Disclaimer: ¿Sabeis una cosa? Me encantaría que todo el universo de Harry Potter me perteneciera, así podría hacer con él lo que me diera la gana. Draco no sería el chico bueno, porque entonces dejaría de ser Draco, pero sería el protagonista de todas las cosas que se me ocurrieran. Sin embargo, todo es propiedad de la señora J.K. Rowling. Ella le vió primero.
Agradecimientos especiales a Paco por sus correcciones y a Ro, mi beta al otro lado del atlántico, por ayudarme a mejorar, a entender mejor a Draco y el universo Potter y por sus sugerencias, que aunque no le echo cuenta en todas, siempre son constructivas. Muchas, muchas gracias.
Y a todas que me leéis, tanto a las que dejáis comentarios como a las que tenéis el fic en alerta. Muchas gracias por estar ahí, de un modo u otro. Me hacéis feliz. Mis agradecimientos sinceros a todas.
Capitulo 5: El secreto de Narcissa.
Por fin habían llegado las esperadas vacaciones de Navidad y en el colegio de Magia y Hechicería Hogwarts se respiraba un ambiente prefestivo propio de las fechas. Este año, el primero que habría las puertas el colegio después de la guerra, la decoración era de lo más ostentosa y cientos de árboles brillaban levitando en cada una de las esquinas de los corredores y espacios comunes. Los alumnos corrían de un lado a otro terminando de preparar sus baúles y buscando a sus amigos para despedirse antes de iniciar el camino de regreso en el expreso de Hogwarts que les llevaría de nuevo a sus hogares, con sus familias.
En la torre de Gryffindor, Ginny Weasley salía de la ducha enfundada en una toalla tiritando ligeramente. Dirigió la mirada hacia la cama de su amiga para comprobar que ya estaba hecha y con todas sus pertenencias perfectamente ordenadas y listas para iniciar el viaje. Hermione no estaba. Se preguntó como era posible que su amiga fuera tan eficiente, parecía que los días tenían el doble de horas para ella. Siempre lo tenía todo bajo control, nunca olvidaba nada, en su bolso se podían encontrar los objetos más inesperados y necesarios para cada ocasión, era perfecta. ¡Perfecta! Supuso que ya habría bajado al Gran Comedor, ella era más dormilona y siempre se retrasaba.
Mientras elegía la ropa que ponerse se sobresaltó por el ruido que provocó el picoteo de una lechuza sobre la ventana de la habitación. Se extrañó, era demasiado temprano para recibir correo. Se acercó a la ventana para retirar el pergamino que portaba el animalito sintiendo un profundo escalofrío provocado por el frío que penetró arrasante desde el exterior. Introdujo un Knut en la pequeña bolsita que portaba y le regalo una caricia para dejarla marchar. A pesar de que hacía un día despejado y el sol peleaba por abrirse paso entre las nubes los jardines del castillo aún permanecían blancos y luminosos por las recientes nevadas.
Estimada Srta. Weasley:
Estamos enormemente complacidos de informarle que, recientemente, hemos encontrado un donante de piel compatible con usted, lo cual permitiría realizar la operación que tanto desea en cuanto lo considere oportuno. La esperamos en las instalaciones de San Mungo en la mayor brevedad posible para ultimar los detalles.
No obstante, nos vemos en la obligación de comunicarle que el donante en cuestión ha establecido una condición indispensable para que se realice la operación. Ha que permanecer en absoluto anonimato. Ninguna otra persona a excepción de usted y la medimaga que les atenderá serán conocedores de su identidad, de lo contrario no podrá realizarse la operación. Si desea una información más detallada me encuentro a su entera disposición.
Con mis más sinceras felicitaciones y deseándole unas agradables fiestas se despide atentamente
Dra. Dafne Bones
Medimaga
Ginny no daba crédito a lo que sus ojos leían, el pergamino fruto de su más absoluta felicidad, reposaba en el suelo tras haberse resbalado de sus manos temblorosas. Lloraba de alegría. Cuando casi había cedido todo el terreno a la resignación una bocanada de esperanza se encontraba en su camino. Podría despojarse de esa terrible cicatriz, el recuerdo tangible y doloroso de la guerra iba a desaparecer. Recordó a su hermano muerto, a Dumbledore, a Tonks, a Lupin, a todos los que cayeron, incluso al profesor Snape y deseo tenerlos cerca para hacerles partícipes de su felicidad. Sentada sobre la cama revuelta, acurrucada en la toalla mojada, lloró aún más.
