7 ALMAS
Disclaimer: Todo lo que reconozcas no me pertenece, ya que es propiedad de mi muy querida Rowling. Ya me gustaría a mí.
CAPITULO 1: El Descanso del Guerrero.
Draco Malfoy se dirigía al baño de prefectos de la segunda planta. Las clases del día habían terminado y después de haber montado durante largo rato sobre su escoba y practicado con su snich de entrenamiento, totalmente solo como siempre, se encontraba sudoroso y excitado. Aún estaban en septiembre, los días estaban siendo extrañamente soleados para encontrarse en Escocia. Necesitaba un buen baño, de esos con mucha espuma y relajantes, quizás de vainilla y canela. Se paró en seco. ¡Así huele ella, dulce y aromática! Ante aquel pensamiento sacudió la cabeza. ¿Es que no podía dejar de pensar en ella? Se recriminó a sí mismo mientras reanudaba la marcha rápidamente. No, a quién pretendía engañar, no podía dejar de pesar en ella.
Llegó a la entrada de baño de prefectos y miró hacia ambos lados para comprobar que no le veía nadie. Quería disfrutar en soledad, aunque francamente hacía muchos meses que permanecía solo. Guardó su Ipod en la mochila y se dispuso a entrar, una pequeña sonrisa ladeada se extendió por su rostro. Y es que aún se sorprendía a sí mismo. Cualquier persona que mirara al Draco actual no lo reconocería. Ahora vestía completamente muggle, con unos tejanos desgastados, camiseta t– shirt gris y sobre ésta una camisa de manga larga abierta, los zapatos Camper. Eso sí, todo ropa bastante cara y de marca, al fin y al cabo no dejaba de ser un Malfoy. O al menos no completamente. Había dejado su pelo rubio crecer irregularmente y los flequillos caían rebeldes sobre su rostro, ahora ruborizado por el ejercicio y el viento. Y sobre su cara, antes lampiña, ahora se extendía una barba de días pulcramente recortada y conseguida. Draco Malfoy ya no era un niño, era un joven apuesto, solitario y cuya mirada, de un azul grisáceo profundo, había pasado a ser melancólica y pensativa y distaba mucho se ser aquella mirada altiva y pretenciosa de antaño. Aunque todavía conservaba esos tintes de frialdad y cierta indolencia tan propias en él.
Abrió la puerta del baño y entró sigilosamente, para comprobar primero que no estuviera ocupado. Escuchó ruidos, parecían llantos y quejidos. Definitivamente no estaba solo, alguien estaba allí. No se atrevió a preguntar, mejor sería averiguarlo con discreción. Se dirigió hacia el lugar de donde provenían los ruidos, alguien se quejaba tan lastimeramente que provocaba estremecimiento. Tocó la puerta del retrete pero nadie contestó. Se decidió a abrirla y allí lo encontró, tirado en el suelo, con restos de vómito sobre la camisa y con el rostro distorsionado por el dolor. Era Harry Potter.
"Joder, Potter, ¿que te pasa?" - Preguntó casi en un suspiro.
Harry levantó la vista como pudo para encontrarse con la mirada plateada de Draco fija en su persona y con una expresión de incertidumbre absoluta. Al comprobar de quién se trataba intentó ponerse en pie y dirigió instintivamente su mano hacia el bolsillo donde guardaba la varita. Aún con la cara desfigurada por el dolor, su expresión era violenta y parecía asustado.
"¡¡¡Aléjate, Malfoy!!!"- Gruñó mientras se tambaleaba y caía de nuevo al suelo donde se volvió a agarrar con firmeza la cabeza con ambas manos y gritó de nuevi, presa del dolor.
Draco no solo no retrocedió ni un milímetro, sino que insistió.-"Déjate de gilipolleces Potter, ¿qué coño te pasa? Estás aquí, en el retrete sin poder mantenerte en pie. ¿A qué juegas?"-
Haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, Harry volvió a levantar la mirada hacia su interlocutor e intentó articular algunas palabras que no pudieron salir de su boca. Por el contrario nuevas arcadas le inundaron y volvió a vomitar estrepitosamente mientras todo su cuerpo temblaba y se desplomaba sobre el inodoro.
