La Verdadera Pasta
El tagliatelle Alfredo de aquel viernes no resultó tan bueno como Ron, Luna, Ginny y Sean se lo esperaban. Al parecer la chef y su ayudante se entretuvieron mucho más en otras cuestiones. Sin embargo, fue también esa tarde de viernes, la que permitió que Harry Potter se encontrara elaborando minuciosamente la pasta que, su ahora novia, le enseño a cocinar.
Desde aquella tarde habían pasado ya dos años. Harry y Hermione tenían una relación bastante estable. Ambos se amaban y se sentían completos el uno con el otro. El único defecto de la relación era, que una que otra noche, Hermione volvía a su departamento o Harry regresaba a su casa.
Harry quiso ponerle punto final a esas fortuitas y ocasionales separaciones; no pidiéndole vivir juntos, sino algo más fuerte; algo que para Hermione significaba mucho. Y aunque ella no lo supiera, para Harry lo era igual o más importante.
Y de repente, Harry Potter encontró otro pero. Aunque llevaba dos años intentando preparar la pasta, simplemente no le salía. Esa ocasión no fue la excepción. El reloj marcaba las cinco de la tarde. Hermione llegaría a las nueve. Tenía tiempo perfectamente de ir y regresar.
Harry salió a la cochera. Encendió su bonito convertible rojo y tomó rumbo a los suburbios de Londres. Detuvo el auto frente a una pulcra, enorme y linda casa campirana. Bajó del auto y tocó a la puerta. Esperó los treinta segundos reglamentarios que hacia de trayecto Allegra, desde la mecedora de la sala hasta la preciosa puerta de roble.
-Hola, muchacho de ojos resplandecientes- saludó la anciana al abrir la puerta.
-Hola, mujer de cabellos rutilantes- contestó Harry al ver a Allegra. Nunca conoció a una persona que tuviera un nombre más afín. Allegra Trovatelli-Granger era una mujer menuda, bajita (fácilmente Harry era unos treinta y cinco centímetros más alto); el tiempo le había mostrado sus siniestros en el rostro…
…Pero aún así exponía su hermosa sonrisa (con los incisivos ligeramente prominentes), a decir de ella, con todos sus dientes. Y Harry le creía. Simplemente quería estar seguro de que, cuando fueran viejitos, Hermione seguiría sonriéndole igual como lo había hecho en los últimos dieciséis años… Aunque si en su vejez tenía todos sus dientes o ninguno, era una de las cosas que a Harry le venían valiendo lo mismo que un papalote.
-¿A qué se debe el honor de tu presencia, Harry?- preguntó la anciana haciéndole ademán de que pasara.
-Necesito un favor enorme, Allegra- respondió Harry afligido y cerrando la puerta de roble detrás de ella.
-Lo que tú quieras, hijo- contestó la abuela de Hermione sentándose en su bonita mecedora.
-Necesito que me ayudes a hacer tu Pasta Alfredo- la mujer abrió la boca para hablar- no, no, déjame terminar… Hoy le voy a pedir matrimonio a Hermione.
-Harry, ya te habías tardado- fue lo único que respondió Allegra antes de levantarse impetuosamente y abrirse paso hacia la cocina.
Harry sonrió. Si había alguien en quien confiaba tanto como en Ron o Hermione, esa era Allegra. Porque en los nueve años que llevaba conociéndole, se habían ganado mutuamente la confianza. Y era tal vez porque Harry nunca tuvo un abuelo o algo parecido, o a lo mejor porque Allegra Trovatelli siempre quiso tener un nieto varón, y Harry se había convertido en lo más contiguo a eso… incrementando tal proximidad desde que comenzó su noviazgo con la nieta de Allegra.
-Ni me vengas con el sermón de que no sabes hacerla- comenzó Allegra riendo- Hermione no pudo con la carga de conciencia y me contó todo lo que pasó ese día que comenzaron a salir.
Harry se puso de todos los colores y sólo atinó a reírse al ver a Allegra haciendo lo mismo. De repente se dio cuenta que eso era lo correcto. Que su vida con Hermione era lo correcto. Porque antes de cualquier pasta, o de alguna tarde juntos, el "trío maravilla" había sufrido mucho y pasado por innumerables peligros y tristezas. Y por primera vez en nueve años sintió merecerse algo.
Y se dio cuenta de que se lo merecía, porque esas emociones que había abrigado junto a Hermione, era el estremecimiento que había estado esperando desde que supo su hado. Y, tal vez se arrepentía de no haberse sentido libre desde el momento en que venció a Voldemort. O cuando él y Hermione descubrieron el amor que se tenían...
No. No se arrepentía en lo más mínimo. Porque sabía que lo que le esperaba a partir de lo que le iba a decir a Hermione, más que atarlo lo liberaba. Y le daba cierto poder, no sobre Hermione, o sobre algo más, sino sobre él mismo. Porque Harry se dio cuenta en ese instante que eso era lo correcto. Y era lo correcto por el simple hecho de que se sentía colmado, pleno, infinito. Sí. Quería que el resto de su vida fuera así.
Y al parecer Allegra se había dado cuenta.
