Disclaimer: Todo lo que reconoces no me pertenece, es propiedad de J.K. Rowling. Mi querido Draco, también. Snif!

ADVERTENCIA: Este capítulo contiene LEMMON, mucho lemmon. Si eres sensible a las escenas de sexo explícito, entonces te recomiendo que no lo leas. Si por el contrario, disfrutas con él igual que yo, entonces creo que te gustará. O no, todo depende de lo que le gusta a cada uno, claro está.

Aprovecho para dar las gracias a todas aquellas lectoras que me dejan sus hermosos comentarios y también a aquellas silenciosas que tienen este fic en alerta. Gracias a todas de nuevo. Si a lo largo del capítulo encontráis errores de tipo ortográfico o de nombres de personas, lugares o hechizos, asumo toda la responsabilidad y os animo a que me lo hagáis saber, es el único modo de poder mejorar. Gracias, gracias.

Nota de la autora: Os he dejado en mi perfil los links que os llevarán a la música que propongo a lo largo del capítulo, por si a alguna le apetece escuchar. Besos


Capítulo 6: MUSHROOM PILLOW

Mushroom Pillow Records es una exquisita y coqueta tienda de discos y literatura musical de segunda mano que se encuentra justo al lado del Iverness Street Market de Candem Town en Londres. Desde que Hermione la descubrió casi un año atrás se había convertido en un lugar donde ir, no sólo a comprar, sino simplemente a escuchar música y a observar como se relacionaba Owen, el dependiente y propietario, con sus clientes. Parecía que Owen tuviera un don especial para saber qué cosas gustan a cada cual y podía sorprenderte sacando de las cajas de vinilos antiguos algún clásico o una rareza que te alegrara el corazón. Eso fue, precisamente, lo que ocurrió el primer día que la chica atravesó las puertas de ese curioso local, cuando un Owen satisfecho y sonriente le ofreció un disco de vinilo de doble portada de Frank Sinatra, cuyo tema inicial era The way you look tonight, por encima de todas, la canción que más gustaba a Hermione.

Este año Hermione había decidido que no iría a La Madriguera a pasar las fiestas navideñas, aunque deseaba pasar un tiempo con sus amigos y con Molly, a la que quería casi como a una madre, decidió pasar allí simplemente el fin de semana antes del final de año. En realidad, prefería estar con su familia y retomar el contacto con algunas personas del mundo muggle a las que tenía completamente abandonadas. Y bueno, Ron y ella ya no eran novios y esa ruptura todavía provocaba situaciones tensas en la casa de los Weasley, bien porque Molly aún insistía en que era algo pasajero o bien porque George no podía evitar soltar sus comentarios sarcásticos y morbosos de vez en cuando.

Por otro lado, el desconocido que le enviaba flores, cartas y regalos se estaba apoderando de un espacio muy importante en su mundo emocional, el cual no estaba dispuesta compartir con nadie todavía. Se descubría a si misma navegando por un mar de fantasías respecto a esa persona en más ocasiones de las que le gustaría reconocer. Pero se sentía bien, tenía la necesidad de refugiarse en ese mundo interior ebulliscente donde se convertía en la protagonista de cientos de historias junto a su desconocido enamorado. Aunque para Hermione Granger, ese personaje de identidad oculta, se dibujaba constantemente en su pensamiento con el rostro, el porte, el brillo glacial en los ojos y la voz siseante y aterciopelada de Draco Malfoy.

¿Y por qué? Ni siquiera lo sabía a ciencia cierta. El destino había entrelazados sus vidas entre el desprecio y el dolor. Él representaba todo contra lo que ella había luchado. La humilló desde los once años, la insultó, la hizo llorar, la dejó sufrir sin hacer nada para evitarlo. Tenía más razones para odiarle que para amarle. ¿Qué le pasaba? ¿Dónde estaba el comienzo de este cambio? ¿Es que deseaba caer en el cliché de la mujer abnegada que se siente atraída solo por aquel hombre que no le conviene? Esa no era ella, y ahora menos que nunca. Pero él ahora era distinto. Aunque todavía arrogante y vanidoso, ya no era cruel y despótico. Su mirada terrible era una sombra de lo que fue. Había tristeza en esos ojos. ¿Arrepentimiento? Quizás, no podía saberlo. Pero le atraía profundamente esa nueva persona solitaria y meditabunda. Le atraía su olor, tan particular, como de ropa limpia, gel de baño y ligeros toques de almizcle. Sus movimientos, elegantes y calculados. Su saber estar, educado y altanero. Él, le atraía él, y ya está. Sobre él descansaban sus ganas de explorar, conocer, perderse en su cuerpo, en su mente. Era así de simple. Y a estas alturas ya lo tenía más que asumido. No tenía dudas.

Ahora lo que sentía era pánico, pero al menos las contradicciones estaban claras.

Al empujar la puerta de la tienda un golpe de aire caliente chocó con el rostro enrojecido por el frío de la chica, la cual lo agradeció enormemente. Ese año, el mes de diciembre estaba siendo especialmente frío y desapacible, aunque las calles nevadas siempre le traían buenos recuerdos de su niñez cuando hacía muñecos de nieve.

