7 ALMAS
Disclaimer: J.K. Rowling se ha enriquecido con Harry Potter y con Draco Malfoy porque le pertenecen. A mí no. Estoy muy triste. Al menos, todo lo que no reconoces es mío.
Nota de la autora: Draco no va a morir. Tomé algunas ideas de la peli pero no pienso cargarme a mi personaje favorito. Antes me lanzo un Avada a mi misma. Aunque podrían pasarle otras cosas, claro. Podéis estar tranquilas.
Hino: Romanticismo sí que hay, mujer. Por ahora se centra en lo que van sintiendo los personajes. Lo que no me gusta es el pasteleo. Yo no soy nada pastelosa y Draco, menos. Habrá erotismo, pero en su momento.
Capítulo 3: Un nuevo socio para El Quisquilloso.
Un miércoles de finales de noviembre Draco Malfoy, enfundado en un abrigo negro con capucha, se reclinaba sobre el tronco del chopo, ya sin hojas, donde, en más de una ocasión, había observado a hurtadillas a Hermione. Las primeras nevadas teñían de blanco los jardines del castillo y las orillas del Lago Negro estaban escarchadas por el frío. Una ligera ola de agua rompió cerca de sus pies provocada por la agitación del Calamar Gigante y haciendo que el chico los encogiera hacia atrás. A lo lejos, una pareja de Thestrals sobrevolaba el lago.
Para el siguiente fin de semana el colegio había organizado una nueva salida a Hogsmeade y, aunque los alumnos de su condición tenían la opción de abandonar el castillo libremente, no pudo por menos que sentir cierta añoranza ante tal acontecimiento. Cuando era más pequeño, esas salidas siempre eran deseadas por todos como mucho entusiasmo y él siempre regresaba del pueblo mágico con los bolsillos cargados de caramelos y ranas de chocolate. Pero en esta ocasión no asistiría. ¿Para qué? No tenía amigos y ella sí. ¿Qué podría hacer? ¿Deambular por el pueblo como un paria mientras la veía a ella arropada y feliz con sus amigos tomando cervezas de mantequilla en Las Tres Escobas? Se trastornaba con la sola idea de imaginarla rodeada de todos ellos mientras a Lombotton se le caía la baba o Weasley le hacía alguna carantoña. Estar cerca de alguien a quien amas y no poder acercarte es casi peor que la muerte. Y para Draco, con tener que soportar esa situación durante las clases era más que suficiente.
Y para colmo de males, Astoria llevaba días acosándole para que le acompañara a la excursión y así servir de tapadera en un encuentro furtivo con Ron Weasley. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Una cosa es que me haya beneficiado de la ruptura de ese dichoso compromiso y otra muy distinta es que tenga que aguantarle las velas al pobretón. ¡Va listo! Un Malfoy, jamás se rebajaría a eso. Y menos aún si no va a sacar tajada del asunto. Lo cual no era el caso, desde luego.
En el fondo sentía algo de empatía por la situación en la que se encontraba su ex–prometida. Mantener el romance en secreto con Ron le estaba costando a la muchacha tremendos esfuerzos y en ocasiones irrumpía en la habitación del Slythering echando chispas por los ojos porque sus encuentros se truncaban o porque, por culpa de Flinch y la señora Norris, se habían quedado a la mitad en los pasillos de la torre de Astronomía. Tanto Ron como ella tenían dormitorio común, no como Draco que disfrutaba de una habitación individual desde que era niño. Por no decir que, en ocasiones, peleaban a consecuencia de que el integrante del Trío de Oro no había sido capaz de contarles a sus amigos nada sobre su relación. Astoria estaba empezando a molestarse por ello y a sentir cierta desconfianza sobre los sentimientos de su "novio". En esas ocasiones, Draco, pacientemente, dejaba que la muchacha se desahogara en un tsunami de gritos e insultos, bastante poco apropiados para una dama a su entender, pero fruto de su cada día más estrecha relación con el Gryffindor. Ya se sabe, "dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma opinión".