-Estás tomando la mejor decisión de tu vida, Harry- comenzó la anciana colocando Merlín sabe que cosa en un pote.
-Lo sé- contestó Harry- en eso estaba pensando. Te juro que voy a hacer a Hermione la mujer más feliz, Allegra.
-No necesitas jurarme nada, Harry- la mujer seguía con su labor- ella lo es desde que te conoció. Porque tal vez enfrentó inconmensurables retos junto a ti, pero sé que ella era feliz haciéndolo, porque sabía que te estaba siendo útil. Ella es feliz desde que está contigo.
-Allegra, me acabas de dar la última razón que necesitaba para convencerme de que voy a ser el hombre más dichoso que haya pisado este mundo.
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El timbre sonó. Harry se miró por última vez al espejo. Su cabello era un desastre, siempre lo había sido. Se acomodó el cuello de la camisa verde y alisó los pantalones color beige. Certificó que sus zapatos estuvieran lustrados y se dirigió a abrir la puerta.
Hermione estaba del otro lado. Vestía un corto vestido rosa de tiras y unas sandalias de tacón. Su cabello se veía espectacular con unos acomodados rizos en vez de la indomable melena. A Harry le faltó poco para sentir la mandíbula en el suelo. Cada vez que la veía sentía el mismo efecto. No importaba si se veía radiante, como en ese momento, o si se acababa de despertar. Tenía la misma reacción por parte de Harry: se quedaba estupefacto.
Antes de que Harry pudiera reaccionar, Hermione ya tenía los brazos alrededor de su cuello. Harry juntó su frente con la de ella, le envolvió la cintura con los brazos y le sonrió de un modo desmesuradamente auténtico, como nunca lo había hecho en su vida.
-Hola, hermosa- alcanzó a murmurar Harry.
-Hola, guapo- contestó Hermione conteniendo la risa.
Y Harry supo que era uno de esos momentos en los que uno sabía exactamente qué pensaba el otro. No quería ver descubierto su plan, por lo que subió las manos hasta el rostro de Hermione y la besó.
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-Así que vamos a cenar aquí- sonrió Hermione, siendo tirada por Harry- por eso me dijiste que viniera, y no pasaste por mí.
-Brillante, Señorita Granger. Diez puntos para Gryffindor.- Hermione no contuvo la risa por el comentario y se dejó reír a carcajada suelta. Hasta que se detuvo en seco a mirar lo que su novio había preparado para ella.
La sala de Harry, comúnmente un desastre, estaba perfectamente ordenada e iluminada solamente por velas. En vez del comedor de seis plazas, se hallaba una mesa más pequeña con sólo dos sillas. Harry jaló la silla y Hermione se sentó. Harry encendió el candelabro que había en la mesa y destapó los dos platos que estaban servidos.
-¿Desea pasta, señorita?- preguntó Harry sonriendo.
-¿Pudiste siquiera cocer la pasta?- cuestionó Hermione como respuesta.
-Digamos que intervino un poco de magia- finalizó Harry sirviéndole vino. Hermione lo miró inquisitivamente- está bien, me ayudó Allegra- la nieta de la aludida sólo sonrió.
Para asombro de ambos, cenaron en silencio. Sólo intercambiaban espontáneas miradas y se sonreían el uno al otro de vez en cuando.
Fue entonces el momento preciso. En uno de esos intercambios de miradas, Hermione rozó con su tenedor algo que no era tagliatelle. Volteó la vista hacia el plato y encontró una hermosa argolla plateada con un diamante. Harry bajó la vista y sonrió para sí.
-¿Y esto significa?- preguntó Hermione algo confundida.
-Lo que tú quieras que signifique- contestó Harry poniéndose de pie y acercándose hacia ella.
-¿Y tú que quieres que signifique?- cuestionó Hermione sintiendo cómo sus ojos se comenzaban a cristalizar.
-Que si aceptas este anillo- comenzó Harry- quiere decir que pasaremos juntos el resto de la infinitud, por supuesto, con la pequeña condición de que te cases conmigo. ¿Qué dices?- inquirió Harry sonriéndole, poniéndose de rodillas y tomando el anillo.
-Sí quiero- murmuró Hermione para luego exclamar- ¡Claro que quiero!
Harry por toda respuesta le colocó la argolla en el dedo anular de la mano izquierda y la miró a los ojos.
-Te amo- dijo Harry tomándola de las manos y haciéndola pararse.
-Sabes que yo a ti también- por toda respuesta Harry la abrazó e hizo sus labios cautivos en los propios. Se sentía tan bien… Se sentía correcto. Se separaron.
-¿Quieres postre?- preguntó Harry.
-Quiero lo que tú quieras- contestó Hermione sonriendo.
-Nox.
Fin
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Primero que nada, gracias a los reviews y a los mails que me alentaron a hacer este, podríamos llamarlo, epílogo. Gracias más que nada a mi Lilifer, a su abue (por la receta) y a mi adoradísimo Coop, que me convenció de que la hiciera (al fin y al cabo, es su regalo¿no?). Gracias a los que leyeron esta historia y más aún a los que dejaron reviews jajaja se les agradece…
Espero verlos pronto de nuevo.
Besos,
Carla
