Disclaimer: Sólo me pertenece la trama y algunas pequeñas cosillas que se me ocurren. Todo lo demás es propiedad de J. K. Rowling. Draco Malfoy también, snif.
Muchas gracias por todos vuestros comentarios y por los ánimos para continuar escribiendo. Y también por las sugerencias para seguir leyendo dramiones de otras escritoras. Aunque no tengo tiempo de leer todo lo que me gustaría. Aish, me encanta Draco, qué le vamos a hacer.
Lo sé, lo sé, voy muy retrasada. Es que no tengo tiempo de escribir todo lo que quisiera y además hay más fics que sigo leyendo para aprender y, sobre todo, divertirme.
Ya estoy con el capítulo 5 y el 6 ya está escrito. Intentaré actualizar lo antes posible.
Graciassssssssssssssss!
Capitulo 4: Todo es cuestión de piel.
En la Sala de los Menesteres, un jueves de mediados de diciembre, Draco y Harry entrenaban como habitualmente lo venían haciendo desde hacía un par de meses. Ambos jóvenes, fruto de la actividad y el acaloramiento, se habían despojado de sus camisetas y luchaban con el torso desnudo, descalzos y solo con sus pantalones deportivos. Sobre la espalda de Draco, gruesas gotas de sudor surcaban las finas cicatrices de los latigazos. Aquellos que le fueron propinados como castigo, por el mismo Voldemort, cuando no se vio capaz de llevar a cabo la ignominiosa misión de acabar con la vida de Albus Dumbledore. Aunque para el vástago de los Malfoy esas marcas eran mucho menos dolorosas y más fáciles de soportar que el recuerdo de los Cruciatus que tuvo que perpetrar a personas inocentes bajo las órdenes del Lord Tenebroso.
Los ojos de Harry ya se habían acostumbrado a aquella visión, pero no pudo evitar que un profundo estremecimiento se apoderara de él la primera vez que las vio. En aquella ocasión sintió compasión por su eterno rival.
Harry jadeaba costosamente tumbado de espaldas en el suelo como consecuencia de otra caída mientras que Draco, con la espada baja descansando sobre su mano derecha, le miraba intensamente entre enojado y hastiado.
- Vamos a dejarlo, Potter. - le dijo con gravedad.
- No. - el chico se incorporaba apoyándose sobre su brazo derecho. No llevaba las gafas puestas y tenía el pelo empapado por el sudor. - Ya está, continuemos.
- Mira, Potter, no estás donde tienes que estar. Te falta concentración. - Draco resoplaba mientras se encaminaba hacia el reproductor donde las últimas notas de Enter Sadman de Metallica estaban por finalizar.
Se detuvo para enfrentar la mirada del muchacho, que ya se encontraba en pie y se retiraba los mechones mojados de la cara. Este le invitaba a proseguir el combate con un gesto de la mano.
- No tiene sentido. Me cansa que te la pases en el suelo. Es que no te das cuenta? Si las espadas no fueran de madera hace rato que estarías muerto, Potter.- casi le rugió.
- No digas estupideces, Malfoy. Ya estoy en pie, ¿no? - el joven Gryffindor no se rendía.
- Ya veo, ya. ¿Y cuánto tiempo vas a tardar en estar en el suelo? ¿Treinta segundos? Mejor lo dejamos. Arregla tus problemas, es preferible. - le sugirió con altivez.
- ¿Y a ti que mal bicho te ha picado? He dicho que ya estoy en pie. Mis asuntos no te incumben. Estamos aquí para luchar.- Harry estaba exasperado. Se masajeaba el hombro derecho con la mano.
- Tú lo has dicho, estamos aquí para luchar. ¿Es que esto te parece un combate? Y, sí, tienes razón, tus problemas no me interesan. - le espetó.
Se miraron en silencio y con resentimiento. Harry aún respiraba entrecortadamente por el esfuerzo y por la rabia. Sobre Draco ya descansaba su habitual porte indolente y despreocupado. Por su parte, ya había dado por concluida la sesión de entrenamiento y solo deseaba darse una buena ducha y marcharse de allí. Con haber tenido que soportar las chifladuras de Lovegood por la tarde ya había cubierto su cupo de paciencia del día. Recordó la conversación mantenida con la muchacha:
- ¡Que no, Lovegood! - le recriminó con enfado – Tonky es un dragón, no un elfo doméstico. No le vas a poner ese sombrero.