En el Gran Comedor el revuelo y las frases de despedida, con algunos regalos incluidos, se extendía entre las cuatro mesas de estudiantes. Los fantasmas del castillo se paseaban entre las distintas mesas despidiéndose de los alumnos de sus casas. Sir Nicolas, de nuevo, se lamentaba ante unos alumnos de primero de la casa Gryffindor porque, otro año más, habían denegado su participación en la Cacería Decapitada.
- Todavía no puedfo entenffer porqué no quierezz pazar las fiestas con noszotrosff. - Ron intentaba articular las palabras mientras masticaba un enorme bocado de pastel de calabaza.
- ¡Ronald, no hables con la boca llena! - le sermoneó Hermione. - Ya te he dicho que me gustaría pasar más tiempo con mi familia y ver algunos amigos, no seas insistente, por favor.
- ¿Qué amigos? Nosotros somos tus amigos. - replicó mientras tragaba.
- Ron, dejalo ya, Hermione tiene derecho a hacer lo que quiera y no somos sus únicos amigos. - le recriminó Harry mientras levantaba los ojos del Profeta y respondía con la mirada a una silenciosa y agradecida Hermione. Se preguntaba por qué Ginny no había bajado aún.
- Neville, ¿Que traes ahí? - preguntó Hermione al tímido y espigado muchacho que se acercaba cargando sobre sus brazos una colección dispar de zapatos.
- Son de Luna, los he estado recogiendo de todo el colegio. -
- ¡Ay, algunas cosas no cambian! - bufó la chica mientras de soslayo dirigía la mirada hacia la mesa de Slytherin.
Draco, sentado en soledad en uno de los rincones de la mesa de su casa, tomaba su habitual taza de café solo con dos terrones de azúcar, mientras leía también un ejemplar del Profeta escondido tras sus persistentes auriculares. Sentada cerca del muchacho, sumida en un berrinche silencioso, Hella Nott daba vueltas a los cereales de su tazón mientras lanzaba furibundas miradas hacia el, a pesar de todo lo acontecido, Príncipe de Slytherin, como consecuencia de la conversación que habían mantenido minutos antes en su sala común. "El grano que le había salido en el culo", como le gustaba llamarle, le había informado que, después de las fiestas de Navidad, tendría que asistir a unas sesiones de "convivencia" con Wilkins si no quería que ambos fueran delatados ante sus respectivos jefes de casa. Eso la enfureció, pero no tuvo más remedio de aceptar. Teniendo en cuenta la situación en la que se encontraba su familia no podía permitirse que la reprobaran desde el colegio, su padre no estaba siendo muy complaciente en los últimos tiempos, casi seguro que la sacaría de allí.
Draco levantó la cara para encontrarse con la mirada esquiva de Hermione que velozmente se volteó en un intento de pasar desapercibida. Él, sin embargo, se mantuvo insistente observando a la reunión de Gryffindors en su camaradería habitual.
Ron se afanaba ahora con un plato de huevos revueltos ante la mirada reprovadora de su exnovia, mientras que Harry y Neville comentaban algunas noticias y hacían planes para encontrarse en los días de vacaciones. Cuando repentinamente una exultante pelirroja hizo entrada a través de las puertas del Gran Comedor corriendo y gritándo el nombre de su novio sorprendiendo a cuantos alumnos se encontraban a su paso.
Se lanzó sobre los brazos de Harry, derramando una taza de té en su camino, con el rostro enrrojecido por la alteración y las lágrimas.
- ¡Ay, Harry mira! - le extendío la carta al muchacho casi petrificado el cual tuvo que hacer verdaderos esfuerzos por zafarse de ese abrazo. - ¡Estoy tan feliz! - chillaba.
Harry leyó la carta en silencio ante la mirada atónita de sus amigos. Con los ojos abiertos como platos y una sonrisa que le atravesaba de lado a lado le extendió la carta a Ron para lanzarse después hacia su novia y aprisonarla en un beso que provocó un murmullo generalizado. Un carraspeo se escuchó proveniente de la mesa de los profesores ante tal, poco discreta, muestra de afecto de ambos alumnos.
Hermione y Neville leían la nota sobre los hombros de un Ron cuyos ojos se anegaban de lágrimas ante la noticia. La joven castaña se tapaba la boca con las manos presa de la emoción y la alegría. Era el mejor regalo que todos podrían haber recibido esas navidades.
Mientras Ginny abrazaba y besaba a sus amigos en una bacanal de felicitaciones, Harry orientó su atención hacia la mesa de Slytherin para buscar, a quien él sabía, era el origen de aquel acontecimiento. Draco, que ya se encontraba en pie, había observado la escena con detenimiento y se concentraba en salir de allí con la mayor celeridad posible. Se encontró con unos ojos verdes que le interrogaban y sobre su rostro se extendió una expresión dura, la piel aún más blanca.
