hola
que pena tengo tiene un monton que no actualizaba estas historia prometo que actualizare una vez a la semana
Disclaimer: los personajes y los lugares le pertenecen a Sthepanie Meyer y esto es sin fin de lucro
Los cuatro se fueron de la mesa al mismo tiempo todos se movían con una impresionante elegancia era desconcertante verlos, Seguí en la mesa con Jessica y sus amigas, una chica que se llamaba Ángela tenia clase de Biología conmigo así que me retire con ella para llegar a nuestra clase en cuanto entre a la clase Ángela fue a sentarse a su mesa, todas las mesas estaban ocupadas salvo una en donde se encontraba Edward Cullen, lo mire de forma furtiva mientras iba al escritorio del profesos para que firmara mi comprobante de asistencia , entonces justo cuando yo pasaba se puso rígido en su silla, volvió a mirarme fijamente y nuestras miradas se encontraron, su expresión era de hostilidad aparte mi vista rápidamente y me sonroje otra vez, el profesor me mando al a única silla vacía fui a sentarme junto a él, se aparto de mi como si algo apestara trate de oler mi pelo con disimulo era el olor de siempre la clase paso intente tomar apuntes sin apartar la vista del cuaderno, él continuaba tan inmóvil que parecía que no respiraba
¿Qué le pasaba? ¿Se comportaba de esa forma habitualmente? Cuestioné mi opinión sobre la acritud de Jessica durante el almuerzo. Quizá no era tan resentida como había pensado.
El timbre sonó y el se levanto rápidamente mucho antes que todos los demás
Que le sucedía no había derecho la ira me embargaba y amenazaba con salir en forma de lagrimas
-Eres Isabella Swan, ¿no? —me preguntó una voz masculina.
Alce la vista y me encontré con un chico bastante guapo me dirigió una sonrisa amable y al parecer no creía que yo oliera mal
-Bella-le corregí, con una sonrisa.
-Me llamo Mike.
-Hola, Mike.
-¿Necesitas que te ayude a encontrar la siguiente clase?
-Voy al gimnasio, y creo que lo puedo encontrar.
-Es también mi siguiente clase.
Parecía emocionado fuimos juntos hablaba demasiado lo cual fue un alivio ya que acaparaba toda la conversación, resulto la persona más agradable que había conocido ese día
Pero cuando íbamos a entrar al gimnasio me preguntó:
-Oye, ¿le clavaste un lápiz a Edward Cullen, o qué? Jamás lo había visto comportarse de ese modo.
Tierra, trágame, pensé. Al menos no era la única persona que lo había notado y, al parecer, aquél no era el comportamiento habitual de Edward Cullen. Decidí hacerme la tonta.
-¿Te refieres al chico que se sentaba a mi lado en Biología? pregunté sin malicia.
-Sí –respondió-. Tenía cara de dolor o algo parecido. -No lo sé –le respondí-. No he hablado con él. -Es un tipo raro -Mike se demoró a mi lado en lugar de dirigirse al vestuario—. Si hubiera tenido la suerte de sentarme a tu lado, yo sí hubiera hablado contigo.
Termino la odiosa clase y me dirigí a las oficinas a entregar el comprobante de firmas estuve a punto de irme y dar media vuelta al ver quien se encontraba ahí, estaba discutiendo con la recepcionista con voz profunda y agradable intentaba cambiar la clase de biología que le tocaba conmigo por cualquiera
No me podía creer que eso fuera por mi culpa. Debía de ser otra cosa, algo que había sucedido antes de que yo entrara en el laboratorio de Biología. La causa de su aspecto contrariado debía de ser otro lío totalmente diferente, Era imposible que aquel desconocido sintiera una aversión tan intensa y repentina hacia mí, la puerta se abrió de nuevo e hizo correr el viento, Edward Cullen se giro hacia mí su agraciado rostro parecía ridículo para traspasarme con sus penetrantes ojos llenos de odio.
Durante un instante sentí un estremecimiento de verdadero pánico, hasta se me erizó el vello de los brazos. La mirada no duró más de un segundo, pero me heló la sangre en las venas más que el gélido viento. Se giró hacia la recepcionista y rápidamente dijo con voz aterciopelada:
-Bueno, no importa. Ya veo que es imposible. Muchas gracias por su ayuda.
