercedes soltó una carcajada y Puck, que estaba junto a ella le dio un codazo. El profesor de álgebra ya nos había llamado la atención un par de veces y nos advirtió que a la tercera nos sacaba de clases. Puck había logrado ponerse al corriente con la materia pero seguía en la cuerda floja y no quería motivos para reprobar después de sus esfuerzos. Nadie se sorprendió por su nueva dedicación a los estudios, que dicho sea de paso no era para tanto ya que se conformaba con obtener una calificación regular, como sea, todos asumían que su integración al Glee club lo había encarrilado.
Habían pasado tres días desde que nos tomamos de las manos en clase y a partir de entonces nos dirigíamos la palabra muy pocas veces frente a los demás. Había sido un acuerdo silencioso. No teníamos que ser genios para suponer que nuestra "relación" iba a ser un disgusto para otros o que nos iba a acarrear problemas. Y lo digo así "relación", porque esta era una extraña etapa de conocernos mutuamente, pero sabiendo de sobra que nuestros sentimientos iban más allá de la amistad. En efecto me gustaba Puck, más de lo que creí posible y ya le había dado pruebas bastante vergonzosas de ello, así que no tenía caso tratar de convencerlo de lo contrario. Pero dar el gran salto, era lo más difícil, no importa cuanta confianza me transmitiera, parte de mí temía que fuese una mala idea dejar que Puck entrara a mi vida.
-Wow ¿Cuándo se volvieron tan aburridos ustedes dos? ¡Que se diviertan con la clase!-dijo Mercedes, levantándose de la banca y dirigiéndose a un sitio desocupado al fondo del aula para poder mandarle mensajes de texto a Tina. Puck aprovechó para recorrerse a su lugar y quedó junto a mí.
-¿Qué tienes pensado para el sábado?-indagó en voz baja y con una sonrisa de oreja a oreja.
Me quedé perplejo.
-Nada que te incluya-respondí clavando la vista en mi cuaderno de notas y apuntando lo que estaba escrito en la pizarra.
-Vamos, debes tener más que eso en mente-dijo empujando mi hombro suavemente con el suyo-así nunca nos vamos a llegar a segunda base.
-No presiones-respondí sonrojado y escribiendo como si el asunto careciera de importancia.
-Al menos tenemos que conocernos más ¿o sólo te gusto por mi físico?
-Deja de decir estupideces Puck, estamos en clase. Y… según me contaste, creo que ya llegamos a segunda base…
Puck sacudió la cabeza.
-Pero esta vez yo también quiero participar.
Abrí la boca para responder cuando sonó la campana y los chicos empezaron a guardar sus útiles para ir a la siguiente clase. Mercedes, se despidió agitando su mano, iba muy concentrada discutiendo con Tina por el teléfono celular. No me moví de la banca y Puck tampoco.
Respiré hondo, con las manos cruzadas sobre el cuaderno de notas
-El asunto es este Puck, me gustas mucho, pero no tengo idea de qué hacer. Para ti es fácil porque has tenido novias antes, yo pues… ignoro el tema de las relaciones por completo.
-Tu problema es que piensas demasiado las cosas-dijo sonriendo y con los ojos cerrados enterró su nariz en mi hombro.
-Ja, es la peor propuesta que he escuchado… ¿Me estás oliendo?
-Mi respuesta depende de otra respuesta, ¿jugarías un juego de intimidad?
Me sonrojé mucho más y volví los ojos al cielo.
-Eso me faltaba, saltarnos al sexo cual si fuera la cosa.
-Uy, eres más mal pensado de lo que creí, por mucho que me convenga te tengo que decir que hablo de otra cosa.
-Ah… claro, yo…
Puck esbozó una sonrisa y agachó la cabeza moviéndola negativamente.
-Me refiero a que digamos algún secreto, algo que podría avergonzarnos que otra persona lo supiera, pero ya que tú y yo queremos conocernos pues…
-No tengo ninguno-respondí retirándome un poco, esperando que no se diera cuenta del rubor que me cruzaba la cara.