Ambos jóvenes se sostuvieron la mirada en una lucha silenciosa, Harry le cuestionaba sobre sus acciones, Draco le advertía que no cometiera errores. El joven Gryffindor, aventurando la derrota, simplemente asintió con un ligero movimiento de cabeza para dar paso a una melena rubia que se desvanecía, rauda y veloz, a través de las puertas del Gran Comedor.
Sin que ninguno de ellos fuera consciente, en ese momento, otras dos personas en aquel salón, estaban siendo partícipes de esa alegría. Astoria Greengrass que comprendía de donde emanaba la felicidad que desprendían los ojos azules de su secreto novio y se lamentaba de no poder acompañarle en un momento tan importante, y Minerva McGonagall que deseaba que su fiel compañero pudiera estar presenciando ese regalo y le agradecía que le hubiera enseñado que hasta el alma más perdida en la oscuridad puede encontrar el camino de la luz. Ambas sonrieron.
Dos días después de aquello Draco reposaba en una mesa junto a la ventana del Camdem Coffee House, en Londres esperando, no sin una nota de intranquilidad, a su cita de las once. Entre su mano sostenía una taza humeante de café solo y sobre la otra portaba elegantemente un cigarrillo a medio consumir. En el café se respiraba un ambiente agradable de conversaciones, de turistas que se refugiaban del frío mientras detallaban sus itinerarios sobre mapas de la ciudad y un olor embriagante a galletas recién salidas del horno.
El joven se envaró recolocandose sobre su asiento cuando comprobó que su cita se adentraba en el acalorado local. Un muchacho alto y desgarbado, con su morena cabellera revoloteando sobre la cara fruto del viento que azotaba la mañana y con las manos protegidas en los bolsillos de su abrigo de paño gris le miraba con seriedad y desconfianza. Se trataba de Neville Longbotton.
- Todavía no tengo muy claro lo que hago aquí, así que vas a tener que explicarte rapidito, Malfoy. - le espetó sin tan siquiera intermediar un saludo.
- Será mejor que te sientes, Longbotton, esto nos llevará un rato. - respondió con cortesía y frialdad al mismo tiempo.
Draco no estaba muy seguro de lo que aquel encuentro le iba a deparar. Neville Longbotton, ya no era precisamente el chico ingenuo y despistado de su infancia. La guerra y el papel que había protagonizado en ella le habían curtido y le habían otorgado una seguridad, antes, impensable. De cualquier modo, reflexiono el vástago de los Malfoy, Longbotton seguía teniendo un pésimo gusto para la moda.
- No pienses que te voy a dedicar toda la mañana, Malfoy, tengo cosas mejores que hacer. - replicó.
- Creo que después de que oigas lo que tengo que decir, quizás no. - insistió.
- ¿A qué ha venido ese recuerdo que me has enviado? - preguntó ceñudo mientras tomaba asiento- No me gusta que te entrometas en los asuntos de mi familia. ¿De que va todo esto, Malfoy?- no recordaba la última vez que había estado tan irritado. Los procesos mentales de Neville hicieron un flash-back rápido por ese recuerdo.
El verano estaba tocando a su fin en 1981, una esbelta figura, de tez nívea y larga cabellera rubia, escondida bajo una larga capa con una capucha que casi le cubría todo el rostro, se aproximaba a la casa de los Longbotton. El sol ya casi se había ocultado tras el horizonte y la tarde quedaba envuelta en una hermosa luz crepuscular. A través de las ventanas de la casa traspasaba la luz de una lámpara, se acercó cautelosa a la puerta de entrada y miró hacia ambos lados para comprobar de nuevo que nadie la había seguido antes de tomar el llamador de la puerta con forma de cabeza de león. En el interior de la vivienda, Alice Longbotton se sobresaltó cuando las alarmas antiintrusos se dispararon y de un modo veloz se dirigió hacia donde se encontraba jugando el pequeño Neville para tomarle entre sus brazos. A través del visor mágico comprobó que la persona que se encontraba tras la puerta, abriéndose ligeramente la capucha para se reconocida, era su antigua amiga, Narcissa Malfoy.
- Alice, por favor, abre la puerta, tengo que hablar contigo, es muy urgente – musitó la mujer premurosa y asustada - . Por favor.
- ¿Qué haces aquí Narcissa? Tú y yo no tenemos nada de que hablar. Vete ahora mismo si no quieres que te haga detener – ordenó con firmeza.
- Alice, te lo suplico, abre la puerta, solo será un minuto – insistió presa del nerviosismo sin dejar de mirar en todas direcciones – ¡Tú familia está en peligro!
