Nota: NO está demás decir que los personajes son de propiedad de Meyer.

Como prometí, el tercer capítulo de inmediato, pero sólo porque marcho ahora una semana de vacaciones y no podré subir nada en ese tiempo.

Lo que anhelaban algunos... la aparición de los Cullens.

Gracias a las chicas que se animaron a leer, espero no les decepcione.

Espero les guste y disfruten montón!


3. La hospitalidad de los Cullens

–Entonces… listo señorita Cullen –habló el director del instituto como si fuera un importante empresario cerrando un difícil acuerdo.

–No hay problema señor Thomas –estaban en la oficina del principal y una adorable chica conversaba con él–, me alegra la noticia. Voy a hacer que la estadía de ésta chica sea increíble –dijo la menuda joven con una sonrisa en el rostro y una emoción que desbordaba.

–Sabía que podía confiar en alguien como usted.

–Por supuesto señor, iré de inmediato para conocerla –dijo la joven haciendo ademán de levantarse, demasiado feliz para poder disimularlo.

–Entonces, hasta luego

–Adiós señor Thomas –pronunció la chica cuando ya había, prácticamente, salido del despacho del director.

Alice Cullen era una lista chica de tercer año del Instituto de Arte de Boston. Su optimismo y entusiasmo eran reconocidos por muchos, no por ello tenía muy buena relación con la mayoría de los jóvenes del colegio. Su apariencia no denotaba en absoluto toda la energía que una chica como ella podía albergar, pues su menuda figura, su estatura cerca del metro 60 y su rostro fino la hacían verse más niña aún de los 16 que tenía.

Le encantaba hacer preparativos y organizar todo tipo de eventos por lo que siempre estaba participando en comitivas del colegio que le permitieran sacar a relucir ese lado suyo. Por otra parte, disfrutaba montones de la moda, era una chica in que gustaba pasar tiempo en los centros comerciales haciendo compras y recomendando a sus amigas como vestir, pues decía que ella sola no podía dar a basto con todo lo que la moda traía cada día.

Mas su pasión se remitía al dibujo. Tenía un talento natural para con las formas, los trazos, los colores y la creatividad era lo suyo. Por lo mismo había optado por estudiar en aquel instituto, pues así podía prepararse para seguir la carrera de Diseño en la Universidad, que lograba combinar todos y cada unos de sus amores.

Por todas estas cualidades, fue que el director no lo había pensado dos veces y había llamado a Alice a su despacho ese domingo en la tarde, justo cuando ella volvía al internado, para pedirle expresamente que lograra que la nueva estudiante de tercero pudiera sentirse a gusto en aquel lugar.

¿Quién mejor que Alice? Nadie, por supuesto.

* * *

–¿Qué te pidió Thomas que organizaras ahora, enana? –le preguntó un chico cuando vio que Alice se acercaba a la mesa en el casino donde habían ido a esperarla.

–¿Organizar? Nada –respondió la chica con una sonrisa–, pero debo ir a apadrinar a una chica –agregó aún más radiante esperando ver algún tipo de emoción en sus oyentes–, y… ella ya está aquí así que me marcho chicos, luego nos vemos –tomó su bolso de uno de los asientos, dio un suave beso a uno de los muchachos que se encontraban en la mesa y le revolvió rápidamente el cabello al otro. Salió del casino de forma veloz, como si diera saltitos en el acto.

Los dos chicos la vieron alejarse y se sonrieron.

–Esta Alice –comentó el rubio con aire ensoñador–, tan energética para todo.

–Esa enana tiene baterías inagotables –le respondió el otro chico con una suave voz mientras tomaba una de los bocados de la mesa y se disponía a comerlo. Hubo un momento de silencio y luego el rubio habló otra vez:

–¿De quién crees que hablaría?

–No lo sé –respondió nuevamente el otro joven, a lo que agregó–: sólo espero que sea guapa –rió de su propio chiste mientras comía otro bocado del plato.

–Nunca cambias Edward.

–¿Quién dijo que quiero cambiar, Jasper?

Las risas resonaron en la mesa.

* * *

Bella estaba recostada sobre su cama leyendo "Jane Eyre" cuando la puerta se abrió y entró una linda y menuda chica morena.