- Pero es más divertido.- canturreó la chica mientras hacía pompas con su goma de mascar.
- Una cosa es que sea divertido y otra muy distinta que le pongas flores en el pelo. ¡Es un chico, por Merlín!
- Los chicos también pueden llevar flores, Draco. - argumentó soñadora.
- ¡NO, LOS CHICOS NO LLEVAN FLORES! ¡YO NO LLEVO FLORES!
- Eres muy obtuso, ¿sabías?
- Yo no soy obtuso. - se quejó con amargura.
- Sí, sí que lo eres además de prejuicioso. - Y se le estampó una pompa de chicle en la nariz.
- ¿Pues sabes qué? Que me importa un comino lo que pienses. Tonky es mi dragón y no le vas a poner flores en el pelo y ya está. - sentenció.
- Pues será un dragoncito muy aburrido. - peleó la chica.
- Tonky es elegante. - afirmó
- Sí, claro, elegante y aburrido. - resopló.
- ¡LUNA! - chilló - ¡Quítale ahora mismo esos pantalones de lunares!
- Lo que yo digo: A-BU-RRI-DO.
- Deberías dedicarte a las ventas, Lovegood, eres implacable. - musitó mientras le retiraba los dibujos de Tonky de las manos.
- Pues no lo había pensado nunca. - comentó mientras dirigía una mirada pensativa hacia la ventana del aula vacía donde se encontraban. - ¿Crees que se vendería bien un caza torposoplos? Son muy útiles.
- No tienes remedio, Lovegood. - bufó mientras articulaba una sonrisa de medio lado.
Se concentró de nuevo en su inusual compañero de lucha.
Harry se encontraba preso de la mayor de las frustraciones. Bien sabía que no se estaba entregando al cien por cien. La última discusión con Ginny le martilleaba en la cabeza ocupando todo su espacio mental y desconcentrándolo del entrenamiento. Pero no quería desistir, necesitaba luchar. El sonido de las espadas entrechocando y los intentos por contener los ataques y contraataques de Malfoy le ayudaban a canalizar todo la furia contenida que se apoderaba de él cada vez que rememoraba la situación crítica por la que atravesaba su relación con la pequeña de los Weasley.
- Está bien, no estoy concentrado. Tengo algunos problemas. ¿Contento? - le reconoció con pesar. - Y ahora, ¿podemos continuar?
Durante todo el tiempo en el que los dos jóvenes se venían encontrando, Draco no había mostrado más interés que en enseñar a pelear a Harry y en suministrarle las dosis de la poción. En ningún momento se planteó abundar más a allá en otros aspectos de la vida del muchacho y mucho menos en saber cómo le iban o venían las cosas. Por su parte, con lo que estaban haciendo, tenía más que suficiente. Pero en ese momento, no es que sintiera curiosidad, es que sentía interés. ¿Interés? ¿Yo preocupado por el cararajada? ¡Tú estás muy mal, Draco! ¡Con que el niño-que-sobrevivió tiene problemas! Pues bienvenido, chaval. ¡Ni que fueras el único! Se sorprendió a sí mismo, aunque eso se estaba convirtiendo en una constante en los últimos meses.
- ¿Qué problemas? - preguntó con seriedad.
- ¡¿Qué? - Harry no salía de su asombro ante tal pregunta.
- Repito. ¿Qué problemas tienes?- insistió Draco mientras cruzaba los brazos sobre el pecho.
Harry estaba tentado de mandar al cuerno a Malfoy por entrometido. Él lo único que quería era continuar con el entrenamiento, y no que el Slytherin presuntuoso que se encontraba frente a él se las diera ahora de psicólogo. O de amigo, lo cual era aún peor. Sin embargo, un enorme deseo de confiarle todo lo que le estaba ocurriendo le asaltó tomándolo por sorpresa. La situación con Ginny estaba empeorando. Se encontraban en un punto muerto en donde no avanzaban y los desencuentros eran cada vez más frecuentes. A estas alturas había desistido de hablar el tema con Hermione porque ella siempre empatizaba más con el punto de vista de su amiga y con Ron era casi imposible. Entre ellos nunca había existido mucha fluidez para hablar de temas tan personales y menos aún si tenían que ver con su hermana pequeña. ¿Es que nadie le entendía a él? Ginny sufría y él ya no sabía cómo podía ayudarla. Estaba perdido y se sentía solo en esa batalla.
