Disclaimer: Draco no me pertenece, ¿Os lo podéis creer? Todo es de ella, de la exquisita J.K. Rowling. En fin, no se puede tener todo.

Aún no puedo saber si os ha gustado Mushroom Pillow I, pero por si así fuera, os lo agradezco de antemano, y ya está. Ainhs, es tan tarde y estoy tan cansadita. Voy a subir pronto este capítulo y me voy a dormir. He tardado mucho en subir estos dos capítulos, ya lo sé. Espero que no me hayáis olvidado.


Capítulo 7: MUSHROOM PILLOW II

Hermione dormitaba sobre los brazos de Draco aún en el suelo, su cuerpo se había relajado de tal modo que sentía como las piernas y los brazos le pesaban, se sentía debilitada pero enormemente completa. Dichosa. A su lado, a Draco le hormigueaban los brazos y comenzaba a sentir frío. Hizo ademán de incorporarse con sumo cuidado, ya que la cabeza de la chica atrapaba todo su brazo derecho.

—¿A dónde vas? —musitó somnolienta buscando con su cuerpo el calor de su amante.

—Vamos a la cama, te vas a enfriar —le susurró para luego arroparla entre las mantas.

— ¿Y ahora, a dónde vas? —le volvió a preguntar al comprobar que Draco se encaminaba hacia el exterior del dormitorio tras haberse colocado unos pantalones de pijama negros.

—Te puede parecer un tópico, pero voy a fumar —contestó saliendo por la puerta de la habitación.

—Entonces tráeme mi bolso, por favor, tengo tabaco de liar, me gusta más —le chilló al tiempo que se incorporaba en la cama y se apoyaba en el cabecero.

De un modo instintivo y casi infantil se cubrió con las sábanas por encima del pecho. Por alguna, extraña razón de ruborizó.

Antes de que terminara de decir las últimas palabras la cabeza de Draco asomó por la puerta con una expresión desconcertada e interrogante. Lo último que se hubiera imaginado de Hermione era que fumara, y por otro lado, se decepcionó bastante consigo mismo por haber pasado por alto tan importante detalle. Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta; Qué no la hubiera olido; Qué no la hubiera visto nunca. Él era una persona muy observadora y disponía de un olfato digno de un sabueso, empezó a pensar que la chica se estaba tirando un farol.

Sin intermediar más palabras le entregó el bolso del que ella sacó el tabaco, el papel y unas boquillas. Sentándose sobre la cama en posición de loto y dejando que las sábanas se resbalaran sobre su cuerpo descubriendo sus senos, lo cual provocó que Draco se paseara de nuevo por una serie de pensamientos más bien lujuriosos y provocadores, se dispuso a liar un cigarrillo. Cuando hubo terminado el primero se lo ofreció al, estupefacto, muchacho que no había parado de mirar atentamente hacia la precisión que mostraban los dedos de Hermione mientras se afanaba en su tarea.

— ¿Y tú dices que yo soy una caja de sorpresas? —la interrogó.

—Bueno, tampoco es que fume mucho, lo hago básicamente por la noche. Ginny se pone de los nervios, la verdad, pero no me importa, es el único vicio que me permito —rió.

—El único, ¿no? —arqueó las cejas —. ¿Y a lo de antes como le llamas, "un ataque de debilidad"? —restalló mordaz.

—Así que quieres hablar del tema, por lo que veo —exhaló el humo de su cigarro y le dirigió una mirada profunda. —Está bien, hablemos. Te preguntas cómo es que he llegado a la situación de tener sexo contigo, ¿verdad?

—Es un buen comienzo, te escucho —Draco se apoyó en el cabezero cruzando las piernas sobre el lecho y le dedicó una de sus sonrisas "Made in Malfoy".

—Pues no lo sé. No tengo ni la menor idea de donde está el comienzo de esto, pero lo cierto es que ha ocurrido, que estamos aquí, en tu casa, hemos tenido sexo y me siento bien —se fue explicando casi de corrido—. En realidad, no se si es esto lo que esperabas escuchar, pero es la pura verdad —argumentó tranquila mientras apuraba el cigarrillo y se entretenía en trazar círculos sobre el borde del cenicero con el mismo.

—No esperaba nada en concreto, hace bastante tiempo que intento no esperar nada —sus palabras fueron frías y directas.

— ¿Decepcionado? —le sondeó con un punto de intranquilidad. Las declaraciones del muchacho habían enturbiado ligeramente su humor.

—En absoluto —aseveró.

— ¿Incómodo?

