Disclaimer: Los personajes y el contexto pertenecen a J.K. Rowling y la trama es mía. Ojalá lo fuera Draco.

Chin pum!!!

Leonor: Para mí la historia se mantiene inalterable hasta el final de las Reliquias. Pero, el Draco que yo imagino, en su proceso de cambio reconoce sus verdaderos sentimientos hacia Hermione. Sentimientos que descubre venía desarrollando desde bastante antes de que tuviera una conciencia real de ellos. Gracias por tus ánimos. Eres un encanto.

Vir: Que Harry confié en Malfoy va a ser difícil, ¿no crees? Se lo va a tener que currar mucho, mucho.

Laurie: Claro que no voy a dejar de escribir. Si para cosas serias ya están Paul Auster y Muñoz Molina. Y no te preocupes, si Draco no fuera un canalla adorable, no sería nuestro Draco ¿Verdad?

Para todas las lectoras: Draco no va a morir. Claro que no.

CAPITULO 2: "Virginalis fidelitatis"

El mes de octubre estaba llegando a su fin y, aunque el verano había resultado inusualmente largo, el otoño ya estaba del todo presente. Las mañanas amanecían heladas y las primeras lluvias impregnaron todos los terrenos de Hogwarts de un agradable olor a tierra mojada.

Se acercaba la más famosa, aunque desvirtuada, fiesta de los magos conocida por los muggles, Hallowen. Y, como todos los años, el castillo ya estaba engalanado de calabazas sonrientes y luces chispeantes. Peeves, en su habitual estado de esquizofrenia e hiperactividad, se dedicaba a arrojar calabazados a los alumnos que se encontraba por los pasillos, mientras Flinch despotricaba ante cada uno de los destrozos. Un Ravenclaff de primero había tenido que ser atendido en la enfermería porque era alérgico a la calabaza y el poltergeist le había bañado con el contenido de varias de ellas.

Despreocupada de todo ese ambiente pre-festivo, Hermione había recibido un regalo diferente y una nueva carta esa misma mañana. Al despertar, se encontró con una enorme calabaza parlanchina a los pies de su cama, completamente repleta de bombones rellenos de whisky de fuego. La calabaza le chillaba mientras daba saltitos – Despierta dormilona que tienes una carta– repetía sin cesar.

Hermione, en bragas y con una camiseta vieja de los Chuddley Cannons de Ron, se precipitó hacia la calabaza antes de que despertara al resto del dormitorio, que en realidad era sólo Ginny Weasley, con sus gritos y porque aún no estaba preparada para dar explicaciones a su amiga. Estaba frenética y excitada. Desde aquella primera carta no había habido un día en que una flor no descansara sobre su almohada. Pero cartas ni una más, hasta el momento.

Arrancó el pergamino que la calabaza portaba sobre una de sus manitas-hoja y ésta le sacó la lengua haciéndole una burla.

- Cállate ya, chillona, la carta es para mí. – le espetó Hermione.

Buenos días

Hoy no habrá flores, es Halloween. ¿Truco o trato?

Si la calabaza no para de gritar sólo tienes que darle un ligero toque en la parte superior y se dormirá. Sé que es un poco irritante pero supuse que te divertiría y te arrancaría alguna carcajada. ¿Sabes que me encanta tu risa? Me gustaría guardar todas tus risas en una lata y escucharlas a escondidas. En realidad, creo que mágicamente eso es posible aunque necesitaría tu inestimable colaboración. Dado que sigo siendo un cobarde, nos quedamos mejor como estamos. Me disculparía pero no va mucho con mi estilo. Los bombones están rellenos de whisky de fuego y no enfurruñes la cara porque sé que son tus favoritos. ¡Eso, ahora ponte digna, cómo si no tuvieras la excusa perfecta para comer hasta el cansancio! Mejor no te los comas todos, no me gustaría verte en la enfermería con un coma etílico por mi culpa. Compártelos con tus amigos, aunque creo que tampoco me gustaría verlos a ellos borrachos por el colegio. ¿O sí?

Feliz Halloween, pequeña.