Owen, con sus incuestionables gafas de pasta negra, se entretenía detrás del mostrador comprobando algunas mercancías nuevas que había recibido y levantó la mano para saludar a Hermione que había proferido un "buenos días, Owen", nada más entrar en el local. Sin reparar en nada más se dirigió hacia las cajas donde se encajaban los vinilos, más ordenados por categorías musicales que por autores o títulos. Esta Navidad había pensado en regalar a su madre un disco de The Mamas & Papas, en donde se recogiera en famoso California Dreamin. Su madre alucinaría, adoraba esa canción.

Sin previo aviso, se paró en seco y el corazón empezó a palpitarle velozmente. Desenfundó sus manos de los guantes de lana, ya que estaba empezando a sentir calor, y tuvo que abrirse también la larga bufanda que rodeaba su cuello. Un chico rubio enfundado en un abrigo negro con capucha, escuchaba bajo unos auriculares de la tienda un cd de muestra, al tiempo que leía la contraportada de uno de los dos o tres discos de vinilo que se encontraban en sus manos. Ese chico era nada más y nada menos que Draco Malfoy.

Hermione tomó aire profundamente y relajó un poco la sonrisa que se le extendía de lado a lado de su rostro. Encontrarse con el chico le había provocado una inesperada e insólita felicidad, pero tampoco tenía intención de que él se lo notara. Cualquiera sabe lo que podría hacer Malfoy con esa información, a pesar de todos sus sentimientos y sus fantasías, no confiaba en el muchacho, no podía confiar.

Se acerco sigilosamente y tocó un par de veces en su hombro con la punta del dedo. Draco se giró sobresaltado ante tal estímulo, no estaba acostumbrado a que la gente le abordara y mucho menos en el mundo muggle, donde tampoco tenía amigos. Abrió los ojos sorprendido y se sintió sudorar cuando comprobó de quien se trataba. Dejando caer los auriculares sobre su cuello se esforzó por adoptar un tono despreocupado.

—Vaya, Granger, eres tú —murmuró mientras recorría el cuerpo de la muchacha de arriba a abajo y se concentraba en controlar las palpitaciones de su corazón.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó extrañada.

—Compro música —y dirigió la mirada hacia los discos que portaba mientras los alzaba ligeramente para que la chica pudiera verlos y así dejar claro, que no podría estar haciendo otra cosa en ese lugar.

—Música muggle por lo que veo —replicó la chica mientras intentaba distinguir las elecciones musicales del Slytherin. Entre ellos se encontraba Release the Star, de Rufus Winewright. Se conmovió.

—Hay mucha más variedad musical en el mundo muggle, por si no lo sabías, Granger —sentenció con su arrogancia habitual haciendo rodar las palabras.

—¿Y por qué esta tienda? Es de discos de segunda mano. Eso no es muy propio de un Malfoy, ¿no crees? —arremetió contra el chico con mordacidad.

Antes de terminar de decir la última palabra, Hermione, ya sabía que no estaba siendo muy inteligente embistiendo contra él de ese modo si lo que esperaba era sostener una mínima conversación. Pero, qué le iba a hacer, ella no se sabía relacionar con Malfoy de otra manera. Siempre a la defensiva, siempre esperando el ataque del otro, siempre protegiéndose.

—Sea propio de un Malfoy o no, lo cual a ti no te importa, esta tienda está cerca de mi casa —respondió al ataque con frialdad mientras entrecerraba los ojos y fulminaba a la chica con la mirada. Dejándola atrás se encaminó hacia el mostrador, donde Owen había dejado de ordenar los discos para no perder puntada de esa conversación.

—!¿Qué? ¿Tienes una casa aquí? —exclamó una Hermione asombrada y aún más desconcertada que antes.

—Sí —fue lo único que halló por respuesta.

—Vaya Malfoy, eres una caja de sorpresas —ladeó ligeramente la cabeza ante tal confesión.

—Bueno, Granger, hay muchas cosas de mi que no sabes —concluyó—. Si me disculpas voy a pagar, ya me iba.

Draco estaba empezando a ponerse nervioso de verdad. La Hermione de rostro ligeramente acalorado y carnosos labios adornados con un discreto toque de gloss se le antojaba de lo más atractiva y estimulante. Por no decir, que no le había pasado desapercibido que llevaba más de cinco minutos hablando con ella sin que se hubieran enzarzado en un carnaval de insultos y descalificaciones. Comprendió que, si no quería cometer un error, lo mejor era salir de esa tienda cuanto antes.

—Un momento, Malfoy. ¿De verdad esperas que crea que cuando no estás en el colegio vives aquí, en Candem? —no estaba dispuesta a permitir que la dejara allí sin respuestas. Ese nuevo Draco Malfoy, que supuestamente vivía en el mundo muggle, la intrigaba aún más.

—Puedes creer lo que quieras —murmuró mientras entregaba a Owen el dinero y recogía la bolsa con los vinilos sin dirigirle la mirada.

—Tan cínico como siempre, eso si que es muy propio de ti, lo de la casa en el mundo muggle, no tanto —le aguijoneó presa de la desesperación. Malfoy se le estaba escurriendo como el agua entre las manos y no era eso lo que ella esperaba ahora de ese fortuito encuentro.

El dependiente observaba la conversación entre los dos jóvenes como si de un partido de tenis se tratara. La expresión del rostro de Draco, hasta el momento distante y ceñuda, mutó para dar paso al joven seductor y seguro de si mismo que hacía temblar los pilares de la seguridad de la chica. A través de sus ojos se extendió un brillo de sensualidad y concupiscencia que a ella inconscientemente la excitó.