Las últimas palabras de la mortífaga sobresaltaron a Alice, la guerra había terminado, Voldermort había caído, por fin podían descansar en paz. ¿A qué se estaba refiriendo, Narcissa? La preocupación y la curiosidad pudieron más que la cautela y con un movimiento de varita, mientras apretaba a su hijo fuertemente sobre el pecho, bajo las defensas de la casa para entreabrir la puerta.
- ¡¿Qué quieres? !- preguntó
- Déjame entrar, por favor, ambas estamos en peligro si alguien me ve aquí – suplicó la rubia mujer. En su rostro se extendía una expresión de terror que provocó un estremecimiento en el cuerpo de la aurora.
- Frank está a punto de llegar, si te ve aquí vas a tener muchos problemas, Narcissa. Nadie se cree la historia que tu maridito y tú os habéis sacado de la manga – le dijo mientras le permitía la entrada al recibidor de la casa. El terror disminuyó en los ojos de Narcissa cuando se sintió segura dentro de la casa.
- Alice, escúchame, todos estáis en un terrible peligro. Bellatrix os la tiene jurada. Ahora mismo se oculta hasta de los mismos mortífagos, pero es mi hermana, la conozco mejor que a nadie. Está loca, Alice, completamente trastornada y va a por vosotros. Debéis ocultaros – dijo de corrido casi sin respirar.
- No te creo – negó con la cabeza y apretó aún más a su hijo que escondía la cabeza entre el pelo de su madre.
- Alice, confía en mi, por favor – suplicó de nuevo.
- ¡Ja, esa si que es buena! – restalló con cinismo – ahora te la vas a dar de amiga, Narcissa. Después de todo lo que has hecho, de las decisiones que has tomado, ahora vienes a congratularte con la buena de Alice, ¿no? ¿Quién te envía, tu marido? ¿Qué es lo que quiere, que interceda ante el Ministerio por vosotros? No sois más que basura. Lily y James han muerto por vuestra culpa, el pequeño Harry se ha quedado sin padres. Tú eres madre también, deberías saber más que nadie lo duro que es eso – la mujer estaba irritada y profundamente decepcionada.
- Escuchame bien, no estoy aquí para que me juzgues, estoy aquí para avisarte – le replicó con la frialdad propia de su estirpe –. Fuimos amigas, nos quisimos mucho, de nada vale ahora ponerse a depurar responsabilidades. Hazme caso, por el bien de tu hijo. Escondeos.
- Vete de aquí, Narcissa – le espetó – No me recuerdes lo que alguna vez fuimos porque debería darte vergüenza. Ni si quiera sé en qué momento te perdimos – concluyó tristemente en un hilo de voz.
- Alice... - musitó la mujer al tiempo que extendía el brazo en ademán de acariciar al niño que se refugiaba vehementemente en su madre.
- No te acerques a mi hijo, por favor – le ordenó mientras retrocedía protegiendo al pequeño- . Vete, tu también tienes un hijo al que proteger y creo poder decir que ahora te va a necesitar más que nunca.
- Está bien – respondió con los ojos enturbiados por las incipientes lágrimas – creo que he hecho todo lo que está en mi mano.
- Es demasiado tarde para eso, señora Malfoy – le reprochó – Buenas noches.
Narcissa no respondió, cubriéndose la cara de nuevo con la capucha se encaminó hacia el exterior de la casita y tras cerciorarse de que nadie la había seguido hasta allí se apresuró hacia los límites de protección mágica para desaparecerse después.
- Cálmate, Lombotton.- sugirió mientras apagaba el cigarrillo.
- Me calmaré si me da la gana, niño rico. - respondió con resentimiento al tiempo que apretaba los puños sobre la mesa.
- Está bien, será mejor que empiece pronto antes de que te salga un sarpullido. - resopló burlesco siseando las palabras.
- No estoy para bromitas, hurón. ¿Qué carajos quieres? - arremetió con ira. - ¡Joder, ni siquiera se qué hago aquí! -bufó.
- Tu madre y mi madre eran amigas. -
- ¿Y eso qué tiene que ver conmigo? Y por otro lado, permíteme que lo dude.
- Lo creas o no, es la pura verdad. Mi madre está cargada de recuerdos de aquella relación, de aquellos años en los que no existía el terror y donde ambas se quisieron.
- ¿Tu madre y mi madre? ¿Te crees que soy tonto, o qué?
- Si no me crees puedes preguntarle a tu abuela.- sugirió.
- Creo que vamos a dejar a mi abuela fuera de todo esto. Si se enterara que estoy hablando en este momento contigo directamente enfermaría.- su rostro se ensombreció de repente. A pesar de que la valentía mostrada por su nieto durante él último año de la guerra habían regalado a Augusta un sentimiento de profundo orgullo hacia el muchacho, el recuerdo de la muerte en vida en la que estaban sumidos su hijo y su nuera era cada día más presente para la anciana. Y ese recuerdo estaba inexorablemente asociado a Bellatrix Lestrange, los mortífagos y la familia Malfoy. Mejor que no supiera nada, por el bien de todos.
