Por la noche Serena trató de asimilar toda aquella situación. Ya no podía seguir negando por más tiempo que sentía algo por Diamante, pero también estaba confundida, ella quería a su pequeño, y aunque no supiera donde se encontraba, también sabía que a lo seguía queriendo. Sin embargo, Diamante tenía algo que lo hacía parecerse muchísimo a él, a pesar de su forma de ser tan fría y distante, algo la hacía acordarse de su pequeño.
Al día siguiente decidió que quería estar sola para pensar, para aclarar sus sentimientos. Se situó en aquel lugar en el que se escondió con Rini, ese lugar que Diamante les había mostrado, estaba segura de que allí nadie la encontraría.
Tiempo después, mientras su pluma se deslizaba por el papel escribiendo todo lo que venía a su cabeza, escuchó un ruido y se sobresaltó. Miro a su alrededor pero no vio a nadie, así que siguió escribiendo, pero después se dio cuenta de que alguien la observaba y levantó la mirada.
Diamante se encontraba de pie, a unos metros de donde se encontraba ella, parecía sorprendido de verla ahí, ella también se sorprendió y abrió los ojos como platos.
-Se…rena… ¿qué haces aquí?
-Yo…trataba…de…estar sola.-confesó Serena, avergonzada.
Diamante la miró de una manera extraña, como si la comprendiera.
-Lo mismo trataba de hacer.
Hubo un silencio incómodo que Serena trató de romper.
-Si quieres yo…podría irme.
Serena se puso de pie y trato de irse pero Diamante la detuvo.
-No te vayas.-dijo sorprendido de que el hubiera hecho eso.
Serena se detuvo en seco y lo miró, extrañada.
-¿Sucede algo, Diamante?-preguntó Serena.
-No lo sé exactamente. Trato de averiguarlo.
-Entonces prefiero también averiguarlo.
-¿Qué es lo que tu deseas averiguar?
Serena le dio la espalda, los nervios comenzaban a apoderarse de ella de nuevo.
-Quiero saber…por qué tú…
-¿Te besé?-la interrumpió Diamante.
A Serena se le erizó la piel.
Diamante se acercó a ella lentamente y la hizo girarse para poder verla de frente.
-No podría decirte exactamente por qué, solo puedo decirte que desde la primera vez yo…es muy difícil que…deje de pensar en ti.-logró decir.
El corazón de Serena se aceleraba conforme Diamante le hablaba.
-Hay muchas cosas que no logró entender, Serena, a veces no puedo quererte, mis antiguos sentimientos no me lo permiten, sin embargo…al mismo tiempo se interponen los nuevos sentimientos y yo…no sé que hacer.
-¿Por qué no me cuentas sobre lo que te pasó?...yo…estaría encantada de escucharte, deseo saber que es lo que te atormenta.
Diamante miró el suelo, dudando de si debía hacerlo. Se sentó sobre el pasto y luego le indicó a Serena que lo hiciera también.
Serena lo hizo, aunque no sabía bien por qué.
-No sé si en realidad debo hacerlo, pero creo que…lo mereces.
Diamante se aclaró la garganta para poder comenzar a relatar algo que le dolía profundamente.
-Había una niña a la cual yo adoraba con toda el alma. Éramos inseparables, siempre estábamos juntos. Nos contábamos todos, siempre jugábamos, en fin…todo lo hacíamos juntos. Pero un día todo cambió radicalmente, y fue lo que me llevó hasta donde estoy ahora, fue la guerra. La guerra comenzó y su familia tuvo que huir del pueblo donde vivíamos, fue algo totalmente inesperado. Apenas tuvo tiempo de despedirse de mí, la vi irse, traté de alcanzarla pero…nunca lo hice, mi madre, mi hermano y yo también tuvimos que huir. Mi madre murió, no resistió la guerra ni el frío. Zafiro y yo vagamos por pueblos, la busqué en cada pueblo al que llegábamos sin ningún éxito. Hasta que encontramos al señor Furuhata y su familia, y nos acogieron, nos dio trabajo, comida, casa, educación, y ahora gracias a él estoy aquí…sin embargo en todos estos años yo nunca he podido…olvidarla, siempre he tenido la idea de que puedo encontrarla, ¡no puedo olvidarla!