-Tan sólo entra al juego. Yo por ejemplo te confieso que si, acabo de oler tu hombro hace un rato.
-Eso es tonto… y no es un secreto siempre lo haces.
-¿Te diste cuenta?
-Si, pero fue hace poco.
-Bueno, pues mi secreto es que me encanta tu aroma y no hablo de tu perfume. Incluso, cuando no estas cerca es como si estuvieras a un lado mío. Es sobrenatural o algo así.
- Se llaman feromonas-respondí entornando los ojos- y no es nada del otro mundo, la atracción basada en ellas nos vincula con nuestro lado más primitivo… ¿Sabes no creo que pueda seguir con el juego?-dije cubriéndome la cara con las manos.
-¿Por qué? Aparte claro de que eso te llevaría a encontrar nuevas maneras de decirme cavernícola.
-Lo siento… nada de eso es que… me da miedo cuando hablas así.
-¿Así cómo?
-¡Cuando hablas ASÍ de mí!
-Sí que eres increíble Kurt, me tienes más miedo ahora que cuando te trataba mal.
-¡Ya sé!
-Mientras tanto…-dijo alzando las cejas.
-¿Qué?-pregunté indignado.
-Me debes un secreto.
-Te dije que no quería…
-Es tu turno, ¡Secreto!
Me retorcí las manos, tenía uno, uno que me avergonzaba.
-Supongo que es algo que debes saber pero… tu camiseta… la que me prestaste para dormir en tu casa-asintió-me la dejé puesta el resto del fin de semana.
-¿En serio?-respondió con los ojos como platos
-Sip, incluso mi papá me preguntó si pensaba cambiarme algún día, y le dije que no había tenido tiempo de hacer la lavandería. Por favor no te burles.
- Al contrario, creo que si hubiera sabido eso antes mi fin de semana habría sido diferente. Lo pasé muy mal-dijo ocultando su cara en mi cuello y rodeándome por los hombros- es más vergonzoso que te necesite cerca todo el tiempo. Ni hablar de las mariposas en el estómago.
-¿Mariposas, de verdad?-indagué dándole palmaditas nerviosas en los brazos.
-Si-dijo recargando su frente en mi mentón y al momento sentí su aliento contra mi cuello-eres el único que me ha hecho sentir así.
Me quedé helado y tragué saliva con dificultad. Toda clase de pensamientos, dudas, miedos, cruzaron por mi cabeza y sentí la necesidad de levantarme y salir del salón. Entonces cerré los ojos tratando de descubrir lo que realmente quería. No podía huir de Puck para siempre y no quería hacerlo. Sólo estaba muy asustado y era hora de saltar al abismo a ciegas, esperando que todo saliera bien.
-¿Puedo decirte otro secreto?-le dije.
-Lo que sea.
-Soy un poco lento para, esto… así que espero que no te parezca extraño que empecemos de cero-le propuse poniéndome de pie, en voz baja le dije-: quisiera saber como se siente que me abraces.
-Es un buen secreto, y no es extraño… sólo un poco.
-Si lo piensas no es tanto, recuerda que la primera vez que me abrazaste estaba muy molesto contigo.
Puck se levantó despacio y se colocó frente a mí. Su mirada revelaba ternura e indulgencia por mi petición. Apuesto que era la primera vez que alguien le pedía un abrazo a él, que estaba acostumbrado a besarse y acostarse con chicas como si nada.
-Aquí voy, pero no vayas a golpearme, todavía me duele la mandíbula.
Me hizo encogerme de hombros y reír, así que cuando sus brazos me rodearon totalmente mis temores desaparecieron. Le correspondí aferrándome a su espalda, escuchando cómo su corazón latía por mí, fue como encontrar el lugar al que pertenecía. Puck me apretó con más fuerza, meciéndose de un lado a otro y supe que podía quedarme así para siempre. No pensé que nadie pudiera quererme tanto además de mis padres. Quizá yo no había imaginado que Puck iba a hacerme sentir amado y protegido, pero ahora me parecía tan normal la idea de nosotros juntos que no sé porqué había demorado tanto en aceptarlo.