- Muy propio de tu abuela, desde luego.- replicó Draco mordazmente.
- Qué sabrás tú, serpiente. Tú no sabes nada.- replicó con amargura. Neville era esencialmente una persona bondadosa y compasiva. Pero toda su escala de valores se veía alterada cuando de Draco Malfoy, y todo lo que representaba, se trataba. Ese niño ambicioso e insensible había contribuido a que sus años en el colegio hubieran sido de lo más mortificantes, por no hablar de su padre. Se estremeció al recordar a Lucius Malfoy. Casi se alegró de que estuviera muerto, aunque ese sentimiento no le hizo sentir bien.
- Lo que sé, Longbotton es que mi madre puede ayudarte a conocer a tus padres a través de sus recuerdos.- prosiguió Draco con indolencia.
- ¿Qué quieres decir?
- Digo, que mi madre está dispuesta a ofrecerte todos los recuerdos que guarda sobre aquellos años en los que fue la mejor amiga de tu madre.-
- ¿Y porqué?- le cuestionó bastante extrañado, la desconfianza se extendía por todo su ser.
- Porque yo se lo he pedido.
- Insisto, ¿Por qué?
- ¿Por qué, qué?
- Pero bueno, es que tu te piensas que yo sigo siendo el tonto de años atrás. ¿Que buscas? Y no me vengas con el rollo de que has cambiado y que te arrepientes de todas tus vilezas, Malfoy. La gente no cambia, ¿Sabes? Y menos la gente de tu calaña.- arremetió contra el Slytherin con resentimiento.
- Ya sabía yo que dirías eso.- murmuró Draco.
- Y si lo sabías, ¿para qué me citas aquí entonces?
- Porque no tengo nada que perder con intentarlo.
- Si que lo tienes, te puedo reventar tu aristocrática cara bonita, ya no me tiembla la varita, ¿sabes?
- Inténtalo, haber qué consigues, pero eso no cambiará nada.- le enfrentó.
- Al menos me sentiré mejor. Te lo mereces.
- Quizás, pero no es eso lo que vamos a discutir aquí.
- Tan soberbio como siempre, Malfoy. Hay cosas que no cambian como puedes ver.
- Pero otras, sí.- le sonrió con ironía.
- Ah si, ¿Como cuales?- sondeó Neville escéptico.
- Como que ahora tienes la posibilidad de conocer como era la madre de la que nunca pudiste disfrutar.
- No confío en ti, ni en tu madre.- aseveró con firmeza mientras fijaba una mirada dura sobre Draco.
- No es una cuestión de confianza. Se trata de si quieres o no conocer. Es así de simple.
- No es simple. En lo que a ti se refiere nada es simple, Malfoy. - se lamentó.
- No tienes nada que perder y mucho que ganar.- Draco intuía que tenía ganado ese combate. En los ojos de Neville se dibujaba la duda y la curiosidad. Algo con lo que el astuto y manipulador muchacho ya contaba de antemano.
- Un pensamiento muy Slytherin, pero te recuerdo que yo no soy como tú.- aclaró.
- Desde luego.
Se mantuvieron en silencio. Draco apuraba su café y dirigía la mirada hacia la calle a través del amplio ventanal del local. Encendió otro cigarro. En el exterior, a pesar del frío invernal, decenas de transeúntes recorrían la calle realizando las últimas compras en ese universo mestizo, crisol de culturas, razas y opciones sexuales que era Camdem Town.
Neville sopesaba cuidadosamente cada una de las palabras del joven Malfoy. Se hallaba presa de la indecisión y profundamente confuso. Por un lado, si era verdad lo que el niño rico le había contado, se abría delante de sus ojos la puerta que le conduciría a conocer de primera mano, sin el sesgo de su abuela, cómo era su madre. Tantas veces había imaginado qué cosas le gustarían, cómo se vestiría, cómo sería su sonrisa o qué cosas la entriscecían. En realidad, Alice Longbotton era una desconocida para él. Una desconocida a la que echaba terriblemente de menos. Aunque el hecho de que fuera amiga de Narcissa Black le sobresaltó. Esa revelación era algo para lo que su muy elaborada imaginación no estaba preparada. El gusanillo de la curiosidad y la nostalgia se le disparó. Pero por otro lado, sentía que había algo oscuro en todo eso. No cuadraba con Malfoy una proposición tan desinteresada, tan bondadosa, y mucho menos de la señora Malfoy. ¡Si era cierto que fue tan amiga de su madre, cómo es que permitió que Bellatrix les torturara hasta la locura! Neville estaba confuso, muy confuso.