Entregue mi hoja con las firmas, la recepcionista me pregunto que tal me había ido, mentí diciéndole que bien
Al siguiente día fue mejor y peor, mejor por qué no llovió y peor por que estaba agotada también por qué Edward Cullen no apareció ni por la mañana ni por la tarde
cuando entré en la cafetería junto a Jessica- intenté contenerme y no recorrer la sala con la mirada para buscarle, aunque fracasé estrepitosamente- vi a sus cuatro hermanos, por llamarlos de alguna manera, sentados en la misma mesa, pero él no los acompañaba.
Al entrar a la clase de bilogía y El tener la mesa para mí sola y la ausencia de Edward supuso un gran alivio. Me lo repetí hasta la saciedad, pero no lograba quitarme de la cabeza la sospecha de que yo era el motivo de su ausencia. Resultaba ridículo y egotista creer que yo fuera capaz de afectar tanto a alguien. Era imposible. Y aun así la posibilidad de que fuera cierto no dejaba de inquietarme.
Termine mis clases y me dirigí al estacionamiento, ahora lleno de estudiantes que salían a toda prisa, me subí al coche y busque en mi bolsa para cerciorarme de que tenía todo lo necesario
La noche pasada había descubierto que Charlie era incapaz de cocinar otra cosa que huevos fritos y beicon, por lo que le pedí que me dejara encargarme de las comidas mientras durara mi estancia. El se mostró dispuesto a cederme las llaves de la sala de banquetes. También me percaté de que no había comida en casa, por lo que preparé la lista de la compra, tomé el dinero de un jarrón del aparador que llevaba la etiqueta «dinero para la comida» y ahora iba de camino hacia el supermercado
Mientras esperaba, intenté fingir que era otro coche el que producía tan ensordecedor estruendo. Vi que los dos Cullen y los gemelos Hale se subían a su coche. El flamante Volvo, por supuesto. Me habían fascinado tanto sus rostros que no había reparado antes en el atuendo; pero ahora que me fijaba, era obvio que todos iban magníficamente vestidos, de forma sencilla, pero con una ropa que parecía hecha por modistos. Con aquella hermosura y gracia de movimientos, podrían llevar harapos y parecer guapos. El tener tanto belleza como dinero era pasarse de la raya, pero hasta donde alcanzaba a comprender, la vida, por lo general, solía ser así. No parecía que la posesión de ambas cosas les hubiera dado cierta aceptación en el pueblo. No, no creía que fuera de ese modo. En absoluto. Ese aislamiento debía de ser voluntario, no lograba imaginar ninguna puerta cerrada ante tanta belleza
Me encargue de hacer la comida subí a mi habitación a checar mi mail había varios mensajes de mi madre acerca de mi estado de salud y como me estaba yendo en Forks, le escribí y me asegure de dejarle en claro que estaba en perfectas condiciones y que me sentía muy a gusto aunque no lo fuera, volví a leer cumbres borrascosas llego mi padre y me pregunto acerca de cómo estuvo mi día
-y que tal estuvo día
-excelente oye te puedo hacer una pregunta
-adelante
-¿conoces a la familia Cullen?
-¿la familia del doctor Cullen? El doctor Cullen es un gran hombre.
-Los hijos... son un poco diferentes. No parece que en el instituto caigan demasiado bien.
El aspecto enojado de Charlie me sorprendió.
-¡Cómo es la gente de este pueblo! -murmuró-. El doctor Cullen es un eminente cirujano que podría trabajar en cualquier hospital del mundo y ganaría diez veces más que aquí —continuó en voz más alta—. Tenemos suerte de que vivan acá, de que su mujer quiera quedarse en un pueblecito. Es muy valioso para la comunidad, y esos chicos se comportan bien y son muy educados. Albergué ciertas dudas cuando llegaron con tantos hijos adoptivos. Pensé que habría problemas, pero son muy maduros y no me han dado el más mínimo problema. Y no puedo decir lo mismo de los hijos de algunas familias que han vivido en este pueblo desde hace generaciones. Se mantienen unidos, como debe hacer una familia, se van de camping cada tres fines de semana... La gente tiene que hablar sólo porque son recién llegados.
Era el discurso más largo que había oído pronunciar a Charlie. Debía de molestarle mucho lo que decía la gente.
-Me parecen bastante agradables, aunque he notado que son muy reservados. Y todos son muy guapos -añadí para hacerles un cumplido.
-Tendrías que ver al doctor -dijo Charlie, y se rió-. Por fortuna, está felizmente casado. A muchas de las enfermeras del hospital les cuesta concentrarse en su tarea cuando él anda cerca.