Su cuerpo tibio desprendía un aroma agradable, masculino y entendí que su fijación por olerme no era tan descabellada.
Entonces, me besó despacio a cada lado de la cara y deslizó su nariz hasta mi cuello, besándome de nuevo. Un cosquilleo me subió del vientre hasta la garganta donde su boca se demoraba. Eran mariposas. Para cuando rozó sus labios en los míos las rodillas me flaquearon, creí que me derretiría en sus brazos. Fue un beso largo, lento y apasionado, alternaba besándome los párpados, la frente y en mi boca de nuevo. Creí que perdería la razón hasta que se me ocurrió que no tenía porque esconderle lo mucho que me gustaba, yo también podía besarlo sin reprimirme porque de algún modo él era mío y yo suyo.
Se abrieron las puertas del infierno, porque saltaron chispas, era como si un millón de lenguas de fuego nos golpearan al mismo tiempo. Inconscientemente nos movíamos hacía el rincón empujando las bancas detrás de mi, se iban amontonando mientras se arrastraban con un chirrido. Puck cambió de lugar para que no me lastimara, aunque terminamos besándonos en el piso, en medio del desastre. Al final, la intensidad fue disminuyendo hasta convertirse en un beso casi perezoso, cuando nos separamos apoyé la barbilla en mis manos sobre su pecho. No podía dejar de verlo y como parecía un sueño, temí que podría desaparecer frente a mí en cuanto despertase. Pero su pulgar acariciándome la mejilla en círculo me comprobaba que no era un sueño.
¿Qué loco mundo era este en el que Puck y yo estábamos juntos?
-Es tarde para el coro y puede entrar alguien.
-Cinco minutos más-protestó abrazándome en plan de niño mimado.
-Deben estar esperándonos para poder empezar.
Me puse de pie y le tendí la mano, tuve que inclinarme hacia atrás para tomar fuerza y ayudarlo a levantarse. A toda prisa acomodamos las bancas, mirándonos y sonriendo con complicidad por lo que nuestra pasión había provocado.
Antes de salir tropezamos el uno con el otro y riéndonos, nos fuimos tomados de las manos por el pasillo, cada vez que parecía que alguien se acercaba nos soltábamos.
-Ve tu primero- me dijo en la puerta, volteó a todos lados y me robó un beso.
Tuve que respirar hondo y reprimir mi sonrisa, pero no podía, era como si un par de ganchos me halaran en direcciones opuestas.
Me disculpé con el resto y empezamos a ensayar. Más tarde Puck se incorporó al grupo y se sentó hasta el otro extremo del salón para no interrumpir la parte teórica de la clase. Lo miré de reojo y me llevé la mano al pecho, el corazón me latía con fuerza que parecía sobresalir de mi camisa. ¿Era posible que sintiera a Puck como mi otra mitad tan pronto?
El mes restante nos besábamos a escondidas en las aulas vacías, en los últimos estantes de la biblioteca, detrás del campo de futbol. No teníamos mucho tiempo para hablar, para eso nos enviábamos mensajes de texto durante las clases y hablábamos por teléfono en casa. Era casi imposible que saliéramos juntos a la calle sin que nos descubrieran, en Lima era un suicidio. Que fuera un secreto tenía su lado divertido, pero a veces no nos dábamos cuenta de que nos exponíamos demasiado escribiendo mensajes mientras estábamos en el mismo salón. Mercedes quiso saber quien me tenía tan entretenido con el celular.
-Creo que debería decirle-le dije a Puck masajeándole los hombros y la espalda después de un entrenamiento pesado. Habíamos llegado antes que los demás al ensayo y Puck había acomodado la silla al revés, tenía los brazos recargados en el respaldo y cada vez que le deshacía un nudo muscular se quejaba y maldecía.