—Muy bien, y por qué no vienes y lo compruebas con tus propios ojos, ya que te extraña tanto —le siseó entre dientes mientras daba un amplio paso en su dirección dejando su rostro a pocos centímetros de los de Hermione.

Ella retrocedió un paso abrumada por la situación pero sosteniendo la mirada desafiante del Slytherin al que no parecía temblarle el pulso. Para Draco la situación no sólo había colmado el vaso sino que lo había rebosado. Si ella le estaba buscando le iba a encontrar, ya no estaba dispuesto a ceder más terreno. Ahora tendría asumir las consecuencias o de lo contrario que le hubiera dejado marchar.

—¡¿Qué? —exclamó asombrada.

—Estamos lentas, eh Granger —agregó con suspicacia mientras que haciendo uso de su ya conocida sonrisa de medio lado agrego con firmeza—He dicho, que si no me crees vengas a conocer mi casa.

—¿Me estás pidiendo que vaya a tu casa contigo? ¿Ahora? Tu alucinas, Malfoy —se alteró haciendo que sus mejillas cambiaran de sonrosadas a un rojo encarnizado.

Por primera vez, desde que se habían encontrado en aquella tienda de discos, Hermione sintió que el pánico se apoderaba de todo su ser. Estar a solas con Malfoy no le resultaba una situación cómoda, aunque del todo deseable si se sinceraba consigo misma. El espectro de sentimientos que la invadían en aquel momento era de lo más ecléctico y caótico, si cabe. Sentía temor, curiosidad, deseo, angustia, sorpresa, alegría, pero sobre todos ellos, lo que se imponía sobre su persona era una enorme indecisión. ¿Qué hacer? Después de mucho tiempo volvió a sentir que la tierra se abría bajo sus pies.

—Tú misma, Granger. Nos veremos en el colegio—a pesar de la seguridad que improntó en cada una de esas palabras, Draco sentía una profunda decepción.

Se giró, haciendo un leve movimiento de cabeza para despedirse de Owen y se dirigió hacia la puerta.

—Starbucks —musitó Hermione antes de que la cabellera rubia de Draco se alejara a través de la puerta de cristal.

—¿Qué? —la interrogó más con la mirada que con sus palabras.

Desde la calle penetró una oleada de aire frío que contribuyó a calmar ligeramente el ambiente de tensión creado entre los dos. Owen permanecía expectante con el codo apoyado sobre el mostrador y su mano descasando sobre la oreja cuestión de segundos Hermione había tomado una decisión. Una decisión que le conducía directamente al terreno de la mayor de las incertidumbres y la duda. Pero esa fue su visión. Comprendió que la mejor estrategia a adoptar cuando no hay salida es entrar hasta el fondo. Lo hizo.

—Digo que primero pasaremos por el Starbucks de High Street a coger un café Mocca doble con mucha nata y canela, es mi preferido. Después podrás enseñarme tu casa— aseveró con seguridad y con una enorme sonrisa que desarticuló completamente todo el mecanismo que el vástago de los Malfoy había puesto en marcha para controlar la situación.

—Está bien, también me gusta el Mocca —aceptó con un tono de neutralidad artificial y fingido mientras sostenía la puerta para que la muchacha saliera.

Los dos jóvenes caminaban en silencio por el Regent´s Canal en dirección al apartamento de Draco. Hacía tanto frío que ambos se había abrochado vehementemente sus abrigos y guantes y sujetaban los vasos con el Mocca, que caballerosamente Draco había insistido en abonar en el Starbucks algunas calles atrás, alentados por el calor que desprendían. Desde que intercambiaron las últimas palabras en la tienda ninguno de los dos había vuelto a hablar, pero tampoco habían modificado sus decisiones. Es más, podría decirse que a cada paso que daban se hallaban más seguros de lo que estaban dispuestos a hacer. Sobre el canal se extendían los barcos ya habituales de ese paisaje, algunos viviendas de seres excéntricos otros convertidos en restaurantes para turistas. Una fina capa de lluvia se deslizaba desde el cielo encapotado, lo que provocó que ambos apretaran el paso. Hermione se arrepintió de haberse calzado aquellas botas de tacón alto.

El apartamento de Draco se encontraba en la segunda planta de una casa con fachada de piedra y grandes ventanas orientadas hacia el canal. Hermione subía las escaleras siguiendo los pasos del joven que ya tenía las llaves en la mano. El sonido de los tacones de la chica resonaba en el silencio de las escaleras. Ambos se detuvieron en el rellano mientras el muchacho murmuraba algunos contrahechizos para desbloquear la entrada al tiempo que disimulaba no darse cuenta del nerviosismo que capturaba a la chica, la cual se retorcía los dedos a su espalda.

Una vez dentro del apartamento el ambiente era más cálido que en exterior pero aún hacía frío y se percibía un ligero aroma a incienso, que la joven comprobó provenía de una palmatoria con forma de dragón situada junto a la televisión de plasma. Draco tomó diligente su varita y se dirigió a la chimenea para prender el fuego lo cual Hermione agradeció enormemente.