Y ahí quedaba todo, una vez que Astoria vomitaba toda sus frustraciones abandonaba la habitación sin encontrar una sola palabra de consuelo por parte de su ex–prometido, que se limitaba a mirarla en silencio y a esperar. No podía ofrecerle nada más. Él no sabía cuidar de los demás. Nunca tuvo que hacerlo. Y aunque podía entender todo por lo que la chica estaba pasando, no sabía qué hacer. Es más, no sentía que tuviera que hacer nada. Simplemente, no era su problema. Draco Malfoy, indolente hasta más no poder. Cerró los ojos y se concentró en la canción que escuchaba, Sara Vaughan arrastraba melancólicamente la letra de "My favourite things".
En esos momentos, si Draco hubiera tenido los ojos abiertos habría podido ver cómo la alegre y saltarina figura de Luna Lovegood se encaminaba hacia él a través de los jardines del castillo. La chica, de larga cabellera rubia hasta la cintura, se enfundaba en un abrigo largo de lana a rayas, de todos los colores que se pudieran imaginar, y sobre su cabeza portaba un gorro con una enorme flor de fieltro que habría dejado a los sombreros de la abuela de Neville en simplemente discretos. Así era Luna, risueña y estrafalaria.
- ¿Has sido tú, verdad? – canturreó con esa vocecilla de ninfa de río.
El muchacho casi somnoliento se sobresaltó ante aquella pregunta abriendo de golpe los ojos y buscando instintivamente su varita con la mano derecha. Los meses de permanecer en alerta constante aún le pasaban factura y le habían convertido en un ser mucho más desconfiado de lo que ya era de por sí. Se detuvo unos segundos a observar a la chica que se alzaba a sus pies con las manos en los bolsillos y tiritando ligeramente por el frío. Recorrió su atuendo de arriba a abajo, con una expresión de extrañeza, para descansar la mirada en sus zapatos, cada uno diferente. En el pie derecho una bota con cordones y en el izquierdo una manoletina de charol rojo. Y la varita apoyada detrás de su oreja, como era habitual en la chica. Rodó ligeramente los ojos.
- ¿Qué quieres Lunat.... Lovegood? – se corrigió molesto.
- Digo que si has sido tú.– la chica sonreía y se balanceaba de atrás hacia delante sobre las punteras de sus pies.
Que si he sido yo ¿qué? – preguntó cansinamente.
- El nuevo socio de mi padre para la revista.– contestó mientras lo miraba fijamente a los ojos.
- No sé de qué me hablas, Lovegood. – respondió con desdén cruzando los brazos sobre el pecho y dirigiendo su mirada hacia el lago. Apretó los dientes. Los enormes ojos de Luna estaban empezando a ponerle nervioso.
Luna sonrió y se sentó junto al joven Slythering, que se removió en su posición y la miró con asombro. Durante un rato ninguno de los dos habló. Draco se sentía incómodo ante la presencia de la Ravenclaw, que parecía no tener intención de moverse de allí. Mientras tanto, la chica jugueteaba con su collar de corchos de cerveza de mantequilla. Empezó a impacientarse.
- ¿Qué pasa Lovegood, necesitas que alguien te ayude a encontrar tus zapatos? – preguntó mordazmente.
- ¿O es que Lombotton no quiere acompañarte a rastrear narggels?– la aguijoneó de nuevo.
Luna no respondió, pero lo miraba divertida con una enorme sonrisa. En sus ojos titilaba un brillo de ternura y compasión.
- Mi madre siempre decía que las cosas ocurren por alguna razón, ¿sabes? – dijo finalmente.