Hermione no sabía si ponerse a reír o a llorar. Se levantó de la cama donde estaba sentada y golpeó ligeramente la calabaza, que se quedó dormida tras un enorme bostezo. Esta carta era aún más desconcertante que la anterior. Tal y como esperaba su remitente, había conseguido arrancarle una risa franca desde el fondo del estómago, pero éstas se vieron desplazadas por cientos de interrogantes. ¿Quién la conocía tan bien? ¿Cómo alguien podía transmitirle tanta alegría y dejarla tan apenada a la vez? ¿Por qué se estaba dejando llevar por esa sensación de ebriedad que le provocaban esos regalos y esas letras? ¡Ebriedad, ja! ¡Claro, si me regala bombones de licor...! Y lo más importante, ¿por qué no dejaba de pensar en Malfoy? Estaba tentada de contarle toda la verdad sobre esas flores a Ginny, y quizás también sobre las cartas, y ahora los bombones. Sobre lo que estaba empezando a experimentar hacia el Slythering no se atrevía aún a hablar, a su amiga directamente le daría un colapso. Aunque la más pequeña de los Weasley era bastante abierta de miras y disfrutaba con un enamoramiento como la que más, estaba casi segura que no encajaría muy bien esta reciente tendencia amorosa de Hermione. ¡Por Merlín, es Malfoy! Lo consideraría simplemente suicida. Mejor dejarlo estar. De momento. La miró mientras aún dormía. La chica pelirroja descansaba entre un lío de mantas con todo su pelo desparramado por la almohada y un brazo colgando fuera de la cama.

Se comió un bombón mientras sonreía y comenzó a prepararse para una nueva jornada.

Las clases en este nuevo curso estaban siendo especialmente duras, ya que los estudiantes como ella debían recuperar dos años perdidos y además especializarse. Aunque para ella no estaba resultando una tarea tan ardua como para Ron o Harry, que directamente estaban al borde del ataque de nervios a tan sólo dos meses del comienzo. No quería ni imaginar qué les iba a pasar cuando llegaran los primeros exámenes. Su pensamiento se detuvo de nuevo en el joven Slythering que, para sorpresa de la chica, ostentaba las segundas mejores calificaciones después de ella. Y era el primero en Pociones. Está siempre solo, nunca habla con nadie, a excepción de los profesores. Pero no pierde esa pose altanera y esa actitud algo desdeñosa. ¡Ese niño mimado se sigue creyendo mejor que los demás! Y esa sonrisita de suficiencia que se le dibuja en la cara cuando saca mejores calificaciones que yo en Pociones me mata. Seguro que se siente satisfecho de superar a esta sangre sucia. ¡Idiota! ¿Y yo por qué le dedico tiempo? Loca, que estás para que te encierren. ¡No ves que es Malfoy! Pero... ¡y lo guapo que está! Está mucho más fuerte, así como fibroso. Aunque parece tan triste. ¡Y sigues, Hermione! ¡Que es, Malfoy! Siempre te ha despreciado y tú no lo soportas. Es un caso perdido. ¡¡No, tú eres un caso perdido!!

Meneando la cabeza y con un gesto de la mano desechó esos pensamientos para centrarse en cuestiones más prosaicas.

Miró hacia la pila de libros que descansaban sobre su escritorio, ese día los necesitaría casi todos. Runas Antiguas, Artimancia, Transformaciones, DCAO, Encantamientos, Herbología y dos horas de Pociones al final de la jornada. Ella había desechado Cuidado de Criaturas Mágicas, a pesar del disgusto que se llevó Hagrid, y Adivinación, obviamente. Al menos no tendría que cargar con todos los libros y el caldero de clase en clase. Para este grupo especial tenían asignada una sola clase donde disponían de todo el material necesario para desarrollo de las mismas, siendo los profesores los que cambiaban en función de la asignatura. Desde luego, era de agradecer, y el hecho de no estar obligado a llevar uniforme también. Les permitían estar con la túnica y el emblema de la casa sobre la ropa muggle, a gusto de cada cual. Malfoy ahora siempre viste de muggle. A duras penas se coloca la túnica. Me estoy volviendo loca, ¡¡¡LOCA!!!

Ginny comenzó a despertarse.