El muchacho soltó las bolsas y se quitó el abrigo para colgarlo después sobre un perchero que descansaba detrás de la puerta. Hermione aún permanecía en pie observando detenidamente la estancia. La escasez de decoración la desconcertó aún más. No había objetos mágicos a la vista, a excepción de un chivatoscopio que reposaba sobre un mesa baja delante del sofá.

Draco extendió su mano hacia la chica, con un gesto de elegante educación, invitándola a que se despojara de su abrigo para asegurarse así que no saldría corriendo de allí en un arrebato de cordura. A pesar de que ya llevaban juntos más de una hora, el joven Malfoy aún no estaba seguro de cómo y porqué la chica había aceptado su invitación. La situación, aunque se había desarrollado con cierta naturalidad, no era ni mucho menos normal. Más bien, podría decirse que era de lo más inesperada e insólita. Su expresión se tornó soberbia de nuevo, al fin y al cabo, siempre consideró los retos como muy estimulantes.

Pero para lo que no estaba preparado era para encontrarse con lo que debajo de ese abrigo se escondía. Una diosa de la feminidad, sensual y delicada se erigía ante él luciendo una blusa de gasa negra semitransparente que dejaba entrever el contorno de un sujetador igualmente negro, sobre un tejano que marcaba cada una de sus curvas y un precioso collar largo con dos vueltas en el cuello, una a modo de gargantilla y otra que avanzaba sobre el generoso escote para coquetear con lo que se intuía la base de su ombligo. Se estremeció de pura lujuria.

—¡Guau! ¿Quién eres tú y donde está Granger? —le interpeló burlón mientras fijaba la vista en su pecho con una mirada brillante e intensa.

—Madura, Malfoy— le lanzó con mordacidad mientras chasqueaba los dedos ante la cara de su anfitrión—. Solo es ropa.

Esa actitud del joven la hizo sentirse poderosa. Se sentía deseada, sexy. Su seguridad iba en aumento.

—Una blusa negra semitransparente, Granger —insistió Draco aún desconcertado— ¡y llevas tacones!

—Creía que te gustaba el negro —le sondeó sensualmente mientras recolocaba su frondosa cabellera de rizos.

Draco no podía dejar de mirarla. La chica tímida y extremadamente modesta, esa adolescente que portaba algo parecido a un arbusto mal podado por cabellera, con prendas amplias y para nada coqueta se había desvanecido por completo. Esa mujer que desprendía un tenue aroma mezcla de sándalo y vainilla, distaba mucho de la estudiante aplicada y descuidada que estaba acostumbrado a ver. Esta nueva faceta de Hermione le enloquecía todavía más.

—Y me gusta, no sabes cuanto —articuló finalmente al tiempo que la devoraba con los ojos.

Hermione paseo la mirada alrededor de la estancia observando con curiosidad todos los detalles. Se entretuvo en la estantería que ocupaba toda la pared frente a la chimenea donde una enorme colección de cds, vinilos y libros se exponía ordenadamente. De las nuevas adquisiciones que acababa de realizar el muchacho en la tienda de Owen, eligió Kind of blue de Miles Davis y se lo extendió a Draco para que lo pusiera en el tocadiscos. Mientras tanto se dirigió hacia el sofá junto a la chimenea y se sentó cruzando las piernas.

Draco optó por apoyarse sobre el alféizar de la ventana con vistas al canal al tiempo que no perdía detalle de cada uno de los movimientos de la valerosa Gryffindor que inauditamente se encontraba en su apartamento. Si alguien le hubiera pedido que pusiera en orden sus pensamientos y sus emociones en ese momento habría pensado que le estaba gastando una broma pesada. En su cabeza se estaba gestando una batalla entre el deseo y la razón que dejaría a los grandes momentos épicos de la humanidad a la altura de simples anécdotas.

— Tienes un apartamento muy bonito ¿sabes? —comentó Hermione interrumpiendo las notas de la melodía de jazz que escuchaban y provocando que Draco dirigiera la vista en su dirección— ¡Menudas vistas al canal! Y está todo tan limpio y ordenado.

—¿Qué pasa, Granger, te sorprende? —preguntó con perspicacia al tiempo que cruzaba los brazos sobre el pecho.

—Bastante. Pensé que, como buen niño rico que eres, serías desordenado y caótico —se sentía tan segura de sí misma en ese momento que optó por un exceso de sinceridad. Al fin y al cabo, no era más que Malfoy, tampoco es que hubieran sido muy sutiles nunca el uno con el otro.

—Tratándose de mi eso sería imposible —aclaró con un deje de frialdad—.Soy una persona esencialmente controladora, no puedo vivir con el desorden.

—Eso suena a trastorno obsesivo compulsivo, Malfoy.

—Puede, aunque en lo que se refiere a obsesiones ya estoy curado de espanto.

—Me gusta —sostuvo ella con complacencia.

—¿Qué te gusta? ¿Que sea un obsesivo compulsivo o la casa?—la interrogó.

—La casa. Las obsesiones las dejaremos para otro momento.

El silencio se apoderó de nuevo de la estancia, a excepción de las notas melancólicas que se escapaban de la trompeta de Davis. Draco fijaba su vista en el canal sobre cuyas aguas se precipitaban las gotas de una intensa lluvia, Hermione, por su parte, se entregaba a la hechizante danza que el crepitar del fuego provocaba con sus llamas. Ya no hacía frío. Así se mantuvieron durante varios minutos. Cada uno en sus pensamientos, valorando el momento, atesorando cada instante. Llegados a este punto estaban en tierra de nadie. Alguno de los dos debía dar el paso. Una valerosa leona y un encantador de serpientes. El juego de la seducción estaba a punto de comenzar.