Draco estaba tentado de salir corriendo de allí y dar por finalizada esa absurda conversación. La última persona con la que imaginaba que iba a tener que dialogar era esa rubia medio chiflada que ahora se sentaba a su lado. Hubiera preferido casi que fuera Trelawney envuelta en una sucesión de chales, como si de una cebolla se tratara. No podía evitar sentirse exasperado con esa chica. Era extraña y, para colmo de males, increíblemente intuitiva. Y eso no era nada bueno para sus planes. ¿Y esta, cómo se ha enterado? Creí haber dejado bien claro que no debía conocer nada del asunto. Voy a tener que hablar con Burgs. ¡Joder, cuánto inepto suelto!
– Pues puede que tuviera razón, pero sigo sin saber qué haces aquí. – le contestó con la frialdad que le caracterizaba.
– Siempre estás solo. – musitó.
– Y eso a ti qué te importa. Me gusta estar solo. No es tu problema. – Claro que siempre estaba sólo. No tenía amigos, ¿es que esa chica no se había dado cuenta después de estos meses? Estaba Astoria, claro, pero ella no era su amiga. O eso creía Draco Malfoy en ese momento.
La joven se encogió de hombros haciendo un pequeño puchero con los labios pero sin moverse de su sitio. Reclinó la cabeza sobre el tronco del árbol. Draco no comprendía esa actitud. Creía haber dejado claro que prefería estar solo, pero la muchacha no se marchaba. El comportamiento social de Lovegood siempre le dejaba desconcertado. Sin saber muy bien por qué, lo dejó estar. En realidad, tampoco le incomodaba tanto. Esa joven bruja tenía el don de transmitir tranquilidad.
Luna sabía que Malfoy le mentía. Ella había estado el fin de semana anterior en su casa tras recibir una carta, de su entusiasmado padre, que le solicitaba que fuera a visitarle ya que tenía que comunicarle muy buenas noticias. Aquel día, al llegar a casa, se encontró con un exultante Xenophilius que no paraba de abrazar y besar a su hija, mientras le gritaba que todos sus problemas se habían resuelto. Le mostró una carta y unos pergaminos de un bufete de abogados mágicos de Londres, Burgs, Madison y Yates.
Estimado Sr. Lovegood:
Por la presente le comunicamos que uno de nuestros más antiguos clientes ha mostrado un elevado interés en contactar con usted para ofrecerse a comprar el cuarenta y nueve por ciento de las acciones de El Quisquilloso.
Nos complacería enormemente su presencia en nuestras oficinas de Londres el próximo lunes a las 12 para ofrecerle los detalles y llegar a un acuerdo, si así usted lo considera.
Atentamente
Thomas Burgs
Abogado mágico
A continuación de mostrarle la carta, su padre se dirigió hacia uno de los cajones de su escritorio completamente invadido de artilugios mágicos extraños y repletos de polvo para sacar otro documento que dejó a Luna estupefacta y asombrada.
ANEXO I
RELACIÓN DE CONDICIONES IMPUESTAS AL NUEVO ACCIONISTA PARA LA FIRMA DEL CONTRATO
La identidad del nuevo socio del Quisquilloso permanecerá completamente oculta, excepto para el Sr. Lovegood, por razones obvias. Este se compromete, mediante el Juramento Inquebrantable, a no revelar a terceros la identidad de aquel.
El nuevo socio se hará cargo de todas las deudas que ha contraído el Sr. Lovegood, incluido el valor de su vivienda, que pasará a ser propiedad exclusiva de su hija, Luna Lovegood.
El Quisquilloso no perderá su línea editorial, pero deberá incluir en sus números temas como héroes ocultos en la guerra, la integración entre magos y muggles y una sección deportiva sobre Quidditch.
Será obligatorio que se adjunte una suscripción para la fundación P.E.D.D.O. Asimismo, la revista deberá animar a los lectores a dicha suscripción a través de sus artículos.
Veinte ejemplares de cada tirada serán destinados gratuitamente a la hemeroteca del Colegio de Magia y Hechiería Hogwarts.