"Suficiente."– espetó Draco. Soltó su mochila en el suelo, se dirigió velozmente hacia la puerta del baño y la cerró por dentro. Luego se quitó la camisa y volvió hacia donde se encontraba Harry.
Draco podía intuir claramente lo que le ocurría a su eterno rival. Conocía los síntomas de una migraña con verlos desde lejos. No en vano llevaba sufriéndolas desde hacía años. Un sentimiento de calidez le embargó, la oportunidad que llevaba tiempo buscando se presentaba sola ante sus ojos y él era un Slythering. Una serpiente nunca dejaría pasar una oportunidad como ésta. Se precipitó hacia su mochila y cogió un pequeño frasco que guardaba en uno de los bolsillos interiores.
Harry aún permanecía inconsciente sobre el w.c.. Lo incorporó, retiró los restos de vómito que aún quedaban sobre la cara del pelinegro, no sin cierto desagrado, y vertió el contenido de la poción sobre su boca cuidadosamente, procurando que la tragara poco a poco. Luego lo cargó en brazos, con relativa facilidad, tantos meses de actividad física le otorgaban una fibrosidad y una fuerza de la que antes carecía. Convocó una colchoneta junto a la bañera gigante del baño y lo tumbó sobre ella. Cerró las ventanas, sabía que en una crisis como esa la luz es insoportable y se sentó a esperar. No podía hacer nada más.
Durante las casi dos horas que Harry permaneció dormido, Draco no se movió de su posición, sentado en el suelo y reclinado sobre la pared. Al no poder leer, volvió a sacar su ipod, ese gran invento muggle que había descubierto tiempo atrás y que ahora le era absolutamente imprescindible. Y es que no sólo el aspecto de Draco Malfoy se había visto alterado en el último año y medio, también sus gustos y sus aficiones. Pero sobre todas las cosas, si algo había cambiado en el joven era su aversión y prejuicios hacia el mundo de los muggles y sus costumbres. El nuevo Draco se movía ahora entre ellos con una desenvoltura propia de los nacidos muggles, Y no sólo eso, había aprendido además a apreciar tantos aspectos de su cultura que ahora parecía más uno de ellos que un mago pura sangre.
Los pensamientos comenzaron a precipitarse en cascada.
Pura sangre, ¡menuda estupidez! ¡Cuántos años perdidos, cuánto daño hecho y recibido, cuánta locura permitida, cuántas familias destrozadas para empezar la suya! Sabía que su espíritu no encontraría la paz. O eso era lo que Draco Malfoy pensaba en ese momento.
La vio en el salón de la Mansión Malfoy, retorciéndose de dolor, gritando, sucia, desgarrada...mientras su tía Bellatrix la torturaba ante sus ojos, paralizado por la cobardía y el miedo. Apretó los ojos y una mueca de dolor se extendió por su rostro, instintivamente la mano fue al corazón. NO. Intentó alejar ese recuerdo. No lo soportaba. Cuánto había sufrido por su culpa, cuántas veces la hizo llorar. ¡Lo lamentaba tanto! Intentó no pensar en ella, tan hermosa, en su sonrisa bondadosa, en su paciencia infinita, en su pelo castaño y rizado, extremadamente largo ahora, en su figura esbelta. NO, no quería pensar en ella. Le dolía. Mucho.
Miró al joven que dormitaba a su lado. Estaba tranquilo ahora y su respiración era acompasada. Rió ante la irónica situación. Quién hubiera dicho que el– niño– que– sobrevivió, su eterno rival, el salvador del mundo mágico se encontraría tan indefenso ante él en algún momento. Nadie, desde luego. Y ahora, ahí se hallaba, expuesto e indefenso y ofreciéndole a Draco la oportunidad que tanto necesitaba de poner en marcha su "proyecto". Desde luego, las cosas se estaban desarrollando mucho mejor de lo que hubiera imaginado.