—¿Has visto A la luz del fuego? Es una película muggle —le interrogó Hermione melancólicamente sin apartar la vista de las llamas.

—No —se aclaró brevemente la garganta—¿Debería?

—Desde luego es una película recomendable pero no me refería a eso —aclaró.

—¿Entonces? —la animó a continuar.

—En esa película, la institutriz, que es la madre de la niña pero ésta no lo sabe, le propone un juego. Le ofrece la posibilidad de hablar sobre las cosas que sentimos y deseamos, las cosas que quisiéramos fueran verdad, mientras el fuego está encendido —Hermione se había levantado del sofá y se encaminaba pausadamente hacia su anfitrión —sólo cuando se apaga el fuego se vuelve a la realidad y todo lo que se ha dicho o hecho queda guardado, para ser abierto otra vez sólo ante el fuego. Es una puerta a la fantasía—. Se encontraba justo en frente de él, pocos centímetros los separaban.

—Es lo que tiene el fuego —murmuró mientras le sostenía la mirada.

—¿Jugamos? —le retó con picardía y sensualidad mordiéndose el labio inferior.

—¿A qué?

Draco podía interpretar claramente todas las señales que la chica le enviaba sin reparo y sin asomo de pudor. El deseo se disparó. Su ego también.

A la luz del fuego. Hablemos con el corazón, sin prejuicios —Hermione extendió su mano hasta el rostro de Draco descansando su dedo índice sobre los labios del muchacho que se estremeció de pies a cabeza ante ese contacto—. Hagamos nuestro este momento, hasta que se apague el fuego —fue recorriendo la línea de la barbilla para bajar por su cuello hasta su pecho descubierto por los primeros botones de la camisa, la voz tenue, delicada— déjame llegar a ti, sólo por hoy. Después todo quedará aquí.

—Creo que no soy tan valiente —sujetó la mano de la chica entre la suya y la retiró de su pecho. El azul de sus ojos se hundió hasta el abismo del alma de Hermione.

Con su otra mano, Hermione fue retirando hacia atrás la manga de la camisa para dejar a la vista la marca tenebrosa en el antebrazo del muchacho. Sobre la piel nívea, la imagen de la calavera entrelazada con la serpiente se dibujaba recordatoria y presente. La recorrió con una mirada triste y compasiva al tiempo que la acariciaba con la yema de sus dedos. Alzó los ojos para enfrentar a su objeto de deseo y afirmó con confianza:

—Eres más valiente de lo que crees y dices ser.

Ese fue el resorte que disparó todas las emociones de Draco en cascada, haciendo que arrasaran a su paso con todas la murallas que cuidadosamente se había esforzado por construir para protegerse del mundo, de Hermione y de sí mismo.

Ya sin contención de ningún tipo, redujo la distancia que les separaba con decisión y arrojo.

La besó.

Draco se perdía en los rizos de su cabello mientras su lengua jugueteaba sobre aquellos labios ebrios y sinuosos. Se detenía en saborear cada milímetro de esa carnosa piel. Ambas lenguas se cedían el paso en una vertiginosa lucha de caricias. Hermione se dejaba llevar por el calor y acercaba su cuerpo al pecho del muchacho provocando que sus pezones se erizaran con ese contacto cálido y firme, los ojos aún cerrados.

Ese beso tan deseado, tan imaginado en cientos de lugares y situaciones, ese momento tan esperado, estaba ahí. Su primer beso. Un beso que no fue de película, ni arrebatador, ni lujurioso. Fue un beso sencillo, adulto, pedido y concedido. Un beso que demostró a Hermione que eran esos labios los que quería besar y ese cuerpo el que deseaba explorar. Un beso anticipatorio, emocional y sincero. Un instante en donde ella sintió que no hubiera deseado estar con ninguna otra persona y en ningún otro lugar en ese momento. Un instante que para Draco fue el comienzo de un camino sin retorno.

Un suspiro se escapó entre los labios de Hermione y entonces fue cuando Draco le mordió con delicadeza el labio inferior para romper el beso y aún con los ojos cerrados, medio jadeante apoyo su frente sobre la de la muchacha para decir:

—Está bien, Granger, juguemos —murmuó mientras apretaba aún más el cuerpo ardiente de la chica contra sí—.Pon tus reglas que yo pondré las mías.

Hermione sonrió abiertamente para acercar de nuevo sus labios hacia él y mientras enzarzaba sus dedos entre el pelo rubio comenzó a establecer sus reglas:

—Para empezar, nada de apellidos —le besó tiernamente— seremos Hermione y Draco.

Draco repetía las últimas palabras de la chica en un murmullo casi ininteligible como si de un alumno que repite la lección se tratara, el corazón le palpitaba con fuerza y sus manos se mostraban incapaces de parar de acariciar a la chica.

—En segundo lugar... —arrastraba la punta de su nariz por la línea de la mandíbula cubierta por una barba de un rubio oscuro, suave y pulcramente cuidada, mientras empezaba a bajar la mano por su pecho desabrochando los siguientes botones de la camisa—, nada del pasado. Solos tú y yo, en el presente. En este ahora —susurraba.