- ¿Que escondes, Malfoy? Los dos sabemos que no eres una persona desinteresada. Hablemos claro. ¿Qué persigues?- preguntó con una sinceridad abrumadora. A Neville ya no le temblaba la voz.
- No te entiendo, Longbotton. - intentó zafarse el muchacho.
- ¡Por una vez en tu vida, serías capaz de decir la puñetera verdad! - le increpó – Si no quieres que me levante en este mismo instante ya me puedes ir diciendo donde está la letra pequeña.- le amenazó y Draco comprendió en ese momento que tendría que entregarle algo a cambio si quería conseguir su objetivo. Neville no se iba a dejar engatusar fácilmente y menos aún se iba a marchar con las manos vacías. Su instinto de supervivencia le alertó.
- Está bien, lo hago por mi madre. - reconoció resoplando con pesadumbre y desviando la mirada. Para Draco no era fácil exponer sus debilidades, y su madre desde luego lo era. Durante muchos años se había esforzado en construir una fachada de impermeabilidad que le hizo inexpugnable para casi todas las personas y no se permitía una sola brecha que le pudiera dejar a merced de los demás. Había aprendido a ser así. Le habían enseñado a ser así.
- Ahora soy yo el que no entiende. - Neville arrugó la expresión.
- Mi madre sufre y es una sombra de lo que era. Lo ha perdido todo. El mundo en el que vivía se ha derrumbado y sólo quedan cenizas y arrepentimiento. Ella piensa que con este gesto podría resarcirse en parte de todo el daño y el sufrimiento que provocaron sus decisiones. Aunque no lo creas, los Malfoy, también tienen sentimientos.- argumentó con tristeza.
- Así que se trata de Narcissa. - sondeó mientras se cruzaba de brazos y adoptaba por primera vez una actitud relajada reclinándose sobre el respaldo de la silla. El clima de crispación que se extendía entre los dos jóvenes se amortiguó ligeramente - ¿Y que te hace pensar que yo quiero ayudar a que tu querida madre se sienta mejor?
- Pues francamente, no lo sé. - dijo sosteniéndole la mirada en actitud grave – Siguiendo con los ataques de sinceridad, he de decirte que no te conozco, nunca me he preocupado por saber cómo eres o que cosas te pasan. Y creo que es algo reciproco, ¿no?
- Razón no te falta, Malfoy. - asintió el joven Gryffindor.
- Entonces, ¿dónde nos deja esto? - preguntó.
- Pues en que me lo pensaré. - sentenció – Desde luego es algo que tengo que meditar. Estoy seguro de que no eres ningún ingenuo para creer que voy a darte una respuesta ahora. Se trata de algo muy serio, y francamente, tengo muchas dudas al respecto.
- Entiendo. - musitó Draco.
- Ya te contestaré. - respondió haciendo ademán para levantarse.
- No. - replicó Draco firmemente y un brillo de altivez se abrió paso entre sus ojos.
- ¿Cómo? - le cuestionó.
- No voy a esperar una respuesta, Longbotton. - aclaró con dureza. - Si aceptas mi proposición vendrás a casa de Andrómeda el día después de Navidad, a la hora del té. Mi madre te estará esperando y yo con ella. Si no apareces haremos como que esta conversación no ha tenido lugar, y eso si es así de simple. - sentenció.
- Siempre jugando duro, ¿Eh, niño rico? - ironizó – Bien, pues si así están las cosas te diré que ambos tendremos que esperar. Puede que aparezca o no, ya te he dicho que es algo sobre lo que he de pensar.
- Pues piensa entonces. - le sugirió con una nota de desdén en sus palabras.
- Lo haré. - dijo mientras se levantaba de su asiento y se encaminaba hacia la salida del café. Justo antes de llegar a la puerta se giró para enfrentar la mirada del muchacho y le sugirió:
Deja de fumar Malfoy, es malo para la salud. - sin más palabras se adentró en el frío de la calle mezclándose con los acelerados y festivos viandantes. El joven Malfoy rodó los ojos.
Draco sacó del bolsillo de su pantalón unas cuantas libras y las depositó sobre la mesa del café antes de abandonar el local. Algo en su interior le decía que no tardaría mucho en volver a ver al chico desgarbado que se mezclaba diligentemente entre la multitud, aunque algo también le decía que se encontraba más ansioso de lo habitual. Ese presentimiento le ensombreció.
Al otro lado de la calle, haciendo como que se interesaba por las ropas que colgaban de los percheros de una tienda de segunda mano, un joven camuflado con gorro y abrigo largo no había perdido detalle de aquel encuentro.