Aún sin creerse lo que estaba a punto de hacer, soltó la espada y se sentó en el suelo mientras se tapaba la cara con las manos. No sabía ni por dónde empezar. Pero necesitaba empezar. Si no sacaba todo aquello que llevaba dentro iba a explotar.
- Ginny....- musitó mientras apoyaba la barbilla sobre las rodillas.
- ¿Mini Weasley? - Draco bajó el volumen de la música.
- ¡Malfoy!- le advirtió Harry levantando la mirada.
- A ver, ¿y qué le pasa al bombón ese que tienes por novia?- le interrogó.
- ¡MALFOY!.-
- Pues sí que estamos susceptibles, Potter. - arrastró las palabras con su habitual sonrisa ladeada.
- Sí, sí, susceptible. Pues tú sigue con ese tonito que todavía te meto.- le desafió.
- Claro, Potter, desde el suelo, ¿no?- le aguijoneó de nuevo.
- ¡Verás!
- Bueno, ¿vas a empezar o vas a seguir dándotelas de héroe?- le increpó.
Harry se mantuvo en silencio por un momento. Las pequeñas batallas dialécticas con Malfoy siempre conseguían enturbiar su buen humor, aunque en ese preciso instante, tampoco es que hubiera estado muy animado de partida. Sin embargo, decidió proseguir. El Slythering, a pesar de su actitud arrogante, sobre la cual Harry ya estaba curado de espanto, seguía esperando con la mirada atenta y la actitud relajada.
- Tenemos problemas, peleamos mucho,… ¡arggh! - gruño mientras arrojaba lejos una toalla que sujetaba en las manos con la que se había secado algo de sudor – ¡es muy frustrante!
- ¡Vaya hombre, y yo que pensaba que erais la pareja mejor avenida de todo Howgarts! - esbozó Draco con un tono de incredulidad.
- Eso también pensaba yo. - contestó Harry con nostalgia.
- No me puedo creer que el salvador del mundo mágico – enfatizó estas últimas palabras con sarcasmo – se venga abajo por problemas de faldas. ¡No me jodas, Potter, no será para tanto!
- Muy gracioso, Malfoy. - replicó.
Draco se encogió de hombros chasqueando la lengua mientras Harry dudaba en si continuar o no. Mientras tanto, el joven rubio convocó con un hechizo dos botellas de un refrescante líquido anaranjado y le ofreció una a su contrincante que la tomó sin recelo, para apurar casi la mitad de un solo trago. La mirada atenta del muchacho le animó a proseguir. Harry suspiró. Mejor empezar por el principio.
- En la Batalla Final de la guerra una maldición rozó a Ginny en el costado izquierdo justo debajo del pecho. Casi no se dio cuenta y se curó rápido, pero le ha quedado una cicatriz parecida a la de una quemadura. Con el tiempo se ha oscurecido y ha avanzado sobre la base del pecho. Para Ginny esa marca se ha convertido en una obsesión. Y eso también me está afectando a mí. Esa maldita cicatriz se ha interpuesto entre los dos. - comenzó a relatar.
- ¿Pero es que a ti te importa o qué? - cuestionó Draco mientras de un modo inconsciente se acariciaba la cicatriz que la marca tenebrosa, ya bastante tenue, había dejado en su antebrazo derecho.
- No, no, no, en absoluto. No se trata de eso. – aclaró Harry con rapidez.
- Entonces no entiendo dónde está el problema. Muchas personas tenemos cicatrices de esa maldita guerra y tenemos que vivir con ellas. - sentenció.
- Es que… Ginny no me deja tocarla, estamos teniendo problemas de... - se detuvo un momento avergonzado por sus declaraciones, no se sentía cómodo hablando del tema – intimidad. - concluyó casi en un murmullo.
- Entiendo. - Draco se tumbó en el suelo y colocó ambos brazos bajo su cabeza fijando la mirada en el techo, reflexionó un momento para luego decir - Estás jodido, Potter.
- Y que lo digas, Malfoy. - replicó con consternación.
Draco, aún sin encontrarse en la misma situación que su ahora confidente, podía entender cómo se sentía. Bien sabía él lo que era desear tocar, abrazar y besar a la persona que se ama y no poder hacerlo. Sus pensamientos se detuvieron en la imagen de la muchacha castaña que amaba en silencio. Recordó cómo su cuerpo se estremecía cuando ella entraba en clase con esa mochila cargada de libros para sentarse alejada de él. Cómo se colocaba el pelo detrás de la oreja para tomar apuntes mientras mordisqueaba el extremo de su pluma; Cómo estaba tentado de abrazarla en silencio cuando la veía sola recostada sobre aquel chopo en los márgenes del lago; Cómo podría permanecer durante horas recostado sobre su regazo simplemente viéndola leer o estudiar. Él sabía. Entendía.