—Solos tú y yo —repetía Draco entre jadeos.

—Y por último —se separó lentamente para enfrentar la mirada de Draco que la taladraba de puro deseo—, a tumba abierta, sin miedos— sentenció con firmeza, dejando clara su postura. Valiente y entregada, la Hermione más salvaje. La Hermione que solo Draco conocía.

Draco la agarró con fuerza por las caderas y la atrajo hacia sí mientras entreabría sus piernas haciendo que las partes más sensibles y excitadas de sus cuerpos se estrecharan en un contacto intenso y febril. Dirigió su boca hacia el cuello de Hermione, que inconscientemente le dejó paso inclinándose hacia atrás y le susurró:

—Solo dos cosas —recorría su cuello con besos suaves y delicados para llegar hasta el lóbulo de la oreja donde descansaba un pendiente de plata —la primera, sin mentiras. La muchacha se estremecía de placer al contacto de la respiración susurrante de Draco. — Y la segunda, es que te quiero un día entero para mí —jugueteaba con su lengua acariciando los márgenes de su oreja—. De lo contrario no jugaré y todo lo que pudo empezar terminará ahora. Aquí mismo.

Hermione dedicó tan sólo un par de segundos en sopesar la propuesta de su amante. Un día entero, los dos solos. Desde luego era tentador. Ya se le ocurriría cualquier excusa para sus padres. Después de todo, ella tenía casi veinte años, no le pedían demasiadas explicaciones.

Quizás Draco hubiera esperado que en ese momento Hermione se echara a atrás y así tener la excusa perfecta para no asumir que todo aquello le provocaba un tremendo temor. Sin prejuicios, a tumba abierta. Era demasiado. Si en circunstancias normales ya tenía dificultades para gestionar sus emociones ahora si que estaba perdido. Por un lado, necesitaba a esa mujer, la había deseado y querido en silencio durante tanto tiempo, que ahora no soportaba la idea de separarse de ella. Hubiera deseado paralizar el tiempo justo en aquel beso. Y por otro lado, cómo iba a cumplir con las reglas. No era una persona sincera, no acostumbraba a asumir riesgos, él era un Malfoy y un Slytherin, siempre optando por la opción más cómoda y ventajosa. Él no era el chico bueno. Cerró los ojos.

Hermione no contestó. Blue In Green termino para dar paso a All Blues acompañado de ese sonido tan especial que produce la aguja del plato.

No hicieron falta las palabras. Hermione retrocedió un par de pasos al tiempo que comenzaba a desabrochar los botones de su blusa en un movimiento cadencioso mientras dejaba que una catarata de rizos caramelo cayera sobre un lado de su pecho. Al abrir los ojos, Draco se turbó ante la visión del desnudo que protagonizaba la muchacha. Las cuentas finales de su collar rozaban en un vaivén hechizante sobre un ombligo perfectamente formado. Sus ojos le invitaban a no dejar de mirar. Miles de reacciones químicas se escapaban por todos los poros de su cuerpo. Nadie, nunca antes le había hecho sentir así, tan descontrolado, tan vulnerable, tan excitado.

Y el segundo resorte de su autocontrol se disparó.

No tuvo tiempo ni de pensar, como buena serpiente que era se precipitó sobre Hermione al tiempo que le decía entre dientes:

—No tienes ni idea de donde te estás metiendo, Hermione.

Le tomó la cara con ambas manos y se fundió con ella en un beso, ahora sí apasionado y lujurioso. Tantas ansias depositó en ese momento que la chica trastabilló hacia atrás chocando contra la estantería y provocando que uno de los cds saltara disparado estrellándose contra el suelo.

Hermione soltó una risa nerviosa en mitad del beso, mientras se afanaba por despojar a Draco de su camisa, aunque ésta se le resistía porque el Slytherin ansioso que la atrapaba no separaba las manos de su cuerpo, esmerándose en los senos de la muchacha, turgentes y morenos. Pellizcaba cuidadosamente sus pezones y después los rodeaba con su pulgar lo cual provocó que Hermione emitiera un ruido casi gutural de puro placer y abriera los ojos de par en par para enfrentar la mirada de Draco, cuyo gris acero se había tornado llameante. Con un ligero toque le separó de su cuerpo para hacerle entender que deseaba eliminar el estorbo de esas botas de tacón y mientras se agachaba hacia el suelo, un Draco jadeante e impaciente la tomó en volandas cargándola sobre sus hombros para dirigirse velozmente hacia el dormitorio abriendo la puerta de un puntapié.

La tumbó en la cama sin asomo de delicadeza y le fue retirando las botas con ímpetu al tiempo que se descalzaba los zapatos ayudado por sus propios pies. Hermione le miraba acalorada y deseosa, impaciente por tenerle cerca de nuevo. No fueron ni segundos los que Draco tardó el lanzarse sobre el cuerpo de la joven que entreabría sus piernas para fundirse con él mientras dirigía sus manos hacia los botones del pantalón vaquero. Se encontraban perdidos el uno en el cuerpo del otro, las prendas que entorpecían el tacto de sus pieles fueron desapareciendo en una danza veloz y casi violenta, quedando desperdigadas en el suelo.