Un par de horas más tarde, reclinado sobre el sofá de cuero de su apartamento, Draco se deleitaba en la lectura de Un país bajo mi piel, uno de los preciados tesoros que se había traído de su viaje a España, al tiempo que Anthony and the Jhonsons se derramaba cadencioso por los altavoces de su equipo de música de última generación. Ya era la segunda vez que leía ese libro, la protagonista, una mujer nicarauense de alta sociedad, luchadora, digna y con un profundo sentido de la justicia le recordaba enormemente a Hermione.
En mitad de esa paz y sin previo aviso la chimenea del pequeño salón comenzó a agitarse y rodeada de una enorme polvareda, Astoria Greengrass salió disparada de la misma, chocando con la mesita de centro y aterrizando sobre el suelo de bruces, sobresaltando a Draco el cual ya se encontraba en posición de alerta apuntando a la muchacha con su varita.
- ¡Greengrass, ¿Qué coño haces aquí? - le preguntó con enfado cuando por fin se recompuso del susto.
- Odio la Red Flú. Siempre acabo perdida de hollín. - resopló Astoria que se ponía en pie con dignidad mientras recolocaba sus ropas y se atildaba el pelo.
- ¡Y yo odio que te presentes en mi casa sin avisar! - le sermoneó.
- ¡Ay Draquito, no te pongas así, que estamos en Navidad!
- No me gusta la Navidad y no me llames Draquito, Greengrass. No lo soporto. - se quejó - ¿Qué quieres?
- ¿Tenemos un mal día, o qué? - la muchacha arqueó las cejas.
- Los he tenido mejores. - contestó con condescendencia- Anda, límpiate esa cara que cada día te pareces más a Weasley. - y le tendió una caja de pañuelos.
- De eso quería hablarte. - comenzó mientras tomaba asiento en el sofá y hojeaba la lectura de Draco de un modo automático.
- ¡Otra vez! Qué pesadilla. - bufó el muchacho mientras se dirigía a la cocina y murmuraba- ¿Quieres un té? - la invitó asomando la cabeza por la puerta en ademán interrogante.
- Con limón y sin azúcar, por favor. - contestó elegantemente.
Unos minutos más tarde Draco se sentaba junto a su ex-prometida en el sofá y depositaba dos tazas de humeante té en la mesita baja. Astoria había cambiado la música para optar por algo más ameno, Joss Stone y su Free me. Aunque las elecciones musicales de la chica no siempre eran de su agrado en esta ocasión consideró que era una muy buena opción.
- ¿Y ahora qué pasa? - la incitó cansinamente.
- Necesito que me hagas un pequeño favor. - comenzó con timidez.
- ¡¿Otro? - se sobresaltó – Joder, estoy empezando a pensar que me hubiera salido más rentable casarme contigo, Astoria, me habrías dado menos quebraderos de cabeza.
- No te creas, a veces, también pienso lo mismo. - contestó entre carcajadas.
- Venga, suéltalo ya.-
- ¿Me prestas tu casa para pasar unos días con Ron? - le preguntó sonrojándose hasta el nacimiento del pelo.
- ¿Qué casa? - la cuestionó
- Esta, ¿Cuál va a ser? Tu madre me ha dicho que vas a estar unos días en casa de Andrómeda.
- ¡Voy a matar a mi madre! - Draco estaba de lo más irritado. Tendría que tener unas palabras con su madre al respecto y además, el hecho de imaginar que la comadreja Weasley se acostaría en su cama le ponía los pelos de punta – ¡NO, CLARO QUE NO! Pero bueno, ¿Qué te has pensado Greengrass?
- Pero...
- Ni peros, ni nada. Weasley no va a pisar esta casa. Demasiado tengo con dejarte venir a ti. No me gustan los intrusos.
- Por favorrrr... - suplicó la chica con una mirada angelical.
- ¡NO ME PONGAS CARITA DE CORDERO DEGOLLADO QUE YO TAMBIÉN SOY UN SLYTHERIN! - se desesperó.
Estoy de estos dos hasta las mismísimas narices. ¿Qué les pasa?¿Es que no saben controlarse un poco? Este es mi santuario, mi refugio. No soy capaz de imaginarme si quiera que ese pelirrojo de tres al cuarto pueda tener acceso a mis cosas, a mi intimidad. ¡Mi cama! Mi madre me va a escuchar. ¡Y la loca esta con esa cara de pena! Ay, Draco, te tendrías que haber quedado en España. Mírala, si parece que se va a poner a llorar. ¡Cómo se ponga a llorar la aturdo, por mi padre que la aturdo! …..París.