- ¿Y que han dicho en San Mungo? - sondeó el Slythering mientras apoyaba la cabeza sobre una de sus manos y escudriñaba a Harry con la mirada.
- Que solo se podría quitar mediante un trasplante mágico de piel, pero no es tan fácil. - prosiguió el muchacho.
- Ahora sí que me he perdido. Weasley tiene muchos hermanos, ¿no podría donarle piel alguno de ellos? ¿U otra persona? No sé, tú por ejemplo. - preguntó con escepticismo. Si de algo estaba seguro Draco es que la familia Weasley era una auténtica piña y que harían cualquier cosa por ayudar a uno de sus miembros. Por no hablar de Potter que seguro ya se había ofrecido. Incluso Hermione, por lo que él intuía, la chica no habría tenido reparos en ofrecer a su amiga tantos centímetros de piel como necesitara. Así era Hermione, generosa y leal.
- ¿Y te crees que no lo hemos intentado todo? - le cuestionó con enfado. - Ninguno de nosotros puede, por alguna extraña razón, todas las pruebas han sido negativas. No podemos ayudarla.
- Qué cosa tan extraña. - Draco meditaba cada una de las palabras que Harry le había dicho. ¿Cómo era posible que no existiera compatibilidad con ninguno de los miembros de su familia? - Y entonces, ya está, ¿nadie puede ser donante?
Harry miraba a Draco con extrañeza. El muchacho parecía estar interesado de verdad en el problema de Ginny. Escuchaba atento sin rastro de morbosidad en su mirada. La actitud del joven le trasmitía confianza y para eso Harry no estaba preparado. Le confundía. Hacía que el concepto, tan claro y arraigado, que tenía de su sempiterno enemigo se tambaleara. Se suponía que Malfoy no era persona empática. Más bien todo lo contrario, no sólo le traían al pairo los problemas de los demás, sino que, tratándose de él y sus seres queridos, casi que se alegraba de ello. Entonces, ¿por qué se comportaba de ese modo?
- Los medimagos no están seguros, pero parece ser que tiene que ver con la pureza de sangre y un gesto altruista. Es raro, ya lo sé, pero es lo que hay.
- Bueno, pero hay más gente pura sangre – siseó estás últimas palabras – Longbotton por ejemplo, incluso Lovegood, ¿no? - preguntó extrañado.
- Tampoco, ya te he dicho que hemos intentado todo lo que está a nuestro alcance. - respondió cansinamente.
¿Es que Malfoy se creía que habían permanecido un año entero de brazos cruzados? A estas alturas era incapaz de contar las personas de su círculo, amigos y familiares, que se habían ofrecido a las pruebas resultando todas negativas. Para mayor desconsuelo de Ginny y de todos, en realidad.
Draco permanecía en silencio. No había mucho más que decir. La pequeña de los Weasley tendría que aprender a vivir con esa marca y Potter tendría que aprender a vivir con ese dolor si quería permanecer a su lado. Hay cosas que no se pueden cambiar. Cosas con las que se debe continuar, nos guste o no. Bien sabía él de todo eso. Era el más puro ejemplo. La imagen de Ginebra Weasley se dibujó en sus pensamientos. Esa pequeña e impetuosa bruja excepcionalmente brillante. Valiente y entregada, de sonrisa amable y bastante hermosa. Esa muchacha lo estaba pasando francamente mal y nadie podía ayudarla.
Y entonces fue cuando comprendió.
¡Así que mini-Weasley tiene una cicatriz, vaya, vaya! Y necesita piel de un Sangre Pura. Pues no hay sangre más pura que la de un Malfoy, eso está claro. ¿Pero... mi piel en una Weasley? Eso haría que Lucius se removiera en su tumba. Voy a tener que meditar al respecto, sin duda es una oportunidad. ¡Mierda, me quedaría otra cicatriz! Bueno, ya veremos. De momento, Potter y yo acabamos de tener una conversación "normal". Esto si que es una novedad. ¡Draco, te estás ablandando!
Mientras observaba a un Harry meditabundo y cansado con la mirada fija en uno de los espejos de la sala, sin que se inmutara su rostro casi imperturbable, solo para sus adentros, sonrió.