Draco no le daba tregua, la besaba, lamía y acariciaba con sus manos por cada uno de los centímetros de su piel, tan sólo quedaba el collar que imperiosamente la obligó a dejar alrededor de su cuello. Hermione sonrió ante el comportamiento fetichista del muchacho.

Se miraron intensamente, observando sus cuerpos desnudos y sudorosos. No había timidez ni reparos. Solos ellos dos y sus cuerpos febriles. Draco, tumbado ahora a su lado, detenía la mirada en cada una de las curvas de la muchacha sin perder detalle de cada uno de los relieves de su cuerpo al tiempo que deslizaba su dedo índice por toda esa piel morena y tersa, trazando el camino hacia su sexo, húmedo y expectante. Mientras le recorría el cuello sinuosamente humedeciéndolo con sus besos fue dirigiendo sus dedos hacia el interior de sus labios acariciándolos con entrega, deleitándose en el tacto de toda su suavidad, para luego, despacio y decidido, introducir uno de sus dedos en la más preciada cavidad de su cuerpo, con suma delicadeza avanzaba en movimientos cadenciosos mientras jugueteaba con su clítoris circularmente. La espalda de Hermione se arqueó entre gemidos y su respiración se tornó entrecortada, se sentía eclosionar de placer, sus zonas erógenas le enviaban miles de destellos eléctricos por cada una de sus terminaciones. Creía que podía estallar, que no lo resistiría, sus piernas temblaban bajo el ritmo al que se movían sus caderas, deseosas, necesitadas. Cuando Draco dirigió su boca hacia uno de los pezones endurecidos y comenzó a succionarlo, a acariciarlo con la lengua, a morderlo con picardía y lascivia, no le quedó mas remedio que agarrarse fuertemente a la ropa de cama mientras gemía. Y entonces el momento llegó, su pelvis salió disparada hacia arriba pidiendo más y los dedos de Draco respondieron experimentados y generosos. Una corriente de electricidad subió por su espina dorsal y sintió como ardía en su interior, la humedad de su sexo se hizo tan intensa que le mojaba las piernas, agarró la mano del muchacho fuertemente entre la suya, dirigiéndole en la recta final, presa del mayor placer que había experimentado hasta el momento, en un orgasmo primitivo, gritó.

Los labios de Draco le regalaban pequeñas caricias sobre su rostro.

Hermione se recomponía lentamente recuperando el control de su cuerpo con una respiración profunda, al tiempo que procuraba destensar todos sus músculos reposando su cuerpo sobre la cama. La mano de él aún descansaba sobre su sexo inundado. Eso le gustó. Le miró. Él le devolvió una mirada divertida y satisfecha. Se sonrieron.

—¡Guau! —él le susurró al oído.

—Pues sí.

Ahora era su turno, se incorporó despacio y fue besándolo primero en la comisura de los labios, luego profundizando en el beso, mientras se situaba de rodillas frente a él. Lo empujó sobre el pecho con decisión, obligándolo a que reposara sobre el cabecero de la cama. Draco la miró sorprendido pero ceñudo. No estaba acostumbrado a dejarse dirigir, él solía llevar el control en esas situaciones, él solía llevar el control siempre. La mirada dura y directa de la chica le hizo desistir. Se sentó a horcajadas sobre él y Draco la sujetó fuertemente por las caderas mientras se perdían entre besos y gemidos. Buscándose, deseándose. Hermione se retiró un poco para comenzar a bajar con los labios por el cuello en dirección a su pecho al tiempo que le acariciaba desde los brazos hasta las piernas, deteniéndose en su endurecido miembro. Draco cerró los ojos y al fin se relajó.

Ella comenzó a rodearlo, a acariciarlo. Su mano volaba en movimientos ascendentes y descendentes por toda aquella tensión, la respiración del muchacho se hizo intensa, tomaba bocanadas de aire ahogando los gemidos en un vano intento de mantener la poca compostura que les quedaba en ese momento. Hermione dirigió sus labios hacia la erección que atesoraba entre su mano y se propuso hacerle alcanzar los mismos confines del placer que ella había conocido. Paseando su lengua juguetona se deleitaba y le castigaba con la espera. Entonces abrió los labios para darle entrada en su boca, ardiente y presurosa, avanzando y retrocediendo rítmicamente, succionándolo, entregándose a saborear toda su masculinidad, sintiéndole en toda su profundidad. El joven, atrapado en una excitación crepitante, que balanceaba sus caderas fundiéndose con la chica en sus movimientos, jadeaba y se sentía explotar. Su cuerpo ya no le respondía a voluntad, la dulce presión que ejercían los labios de Hermione sobre su sexo le producía espasmos de placer y sentía que no podría aguantar mucho más, pequeñas gotas de sudor emanaban de todos sus poros. Ella sintió como su amante se retorcía y cómo se precipitaba el momento del clímax, se retiró y lanzándole una mirada cargada de picardía comenzó a acariciarle el glande con la punta de la lengua más juguetona aún que antes.

No lo pudo resistir.