–¡Hola! –le dijo muy alegre, dejando su bolso en su cama y acercándose rápidamente a la cama de Bella–, Isabella, ¿no?

–Llámame Bella –le respondió la chica dejando el libro a un lado. Siempre le había gustado que le dijeran Bella y siempre lo habían hecho; aunque Isabella constaba en los registros, con Bella se identificaba más.

–Alice Cullen –Alice la abrazó sin pensarlo, Bella le respondió torpemente. Cuando se separaron, Alice sonreía de sobremanera–. Y bien, cuéntame de ti, ¿desde cuándo estás acá? –dio unas entusiastas palmaditas.

–Bueno… llegué ayer, desde Washington. No he hecho mucho, hoy salí por ahí.

–Me hubiera gustado que el director me hablara de ti antes, así no me habría ido –Bella la miró confundida–. Lo que pasa es que soy de Connecticut, entonces a veces viajamos con mi hermano a casa los fines de semana, como está sólo a unas horas. Y bueno, acabábamos de llegar y el director Thomas me llama a la oficina y me dice que tengo nueva compañera de cuarto –Bella quedó sorprendida de la forma en como Alice podía articular tantas palabras seguidas sin necesidad de respiro–, ¡me vine de inmediato a conocerte!

–Bueno… yo dejé mis cosas en el armario, en el lugar que estaba libre –Bella no sabía que otra cosa podía conversarle.

–Lo dejé así esperando que me pusieran a una compañera, ¡y ahorita estás tú! La vamos a pasar tan bien, Bella –lo único que pudo hacer Bella fue sonreírle. Ver a esa chica, que la recibía con tanta alegría sin siquiera conocerla, hablaba de lo buena persona que era–. ¡Ya sé! –dijo de repente y dio un salto que desconcertó a Bella–, ¡tienes que venir a conocer a los chicos!

–¿Qué chicos? –el botón de "retorcer" de su estómago había sido activado en el acto.

–¡A Jasper y Edward! Rosalie no está porque se viene más tarde para aprovechar el tiempo con Emmett pero los chicos están en el casino, podemos ir a comer juntos, ¿qué dices? –en menos de dos tiempos Alice ya le tenía planes.

Bella no quería sonar aguafiestas, pero pensar en sociabilizar no le parecía lo mejor en aquel momento. Alice era un encanto de persona y sabía que todo lo hacía con la mejor de las intenciones y, de seguro, los chicos de los que hablaba también la recibirían increíble, pero todas las cosas que pasaban por su cabeza en ese momento le pedían a gritos silenciosos algo más de tiempo a sola.

–No lo se Alice… –comenzó Bella y ya no pudo seguir pues la expresión de júbilo de Alice le caló profundo. Sabía que necesitaba soledad pero también sabía que no podía seguir más con esa actitud, por algo se había mudado a Boston, para comenzar de cero, y Alice se estaba portando de maravillas en lo que a eso se refería sin siquiera conocerla, así que también debía poner de su parte. En vez de negarse, decidió decir–: Me parece muy buena idea.

–¡Perfecto!

* * *

–Entonces, les pido que se comporten con ella, en verdad, parece muy tímida; bueno… es nueva en el lugar, debe estar algo nerviosa así que mayor razón van a ser encantadores, ¿entendieron? –Alice estaba sentada en la mesa del casino con los mismos dos chicos con los que antes había compartido

Tal cual le había dicho a Bella, sus nombres eran Jasper y Edward.

El primero, Jasper Hale, era compañero de grado de Alice y también su novio. Llevaban ya juntos algo más de año y medio, desde que habían comenzado la secundaria y, aún así, parecía que cada día estaban más enamorados. Su contextura era delgada y algo menuda también, no por ello hacía tan estupenda pareja con la chica, pues parecía que encajaban a la perfección. Su cabello era rubio y sus ojos caramelo. Tenía una sonrisa que era el orgullo de Alice pues acostumbraba a decir que esa sonrisa era la que la había conquistado desde el primer momento en que la contempló.