Ese mismo día, pero unas horas más tarde, Draco caminaba pensativo hacia su dormitorio después una extenuante sesión de entrenamiento con Harry. Después de aquel encuentro en el baño de prefectos, los jóvenes se encontraban regularmente dos veces a la semana, martes y jueves. La sala de los menesteres se transformaba para tal fin en un amplio salón con suelo antideslizante, acolchado hasta media altura de la pared y columnas y un vestuario con duchas. Su pelo estaba mojado tras el baño y vestía de nuevo ropa de calle. Cargaba una mochila al hombro con la ropa deportiva, la varita y escuchaba a Fran Ferdinand en su Ipod. Llevaba las mejillas sonrosadas por el ejercicio y contraía rítmicamente la mano derecha, dolorida y cargada después de más de una hora de cargar ejercitándose con la espada. Sus pensamientos se centraban en lo ocurrido un rato antes. Potter está como ausente. No se ha concentrado en todo el entrenamiento. Aunque se cree que viene de vuelta de todo porque es el salvador del mundo mágico, aprende rápido y no se rinde. Pero hoy parecía estar en otro lugar. Se ha caído tantas veces que en una de esas creía que tenía que llevarle a la enfermería. ¡Un momento, yo no voy a llevar a Potter a ningún sitio!¡ Que vaya solito o que le lleven sus amigos del alma! Sin embargo, su estado físico parece bueno, la poción le funciona. Aunque por otro lado a mí esto me está jodiendo un poco, ahora tengo que fabricar el doble. Aunque yo me lo busqué por blandengue. Algo le pasa a Potter. Se encogió de hombros e hizo una mueca con sus labios. Apretó un poco más el paso. Aún tenía deberes y al fin y al cabo lo que le pasara a Potter no era asunto suyo, o por lo menos de momento.

Entre los jóvenes existía un acuerdo mutuo de no ingerencia en la vida personal del otro. Sus conversaciones se limitaban exclusivamente a cuestiones técnicas sobre espadas y estrategias de lucha, así como sobre el tratamiento de Harry que Draco le suministraba regularmente. Pero Draco tenía que hacer verdaderos esfuerzos por morderse la lengua y no soltarle una de las suyas cada vez que el Griffinforf fallaba porque se le venían a la cabeza un sinfín de comentarios "made in Malfoy" que hubieran terminado con el entrenamiento en un auténtico duelo, con o sin varitas. Con tanta adrenalina en el ambiente y esos dos súper-egos en juego cabía esperar cualquier cosa.

Ni que decir tiene que Harry se mostraba muy cauteloso con respecto a esta cuestión y comprobaba a través del profesor Slughorn cada una de las dosis. Igualmente decidió no comentar el tema con ninguno de sus amigos, incluida Ginny. Pensó que era el único modo de mantenerlos alejados del asunto. Después de todo lo que habían vivido juntos, ninguno de ellos habría pasado por alto el hecho de que Malfoy estuviera extrañamente detrás de ese asunto. Sus reacciones, que posiblemente hubieran ido desde la ira brutal de Ron hasta el frenetismo de Hermione investigando sobre la poción, pasando por una Ginny que directamente se hubiera dirigido a matar a Malfoy, no le habrían permitido llegar a este arreglo con el Slythering. En realidad, con el profesor Slughorn tenía más que suficiente. Éste verificaba cuidadosamente cada uno de los frascos que Harry le entregaba y no hacía muchas preguntas. Al fin y al cabo, la gente había aprendido a confiar en los criterios del muchacho, el salvador del mundo mágico. Por otro lado, para ser honestos, disfrutaba del entrenamiento en la lucha de espadas. Malfoy era un buen maestro y él se esforzaba bastante. No le hacía preguntas y prácticamente ignoraba cualquier cuestión que no tuviera que ver con el entrenamiento. En realidad, aquellas sesiones otorgaban a Harry un espacio de privacidad, fuera del círculo estrecho e íntimo de sus amigos, que le hacía sentirse bien. ¿Por qué renunciar a ello? Aunque no podía evitar sentir que los estaba traicionando a todos. Esa idea le torturaba un poco, pero no más que las migrañas, desde luego.

Draco atravesó la sala común de Slythering en dirección a su dormitorio individual. A esas horas se encontraba prácticamente desierta a excepción de algunos estudiantes de séptimo año que jugaban a snap explosivo y una pareja de tortolitos que se acurrucaba en uno de los sofás frente a la chimenea. Ni les prestó atención. Como era habitual, la humedad era mayor ahora que estaba en las mazmorras, y al contraste con su cuerpo caldeado por el ejercicio, un pequeño escalofrío le recorrió la espalda.

Se paró en seco ante su dormitorio. A través de la ranura de la puerta se veía luz. Él no había dejado las velas encendidas. Alguien estaba en su habitación. Una pequeña ola de pánico lo invadió. Respiró profundamente y se dispuso a entrar en la habitación.