- Bueno Potter, creo que no te queda otra que aprender a sobrellevarlo. Si la quieres, tendrás que apechugar. Es así de simple, hay cosas que no se pueden borrar, dímelo a mí.- se incorporó con una agilidad gatuna y comenzó a recoger sus cosas.
- Supongo que sí. - musitó Harry mientras observaba detenidamente cada uno de los movimientos del Slytherin.
- Buenas noches, entonces. - se despidió dirigiéndose hacia la puerta de la sala.
- ¡Oye, Dra... Malfoy! - le llamó Harry y al instante el muchacho se giró sin ignorar que había estado a punto de llamarle por su nombre de pila. - Me gustaría que lo hablado aquí quedara entre tú y yo – solicitó con firmeza.
- No me digas, Potter. ¡Y yo que tenía pensado empapelar el colegio con pasquines esta noche! – respondió con sarcasmo al tiempo que rodaba los ojos.
Harry no pudo contener una pequeña sonrisa. Ese Slytherin presuntuoso le estaba demostrando que no le juzgaba. Le había escuchado sin reproches, sin hacerle sentir que no daba la talla. Esa serpiente le había hecho entender que ya estaba bien de autocompasión, que Ginny le necesitaba incondicional y presente. Descansó su mirada en la marca que cubría el antebrazo del muchacho. Él no se molestaba en ocultarla. Formaba parte de lo que había sido y de lo que tendría que ser. Convivía todos los días con ese horror y continuaba. Lo que nunca habría pensado que podría ocurrir estaba por acontecer. Un extraño lazo de complicidad le unió a su eterno rival. Se sintió bien.
- ¡Tú siempre tan cínico, niño rico! - le dijo manteniendo una actitud socarrona mientras cruzaba los brazos sobre el pecho y se soplaba el flequillo hacia atrás.
- ¡Y tú siempre tan susceptible, niño-que-sobrevivió! - arqueó una ceja para darse media vuelta y dejar a Harry aún con una pequeña sonrisa en los labios.
Draco caminaba hacia su dormitorio recreando en su cabeza cada una de las palabras mantenidas con su compañero de entrenamientos minutos atrás. Iba trazando cuidadosamente cada uno de los pasos que debería dar a continuación. Tendría que hablar con McGonagall, ya que era el único modo de poder ausentarse del colegio para realizar las pruebas y la posterior operación sin levantar sospechas en el profesorado y, por supuesto, en Harry y los demás amigos de la muchacha. La idea de tener que confesar a la directora del colegio sus intenciones no le agradaba mucho pero, como buen estratega que era, sabía que era la mejor opción. Intentar hacerlo de otro modo podría poner en peligro su intención de anonimato y orientar demasiadas miradas hacia su persona. Cambió de rumbo y dirigió sus pasos hacia el antiguo despacho de Albus Dumbledore.
A esas horas los pasillos del castillo se encontraban desiertos, los alumnos ya descansaban en sus salas comunes y dormitorios. Sólo algunos prefectos se encontrarían haciendo sus rondas y Flinch y la señora Norris, por descontado. Para Draco eso no era una preocupación. Él, al igual que el resto de alumnos del curso especializado, contaba con cierta movilidad después del toque de queda. Aunque no sin restricciones.
- ¡Imbécil!-
- ¡Niñata estúpida!-
- ¡Asqueroso ratón de biblioteca. Me has hecho daño en la muñeca. Te vas a arrepentir de esto, ya lo verás!-
- ¡Tú te lo buscaste, serpiente rastrera! No me importan tus amenazas, niña rica. ¿Qué vas a hacer, acusarme con tu papaíto?-
- Por lo menos mi padre es un gran mago no como el tuyo, asqueroso sangre...
- ¡Basta! ¿Que está pasando aquí? - la voz de Draco resonó por todo el pasillo mientras los dos niños se asustaban – Tú, ¿cómo te llamas? - increpó a la pequeña Slytherin.
Una niña de pelo castaño muy liso y ojos azules empañados por las lágrimas levantó la mirada con altivez para enfrentar a los ojos furiosos de Draco, que la agarraba por el otro brazo.
- Me llamo Hella Nott. - respondió con resentimiento y la voz ligeramente quebrada por el llanto.
- Nott – susurró Draco. - ¿Eres familia de Theodore Nott?
- Sí, es mi primo. - respondió bajando la cabeza visiblemente azorada por la penetrante mirada azul iceberg del Slytherin.