Diamante sintió como las lágrimas se le acumulaban en los ojos y se atrevió a mirar a Serena.
Al mirarla se dio cuenta de que Serena temblaba descontroladamente mientras las lágrimas no dejaban de brotar de sus ojos. Diamante se alarmó.
-¿Qué te pasa, Serena?-dijo asustado mientras la tomaba por los hombros.
Serena no lograba hablar, apenas podía respirar. No podía creer todo lo que Diamante acababa de revelarle.
-¡Serena, háblame!
Serena trató de controlarse, tragó saliva y trató de hablar.
-Tu…eres…Diamante…-logró decir.
-No te comprendo, por favor, respira profundo y luego intenta hablar.
Serena lo obedeció.
-Recuerdas que…un día yo…te conté…
Tomo aire y prosiguió.
-Eres tu.-dijo volviendo a llorar.- ¡Eres tu!, ahora entiendo porque decías que me parecía tanto a ella.-respondió entre sollozos.
-¿De qué hablas?, no te comprendo…
Serena lo miró directamente a los ojos, luego tomó entre sus manos el collar de luna que su Diamante le había dado hace tanto tiempo, que se encontraba escondido entre su blusa.
Serena se puso de pie y comenzó a caminar en todas direcciones.
-Yo me fui a Tokio…me fui a Tokio y Rini nació…te busqué por todo Tokio, esperando encontrarte, regresé al pueblo esperando encontrarte, ¡y nada!, toda mi vida te he estado…esperando.-dijo mientras se enjugaba las lágrimas.
Diamante se puso de pie y la miró extrañado, no entendía muy bien.
-¿De qué hablas?, por favor…háblame claro.
-Diamante.-dijo Serena mirándolo de frente.- ¿Aun conservas el collar que…te regalé?
Diamante abrió los ojos como platos.
-¿Cómo sabes sobre ese collar…? ¿Por qué dices que tú…me lo diste…?
En ese momento todo encajó para Diamante. Un montón de recuerdos vinieron a su mente, miró el collar que Serena sostenía en sus manos, lo recordó, recordó como el primer día de clases se había topado con ella y lo había visto, y había pensado que era un collar cualquiera, ¡pero no!, era el collar que el le había dado a su…Serena, ¡Serena!
¡Era su Serena!, al fin la había encontrado y ahora la tenía frente a él. Serena lloraba, parecía feliz y triste al mismo tiempo. Supo el porque al principio la había detestado tanto, porque era igual a su Serena, y todo el tiempo fue la misma. En ese momento Diamante sacó su collar y se lo mostró a Serena, las lágrimas llegaron a sus ojos.
Se miraron durante un largo rato. El momento que tanto habían estado esperando, al fin había llegado, ninguno de ellos lo creía.
Fue Diamante quien sin pensarlo dos veces la tomó entre sus brazos.
La apretó contra si lo más fuerte que pudo.
-¡Serena!, ¡eres tu!, ¡al fin!, ¡al fin!, ¡no puedo creerlo!
-Diamante, yo tampoco puedo, no puedo creer que después de tanto tiempo tu y yo…
-¡Estamos juntos!
Diamante capturó los labios de Serena y la besó apasionadamente, ambos sentían que sus corazones saldrían disparados. Nada podía ser más perfecto.
Serena paso sus manos por el cabello suave de Diamante y lo atrajo más hacía si. Diamante no podía dejar de besarla, la amaba, incluso antes de saber quien era en realidad.
Se separaron un momento, aunque sin dejar de abrazarse.
-Serena, te amo Serena, ¡te amo!, incluso antes de saber quien eras en realidad te amé. Desde el primer momento en que te vi, aquella ves que chocamos.
-Oh Diamante, ¡claro que lo recuerdo!, ¡yo también!, siempre supe que algo tenías y siempre luché contra ese sentimiento, algo siempre me dijo que eras tu y me negaba a creerlo, ¡te amo!, con toda el alma.
Sus labios volvieron a unirse, era como si por primera vez se besaran.
Diamante y Serena se quedaron la tarde entera en aquel jardín privado que era solamente de los dos. Contándose todo lo que no se habían contado durante los años que dejaron de verse.