Sobre la cama se encontraba sentada nada más y nada menos que Astoria Greengrass, su prometida, que se levantó de golpe sobresaltada por la presencia del Slythering visiblemente nerviosa. Draco empuñaba su varita.

– Astoria, ¿quién demonios te ha dado permiso para entrar en mi habitación?– aunque ya no estaba asustado y el pánico había cedido, Draco estaba muy enfadado con la rubia y escultural muchacha que había invadido su intimidad.

- Que sea la última vez que entras en mi habitación sin mi consentimiento. ¿Lo has entendido, Astoria? No estoy para juegos – le espetó con resentimiento.

– Draco necesito hablar contigo... sobre nosotros.– la voz casi no le salía del cuerpo, miraba hacia el suelo y se retorcía las manos sudorosas.

Draco suspiró con desgana, soltó la mochila y, guardando la varita, se sentó en un sillón. Con un movimiento de mano la animó a que también tomara asiento y se dispuso a soportar el chaparrón. Y es que Astoria Greengrass era su prometida por contrato entre las dos familias de magos, desde hacia tres años. Los padres de ambos lo habían acordado así sin tener en cuenta la opinión y deseo de sus hijos. Como era la tradición entre las familias de magos de pura sangre, algo que ellos estaban destinados a reproducir en un futuro. Y no es que se tratara de un mal partido, no. Astoria era hermosa, inteligente y refinada. Disfrutaba de una excelente posición social y suficientes riquezas para no ser un lastre. Era un año menor que Draco y estaba educada en todas las prerrogativas y protocolos propios de su clase social. Definitivamente, la candidata ideal. Si no fuera por un simple detalle. Él no la amaba.

"Mira Astoria, creía que eso ya lo teníamos superado". – Draco comenzó gentilmente, ante el silencio de su prometida, su tono era serio pero no ofensivo. – "Hasta que no finalice este curso no quiero hablar del asunto. Nosotros no nos hemos relacionado antes y no tenemos razones para hacerlo ahora. Francamente, no entiendo por qué deseas retomar el tema". – concluyó inclinándose hacia delante apoyando los codos sobre las rodillas y entrelazando las manos.

Astoria permanecía en silencio, no era capaz de sostener la mirada a Draco, unas lágrimas comenzaban a recorrer sus mejillas. Él se percató de la situación y sintió algo de lástima por la muchacha, pero también estaba irritado. Se temía que Astoria le montara una escenita. El frío y distante Malfoy estaba por aparecer.

- ¿O es que estás buscando una oportunidad para meterte en mi cama? Porque te advierto de que una noche de sexo desenfrenado con Draco Malfoy no hará que las cosas cambien mañana. – un brillo malicioso se abrió paso entre sus ojos. "Por esta cama han pasado muchas pero ninguna duerme, corazón". ¡¡Para eso tendrías que ser Hermione Granger!!

La chica había enmudecido.

- Estoy esperando, Astoria.– la increpó, ya sin sutileza.

- Me he enamorado de alguien que no eres tú, Draco– Astoria lo soltó en un suspiro, levantando la vista hacia su prometido, con los ojos nublados por el llanto y una mirada suplicante.

Draco se incorporó de un salto. - !!!¿QUÉ?!!!!!– No se lo podía creer. Astoria le acababa de soltar una bomba. Desde luego no era esto lo que estaba esperando. Comenzó a pasear por la habitación masajeándose el puente de la nariz mientras la chica rubia le miraba de hito en hito esperando un estallido de furia proveniente de su prometido. Pero eso no ocurrió.

De repente, Draco dejó de caminar, se paró frente a Astoria y, con el rostro relajado pero imperturbable le preguntó – ¿Y por qué me lo cuentas? Eso no tiene nada que ver conmigo. A estas alturas creo que también serás consciente de que yo tampoco te amo. No entiendo, Greengrass. – negó con la cabeza mientras hacía un gesto con la mano a modo de desesperación. La mirada gélida.

- Draco, necesito que me ayudes. Le quiero y deseamos estar juntos pero, a consecuencia de nuestro compromiso, no podemos. Me gustaría romper el acuerdo pero para ello necesito tu ayuda.– Astoria temblaba, parecía aterrorizada, sus ojos aún empañados por las lágrimas.