Un Draco malhumorado se levantó súbitamente para dirigirse hacia el mueble donde descansaba la TV. De un cajón sacó un juego de llaves y se lo tiró a la muchacha que lo recibió en su regazo sorprendida.
- Toma, son las llaves del apartamento de París, desde las ventanas se ve el Sacre Core, es lo único que te puedo ofrecer. - le espetó con frialdad.
- ¿París?¿La ciudad del amor? - Astoria no daba crédito al enorme regalo que acababa de recibir, su imaginación se disparó, cenas románticas, velas, una salida al Mouline Rouge, el Louvre... - Ay, Draco, muchas gracias. - hizo ademán de lanzarse a los brazos del muchacho pero se contuvo. Ella conocía muy bien a su ex-prometido y era mejor no tensar demasiado la cuerda.
- No me des las gracias, cualquier cosa para mantener alejado a Weasley de aquí. - contestó con soberbia.- Y quédate donde estás, tus muestras de afecto me ponen nervioso.
- ¿Sabes que eres como un ángel de la guarda? - le dijo con un brillo de ternura en los ojos.
- Si, si, San Draco del Perpetuo Socorro. - restalló con mordacidad.
- Algún día tendrás que reconocer que eres una persona generosa, Draco. - le transmitió con sinceridad y una mirada limpia.
- Lárgate ya, Greengrass, que estoy empezando a arrepentirme. - la mirada altiva del Slytherin la advirtió. La chica, inteligente como la que más, ya se disponía a adentrarse de nuevo en la chimenea tras haber agarrado un puñado de polvos de una bombonera de cristal – Y ten cuidado con Weasley, es capaz de perderse en el Louvre. - la agijoneó.
- Buenas tardes, Draquito. - le sacó la lengua socarrona y después grito: Callejón Diagón.
¡Que le habrá dado la comadreja para dejarla tan tonta! Aunque hay que reconocer que está más guapa, tiene un brillo chispeante en los ojos que antes no tenía, y los labios más carnosos, ¿y más tetas? ¡Draco, tú estás muy mal! ¿Es que siempre quieres tener lo que no puedes tener? …. ¡Un momento! …. Yo no deseo a Astoria, pero hay que reconocer que ahora está mucho más bonita. Se trata de eso, esa chica está feliz.
Una vez se hubo quedado sólo en su apartamento lo primero que hizo fue alcanzar su varita y con un suave movimiento de muñeca murmuró Fregoteo y toda la estancia volvió a quedar limpia y perfectamente ordenada como a él le gustaba. Se tumbó en el sofá para retomar su lectura, pero no pudo. Sus pensamientos se dispersaron hacia la conversación mantenida con Neville Longbotton por la mañana y deseo que aceptara su proposición. El huérfano de los Longbotton estaba resultando una de las piezas más difíciles de encajar en este puzzle que era su "proyecto" y sentía que se le acortaba el tiempo.
La ansiedad empezaba a campar a sus anchas por su cuerpo y comenzó a respirar acompasada y profundamente para intentar controlar la situación. Los días que se avecinaban no iban a resultar fáciles precisamente, debía enfrentar al menos dos situaciones difíciles y para las que debía hacer uso de toda su fuerza mental y paciencia. Primero tendría que convencer a Longbotton de que asistiera, no sólo al primero, sino a los sucesivos encuentros que tendrían lugar con su madre. Y después, en el segundo día de el nuevo año, se realizaría la operación de Ginny Weasley, eso sin contar con el maldito día de Navidad, que ya tenía más que decidido que pasaría en la soledad de su pequeño apartamento. Aunque, lo que no sabía Draco Malfoy es que algo, inesperado, insólito y de lo más reconfortante, estaba por sucederle muy pronto.
Recostado sobre el cómodo sofá con los brazos sujetando su cabeza fijó la mirada en el techo.
Estaba hecho.
La quinta alma, Neville Longbotton.
Plis-plas!
Violete Frost
N/A: Os he dejado una enorme pista de algo que va a suceder dentro de varios capítulos. ¿Alguien la pillará? Seguro que sí, yo se que sois muy listas. Muchas gracias por leerme, sois unos primores.
Otra cosa importante: A partir de este capítulo el fic entrará en un paréntesis de la búsqueda de almas para centrarse en la relación Draco/Hermione y luego retomaremos. El siguiente capítulo ya está en revisión y conociendo a mi beta estará listo muy pronto para ser subido, porque ella vuela. Y ya estoy en la elaboración del siguiente, pero luego actualizaré con menos premura porque tengo muchísimo trabajo y además me he matriculado en un curso sobre narración y literatura y tengo que hacer las tareas. ¡Cualquier cosa para mejorar! Espero que me perdonéis y no me olvidéis. Besos a todas.