—Aunque te pueda parecer extraño no me he sentido más cómodo con alguien en toda mi vida —le aseguró mirándola fijamente mientras le acariciaba la mejilla con el dorso de la mano.

— ¿Entonces? ¿A qué viene esa cara de entierro? —le cuestionó ceñuda.

Draco no respondió de inmediato, fijó la mirada en el techo de la habitación y se entretuvo en apurar su cigarrillo. Sin interceptar la mirada expectante de Hermione, contestó:

—Supongo que aún estoy esperando que tomes conciencia de la situación y salgas huyendo despavorida, en un arrebato de cordura.

—Entra dentro de lo posible, tienes razón —esbozó con una enorme sonrisa—, pero no de lo probable —le acarició tímidamente el brazo.

— ¿Y, según tú, qué es lo que entra dentro de lo probable?

—Bueno, aún nos quedan aproximadamente veintidós horas, ¿qué me ofreces?

— ¿No tienes miedo? —la cuestionó intrigado con un punto de irritación en la voz.

—Mentiría si dijera que no —respondió Hermione con sinceridad.

— ¿Y entonces?

— ¿Entonces qué?

— ¿Por qué te expones de este modo?

— ¿Arrepentido?

— ¿Suicida?

—Está bien Malfoy —le gruñó saltando de la cama— me voy. Pero te recuerdo que fuiste tú y no yo quién impuso esta estúpida regla de las veinticuatro horas. Y confío en que no estarás esperando que monte la típica escenita de dama ultrajada para sentirte mejor contigo mismo y con tu pobre autoestima porque estás muy equivocado. Soy una persona libre, lo he pasado bien y no me arrepiento. Es más debería darte las gracias por haberte afanado tanto —Hermione campaba malhumorada por toda la habitación murmurando por lo bajo y buscando sus ropas.

—Hermione, ¿qué haces?

— ¡Busco mis bragas, no las encuentro! —respondió enfadada sin dirigirle la mirada.

— ¡Hermione! Ven aquí —le pidió extendiendo un brazo en su dirección, pero la enojada Gryffindor ni si quiera le miró, continuaba inmersa en la búsqueda de su ropa interior.

— ¡Hermione! …. Por favor —le suplicó esta vez, lo cual provocó que una lucecita se encendiera en la cabeza de la chica, Draco Malfoy había pedido algo "por favor".

En ese momento, un gran hito en la historia de los dos, Hermione decidió que ese detalle se merecía, al menos, que le dedicará algo de atención. Si su memoria no le fallaba era la primera vez que le había escuchado esas palabras.

— ¿Y ahora qué? —le cuestionó frunciendo el entrecejo y colocando ambas manos sobre la cintura en una pose sobradamente conocida para Draco.

—Lo siento … y de nada —contestó para atraerla luego hacia sí. Ella se dejo. Ahora también se disculpaba, la joven Griffyndor estaba alucinando.

— ¿A qué ha venido eso, Draco? Has conseguido ponerme de mal humor, ¿lo sabías? —Hermione le reprendía como si compartieran esa intimidad desde hacía mucho más tiempo. Ella misma se sorprendió de la naturalidad de su actitud y sus palabras.

—Sin que sirva de precedente voy a reconocerte que también tengo miedo, esto es tan nuevo para ti como para mí —comenzó a hablar deteniéndose en las palabras—. Ni siquiera se de donde estás sacando toda esa templanza —y luego la animó a que se apoyará en su pecho desnudo mientras la rodeaba con sus brazos y la besaba dulcemente en la cabeza—. Pero no me hagas repetirlo, porque no lo haré, creo incluso que lo negaré todo.

—Muy propio —murmuró Hermione a la que ya se le iba pasando el enfado.

— ¿De quién, de mí? —le preguntó ofendido.

—No, muy propio de los tíos en general —sentenció ella.

—Ya.

Ambos permanecieron en silencio, desde el salón penetraban las armónicas melodías de Belle and Sebastian, The BBC Sesions, otra de las nuevas adquisiciones que Draco se había traído de la tienda de Owen y que había colocado en el tocadiscos durante su pequeña incursión por el tabaco. Hermione se entretenía entrelazando sus dedos en el escaso vello que cubría el pecho de Draco, éste por su parte, pensativo y relajado, le acariciaba dulcemente. Así se encontraban cuando el Slytherin introdujo su mano tras la espalda para sacar las bragas perdidas de la chica y comenzó a bailotearlas divertido sobre el rostro de la muchacha.