Procuró concentrarse en la música, Avishai Cohen, simplemente sublime. Se dejó volar.
Su madre, la extrañaba tanto. Fría y distinguida, pero el único ser del que recibió amor verdadero. Su padre, ¿lo odiaba? No lo sabía. Ahora estaba muerto. Ella, otra vez. La batalla, el dolor. Los juicios, abogados, periodistas, flashes y titulares. Leyes para menores, el tribunal tutelar, su medida correctiva. Ayudar a reconstruir Hogwarts no estuvo mal del todo. Ahora podía decir que era el mago de su generación que conocía casi todos los secretos del lugar. Ella, de nuevo, su risa discreta y sincera. Las declaraciones, los mortífagos huidos. El miedo, siempre el miedo. El viaje a España. Ara, ¿una amiga?¿Su primera amiga de verdad? La charla de McGonagall, el proyecto de master para aquellos que no realizaron sus estudios de séptimo año, los temidos EXTASIS, la lista de alumnos asistentes. La felicidad que le embargó a descubrir que ella formaría parte del grupo. Ella, sus uñas. ¿Se hacía la manicura? Este pensamiento le arrancó una enorme sonrisa. El primer día de clase, los nervios, el miedo al rechazo. Ella directamente lo ignoraba, aunque podría haber sido peor, desde luego. Potter y la comadreja. Lunática, estaba hermosa la chica. Mini Weasley, sería un hueso duro de roer, pero su mirada era limpia. Longbotton, igual de torpe e inseguro que siempre. Su compromiso con Astoria, eso si que era un problema. Ahora no podía pensar en eso, pero decididamente debía encontrar el modo de romper ese compromiso. Ella, y sus eternos libros. Su olor. Una flor violeta. Una carta.
Y mientras eso ocurría en el castillo una Hermione solitaria y distraída en sus pensamientos se sentaba sobre una manta de cuadros escoceses a la orilla del lago, resguardándose bajo uno de los chopos que ya estaban perdiendo sus hojas. Sostenía una carta en sus manos, la cual había leído y releído en incontables ocasiones ya.
De sobra es sabido que el amor nos concede la oportunidad de dañar a los que más amamos. Siempre lo he pensado pero desafortunadamente no es el caso. Nunca te hicieron daño por amor. Si por cobardía y por miedo. Si por prejuicios y por locura. Y ahora ni siquiera soy capaz de hacerte saber cuánto lo lamento. Todas las palabras que se me ocurren me saben vacías y banales ante todo tu sufrimiento. Decirte que te amo se me antoja, cuanto menos, ridículo. Yo me siento ridículo ante tus ojos. Si algo me provoca sería besarte por cada una de las lágrimas que has derramado, pero como no soy tan valiente, no soy un Griffindorf, al menos te envío esta flor. Es una gervera violeta, sé que son tus preferidas. Cómo otras tantas cosas que se tí aunque no lo sepas. Una flor por una lágrima, y así será todos los días. Todos los días que, con tu sola presencia, me iluminas.