No hondamos mas en el tema y cenamos, me fui a dormir, no quiera ya sabía lo que me esperaba al dormir volver a soñar con esos ojos que me atormentaban al despertar me sorprendió no haber tenido ningún sueño.
La semana transcurrió sin incidentes. Me acostumbré a la rutina de las clases. Aunque no recordaba todos los nombres, el viernes era capaz de reconocer los rostros de la práctica totalidad de los estudiantes del instituto. En clase de gimnasia los miembros de mi equipo aprendieron a no pasarme el balón y a interponerse delante de mí si el equipo contrario intentaba aprovecharse de mis carencias. Los dejé con sumo gusto. Edward Cullen no volvió a la escuela.
Cuando llegó el viernes, yo estaba de muy buen humor no había tenido mas sueños con los ojos grises o con el choque aparte ya entraba con total tranquilidad en clase de Biología sin preocuparme de si Edward estaría allí. Hasta donde sabía, había abandonado la escuela. Intentaba no pensar en ello, pero no conseguía reprimir del todo la preocupación de que fuera la culpable de su ausencia, por muy ridículo que pudiera parecer.
Durante todo el fin de semana cayó una lluvia fina, silenciosa, por lo que pude dormir bien.
El lunes por la mañana salude a todo el mundo que me saludaba no recordaba sus nombres pero era cuestión de tiempo
En general, a aquellas alturas me sentía mucho más cómoda de lo que había creído. Más satisfecha de lo que hubiera esperado jamás. Al salir de la clase, el aire estaba lleno de remolinos blancos. Oí a los compañeros dar gritos de júbilo. El viento me cortó la nariz y las mejillas.
- ¡Vaya! -Exclamó Mike-. Nieva.
Estudié las pelusas de algodón que se amontaban al lado de la acera y, arremolinándose erráticamente, pasaban junto a mi cara.
- ¡Uf!
- ¿No te gusta la nieve?
-No. Significa que hace demasiado frío incluso para que llueva -obviamente
- Además, pensaba que caía en forma de copos, ya sabes, que cada uno era único y todo eso. Éstos se parecen a los extremos de los bastoncillos de algodón.
- ¿Es que nunca has visto nevar? -me preguntó con incredulidad.
- ¡Sí, por supuesto! -Hice una pausa y añadí-: En la tele.
En eso una bola le cayo en la nuca al parecer fue Erick quien se la envió Mike me dejo para perseguirlo en el camino me encontré a Jessica y fuimos hasta la cafetería
Mike nos alcanzó cuando entramos en la sala; se reía mientras la nieve que tenía en las puntas del su pelo se fundía. Él y Jessica conversaban animadamente sobre la pelea de bolas de nieve; hicimos cola para comprar la comida. Por puro hábito, eché una ojeada hacia la mesa del rincón. Entonces, me quedé petrificada. La ocupaban cinco personas. Jessica me tomó por el brazo.
— ¡Eh! ¿Bella? ¿Qué quieres?
Bajé la vista, me ardían las orejas. Me recordé a mí misma que no había motivo alguno para sentirme cohibida. No había hecho nada malo.
— ¿Qué le pasa a Bella? —le preguntó Mike a Jessica.
—Nada —contesté—. Hoy sólo quiero un refresco.
Me puse al final de la cola.
— ¿Es que no tienes hambre? —preguntó Jessica.
—La verdad es que estoy un poco mareada —dije, con la vista aún clavada en el suelo.
Aguardé a que tomaran la comida y los seguí a una mesa sin apartar los ojos de mis pies.
Bebí el refresco a pequeños sorbos. Tenía un nudo en el estómago. Mike me preguntó dos veces, con una preocupación innecesaria, cómo me encontraba. Le respondí que no era nada, pero especulé con la posibilidad de fingir un poco y escaparme a la enfermería durante la próxima clase.
Ridículo. No tenía por qué huir. Decidí permitirme una única miradita a la mesa de la familia Cullen. Si me observaba con furia, pasaría de la clase de Biología, ya que era una cobarde.