—¡Fetichista de pacotilla! —le regañó mientras le arrebataba su muy preciada ropa interior y le golpeaba tiernamente sobre el pecho. Draco simplemente chasqueó la lengua. Se abrazaron más. Tras permanecer un rato en silencio, Hermione habló casi en un murmullo:

—En realidad esto es como un espejismo, como un oasis en un desierto, no sé...

—¡Hombre, menos mal! Estaba empezando a pensar que estabas perdiendo la cabeza o algo por el estilo —exclamó Draco con exageración—. Creo que ahora podré sentirme un poco mejor.

— ¿Es que te sentías mal? —le interrogó con preocupación.

—Hermione, míranos. Somos nosotros, Draco Malfoy y Hermione Granger, desnudos, en una cama, abrazados. Esto no lo hubiera pensado nadie, ni siquiera nosotros mismos —argumentó mientras la sondeaba con la mirada.

—Si, tienes razón. Y no dejo de pensar en ello.

— ¿Te arrepientes, a caso? —preguntó con suspicacia.

—No, no me refiero a eso, pero tú sabes que tenemos mucho de que hablar. Han pasado demasiadas cosas y tenemos un pasado que no podemos borrar.

—Lo sé, pero hoy no.

—Entonces, esto va a ser muy difícil —replicó Hermione con consternación—. No podemos hablar del pasado, no podemos mentir, se supone que no debemos tener miedo, pero lo que somos está íntimamente relacionado con lo que fuimos y el pasado que nos une. ¿Cómo lo vamos a hacer? —le interpeló.

—Pues iremos viendo sobre la marcha, no nos queda otra, si es que queremos pasar todo el día juntos sin matarnos, claro está —la miró fijamente para asegurarse después —¿Tú quieres?

—Sí —respondió más decidida que nunca.

—Pues entonces, vamos.

— ¿A dónde? —Draco ya se encontraba en pie en dirección al baño con su varita en la mano.

—A darnos un baño con aceites esenciales y espuma mágica y todo ese montón de pijadas que os gustan a las mujeres.

—Como si a ti no te gustaran, principito —si de algo estaba segura Hermione es que el aristocrático y mimado Malfoy gustaba de los placeres mundanos como el que más, sobre todo si esos placeres estaban relacionados con el lujo y la comodidad. Los interminables descansos acuáticos que se regalaba el muchacho en el baño de prefectos eran de sobra conocidos por toda la escuela.

Draco ignoró el comentario sarcástico de la muchacha mientras sonreía para sus adentros. Al parecer, ella conocía más cosas de él de las que hubiera imaginado inicialmente. Para empezar ya se había percatado de que tenía una tendencia algo enfermiza hacia los fetiches y ahora le ponía en evidencia que era un sibarita hasta en el mundo muggle. Por primera vez, el hecho de sentirse transparente para alguien, lejos de asustarle, le reconfortó.

Con un elegante toque de varita mientras murmuraba unos cuantos encantamientos el pequeño baño de la habitación se fue transformando en uno mucho más grande y cómodo, con una bañera parecida a un jacuzzi de múltiples chorros de los cuales salía agua caliente y cantidad de espuma mágica de color violeta con aroma a vainilla, sándalo y canela. Sobre un perchero descansaban dos albornoces negros muy mullidos y sendas toallas, en el suelo zapatillas a juego. Un sin fin de pequeñas velitas con llamas de diferentes colores titilaban por toda la estancia otorgando al lugar un ambiente mágico y embriagador.

—¡Qué preciosidad! —exclamó Hermione mientras entraba en el baño y se acercaba al apuesto muchacho.

Le rodeó con sus brazos sobre la cintura y le besó en las cicatrices de la espalda. Aunque para cualquier persona esas marcas podían resultar desagradables para ella representaban el sufrimiento al cual el chico había estado expuesto y por lo tanto se hacían merecedoras de todo su candor y comprensión. Se sintió todavía más unida a él. Un pasado común. Un dolor compartido aunque en diferentes lados de la misma moneda.

—Cualquier cosa para impresionarte —le susurró sensual.

—Déjame decirte que hay otras cosas que me impresionan mucho más —respondió mientras se adentraba en la enorme bañera.

— ¿Ah, sí? ¿Cómo cuales?

—Tu mirada, por ejemplo, ahora es limpia, transparente, de un azul profundo y hermoso. Podría decir que es casi cálida y tierna —le explicó.

—Debe ser un reflejo —replicó mientras la atraía hacia sí abrazándola entre los algodones que formaba la espuma sobre el agua—. Tú eres cálida y tierna.