La atrajo hacia sí con ímpetu, casi con violencia y la colocó sobre su muy excitado miembro penetrándola de un solo empujón. Hermione arqueó su espalda, apretando fuertemente sus músculos en torno a aquella voluptuosidad, ahogando un grito entre sus manos y comenzó a mover sus caderas vertiginosamente. Draco la atraía aferrado a sus glúteos profundizando en su entrada haciendo que aquellos dos cuerpos encajaran en el más perfecto diseño de la naturaleza. Gemían, jadeaban, se acariciaban. Hermione alzó los brazos para levantar su cabello mojado por el sudor y ese movimiento enloqueció a un Draco en los albores de la explosión. En un movimiento veloz la hizo girar para cambiar sus posiciones dejando caer todo su peso sobre ella para seguir bailando en su interior con arremetidas voraces. Hermione rodeo el poderoso cuerpo que la embestía con sus piernas y arqueó la espalda. El roce de la pelvis de Draco sobre su sexo la acompañaba en el camino de un segundo orgasmo que ya no era capaz de identificar de que parte de su intimidad provenía. No podían más.

—¡Ya... para, un hechizo protector, un condón... lo que sea, pero YA! —casi le chilló dejando a Draco confundido y desorientado.

—Un hechizo protector, sí —murmuró entre jadeos sin parar de moverse en su interior presa de las oleadas de placer que estaba sufriendo.

—¡DRACO!

—¿DÓNDE ESTÁ MI VARITA? —levantó la cabeza tomando conciencia de la situación y buscándola con una mirada ávida y presurosa. Se sentía desconcertado, la sangre no le llegaba a la cabeza, no recordaba donde estaba.

La varita del Slytherin descansaba en el suelo, escondida entre un mar de ropas y zapatos. Lo recordó. Y todo lo que ocurrió a continuación se desarrolló en cuestión de segundos, en los cuales, Hermione no tuvo tiempo ni de comprender que era lo que realmente estaba pasando.

Draco en un intento de localizar la varita con premura se retiró del cuerpo de la chica con agilidad para intentar girarse sobre sí mismo y posar los pies en el suelo, un movimiento que para un experimentado luchador de espadas no debía suponer mucho inconveniente. Sin embargo, ese giro, iniciado con demasiado ímpetu quizás, le provocó que perdiera completamente el equilibrio y rodara por toda la cama para acabar, con un sonoro golpe, de espaldas en el suelo. No se lo podía creer, acababa de protagonizar el mayor de los ridículos de los que era capaz de imaginar. Esto pasaría a los anales de la historia de las aventuras sexuales de la humanidad mágica y muggle. Comenzó a murmurar una salta de improperios mientras deseaba partir su varita en dos.

Hermione no daba crédito a lo que sus ojos habían visto. Las largas piernas de Draco habían sobresalido por el aire siguiendo a todo su cuerpo desnudo en una voltereta casi circense para dejarle caído sobre el suelo como si de una cucaracha panza arriba se tratara. No podía parar de reír. Se tapaba la boca con ambas manos y en su rostro se dibujaba una expresión de sorpresa y condescendencia. Asomó sus rizos por el borde de la cama para buscar a su amante desaparecido.

—Draco, ¿estás bien? —ahogaba las carcajadas entre las sábanas. Risas y más risas se escapaban entre sus labios.

—Hazme el favor de no reírte —le contestó aún con los ojos cerrados, enojado consigo mismo y muerto de la vergüenza.

—¡Es que ha sido tan divertido! —los ojos le lloraban de tanto reír —¿Te has hecho daño?

—Un poco, creo —entreabrió los ojos y la miró burlón para luego contagiarse de la risa de la muchacha, que más podía hacer—. Supongo que esto me lo vas a recordar toda la vida, ¿verdad?—le dijo con una sonrisa mientras tiraba de los brazos de la joven Gryffindor que cayó sobre su cuerpo sin ofrecer resistencia.

Ambos se besaban y reían, se reían y besaban.

Cuando por fin encontraron la dichosa varita y estuvieron protegidos por el hechizo que Draco murmuró, retomaron su deseo donde lo habían dejado.

Las caricias se volvieron exigentes y directas, ya habían perdido demasiado tiempo, se buscaban, se tocaban, se mordían. Hermione se giró para quedar de espaldas al muchacho rozando sus glúteos con la erección de Draco que la penetró desde atrás mientras la atraía a su cuerpo con fuerza y la besaba en los hombros. Los cuerpos empapados por el sudor. La intensidad de los movimientos se acrecentó en enérgicas entradas y salidas haciendo que, por primera vez, le sintiera dentro en toda su profundidad. Draco dirigió una mano hacia la parte delantera del sexo de la joven la cual entreabrió las piernas para dejarse explorar. En una danza vertiginosa se acoplaron en un flujo de arremetidas y vaivenes que les fue conduciendo progresivamente hasta la cima del mayor de los placeres.

Draco sintió como su respiración se colapsaba y la visión se volvía confusa, chispeante. Sumido en una secuencia de descargas sintió como una fuerza tiraba de su cuerpo provocando que arqueara la espalda y tensara sus músculos en el principio del fin. Ya no había marcha atrás. Juntos, entre gritos y jadeos, se desintegraron en un orgasmo explosivo. Él la inundó entre espasmos y ella le regaló toda la humedad que su sexo le prestó.

Agotados y traspuestos, se dejaron caer.

—¡Guau! —ella le susurró al oído.

—Pues sí.

Chim-pum

Violete Frost

Ainhs! Espero que os haya gustado, ahora mismo voy a subir el siguiente capítulo.