- Ahora entiendo menos. Si quieres romper el compromiso, pues hazlo, quién te lo impide. Yo no, desde luego. Creo poder decirte que me quitas un enorme peso de encima. – Dijo mordazmente mientras sonreía de lado. Desde luego que las declaraciones de Greengrass estaban siendo toda una liberación. Y desde luego no era sexo lo que le esperaba esa noche. Bufó.

- Debo contarte algo que creo no sabes.– la mirada de Draco ahora era una enorme interrogación.- Cuando nuestros padres sellaron el compromiso, añadieron sobre el contrato una maldición denominada "Virginalis Fidelitatis". Mi madre me lo contó porque ésta solo se aplica a la mujer, no al hombre. Si mantengo relaciones sexuales completas con otro hombre que no seas tú o rompo el compromiso voluntariamente, quedaré estéril de por vida.– la chica terminó en un sollozo agarrándose el abdomen.

Draco se quedó petrificado ante tal revelación, estaba casi en estado de shock. De sobra era conocido que las familias de magos pura sangre hacían cualquier cosa para garantizar las alianzas de sangre y así continuar con su estirpe, pero esto que acababa de conocer le parecía una completa aberración. ¿Cómo unos padres podían llegar a ser tan crueles con sus propios hijos? Por su parte, hacía algún tiempo que había renunciado a tener hijos quizás porque por propia experiencia no se atrevía a ser padre. Pero el caso de Astoria era diferente. Muy a su pesar, tenía que reconocer que esa chica era muy distinta del resto de jóvenes brujas pura sangre que él conocía. Era amable y sencilla, y a pesar de su aspecto despampanante, no era altiva ni engreída. En realidad, casi siempre se mostraba muy servicial y especialmente protectora con los alumnos de primer año. Seguramente sería una madre estupenda.

Los sollozos de la chica le sacaron de su estado de parálisis y por primera vez en su vida sintió ganas de abrazarla. Pero se contuvo, estaba acostumbrado a mantener a raya sus emociones y más aún a no demostrarlas. Se relajó, solo un poco.

"Supongo que es muy importante para ti, ¿verdad? – cuestionó a la muchacha que aún no se recomponía entre hipidos.

Ella simplemente asintió con la cabeza mientras se limpiaba las lágrimas con las yemas de los dedos. Draco le extendió un pañuelo con gentileza. Enojado y todo, él era un caballero.

- ¿Y estás segura de que ese roba-mujeres te ama? – la sondeó ahora con sarcasmo, los brazos cruzados sobre el pecho.

Ella guardaba silencio, parecía que la voz ya no iba a salirle del cuerpo nunca más. Al fin y al cabo, también era una Slythering y tampoco estaba acostumbrada a expresar sus sentimientos abiertamente, y menos aún a un hombre. Entre ellos el mundo de la ternura quedaba claramente reducido a las mujeres. Draco comprendía la situación y esperaba.

- Yo estoy completamente enamorada de él, Draco. Y estoy segura que él de mí también. En un principio, intenté sacarlo de mi cabeza y negarme todas las cosas que sentía pero te aseguro que no me ha sido posible. Y ya sabes como somos los de nuestra casa, podemos ser muy duros para entregar nuestro corazón, pero cuando lo hacemos no hay vuelta atrás. – Sus palabras fueron claras y sinceras. Astoria había conseguido tomar el pulso a la situación y se mostraba firme. Bien sabía Draco que tenía toda la razón. Ese era el espectro sentimental de una serpiente, podría llegar a no enamorarse en la vida y jugar con miles de personas que se pusieran a su alcance, pero una vez que se entregaba al amor, era una decisión inmutable.

- Entonces, ¿es alguien del colegio, no? – llegados a este punto, lo que Draco ya sentía era curiosidad más que otra cosa. Había hecho un barrido rápido sobre los posibles candidatos a Romeo de Astoria y ninguno le cuadraba. – Creo que como mínimo debes decírmelo, ¿no te parece? Sobre todo después de lo que me acabas de pedir.– El Malfoy manipulador entraba en acción.

Astoria se sonrojó hasta el nacimiento del pelo y murmuraba palabras ininteligibles presa de un nerviosismo voraz. Había agarrado un mechón de pelo y jugueteaba con él sin levantar la mirada. Draco comenzó a sospechar que lo que su prometida iba a soltarle no iba a gustarle en absoluto.

- Rrrroonn Weeasleey.– medio articuló a borbotones.