Sonríe, pequeña
Quién le habría enviado esa carta y quién le enviaba cada mañana una flor. Esas preguntas se instalaban en su cabeza desde que despertaba y encontraba el presente sobre su almohada y miles de sentimientos se precipitaban sobre su ser. No sabía ni qué sentir. Era alegría o curiosidad. Por un lado se sentía rebosar de satisfacción al conocer que alguien, el algún lugar de ese castillo, la tenía presente en sus pensamientos, pero por otro lado, la invadía cierto temor. Para ser tan joven, poco más de diecinueve años, Hermione Granger había acumulado sufrimientos y experiencias propias de una persona de mucha más edad. Se había tenido que enfrentar a la muerte, a la guerra, a la perdida de seres muy queridos. Y aunque su mundo, antes patas arriba, ahora se iba recolocando poco a poco, no estaba preparada para más incertidumbres. Su relación con Ron no había funcionado. Como amigos se compenetraban y respetaban, pero como pareja habían resultado ser más que un desastre. Por no hablar del sexo, que nunca funcionó como habría sido de esperar en dos jóvenes que se amaban. Esas heridas ya estaban casi selladas pero no podía evitar sentir que se le había negado el amor. Y ella deseaba amar y más deseaba ser amada. Pero, ¿deseaba amar a este desconocido? No podía evitar pensar que todo podría ser un juego, una burla hacia sus sentimientos. Y esa sensación la asustaba. Y si algo no deseaba Hermione era volver a sentir miedo. En ocasiones se sorprendía a sí misma pensando que el desconocido enamorado no era más que Ron en un intento de retomar su relación y volver a enamorarla, pero muy en el fondo sabía que no era así. Desde que había comenzado el curso en Howgarts Ron estaba en otro lugar, no podría decir donde, pero sus sentimientos no estaban junto a ella, de eso estaba muy segura. Lo conocía muy bien. Pero no era esto lo que más preocupaba a la chica, porque no era hacía su amigo pelirrojo hacía quien ella estaba dirigiendo sus miradas furtivas y un interés cada día más creciente. Para su sorpresa y aumento del nivel de angustia, Hermione no dejaba de desear que tras esa carta y esas flores se encontrara el dueño de los ojos más tristes que moraban en aquellos días por el castillo. Draco Malfoy.
Se levantó y mientras recogía la manta negó con la cabeza aullentando ese pensamiento. - Eso si que no es posible, Hermione.- se reprochó a sí misma. Suspiró y se encaminó hacia el castillo, estaba empezando a hacer frío.
Mientras eso ocurría a las afueras del castillo en el baño de prefectos Harry se movió lentamente, sacando a Draco de sus cavilaciones y haciendo que dirigiera una mirada atenta hacia al joven aún yacente en el suelo. Ahora viene lo peor. No la jodas, Draco.
Harry comenzó a abrir los ojos lentamente y a masajearse la cabeza. El insoportable dolor había desaparecido pero sentía algo residual, como una especie de aturdimiento y una terrible acidez en la boca y la garganta. Cuando por fin tomó algo de conciencia sobre dónde se encontraba, enfocó los ojos sobre la persona que le miraba fijamente. Se sobresaltó de inmediato.
"¿QUÉ...?"– intentó preguntar quedamente mientras su rostro reflejaba el mayor de los desconciertos y volvía a dirigir la mano derecha hacia su varita en posición de alerta.
Se incorporó todo lo rápido que su aún aletargado cuerpo le permitió y comenzó a valorar la situación. Estaba en el baño de prefectos de la segunda planta, prácticamente en penumbra, medio drogado y en compañía de Draco Malfoy. Eso no estaba bien, nada bien. Todos sus demonios y miedos le asaltaron de nuevo, el corazón empezó a bombear de tal manera que parecía que se le fuese a salir del pecho y sudó frío. ¡¡¡Estaba en peligro!!!! ¡¡¡Otra vez!!!! Permaneció unos segundos observando a su rival, valorando y diseñando estrategias de ataque y contraataque a la velocidad de la luz. Pero algo no encajaba, alguien estaba fuera de lugar. Malfoy no había empuñado su varita, estaba tranquilo, su mirada era expectante pero no peligrosa. ¿Que coño estaba pasando?
"Tranquilo, Potter." – Draco no se movió un ápice de su posición, a cierta distancia del Griffinforf que se incorporaba .-"Por lo que veo te encuentras mejor. "-
No le atacaba, no sonreía maliciosamente, NO EMPUÑABA SU VARITA. Harry no entendía. Simplemente no entendía.
"Sí." – respondió con firmeza. "¿Qué ha pasado? ¿Qué me has hecho? ¿QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ? RESPONDE" – Este último grito le lanzó un latigazo directo a las sienes y tuvo que cerrar los ojos involuntariamente y sintió náuseas de nuevo. Fueron milisegundos, pero lo suficiente para que Harry entendiera que se encontraba en franca desventaja. En esa situación cualquier lucha sería su perdición. Debía pensar rápido, tenía que salir de allí cuanto antes y para eso necesitaba que Malfoy le dejara ir.