- ¿Y tú? ¿Cómo te llamas? – preguntó ahora al muchacho rubio con gafas y de rostro angelical que aún permanecía enrojecido por en enfrentamiento.
- ¿Y a ti qué te importa? Tú no eres de mi casa ni eres prefecto. - le desafió el pequeño Gryffindor mientras cerraba los puños con fuerza.
Draco soltó a la chica y se dirigió con toda su imponente presencia hacia el muchacho, que retrocedió preso del pánico hasta chocar contra la pared de piedra. Sus gafas, que hasta ahora había sido de un color rojo brillante, cambiaron para pasar a un gris oscuro casi negro. Se trataba de unas gafas mágicas que cambiaban de color en función de los sentimientos que el muchacho experimentara en cada momento. Draco no pudo evitar preguntarse qué color adoptarían esas gafas cuando el muchacho estaba feliz, si se tratara de él mismo seguro que colorearían de un color madera ambarino como los ojos de Hermione.
- Si sabes lo que te conviene me vas a decir ahora mismo tu nombre, de lo contrario de llevaré directamente al despacho de McGonagall y a ver cómo le explicas a nuestra querida directora que te estabas peleando en los pasillos fuera del toque de queda. - prácticamente le siseó entre dientes.
- Mathew Wilkins – musitó el muchacho que había comprendido que no tenía escapatoria.
- Muy bien, Wilkins, lárgate ahora mismo y haré como que no he visto nada, pero ten por seguro que tú y yo tenemos una palabras pendientes.- le advirtió con sequedad.
El pequeño Gryffindor le sostuvo la mirada apretando fuertemente las mandíbulas y se volteó para encaminarse hacia el retrato de la Señora Gorda no sin antes descargar una intensa mirada de furia a la chica que palidecía ante la escena con el rostro surcado por las lágrimas.
- Vamos Nott, te llevaré a la enfermería a que te curen esa muñeca. - con un movimiento de cabeza le urgió ahora a la chica.
- No me gusta la enfermería, ya me lo curaré yo. - gimoteó la pequeña mientras se sujetaba la mano.
- He dicho que vamos a la enfermería ahora. No seas pretenciosa, solo eres una alumna de primero, lo único que conseguirás si intentas curarte sola es empeorar la fractura. Vamos, camina. - aseveró con firmeza.
Durante todo el trayecto que les llevó hasta la enfermería ninguno de los dos habló. La pequeña Slytherin caminaba cabizbaja sujetando su muñeca herida sin atreverse a interpelar a su acompañante. Ya no lloraba, pero temblaba ligeramente. Por su lado, Draco reflexionaba sobre todo lo ocurrido. No pudo evitar sentirse trasladado a su infancia y verse reflejado en esa disputa. ¿Qué pasaba entre esos dos chicos? Las rivalidades entre ambas casas eran sobradamente conocidas y se habían incrementado durante el periodo anterior a la guerra pero presentía que había algo más que eso. En esa pelea no sólo había valores enfrentados o rivalidades heredadas, había emociones, sentimientos. Entre esos insultos y agresiones, entre esa serpiente y ese león que peleaban había algo, que él reconocía claramente ahora en su adultez, había emociones, demasiadas emociones.
Justo a la entrada de la enfermería la chica se paró en seco y profirió a Draco una mirada suplicante. Éste simplemente apoyó una mano en su espalda para incitarla a entrar mientras inclinaba la cabeza.
- ¡Señor Malfoy! ¡Señorita Nott! - exclamó la señora Pomfrey mientras salía a su encuentro desde la oficina – Pero, ¿qué ha pasado? ¡Y a estas horas!
- Nott ha sufrido una caída en la sala común de Slytherin y se ha hecho daño en la muñeca, Señora Pomfrey. – comenzó a relatar Draco con total tranquilidad, haciendo uso de sus ya conocidas habilidades seductoras – He tenido que obligarla a venir, se trata de una chica muy testaruda.
La enfermera dirigió una mirada de ternura a la chica que a su vez miraba al altivo Slytherin que la acompañaba con resentimiento y el ceño fruncido. Luego se volvió hacia Draco para asentir con la cabeza y decir:
- Muchas gracias, señor Malfoy. Ya nos ocupamos de ella, puede retirarse. - le sugirió con premura.
- Si no le importa, señora, creo que voy a esperar a Nott aquí. - solicitó.
- Está bien, tome asiento si lo desea. - lo miró con extrañeza.