- ¡¡¡¡¡QUÉ!!!!– Draco perdió toda la compostura y saltó del asiento donde se había vuelto a sentar, mientras apretaba los puños fuertemente.

- Ron Weasley.– repitió Astoria.

- SI, ASTORIA, YA TE ESCUCHÉ LA PRIMERA VEZ. LA COMADREJA WEASLEY, PERO ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO LOCA?– había perdido toda su templanza. Golpeó la puerta del armario.

Empezó a respirar profundamente para conseguir controlar la ira que le embargaba y los deseos de agarrar a la muchacha por los hombros y zarandearla para que entrara en razón. Si hubiera sido Weasley el que se sentaba en su cama le habría lanzado ya dos o tres Cruciatus. Comenzó a caminar en círculos por la habitación intentando encontrar un significado a todo aquello y buscando las palabras adecuadas. Astoria permanecía en silencio.

- ¡¡¡¿DE VERDAD ERES CONSCIENTE DE DÓNDE TE ESTÁS METIENDO?!!! – estaba exasperado - Tú representas todo lo que Weasley siempre ha odiado. Pura sangre, rica, de modales exquisitos, acostumbrada a un estilo de vida que nada tiene que ver con él y con su meganumérica familia. ¿Estás segura de que realmente te ama? No será que sólo busca sexo y no algo más serio. – no podía parar de hablar, miles de ideas se arremolinaban en tropel en su cabeza dispuestas a salir disparadas – Es el amigo de Potter y Granger, el trío de oro ¿recuerdas? Aún aceptando que ese pelirrojo de tres al cuarto te amara de verdad, ¿de verdad crees que sus amigos y su familia te aceptarían así sin más? Eso por no hablar de tus padres que te encerrarán de por vida por relacionarte con traidores a la sangre. – Se paró en seco. ¿Estaba hablando de Greengrass o de él mismo?

Astoria no paraba de temblar y llorar en silencio, casi hubiera preferido estar enfrentándose a su padre que a Draco. Su prometido se ergía ante ella con una presencia atronadora. Estaba esperando lo peor.

- Estoy desesperada, Draco. -musitó la chica entre hipidos.

- ¡Desesperada! Lo que eres es una inconsciente. - le espetó.

- Dejalo, ya ¿Quieres? No me estás diciendo nada que no sepa. - contestó con amargura.

Draco la miraba fijamente. Se suavizó un poco.

- Vamos a ver. No se trata de que me niegue a romper nuestro compromiso es que, por alguna extraña razón, no me gustaría que te hicieran daño. – Eso si que fue una sorpresa para ambos. Draco Malfoy preocupado por lo que le pudiera pasar a Astoria Greengrass. Draco frunció el ceño confuso ante sus propias declaraciones. La chica le sonrió con franqueza, pero aún permanecía en silencio.

- ¡Weasley! Es que todavía no doy crédito, de verdad. ¿Qué le ves? – una mueca de disgusto se extendió por su rostro y sus ojos brillaron de nuevo altaneros y resentidos. Siempre pensó que la muchacha bebía los vientos por él y, durante una temporada, hasta se sintió complacido de ello. Al fin y al cabo, hubo un tiempo en que gustaba de ser el centro de atención y uno de los chicos más codiciados de Hogwarts. Y ahora le venía a decir que le había sustituido por, nada más y nada menos, que el pobretón Weasley. Eso era un duro golpe para su ego. El antiguo Malfoy le hubiera obligado a casarse en dos días solo por haberle desafiado y así tener la posibilidad de amargarle el resto de su existencia.

Astoria se cruzó de brazos y su expresión ahora era ceñuda. ¿Es que Malfoy se consideraba el único hombre atractivo e interesante en la faz de la tierra? Sí, probablemente sí. Aunque tras la guerra se había suavizado no dejaba de ser un arrogante niño mimado. Y la estaba irritando de sobre manera al cuestionar su elección. Ella no era ninguna niñita tonta que se dejaba engañar y manipular ante los antojos del primer seductor que se le presentara. Por otro lado, Ron Weasley tampoco era ningún seductor, aunque con los años aquel chico desgarbado se había convertido en un joven arrojado e intrépido deseoso de probarse a sí mismo y de experimentar muchas cosas, lejos de la sombra de Harry Potter.