Draco ignoró la actitud defensiva del joven y se dirigió a él con cautela.
"Tienes migraña, ¿verdad?" – Draco necesitaba ocultar lo nervioso que estaba, las cosas se iban a descontrolar de un momento a otro. Potter no era ningún tonto descerebrado, en el momento que valorara la situación tan atípica y potencialmente peligrosa en la que se encontraba, saldría sin demora de allí en el mejor de los casos, en el peor de ellos le aturdiría y posteriormente aún sería más inaccesible.– "No hace falta que contestes, lo sé. Yo también las sufro."
"¿Cuánto tiempo llevamos aquí? ¿Por qué no me duele? ¿Qué me has hecho, MALFOY?" – Harry arremetió sin lugar a tregua y otro latigazo le asaltó. La cosa empeoraba.
"Te encontré en lamentables condiciones y te administré una poción para el dolor. Has dormido durante casi dos horas y acabas de despertar." Por el rostro de Harry se extendieron ahora una catarata de expresiones que iban desde la sorpresa, a la indignación, pasando por la duda, el temor y sobre todo la desconfianza más absoluta.
"¿Una poción? ¿Dos horas? ¿Qué poción? ¡Explícate, Malfoy, se está agotando mi paciencia!" – aún medio aturdido e irritado podía valorar que lo que acababa de decirle Malfoy era mucho más peligroso de lo que inicialmente había pensado. Le había envenenado seguro, ahora sí que estaba perdido.
Draco se incorporó lentamente y extendió la mano hacia Harry, el cual agarró su varita con más fuerza y transmitió al rubio una severa mirada de advertencia que el otro captó de inmediato.
"Sólo son chicles, Potter, de menta para ser más exactos. Supongo que ahora debes sentir un terrible amargor en la boca y tener peor aliento que un dragón furioso." –Le lanzó los chicles al joven que había retrocedido unos pasos aún en estado de alerta absoluta. Le había hablado bajo y en un tono suave, lo cual Harry agradeció enormemente, dado el estado en el que se encontraba. Con el semblante grave y contrariado alargó su mano izquierda para tomar los chicles. Al fin y al cabo, Malfoy tenía toda la razón. Una vez que introdujo el chicle en la boca se dirigió al chico de nuevo.
"Aún estoy esperando una explicación, Malfoy."– se estaba empezando a impacientar. Y a Draco la situación se le estaba escapando de las manos, el Griffindorf no le iba a dar cancha.
"Como ya te he dicho antes –continuó tras una pequeña pausa– yo también sufro de migraña. La poción que te acabo de dar la elaboro yo mismo, se llama El "Descanso del Guerrero" y se trata de una pócima ancestral, ideada por chamanes, de extremada dificultad en su elaboración y de ingredientes muy costosos. Después de muchos intentos de los medimagos y de la medicina muggle es la única que ha conseguido controlar las crisis. Me ha costado meses llegar a desarrollarla y siempre la llevo conmigo. Pero con una sola dosis sólo se consigue detener las crisis temporalmente. Es necesario administrarla a modo de tratamiento permanente, aunque con el tiempo las dosis se reducen y la temporalidad se espacia. No tiene efectos secundarios, pero si su administración no es correcta puede resultar letal." – soltó casi de corrido sin dar opción a réplica por parte de Harry que le miraba aún más desconcertado que antes.
Permanecieron en silencio, mirándose. Draco ahora estaba de pie, desarmado y aparentemente tranquilo. Harry, por el contrario, temblaba ligeramente y se masajeaba la sien con la mano izquierda.
"Puedo fabricarla para ti también, si quieres" –prosiguió aprovechando la oportunidad que las circunstancias le brindaban. "En mi mochila guardo otra dosis más, pero debo advertirte de que con eso no será suficiente".
Ahora era el turno de Harry para replicar. Las declaraciones de Malfoy le resultaban de lo más extrañas y sospechosas.