-¿Por qué mejor no lo anuncias en la asamblea? ¡Ouch! Sé más amable, eso dolió.
-Me ofendes, esta es tan sólo la primera etapa de mi famoso masaje de belleza-dije clavándole un codo en los omóplatos-pensé que eras más rudo Puckerman.
-Lo soy, pero tienes los dedos afilados, siento que me clavan mil agujas.
-Tómalo como un cobro por las veces que me arrojaste al basurero querido-le susurré al oído aplicando más fuerza sobre sus hombros.
-Trato hecho-rió entre dientes, aguantando el dolor. Después en la segunda etapa del masaje, empezó a exhalar complacido-más a la derecha… no espera más a la izquierda…
-Hey, estas volviendo mi inocente sesión de masaje en una sesión tres equis.
-Sólo tienes que pedirlo baby-dijo volviendo la cabeza y dirigiéndome una sonrisa pícara.
La puerta se abrió de golpe y Mercedes entró.
-¡Pero qué demonios!-exclamó al verme con las manos sobre la espalda de Puck.
-Bueno, nos atrapaste…creo que debes saber que Puck y yo estamos saliendo-dije dándole un beso en la sien y rodeándole los hombros con ambos brazos, sin que lo esperara.
-Puedo ver que si… no te ha partido la cara a golpes-respondió con un gesto de sorpresa.
-Mantén cerrada la boca ¿ok?-dijo él con un tono de amenaza y ya no pudimos hablar más porque escuchamos que el resto del coro se acercaba.
No pensé que Mercedes se enteraría de esa manera, digo, tampoco podía echarme para atrás luego de semejante hallazgo. Tuve que explicarle toda la historia desde el principio: que yo mismo no estaba seguro de lo que sentía por Puck y que de haberle dicho, quizá habría complicado más el asunto. Aunque Puck, no confiaba mucho en su capacidad para guardar el secreto le dije que más que nunca necesitábamos una aliada y más todavía, una amiga.
En efecto, Mercedes resultó ser una perfecta confidente. No era de esas personas que escuchan tus secretos y tribulaciones por simple amor al chisme. Ella estaba genuinamente interesada en ofrecer su hombro para apoyarme a pesar de que seguía incrédula de que fuese Puck, mi primer novio "oficial".
-¿Estas seguro de que no despertará un día y te arrojará al contendor de basura de nuevo?-quiso saber cuando le conté todo.
-Por completo, digamos que este es un Puck Vintage, lo mejor del Puck clásico, combinado con el nuevo.
Y era verdad. Él mantenía su carácter de: "no te metas conmigo" que tanto asustaba, pero ahora yo podía ver que no había sido un patán todo el tiempo. Yo amaba que conservara su espíritu y que fuese tan dulce y comprensivo cuando estábamos juntos. Claro que no lo iba a divulgar, sabía que a él le preocupaba mucho su status aunque lo negara y yo tampoco quería gritar a los cuatro vientos sus atenciones hacia mí, porque era nuestro mundo.
Un día, luego de debatir en dónde debíamos repasar para un examen parcial decidimos ir a su casa, en la mía papá haría demasiadas preguntas y yo no estaba listo para decirle que estaba en una relación con un chico.
-¿Estas seguro que no te molesta que Mercedes lo sepa?- le pregunté mientras nos tomábamos un descanso del maratón de estudio en su cama. Yo estaba apoyado en los codos, pasando las hojas al libro de textos y Puck, junto a mí, miraba hacia el techo.
-Te dije que no, tampoco creí que se enteraría así pero que más da.
-Bueno, sé que es difícil para ti yo no tengo una reputación que perder si sabe en la escuela.
Se echó a reír.
-Mi mala reputación es todo lo que tengo ¿eh?
Balbuceé algo incomprensible.