En la enfermería las luces eran tenues y todas las camas estaban vacías a excepción de un biombo que separaba una de ellas del resto, en donde el joven intuyó que descansaba algún alumno enfermo o accidentado. Se sentó con intranquilidad en una silla cercana a la puerta, a él tampoco le gustaba la enfermería. La enfermera pidió a la pequeña Hella que se tumbara en una de las camas libres mientras se dirigía a su oficina para buscar la poción y el ungüento que aplicaría en la muñeca.
- Está bien, pequeña, esto se curará rápido. Debes tener más cuidado, ¿de acuerdo? - le sugirió con suavidad. - Ahora tendrás que esperar aquí un rato mientras hace efecto la poción, es para el dolor y la inflamación. Luego podrás irte.
Draco miró a la pequeña desde su posición. Hella le recordaba tanto a él cuando tenía esa edad. La chica tenía carácter y era obstinada, pero en aquel lugar se la veía minúscula, atemorizada y sola. Se levantó y encaminó el paso hacia ella.
- Nott – la increpó mientras se sentaba a los pies de la cama - ¿Qué es lo que te ocurre con Wilkins?
Hella no respondió, se limitó a girar la cabeza hacia el lado opuesto dando a entender a Draco que no tenía la menor intención de iniciar una conversación.
Y además orgullosa. Toda una Slytherin. Aunque no tengo ni la menor idea de dónde ha salido esta chica, que yo supiera, Theo no tenía ninguna prima. Es más, si su padre tenía un hermano, lo desconocía.
- Nott, me vas a escuchar aunque no quieras. ¿Crees que no he oído lo que estabas a punto de decirle a ese chico? Ese es un insulto muy serio, ¿sabes? Y en realidad no son más que prejuicios y tonterías, te lo digo yo. No vas por buen camino. – prosiguió en un tono serio aunque no demasiado frío.
- Déjame. - la niña no le miraba y los ojos se le anegaban de lágrimas a punto de escapar.
- No, no voy a dejarte. Crees que eres fuerte pero sólo eres una niña. Una niña más asustada de lo que se atreve a reconocer, por lo que veo.
- Tú no sabes nada de mí. No quiero hablar contigo. Vete. - le espetó.
- ¡Hella, mírame! ¿Sabes quien soy, verdad? - la inquirió con una delicadeza impropia de su persona.
- Sí. – musitó la muchacha retirando la mirada entre avergonzada y temerosa.
Solo con mirar a la chica que se encogía en esa cama Draco podía adivinar cómo podía sentirse en ese momento. Estaría confusa y enfadada. Llena de contradicciones y muy desorientada. Él sabía de sobra lo que era convivir diariamente con todo eso. Lo había tenido que hacer durante demasiado tiempo. Miró hacia su antebrazo ahora cubierto por la manga de una camisa, allí descansaba la Marca Tenebrosa, el recuerdo constante de todos sus errores.
- Muchas veces ocurre que todo lo que creemos que es verdad, que todas esas cosas que nos han enseñado desde que tenemos uso de razón, no son tan auténticas como pensamos. - Draco rompió el silencio que inundaba la sala – Aunque no lo creas ahora, tienes derecho a formarte tus propias opiniones a pesar de que estén en contra de todas esas creencias. Aún eres muy pequeña, tú puedes elegir. Créeme Nott, las cosas no tienen porqué ser así. Ahora no.
- Yo, yo… - la chica titubeaba mientras le temblaba la voz – yo no quería insultarle de esa manera... Es que estaba muy enfadada, me saca de mis casillas... Wilkins me odia. - concluyó.
- No creo que te odie. - le refutó.
- ¡Sí, sí que lo hace! Se cree superior porque es más listo y el mejor en Pociones. Siempre rodeado de sus amigos. ¡Estúpido Gryffindor!
Draco esbozó una sonrisa mientras se acomodaba sobre los pies de la cama. La pequeña Hella era ahora el pequeño Draco. La maldición de los Slytherin, siempre con problemas para identificar los verdaderos sentimientos. Siempre altaneros y orgullosos. Corazones confundidos en mentes contaminadas.
- Puede que ese león tenga más amigos que tú, pero no es más listo. Es más, creo que es bastante tonto si no se ha dado cuenta todavía de que le interesas más de lo que quiere reconocer. - Hella le miraba en esta ocasión con los ojos abiertos de par en par – Y con respecto a ti, pequeña, creo que has entregado tu corazón demasiado pronto. Pero qué le vamos a hacer, así somos las serpientes.- le brindó una enorme sonrisa. - Sé de lo que hablo, yo también lo hice, pero no tuve el valor de darme cuenta a tiempo y me equivoqué en todas mis decisiones.