La joven Ravenclaw miraba a su padre de hito en hito mientras éste aún danzaba por el comedor de su casa a medio reconstruir. Tenía los ojos empañados por la emoción. Todos sus problemas se habían solucionado como si de un golpe de varita se tratara. Recordó las palabras de su madre: "las cosas siempre ocurren por alguna razón, Luna". Estaba deseosa de regresar al colegio y dar las buenas nuevas a sus amigos. Su pensamiento rememoró aquella conversación en la biblioteca un par de semanas atrás.
- ¿Qué te pasa Luna? ¿Por qué lloras?– levantó la vista de la carta que sostenía sobre sus manos para encontrarse con una Hermione y una Ginny perturbadas por las lágrimas de su amiga. Ginny se sentó a su lado y la abrazó. Hermione lo hizo igualmente, pero frente a ella y extendiendo sus manos para tomar las de su amiga.
- Mi padre me ha enviado una carta. Tenemos problemas económicos. La revista no va bien y ha acumulado muchas deudas. Vamos a perder la casa. Vamos a perder lo poco que nos quedaba.– la chica estaba desconsolada. Gruesas lágrimas recorrían sus mejillas y su voz ya no era cantarina ni brillante.
- ¡Ay, Luna!¿Cómo va a ser eso? ¿Tan mal están las cosas? – Hermione ni siquiera sabía si esas eran las palabras que quería decir. Luna no acostumbraba a dejarse azorar por los problemas, era la persona más optimista que conocía, seguramente las cosas estaban francamente mal.
Ginny se limitaba a abrazar a su amiga y a acariciar su larga cabellera con la mano.
- No llores más, Luna. Buscaremos ayuda. Somos tus amigos. Seguro que hay algo que podamos hacer, ya lo verás. – Ginny la acercó hacia su pecho.
- Verás que sí, mujer.– Hermione se sentía una mentirosa compulsiva, pero qué iba a hacer.
- Anda ya, ya...-
Luna sabía que no estaba en sus manos, que aunque sus amigos quisieran, no podían hacer nada para ayudarla en este asunto, pero las palabras de consuelo de Hermione y Ginny la reconfortaban. Un brillo de esperanza se extendió por sus ojos y dejó de llorar.
- Sí, seguro que si. Esto de debe ser cosa de los Pixies Surcasuelos. Son criaturas tremendamente fastidiosas, ¿sabéis?– canturreó con melancolía.
Las jóvenes Gryffindors rieron ante tal excentricidad. Pero así era Luna, optimista y confiada. Ella podía ver la luz donde otros solo encontrarían oscuridad. Ya encontrarían un modo de resolver la situación. Al fin y al cabo, habían salvado al mundo mágico de Voldermort, ¿no?
Y mientras toda esta conversación se desarrollaba junto a uno de los ventanales de la biblioteca, algunas mesas más allá, Draco Malfoy había lanzado discretamente un hechizo de aumento de voz, solo para sus oídos, con la intención de no perder detalle de cada una de esas palabras. Pensaba que las muchachas no se habían percatado de su presencia ya que quedaba casi oculto detrás de una pila de libros y por la esquina de una de las estanterías. Pero, lo que él desconocía, es que una Luna Lovegood intuitiva e inteligente, no solo era consciente de su presencia, sino que sabía que el muchacho se había empapado de todo. No le importó.
Aquel fin de semana con su padre fue el más feliz de la vida de Luna después de la guerra. Estuvieron reconstruyendo una de las paredes que daban al arroyo, dejando una enorme ventana con vistas. Decoró su habitación con pequeñas estrellas que se encendían y apagaban según su estado de ánimo. Durmió a pierna suelta aunque con las zapatillas puestas.
- Si yo fuera tú, no escondería lo que has hecho. Las personas que ayudan a los demás son más felices, ¿tú no piensas eso, Draco?– Luna insistió soñadoramente sacando completamente a Draco de su abstracción.
Draco, ¿me ha llamado Draco? ¿Personas felices? ¿Qué sabrá la chiflada esta sobre mi felicidad? Será mejor que se dedique a buscar esos bichejos inexistentes que sólo ella puede ver y que me deje en paz. Mientras tanto, yo voy a coger a Burgs y lo voy a colgar del palo mayor.