Por su lado, Draco no dejaba de pensar que todo ese asunto se había estado desarrollando en sus narices y ni siquiera se había dado cuenta. ¿Pero en qué mundo estaba? Él era un Slythering, ¡por Merlín! Tan anonadado estaba que no se había dado cuenta de que su prometida estaba enredada con otro, y no cualquier otro, con la comadreja Weasley. Aunque de nada le valía irritarse ahora porque si se paraba a pensar unos segundos, con cierta autocrítica, acabaría reconociendo que jamás le había importado demasiado lo que la chica hacía, decía o sentía. Y menos aún habría centrado su atención en el chico-sombra-de- San Potter si se trataba de algo que no tenía que ver con Hermione Granger.

Y de nuevo las oportunidades de presentaban generosamente ante sus ojos. Ayudar a Astoria significaría que podría cumplir con otro de los objetivos de su "proyecto" y al mismo tiempo quedar liberado de una carga que ya le pesaba antes de llevarla. Aunque, francamente continuaba pensando que la chica se estaba involucrando en una historia que le iba a acarrear más de un quebradero de cabeza. Pero ese no era su problema. O al menos eso pensaba Draco Malfoy en ese momento.

- Vale, no hace falta que contestes. No me interesa. Te ayudaré, romperé el compromiso.– sentenció.

El rostro de Astoria se iluminó con una enorme sonrisa y, sin pensánselo dos veces, se lanzó sobre los brazos de un desconcertado Draco. - Gracias. – le susurró mientras le besaba en la mejilla.

Draco le palmeó discretamente la espalda azorado por la situación. Ellos nunca se tocaban. Ni siquiera podía decir que fueran amigos. Aunque esta situación había dado un giro a su relación, de eso no cabía la menor duda.

- Está bien, está bien.– se separó de la chica que le miraba con agradecimiento y dulzura. - Pero hazme el favor de no ir besuqueandote con la comadreja por ahí. Intenta ser discreta, si es que tus hormonas te lo permiten, hasta que las cosas con tus padres se calmen, ¿de acuerdo? No necesitamos más problemas. O al menos, yo no los necesito.– concluyó con firmeza y una expresión sombría se extendió por su rostro.

- Lo prometo.– Astoria estaba feliz y deseaba salir corriendo para poder contarle todo lo sucedido a Ron- "creo que ahora debería irme, muchas gracias, de nuevo.

Draco simplemente asintió con la cabeza y se dirigió hacia la puerta para que la chica saliera. La vió como corría hacia su dormitorio casi pegando saltos de alegría. Sonrió.

Una vez solo en su habitación se tumbó en la cama de doseles verdes y plateados, aún con la ropa y los zapatos puestos, y fijó la vista en el techo. Vaya con el pobretón, y yo que pensaba que era medio tonto. Aunque claro, algo debe tener para que Hermione se fijara en él, ¿no?Y ahora, Astoria. Desde luego no pierde el tiempo. ¿Se lo habrá contado a ella? Parecen tan amigos como siempre. Seguro que no ha abierto el pico para no tener que enfrentarse a sus amiguitos. ¡¡¡Será capullo!!! Primero, no sé en que estado de locura transitoria, deja que su relación con Hermione se vaya al traste y ahora se enreda con Astoria Greengrass. ¡¡ No, si al final voy a tener que darle hasta las gracias!!!

Y todavía estaba pendiente lo más difícil. Debía contarle a Narcissa que rompería el compromiso con Astoria y luego comunicárselo a los padres de ésta. Y todo sin contar la auténtica verdad del asunto, al fin y al cabo, la chica se había sincerado con él y, ciertamente, no deseaba verla sufrir. Ya había visto sufrimiento suficiente como para vivir tres vidas más. Aunque por otro lado, la cosa tampoco le iba a robar el sueño, si se le podía llamar sueño a los periodos de agitación y frecuentes pesadillas que Draco soportaba cuando no estaba despierto. En realidad, no tenía nada que perder y bastante que ganar. Una serpiente que se precie, y él lo era, no dejaría escapar esta oportunidad. Y además, no era la primera vez que defraudaba a una familia de magos pura sangre, ni sería la última. Aunque esto último no lo sabía aún. Cerró los ojos. La vida, esta nueva vida, le había ofrecido la oportunidad de ayudar a otra persona. Aunque en esta ocasión no era algo desinteresado.

Estaba hecho.

La segunda alma, Astoria Greengrass.

Violete Frost

¡¡¡¡¡Chan, ta ta chan, gracias por vuestros comentarios!!!!