En ese momento, un ruido como si de un gesto de asombro se tratara, emergió detrás del biombo haciendo que Draco dirigiera una mirada de sospecha en esa dirección. Si el chico se hubiera dejado llevar por sus primeras intenciones habría descubierto que detrás de esa mampara se encontraba una Hermione Granger completamente asombrada e intrigada por las palabras que acababa de escuchar. Un alumno de primero de la casa Gryffindor afectado de un sarpullido provocado por un hechizo mocomurciélago descansaba en aquella cama. La muchacha, que desde años atrás hacía prácticas en la enfermería, se había acercado para comprobar si los ungüentos habían optado por aplicarle estaban funcionando. Se tapó la boca con la mano suplicando a Merlín que no la descubrieran en ese momento.
Sin embargo, el joven Malfoy desistió del intento de comprobar quién se hallaba tras la mampara, para alivio de la chica, al escuchar las palabras de la pequeña Slythering yaciente.
- ¡A mi no me gusta Wilkins, es un empollón! - Hella protestó.
- Ya, claro, un empollón.
La chica fruncía el ceño sin encontrar las palabras para replicar a ese apuesto joven de mirada penetrante que se sentaba a los pies de su cama. Quería gritarle que se fuera, que la dejara tranquila, que no sabía nada de sus sentimientos, y por supuesto, quería gritarle que a ella no le gustaba Wilkins. Pero no pudo ser, la intensa mirada de Draco la hizo desistir de cualquier conato de rabieta. En realidad, la pequeña reconocía para sus adentros que el chico la había ayudado, había mentido por ella y ahora la protegía. Se relajó y suspiró.
¡Hella, estás perdida! Como si de un grano en el culo se tratara, te ha salido un hermano mayor. ¡Wilkins se va a cagar! Yo tendré que soportar que el arrogante, pretencioso, imponente e increíblemente atractivo Draco Malfoy se convierta en mi "Pepito Grillo" personal, pero es que Wilkins... ¡Wilkins se va a cagar! ¡Ja, Serpientes 1, Leones 0!
- Vámonos, Nott.- la invitó mientras le tendía una mano para ayudarla a incorporarse y que la chica elegantemente rehusó. La pequeña y orgullosa Hella, simplemente se limitó a caminar en dirección a la puerta mientras se retiraba el pelo presumidamente hacia atrás con la mano aún sana.
Draco, justo detrás de la muchacha, la remedó agitando la mano en ademán afeminado y meneando la cabeza hacia atrás provocando que se aireara su cabello. Hermione, no pudo aguantar una risita nerviosa ante tal escena. La alta y delgada figura de Draco le resultaba de lo más cómica mientras imitaba histriónicamente los movimientos de la pequeña Hella. Inconscientemente se sonrojó.
Una vez Draco se encontró en su habitación ya con el pijama puesto y tendido sobre su cama encendió un cigarrillo y mientras se entretenía observando los dibujos que provocaban la volutas de humo entre los doseles meditó sobre todo lo ocurrido.
Dos grandes decisiones que cambiarían el rumbo de su vida para siempre fueron tomadas aquella noche entre las paredes de esa habitación. La primera fue que entregaría parte de su piel para ayudar a Ginebra Weasley y por extensión también a Harry Potter. Y la segunda fue que no permitiría que la misma historia de desencuentros y errores se volviera a repetir. Esos dos pequeños y orgullosos magos se iban a entender. ¡Como que él se llamaba Draco Malfoy que se iban a entender!
La pequeña de los Weasley viviendo bajo la piel de un Malfoy. ¿Quién se lo iba a decir? Desde luego la vida puede resultar de lo más sarcástica. La cara de Potter va a ser impagable. Creo que solo por eso merece la pena. ¿Y se pensará que le va a salir gratis? Alguien me tiene que ayudar con Wilkins y ese es el precio que Ginny Weasley va a tener que pagar.
Apagando la colilla en el cenicero se dispuso a dormir.
Estaba hecho.
La cuarta alma, Ginny Weasley.
Plis- plas
Violete Frost
Y con esto y un bizcocho nos vemos en el próximo capítulo. Espero ansiosa vuestros comentarios. ¡Ya sabéis un fic con comentarios es un fic feliz!