Ahora Draco estaba terriblemente irritado, tanto con su abogado, al que hacía responsable en su desconocimiento y con la chica, que aún le miraba como si de un Unicornio se tratara. Las cosas se estaban descontrolando, ella no debería saber nada. No debería estar hablando con él. Él no la necesitaba, pero eso Draco Malfoy no lo sabía en ese momento.
- ¡Se acabó Lunática!– se levantó de golpe y sacudió sus ropas con ímpetu. "Esta conversación ha terminado. Te he dicho que no tengo ni la menor idea de lo que me estás hablando. Vete mejor a buscar los zapatos que te faltan y déjame en paz". – le espetó hostilmente y la mirada gélida. Dando media vuelta con brusquedad se marchó con pasos agigantados hacia el castillo, dejando tras de sí a una Luna que volvía a dirigir su mirada hacia el lago.
- ¡Hasta pronto, Draco! – susurró.
Draco hizo una entrada atronadora en el castillo con el rostro enrojecido por la ira y con una expresión casi asesina que hizo temblar a dos Hufflepuff de primero que correteaba camino del Gran Comedor. Ni siquiera tenía ganas de comer, se dirigía presuroso hacía su habitación dispuesto a escribir una carta al incompetente de su abogado al que estaba a un paso de despedir. ¡Esto me pasa por confiar en los demás!
Ya en dirección a las mazmorras, por los pasillos casi desiertos, dado que la mayoría de los alumnos estarían cenando, y giró bruscamente una esquina para estamparse directamente con alguien que caminaba igualmente presuroso.
El, ahora más enojado Slythering, se quedó petrificado al comprobar que la persona que en ese momento se masajeaba la frente a causa del choque, con toda una pila de libros desparramada a sus pies, era nada más y nada menos que Hermione Granger.
- Ups, lo siento, es que iba... ¡MALFOY! – gritó
- Deberías tener más cuidado por donde andas, Granger. – soltó con su habitual aire de superioridad arrastrando las palabras. – No está bien ir invadiendo el espacio personal de la gente por ahí.-
- Creo que tú también podrías, Malfoy.– le miró ceñuda.
Ambos se quedaron en silencio sosteniéndose las miradas. Los libros aún en el suelo. Hermione sintió una ola de emociones apoderándose de todo su ser. Se veía tan atractivo con ese pelo revuelto y el rostro ligeramente acalorado. Y al mismo tiempo, estaba tentada de lanzarle un festival de hechizos por ser tan arrogante y desconsiderado.
- Yo no tengo la culpa de que seas extremadamente despistada. – Draco rompió el silencio y con él la situación de incomodidad entre los dos jóvenes. No podría estar más hermosa ni aunque lo intentara. Se acaloró. Si por él fuera, la cogería en volandas en ese preciso momento y la llevaría a cualquier rincón donde poder besarla hasta olvidarse de respirar.
- Yo no soy despistada. – gruño la chica.
- Lo eres, Granger. – la molestó de nuevo.
- He dicho que no. – se cruzó de brazos y apoyó el peso de su cuerpo sobre la cadera.
Pero Draco ya no la miraba. Se agachaba en el suelo recogiendo todos los libros desperdigados de la muchacha. Ese comportamiento la dejó absolutamente desconcertada. Jamás se lo hubiera esperado de él. Que la insultara hasta la saciedad, sí. Incluso que le pisoteara los libros. Pero que se los recogiera del suelo. ¡Eso, jamás!
- Lo que tu digas, Granger. Toma tus libros.– y le soltó los libros sobre los brazos a una Hermione casi atónita para reanudar su camino.
Había avanzado unos pasos cuando la voz de Hermione le llamó.
- Malfoy, espera.– dijo en un suspiro.