"¿De verdad piensas que voy a creer que vas a suministrarme una pócima que resolverá el problema, que ni los médimagos y médicos muggles pueden solucionar, y que te crea sin más? ¡Pero cuán ingenuo crees que soy!" –el cinismo envolvía cada una de sus palabras. "!!TÚ ESTÁS LOCO, MALFOY!!" –y de nuevo un latigazo de dolor lo recorrió hasta la espalda.
"Mira Potter, llévate la poción. Se la muestras a Slughorn si desconfías, para que la compruebe. A McGonagall si quieres, incluso a Granger. Ella sí que estará encantada de comprobar si lo que digo es verdad, al fin y al cabo, para ella no será más que otro estímulo para su intelectualidad". Harry no pudo evitar esbozar una ligera sonrisa, desde luego eso sería lo que haría Hermione.
"Tómate el día de mañana para eliminar sospechas y si, finalmente, accedes a lo que te digo te facilitaré las dosis que necesitas y te explicaré el modo de administración. Podrás comprobar cada uno de los frascos para salir de dudas".–El rubio no se dejaba vencer, sus argumentos eran cada vez más sensatos, alejando la peligrosidad del asunto.
Sin retirar su mirada de la de Harry, que observaba cada uno de sus movimientos en permanente estado de alerta, se encaminó hacia su mochila.
"Voy a sacarla, ¿vale?" – Su tono era suplicante. Harry pudo ver la varita sobre el bolsillo posterior del tejano de Malfoy. Se relajó un poco.
"Toma. Haz tus comprobaciones y mañana nos encontraremos en este mismo lugar después de la cena, si quieres. Sin embargo – añadió con cautela– me gustaría pedirte que no dijeras a nadie que soy yo quien te la da. Tendrás que inventar algo creíble. De lo contrario retiraré mi oferta." – concluyó con la frialdad de antaño.
Harry comenzó a bajar la varita despacio. Por alguna extraña razón sentía que podía confiar en lo que Malfoy le decía. Inaudito, desde luego. Pero todo tenía sentido. Podía averiguar si realmente esa pócima existía, podía comprobar sus efectos, tendría la posibilidad de chequearlas para encontrar restos de veneno y, lo más importante, podría controlar las crisis y su vida se normalizaría de nuevo. Aquí tiene que haber gato encerrado, esto no puede ser tan bueno, se trata de Malfoy, algo está buscando. Y en ese punto Harry no se iba a dejar engañar. La vida le había enseñado a desconfiar de la gente como él y especialmente de él. Astuto y cobarde. ¿Malvado?
"Supongamos que te creo, Malfoy. Y que todo lo que dices respecto a esa poción es cierto. Aún piensas que voy a creerme que te encuentras bajo un arrebato de generosidad y altruismo y que vas a suministrarme la poción, así sin más. Sin pedirme nada a cambio. Te creía más inteligente, la verdad." – arqueó una ceja.
Draco se encogió ligeramente de hombros, depositó la poción en el suelo lentamente y levantando la mirada hacia su interlocutor prosiguió. "En realidad me gustaría pedirte un pequeño favor"– articuló en un hilo de voz mientras un pequeño rubor se extendía por sus mejillas. Estaba convencido de que Potter empezaba a ceder, pero ahora debía jugar bien sus cartas o todo estaría perdido.
Harry soltó una pequeña carcajada. "Ya lo sabía yo. Tan rastrero como siempre. Asquerosa serpiente. A ver, qué quieres. Creo que voy a escucharte antes de denunciarte ante McGonagall y hacer que te expulsen definitivamente de este colegio donde no deberías estar" – le espetó con irá y decepción.
Ahora o nunca. No la cagues, Draco.
"Necesito un compañero de entrenamiento para luchar con espadas. Al comenzar las clases tuve que abandonar el gimnasio al que asistía en el Londres muggle y necesito practicar, pero no puedo solo, necesito a alguien con capacidad para la lucha". – lo soltó de corrido casi sin aliento. No podía permitir que Potter le malinterpretara.