Mantuve el rostro inclinado hacia el suelo y miré de reojo a través de las pestañas. Alcé levemente la cabeza. Se reían. Edward, Jasper y Emmett tenían el pelo totalmente empapado por la nieve. Alice y Rosalie retrocedieron cuando Emmett se sacudió el pelo chorreante para salpicarlas. Disfrutaban del día nevado como los demás, aunque ellos parecían salidos de la escena de una película, y los demás no. Pero, aparte de la alegría y los juegos, algo era diferente, y no lograba
Identificar qué. Estudié a Edward con cuidado. Decidí que su tez estaba menos pálida, tal vez un poco colorada por la pelea con bolas de nieve, y que las ojeras eran menos acusadas, pero había algo más. Lo examinaba, intentando aislar ese cambio, sin apartar la vista de él.
—Bella, ¿a quién miras? —interrumpió Jessica, siguiendo la trayectoria de mi mirada.
En ese preciso momento, los ojos de Edward centellearon al encontrarse con los míos.
Ladeé la cabeza para que el pelo me ocultara el rostro, aunque estuve segura de que, cuando nuestras miradas se cruzaron, sus ojos no parecían tan duros ni hostiles como la última vez que le vi. Simplemente tenían un punto de curiosidad y, de nuevo, cierta insatisfacción.
—Edward Cullen te está mirando —me murmuró Jessica al oído, y se rió.
—No parece enojado, ¿verdad? —tuve que preguntar.
—No —dijo, confusa por la pregunta—. ¿Debería estarlo?
—Creo que no soy de su agrado —le confesé. Aún me sentía mareada, por lo que apoyé la cabeza sobre el brazo.
—A los Cullen no les gusta nadie... Bueno, tampoco se fijan en nadie lo bastante para les guste, pero te sigue mirando.
—No le mires —susurré.
Jessica se rió con disimulo, pero desvió la vista. Alcé la cabeza lo suficiente para cerciorarme de que lo había hecho. Estaba dispuesta a emplear la fuerza si era necesario.
Decidí respetar el pacto que había alcanzado conmigo misma. Asistiría a clase de Biología, ya que no parecía enfadado. Tanto me aterraba volver a sentarme a su lado que tuve unos leves retortijones de estómago.
Ya en clase, comprobé aliviada que mi mesa seguía vacía. El profesor Banner estaba repartiendo un microscopio y una cajita de diapositivas por mesa. Aún quedaban unos minutos antes de que empezara la clase y el aula era un hervidero de conversaciones. Dibujé unos garabatos de forma distraída en la tapa de mi cuaderno y mantuve los ojos lejos de la puerta. Oí con claridad cómo se movía la silla contigua, pero continué mirando mi dibujo.
-Hola -dijo una voz tranquila y musical.
Levanté la vista, sorprendida de que me hablara. Se sentaba lo más lejos de mi lado que le permitía la mesa, pero con la silla vuelta hacia mí. Llevaba el pelo húmedo y despeinado, pero, aun así, parecía que acababa de rodar un anuncio para una marca de champú. El deslumbrante rostro era amable y franco. Una leve sonrisa curvaba sus labios perfectos, pero los ojos aún mostraban recelo.
-Me llamo Edward Cullen –continuó-. No tuve la oportunidad de presentarme la semana pasada. Tú debes de ser Bella Swan.
Estaba confusa y la cabeza me daba vueltas. ¿Me lo había imaginado todo?
Ahora se comportaba con gran amabilidad. Tenía que hablar, esperaba mi respuesta, pero no se me ocurría nada convencional que contestar.
- ¿Cómo sabes mi nombre? -tartamudeé.
Se rió de forma suave y encantadora.
-Creo que todo el mundo sabe tu nombre. El pueblo entero te esperaba.
Hice una mueca. Sabía que debía de ser algo así, pero insistí como una tonta.
-No, no, me refería a que me llamaste Bella.
Pareció confuso.
- ¿Prefieres Isabella?
-No, me gusta Bella –dije-, pero creo que Charlie, quiero decir, mi padre, debe de llamarme Isabella a mis espaldas, porque todos me llaman Isabella —intenté explicar, y me sentí como una completa idiota.
Empezó la clase íbamos a identificar las fases de la mitosis nos entrego las laminillas y el microscopio
- ¿Las damas primero, compañera? -preguntó Edward.
Alcé la vista y le vi esbozar una sonrisa burlona tan arrebatadora que sólo pude contemplarle como una tonta.
-Puedo empezar yo si lo deseas.
La sonrisa de Edward se desvaneció. Sin duda, se estaba preguntando si yo era mentalmente capaz.