Draco se giró para enfrentar a la chica no sin algo de nerviosismo. Estar a solas con ella no le resultaba cómodo, tenía que hacer verdaderos esfuerzos por contenerse. Hermione se mordía el labio inferior y apretaba fuertemente los libros sobre su pecho.
- Nosotros hemos pensado... bueno... que vamos a ir a ver a Teddy el día de Navidad por la tarde y así llevarle sus regalos. ¿Estarás allí? – le preguntó con indecisión.
No.– respondió secamente.
¿Por qué le hacía esa pregunta? ¿Es qué quería asegurarse de que no estaría allí para molestarles? Draco sintió una profunda punzada en el pecho. Estaba decepcionado y cada vez más irritado. ¿Es que no podían dejarle en paz? Primero Lovegood y ahora ella. No tenía bastante con estar completamente solo, como para tener que aguantar ahora los desplantes de la doña perfecta Hermione Granger y sus amiguitos San Potter y el roba-novias de la comadreja.
- Pero será Navidad. Tu madre está allí. ¿No estarás con ella y con tu familia?– preguntó con tristeza.
Draco se relajó un poco. Las palabras de la muchacha le ofrecían un poco de consuelo. Pero él no quería pasar las fiestas señaladas con nadie, le traían demasiados recuerdos. Recuerdos tristes de las noches de Navidad en Malfoy Manor. Su madre lo entendería. Al fin y al cabo, ella tampoco estaba para muchos festejos. Y bueno, estaba con su hermana y su sobrino. No estaría sola. Lo prefería así.
- Iré a verlos un par de días entre las fiestas, mi madre le entregará a Teddy mi regalo. Puedes estar tranquila, no os molestaré.– aclaró con resentimiento y sin desaprovechar la oportunidad de molestar a la joven Gryffindor.
El rostro de Hermione se ensombreció por la pena y por las palabras hirientes del joven que la miraba distante. A ella no le hubiera molestado, y poco le importaban ahora Harry y Ron. Ella quería que estuviera allí, por algún motivo necesitaba que estuviera allí. Pensaba que Malfoy debería estar con la poca familia que le quedaba. La guerra había sido devastadora, ¿por qué se empeñaba en permanecer tan solo? Eso de nada le valía ahora. No podría cambiar el pasado. Ninguno podía hacerlo. El pasado forma parte de lo que fuimos y de lo que somos pero no debe dictarnos lo que vamos a ser. De eso estaba completamente convencida. Si algo tenía Hermione Granger, era capacidad para perdonar. Y sentía que deseaba perdonarle. Necesitaba perdonarle.
- Yo no quería decir eso. Yo...-
- Déjalo, Granger.– la cortó dejándola con la palabra en la boca. - Es mejor así. Buenas noches. – y se giró con la cabeza baja apretando el paso hacia su habitación con los nudillos de las manos blancos de la presión.
A Hermione casi se le saltaron las lágrimas de pura decepción. La había dejado allí plantada en mitad de un pasillo con un enorme hueco que se le habría en el pecho y sin asomo de apetito ninguno. Se encaminó hacia su habitación. - Buenas noches, Draco.– murmuró.
Un Slythering malhumorado y colérico entraba en su habitación cerrando la puerta con un sonoro portazo haciendo restallar la madera del marco. Se quitó el abrigo y lo tiró sobre el sillón junto a la ventana. Y después de pegar tres o cuatros puntapiés a la cama y golpear con el puño la puerta de su malogrado armario se lanzó sobre una botella de whisky de fuego que escondía en su baúl. O se tomaba un trago o reventaba. En aquel momento lamentaba que no fuera jueves y no tener entrenamiento. Hubiera tenido la posibilidad de descargar toda la ira que llevaba dentro con las espadas. Se iba a enterar el-niño-que-sobrevivió.
Y ahora Hermione me viene con la maldita Navidad. ¡Pero si estamos aún en noviembre, joder! ¿Por qué tenía que recordármelo? Es que no podría haberse quedado calladita, que está más mona. ¡¡Sabelotodo insufrible!!