"¿Lucha con espadas? ¿Qué buscas, un modo más exótico para matarme que una triste poción? Alucinas, Malfoy." –Harry respondió socarronamente, aunque no pudo evitar sentirse atraído hacia la petición del Slythering. Las espadas siempre le resultaron de lo más excitantes y, además, después de tanto tiempo en guerra echaba de menos algo de acción.
"Se entrena con espadas de madera, Potter" –ahora era Draco el que mostraba impaciencia. "De verdad, Potter, yo también pensaba que eras más inteligente" – finalizó con mordacidad.
"Pues siento defraudarte, Malfoy, pero yo no sé luchar con espadas. Además, pasar mi tiempo contigo no me resulta nada interesante".
"Yo te enseñaré y así practicaré. Sé que aprendes rápido, en poco tiempo podremos combatir. Es más, ese tipo de actividad ayuda a mantener a raya las crisis, digamos que hace que se canalice mejor la energía y se descargue la tensión" –Draco argumentaba con seguridad. "Piénsalo, Potter, es lo único que te pido a cambio y tu absoluta discreción, desde luego. A ninguno de los dos le interesa que se conozca esta "relación"" –e hizo un gesto con ambos manos a modo de comillas.
De nuevo se hizo el silencio. Harry escudriñaba con detenimiento cada una de las palabras de su contrincante. Podría ser, por qué no. Necesitaba algo de acción, de eso no cabía duda. La cosa no parecía tan arriesgada ahora. Si las crisis cedían, su relación con Ginny mejoraría, ya no estaría tan irascible y podría disfrutar de la paz que tanto necesitaba. El último año había sido casi peor que la guerra.
"Está bien, Malfoy. Digamos que te creo y accedo a esa, poco convencional, petición tuya. Pero quiero dejar claras algunas cosas. Si en algún momento presiento la más mínima actitud tuya que me pueda poner en peligro, no dudaré en arrancarte el corazón con mis propias manos, ¿lo entiendes? Ya no soy tan compasivo. Y, por supuesto, eso no quiere decir que confíe en ti, porque no lo hago, ni lo más mínimo. ¿Comprendido?" –Las palabras de Harry eran amenazantes y absolutamente verídicas, lo cual captó Draco al instante.
"Comprendido" – se limitó a expresar. "Entonces es preferible que nos encontremos mañana a las nueve ante la Sala de los Menesteres y comenzaremos con nuestra primera sesión. Por mi parte llevaré las dosis que necesitas hasta nuestro siguiente encuentro y te explicaré cómo tomarlas".
Llegados a este punto sólo le quedaban dos opciones. O Potter accedía y así podría poner en marcha su proyecto o se negaba y toda oportunidad estaba más que perdida de entrada. Inconscientemente Draco rezó para que el otro accediera.
Finalmente y tras un corto periodo de reflexión, Harry asintió con la cabeza en silencio.
A Draco le envolvió una ola de satisfacción que no dejó vislumbrar, era consciente que cualquier movimiento en falso daría al traste con todo lo conseguido hasta el momento. Gracilmente cogió su mochila y se dirigió hacia la salida dando la espalda a Harry con absoluta naturalidad. Antes de que alcanzara la puerta este último lo interpeló de nuevo.
"¿Por qué haces esto, Malfoy?"
Con otro leve encogimiento de hombros mientra su mano derecha ya descansaba sobre el picaporte, contestó en voz baja al abrir la puerta – "Supongo que la gente cambia, o al menos, yo he cambiado"– dijo tímidamente.
"Eso ya lo veremos, Malfoy, eso ya lo veremos". Harry respondió seriamente arrastrando las palabras. El joven pocionista ya había desaparecido tras la puerta del baño de prefectos.
Harry cogió la poción que Malfoy había dejado en el suelo y la guardó en el bolsillo de su pantalón. Salió del baño y se dirigió a su sala común. Ahora le esperaba lo peor. Engañar a su novia y todos sus amigos. Una tarea nada fácil, desde luego. Sin embargo, se encontraba bien, algo así como ¿feliz?. Si, ciertamente, estaba feliz.
Estaba hecho.
La primera alma, Harry Potter.
Ainss!!! Espero que os guste
Violete Frost