-No -dije, sonrojada-, yo lo hago-
Me lucí un poquito. Ya había hecho esta práctica y sabía qué tenía que buscar. Debería resultarme sencillo. Coloqué la primera diapositiva bajo el microscopio y ajusté rápidamente el campo de visión del objetivo a 40X. Examiné la capa durante unos segundos.
-Profase -afirmé con aplomo.
—-¿Te importa si lo miro? me preguntó cuando empezaba a quitar la diapositiva. Me tomó la mano para detenerme mientras formulaba la pregunta. Tenía los dedos fríos como témpanos, como si los hubiera metido en un ventisquero antes de la clase, pero no retiré la mano con brusquedad por ese motivo.
Cuando me tocó, la mano me ardió igual que si entre nosotros pasara una corriente eléctrica.
-Lo siento -musitó y retiró la mano de inmediato, pero alcanzó el microscopio. Lo miré atolondrada mientras examinaba la diapositiva en menos tiempo aún del que yo había necesitado.
-Profase -asintió, y lo escribió con esmero en el primer espacio de nuestra hoja de trabajo. Sustituyó con velocidad la primera diapositiva por la segunda y le echó un vistazo por encima.
-Anafase -murmuró, y lo anotó mientras hablaba. Procuré que mi voz sonara indiferente.
- ¿Puedo?
Esbozó una sonrisa burlona y empujó el microscopio hacia mí. Miré por la lente con avidez, pero me llevé un chasco. ¡Maldición! Había acertado.
- ¿Me pasas la diapositiva número tres? -extendí la mano sin mirarle.
Me la entregó, esta vez con cuidado para no rozarme la piel. Le dirigí la mirada más fugaz posible al decir:
-Interface.
Le pasé el microscopio antes de que me lo pudiera pedir. Echó un vistazo y luego lo apuntó. Lo hubiera escrito mientras él miraba por el microscopio, pero me acobardó su caligrafía clara y elegante. No quise estropear la hoja con mis torpes garabatos. Acabamos antes que todos los demás. Vi cómo Mike y su compañera comparaban dos diapositivas una y otra vez y cómo otra pareja abría un libro debajo de la mesa. Pero eso me dejaba sin otra cosa que hacer, excepto intentar no mirar a Edward... sin éxito. Lo hice de reojo. De nuevo me estaba observando con ese punto de frustración en la mirada. De repente identifiqué cuál era la sutil diferencia de su rostro.
- ¿Acabas de ponerte lentillas? —le solté sin pensarlo.
Mi inesperada pregunta lo dejó perplejo.
-No.
-Vaya –musité-. Te veo los ojos distintos.
Se encogió de hombros y desvió la mirada.
De hecho, estaba segura de que habían cambiado. Recordaba vívidamente el intenso color negro de sus ojos la última vez que me miró colérico. Un negro que destacaba sobre la tez pálida y el pelo cobrizo. Hoy tenían un color totalmente distinto, eran de ocre extraño, más oscuro que un caramelo, pero con un matiz dorado. No entendía cómo podían haber cambiado tanto a no ser que, por algún motivo, me mintiera respecto a las lentillas. O tal vez Forks me estaba volviendo loca en el sentido literal de la palabra. Observé que volvía a apretar los puños al bajar la vista. En aquel momento el profesor Banner llegó a nuestra mesa para ver por qué no estábamos trabajando y echó un vistazo a nuestra hoja, ya rellena. Entonces miró con más detenimiento las respuestas.
-En fin, Edward, ¿no crees que deberías dejar que Isabella también mirase por el microscopio?
-Bella -le corrigió él automáticamente-. En realidad, ella identificó tres de las cinco diapositivas.
El señor Banner me miró ahora con una expresión escéptica.
- ¿Has hecho antes esta práctica de laboratorio? -preguntó.
Sonreí con timidez.
-Con la raíz de una cebolla, no.
-¿Con una blástula de pescado blanco?
-Sí.
El señor Banner asintió con la cabeza.
- ¿Estabas en un curso avanzado en Phoenix?
-Sí.
-Bueno -dijo después de una pausa-. Supongo que es bueno que ambos sean compañeros de laboratorio.
Murmuró algo más mientras se alejaba. Una vez que se fue, comencé a garabatear de nuevo en mi cuaderno.
-Es una lástima, lo de la nieve, ¿no? -preguntó Edward.
Me pareció que se esforzaba por conversar un poco conmigo. La paranoia volvió a apoderarse de mí. Era como si hubiera escuchado mi conversación con Jessica durante el almuerzo e intentara demostrar que me equivocaba.