Por otro lado estaba Edward. Él, al igual que Alice, era Cullen, al igual que ella, compartían grado y, de bebés, habían compartidos también el útero de su madre. Eran mellizos y la relación que tenían como hermanos era inquebrantable. No sabían si era porque les había tocado compartir desde antes de nacer pero no podían pasar mucho tiempo sin preocuparse el uno del otro.

El físico de Edward era robusto y estilizado. Sus rasgos casi perfectos así como su segura y encantadora personalidad lo habían llevado a convertirse en uno de los chicos más populares del colegio. Siempre era buscado por los hombres quienes no desestimaban en convertirse en su amigos, mientras que las chicas esperaban (y las más osadas reclamaban) su atención. Todas esas cosas le habían otorgado cierto título, era, por así decir, el famoso Edward Cullen.

Ahora, a diferencia de Alice, Edward tenía el cabello castaño cobrizo y ojos color miel brilloso que contrastaban con los negros hipnóticos de la joven. Claramente, si conocían a sus padres, se podía notar que Edward tenía los mismos rasgos que su padre Carlislie mientras que Alice había heredado los genes de su madre, Esme.

Aún así, aunque hubieran diferido en materia de genética, ambos habían heredado el gusto por el arte, inculcado por el lado de Esme, una reconocida artista plástica. Carlislie, por otro lado, era médico. Su legado sólo se materializaba en su hijo Emmett, un año mayor que los mellizos, quien estudiaba en otro instituto también en Boston esperando poder convertirse, tal cual su padre, en un dedicado médico.

–No me atrevería a contradecirte, enana –le respondió Edward a su hermana–. ¿Y cuándo viene esta chica?

–Dijo que dejaba unas cosas listas en el dormitorio y venía para acá –Alice estaba sentada al lado de su novio; Edward estaba frente a ellos.

–¿Es bonita? –era Edward otra vez. Jasper rió por lo bajo.

–Ni se te ocurra pensarlo –le advirtió Alice tranquila, sin molestarse en mirar a su hermano.

–¿Qué?, ¿ya no puedo ni preguntar? –respondió el mismo falsamente ofendido, con una sonrisa algo coqueta escondida tras su expresión de indignación. Jasper volvió a reír.

–Ni siquiera me voy a molestar en responder o en recordarte las reglas –habló enfatizando la conjunción–. ¿Recién llegada al instituto y lo primero que va a tener es una mala imagen de mi familia? –Jasper atrapó a la chica entre sus brazos y le depositó un suave beso en la mejilla mientras observaba como proseguía la riña entre los Cullens–. No querido, mucho que me cuesta para que vengas tú a asustarla –finalizó sonriendo con suficiencia dando por terminada la conversación y llevándose, claramente, el apoyo de su novio.

–Pero Alicie, yo sólo estaba pensando en darle una buena bienvenida a… Isabella, ¿no? Parece que está en la sangre de los Cullen eso de ser hospitalarios –Alicie no tuvo más opción que reír del chiste de su hermano.

–¿Hospitalario? Ya lo creo –Edward se unió a las risas de ella y de Jasper.

Edward sabía en el fondo que sólo bromeaba con aquello. Es decir, él siempre había sido galán y gustaba de salir con diferentes chicas pero sólo porque, según decía, no estaba hecho para el compromiso; de ahí la fama de mujeriego que colgaba tras sus pies. Aún así, estaba además aquella regla de su hermana, lo único que ella se había tomado la molestia de pedir con respecto a sus conquistas pues de por si Alice prefería mantenerse al margen de su vida amorosa; la situación era ésta: que se abstuviera de salir con sus amigas cercanas si después las iba a botar a la semana. ¿El? Claro que podía respetar aquello, si en el Instituto había otros cientos de chicas esperándole.

¿E Isabella? Era evidente que ella se convertiría en una de las mejores amigas de Alice. Vetada de por vida… ¿no?

Fue en ese momento cuando se fijó en una alta y delgada castaña que entraba al casino y rebuscaba a su alrededor. Notó que la chica miraba a su mesa y sonreía torcido. Se giró de forma mecánica a ver a su hermana quien le hacía señas a la muchacha para que se acercara donde ellos estaban. Volvió la vista otra vez a la muchacha.

Así que… ¿aquella era Isabella?. Edward tragó saliva.


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Cuidense y amores!