-Me tiene sin cuidado lo que piensen, te prefiero mil veces a ti que a esos imbéciles-dijo acariciándome el rostro, con esa mirada dulce que nadie pensaba que Noah Puckerman tenía.
Cuando me abrazó por la cintura y empezamos a besarnos, supe lo que iba a pasar. Estaba muerto de miedo. El problema con la intimidad es que hay cosas que no puedes esconder de ti mismo si tienes una conexión real con el otro. Y yo estaba convencido de que Puck era mi persona y temía que al conocerme en todos los aspectos, no le gustara quién era yo en verdad. Y no hablo sólo del sexo, sino de todas las cosas que no me gustaban de mí. Sin embargo, Puck era capaz de arrancarme todas mis inhibiciones y hacerme sentir contento y cómodo conmigo mismo.
-El sexo no es nada del otro mundo Kurt-me dijo una vez- es como cualquier cosa que no hayas intentado antes, te da miedo y te imaginas como un millón de cosas, pero no es para tanto.
-¿Dices que está sobreestimado?-cuando supe que no había entendido le aclaré- Osea que se la da mucha importancia.
-Algo así, a veces pasas muchos ridículos y decepciones, no son fuegos artificiales todo el tiempo.
-Ok, estoy oficialmente aterrado.
Y lo estaba. Cuando me empezó a desvestir supe que no había marcha atrás, y si experimenté un instante de pánico, este se esfumó en cuanto sentí como me imprimía besos en cada sitio donde habían estado abrochados los botones de mi camisa. Lo atraje hacia mí y le di un largo beso, y después me sentí envuelto por un agradable sopor. Puck, era tan apasionado como cualquiera podría suponer, pero al triple y sumando esa ternura que le conocía, era dinamita. Dimos vueltas y vueltas en la cama, y si yo asumí que mi inexperiencia me haría permanecer al margen, me equivoqué. Lo llaman instinto, pero yo prefiero llamarlo amor. Besé su clavícula y los músculos de sus brazos, que tanto le enorgullecían y acaricié su espalda desnuda todo lo que quise. La calidez de su cuerpo sobre el mío me hizo perder la cabeza. Si hubiera muerto allí no lo hubiera notado. Estaba en el séptimo cielo.
-Fuegos artificiales-susurró cuando después de la tormenta, me tenía entre sus brazos. Besó mi nuca y mi hombro, mientras yo me sentía embriagado y por supuesto feliz. Nos quedamos el resto de la tarde tumbados en la cama. Hablamos, nos besamos, reímos, nos besamos, cantamos cancioncillas estúpidas, nos besamos y lo volvimos a hacer como si de ello dependieran nuestras vidas. Se hizo de noche y yo tenía que volver a casa, pero enroscados y mimosos como estábamos, me parecía lamentable regresar a dormir a mi solitaria habitación.
Insistió en acompañarme pero le recordé que no era conveniente.
-No… te…olvides…de…estudiar… una última… vez…-le dije, mientras trataba de intercalar las palabras con los besos al pie de la puerta.
-Estás loco si crees que me voy a poder concentrar…-me respondió, le di un golpecito con mi libro de textos en la cabeza y me di vuelta para irme, pero él me tomó por la cintura y me plantó un beso francés. Salí de ahí riéndome, estaba tan mareado y complacido que pensé que el piso hasta mi auto se movía. Esa era una de tantas cosas por las que me gustaba estar con Puck, sabía mezclar muy bien la alegría con el placer. Yo no podía recordar haberme reído tanto y mucho menos, saber lo que era desear a alguien y ser deseado.
Al día siguiente, al caminar por los corredores de la escuela nos encontramos de frente. Puck caminó entre los demás estudiantes y me dio un empujón con el hombro juguetonamente sin verme. Nadie lo notó y yo me reí, se trataba del mismo corredor donde nos cruzamos la primera vez. Quizá íbamos a diferentes clases en ese momento pero nuestras vidas parecían dirigirse hacia el mismo camino.