Dos copas de whisky de fuego después, Draco estaba más calmado y se arrepentía de todos esos pensamientos iracundos y malintencionados que había tenido sobre Hermione. Se había olvidado del enfado que creía tener contra su abogado y había desistido de escribirle. Al día siguiente ya pensaría qué hacer. Pero el tema de las fiestas navideñas no dejaba de rondarle la cabeza. Se acordó del pequeño Teddy y de cómo conseguía arrancarle las pocas risas que su entristecido espíritu le prestaba de tanto en tanto. El renacuajo de Lupin solía demostrar sus pequeños arrebatos de ira haciendo que cambiara el color de su pelo ante la mirada reprobadora de su abuela, Andrómeda. Desde luego por las venas de ese pequeño metamorfomago corría la sangre de los Black.
Se tumbó en la cama aún con la ropa de calle puesta y al dirigir la vista hacia las velas de su mesita de noche se detuvo en el Diario que descansaba sobre la misma. Si era honesto con las obligaciones que le había impuesto el Dr. Burrows, debería escribir algunas líneas sobre los sentimientos que ahora le abrumaban, aunque a ciencia cierta podrían más bien ser páginas.
El "Diario de Angustias", como lo había denominado su psiquiatra, estaba destinado a ayudar al joven Malfoy en su proceso de búsqueda de la felicidad y era una parte indispensable de la reparación de daño a la cual se debía enfrentar. Draco solía mostrarse muy reticente a entregarse plenamente a esa tarea, pero debía hacerlo como parte obligada de la terapia. Sin embargo, a pesar de ser un entusiasta escritor, se frustraba desmesuradamente al sentirse incapaz de identificar sus sentimientos y expresarlos con palabras. Lo tomó resignado para disponerse a escribir.
Mientras detallaba todo lo acontecido en las páginas de su "diario-tortura" recordó el cuento infantil que estaba escribiendo para Teddy. Pensaba que ese era un buen regalo para el pequeño. La historia de un dragón pequeñito llamado Tonky que había perdido a sus padres y que estaba siendo criado por una inusual familia compuesta por diferentes criaturas mágicas. Le hubiera gustado que el libro fuera acompañado de ilustraciones mágicas animadas, pero él no sabía dibujar. Escribir era su pasión, pero sus amagos de dibujo se acercaban más a una pintura rupestre que a otra cosa. De pequeño le encantaban esos cuentos en los que los personajes saltaban de las páginas para juguetear sobre la colcha de su cama mientras su madre le leía las historias.
De repente una luz se prendió centelleante en su cabeza. ¡¡¡Lovegood!!! Ella dibuja extraordinariamente bien. He visto cómo sus pequeños dibujitos se escapan por los márgenes de los pergaminos en mitad de la clase de Historia de la Magia. ¡¡Necesito a Lunática!! ¡¡¡Espera!!! ¿Lunática Lovegood? ¿Quién es ahora el que está chiflado? ¿Y desde cuándo tú necesitas a alguien? Bueno, solo por esta vez. ¿O no?
En ese momento Draco no sabía con quién estaba más irritado, si con su abogado, con su psiquiatra, con Luna, con Hermione o con él mismo. Pero lo decidió. Arrojado y pasional, en el más puro estilo Malfoy, tomó la decisión de pedir ayuda a la excéntrica y soñadora Luna Lovegood.
Aquella noche invernal, y por primera vez en mucho tiempo, Draco Malfoy fue consciente de que en esta vida es mucho mejor no estar solo. Cerró los ojos.
Estaba hecho.
La tercera alma, Luna Lovegood.
Chin–pum!!!!!
Y bueno si me dejáis vuestras opiniones podré saber si os gusta o no. Me encantaría. Por cierto Laurie, te ha gustado el tributo a Twilight en el diálogo Draco/Hermione? Es que venía al pelo!!!
Violete Frost