-En realidad, no -le contesté con sinceridad en lugar de fingir que era tan normal como el resto. Seguía intentando desembarazarme de aquella estúpida sensación de sospecha, y no lograba concentrarme.
-A ti no te gusta el frío.
No era una pregunta.
-Tampoco la humedad -le respondí.
-Para ti, debe de ser difícil vivir en Forks -concluyó.
-Ni te lo imaginas -murmuré con desaliento.
Por algún motivo que no pude alcanzar, parecía fascinado con lo que acababa de decir. Su rostro me turbaba de tal modo que intenté no mirarle más de lo que exigía la buena educación.
—En tal caso, ¿por qué viniste aquí?
Nadie me había preguntado eso, no de forma tan directa e imperiosa como él.
—Es... complicado.
—Creo que voy a poder seguirte —me instó.
Hice una larga pausa y entonces cometí el error de mirar esos relucientes ojos oscuros que me confundían y le respondí sin pensar.
-he perdido la memoria y no recuerdo casi nada de mi vida en Phoenix así que preferí que si iba a empezar todo de nuevo que mejor que fuera en otro lugar
-es complicado - pero de repente se mostraba simpático
- ¿Cuándo ha sucedido eso?
-hace un par de semanas en realidad en cuanto salí del hospital me vine con mi padre para acá
-y como ha sido?
- en un accidente de auto no recuerdo muy bien como fue
-Ahh ¿y por qué no te quedaste allá?
-mi madre se volvió a casar y ni siquiera podía recordar a su esposo no quise darles problemas y por eso me decidí por venir aquí
-Pero ahora tú eres desgraciada -señaló.
- ¿Y? -repliqué con voz desafiante.
-No parece demasiado justo.
Se encogió de hombros, aunque su mirada todavía era intensa. Me reí sin alegría.
- ¿Es que no te lo ha dicho nadie? La vida no es justa.
-Creo haberlo oído antes -admitió secamente.
-Bueno, eso es todo -insistí, preguntándome por qué todavía me miraba con tanto interés.
Me evaluó con la mirada.
-te haces la fuerte -dijo arrastrando las palabras-, pero apostaría a que sufres más de lo que aparentas.
Le hice una mueca, resistí el impulso de sacarle la lengua como una niña de cinco años, y desvié la vista.
- ¿Me equivoco?
Traté de ignorarlo.
-Creo que no -murmuró con suficiencia.
- ¿Y a ti qué te importa? -pregunté irritada. Desvié la mirada y contemplé al profesor deteniéndose en otras mesas.
—Muy buena pregunta —musitó en voz tan baja que me pregunté si hablaba consigo mismo; pero, después de unos segundos de silencio, comprendí que era la única respuesta que iba a obtener.
Suspiré, mirando enfurruñada la pizarra.
— ¿Te molesto? —preguntó. Parecía divertido.
Le miré sin pensar y otra vez le dije la verdad.
—No exactamente. Estoy más molesta conmigo. Es fácil ver lo que pienso. Mi madre me dice que soy un libro abierto.
Fruncí el ceño.
—Nada de eso, me cuesta leerte el pensamiento.
A pesar de todo lo que yo había dicho y él había intuido, parecía sincero.
—Ah, será que eres un buen lector de mentes —contesté.
—Por lo general, sí —exhibió unos dientes perfectos y blancos al sonreír.
El señor Banner llamó al orden a la clase en ese momento, le miré y escuché con alivio. No me podía creer que acabara de contarle mi deprimente vida a aquel chico guapo y estrafalario que tal vez me despreciara. Durante nuestra conversación había parecido absorto, pero ahora, al mirarlo de soslayo, le vi inclinarse de nuevo para poner la máxima distancia entre nosotros y agarrar el borde de la mesa, con las manos tensas. Traté de fingir atención mientras el señor Banner mostraba con transparencias del retroproyector lo que yo había visto sin dificultad en el microscopio, pero era incapaz de controlar mis pensamientos. Cuando al fin el timbre sonó, Edward se apresuró a salir del aula con la misma rapidez y elegancia del pasado lunes. Y, como el lunes pasado, le miré fijamente
espero que les haya gustado, voy aponer varios cachos del libro los mas importantes como se habran dado cuenta espero pronto llegar al climax de la historia para que esto se ponga interesante gracias por sus reviews
besos
bye