—No te reconozco, Draco —musitó.

—Créeme, yo tampoco.

—Pero este Draco me gusta mucho más.

—Pues procura no olvidarlo —sugirió.

Durante todo el tiempo que permanecieron bajo el agua y la espuma se acariciaron, se besaron, sus manos exploraban de nuevo todos los rincones de sus cuerpos. Se entregaban a amarse otra vez, ahora con dulzura, despacio, saboreando cada beso cadencioso, cada caricia insinuante. Draco la atraía con fuerza hacia su cuerpo como intentando que no se escapara nunca de su abrazo, Hermione se dejaba llevar por toda esa necesidad. Entre la tibieza del agua y la luz tenue que iluminaba la estancia se detenía en observar las líneas de los labios de Draco, finos y perfilados, sus dientes alineados, el mentón afilado, los ojos febriles y hermosos, las ojeras bajo los mismos. En definitiva, se deleitaba en toda su belleza. Nunca tuvo la oportunidad de tenerle tan cerca, de olerle, de saborearle, y ahora se encontraba borracha de él.

—Eres muy bonita —le piropeo bajito con una mezcla de deseo y ternura en sus ojos. Ella, abrió los ojos en una mueca instintiva, jamás se había encontrado una expresión tan amable por parte del altanero Slytherin.

— ¿Qué? —preguntó sorprendida más para convencerse a sí misma de lo que acababa de oír.

—Bonita pero sorda.

—Es que no estoy acostumbrada a que salgan halagos por tu boca y mucho menos dirigidos a mi persona —replicó con escepticismo.

—Pues te vas a tener que acostumbrar —sentenció con seriedad.

— ¡Vaya, eso si que es desconcertante! Digamos que no cuadra con un encuentro esporádico e insignificante. Corrígeme si me equivoco.

—No me van las medias tintas, Hermione. Para mi las cosas son, o todo, o nada. Y por mi parte, hace un buen rato que me dí cuenta que, en lo que a ti se refiere, lo quiero todo.

—¿Has tenido una epifanía o algo así? ¿O qué?

—Contéstame una cosa con sinceridad —casi le exigió tanto con sus palabras como con la mirada—. ¿Qué piensas de este encuentro? ¿Qué sientes al hacer el amor conmigo?

—Joder, Draco, menuda pregunta.

—Contesta —le ordenó.

Hermione dedicó unos segundos en encontrar las palabras adecuadas para describir lo que sentía respecto a esa pregunta. Desde luego, no se trataba de algo superficial y anecdótico. Es más, si era sincera consigo misma debía reconocer que jamás había experimentado algo tan perfecto y profundo al hacer el amor con alguien, ni tan siquiera con Ron, aunque intentó no pensar en él, eso hubiera sido demasiado peligroso. Armada de una poderosa sensación de franqueza respondió:

—Pues que encajamos a la perfección, que nuestros cuerpos se complementan, pero también hay algo espiritual, profundo, aún no lo comprendo bien, es como …. como si nuestras almas se entendieran. Esto último es un poco extraño que lo diga en tan poco tiempo pero he de reconocerte que he tenido esa sensación.

— ¿Ves como eres la alumna más inteligente de todo Hogwarts?

—Y eso en que se traduce, porque creo que la alumna más inteligente se ha perdido un poco.

—Pues eso se traduce en que este es el sexo por el cual medirás el resto de tus relaciones sexuales —afirmó con arrogancia—. Y ¿de verdad te apetece ir paseándote con una regla por ahí?

—Ah, bien. Así que se trata de exclusividad.

—Lo que yo digo, la más lista.

— ¿Y que te hace pensar que yo quiero mantener una relación exclusiva contigo, Draco Malfoy? —le cuestionó entre sorprendida y desconfiada.

—Porque yo soy tu complemento perfecto, y lo sabes —Draco respondió con solemnidad y cierta soberbia.

Sus ojos se clavaron en los de ella, en uno de los momentos de mayor sinceridad que ambos habían protagonizado desde que las murallas habían caído. Los pensamientos de Hermione se precipitaban a toda velocidad. La unión de los opuestos; El Yin y el Yan; La luz y la oscuridad. Todo encajaba, y por primera vez desde que empezó a experimentar todos esos sentimientos encontrados hacia su némesis, lo comprendió. Él tenía razón. Pero ella era una Gryffindor y no se rendía fácilmente y menos aún sin pelear, con una expresión reprobadora al tiempo que entrecerraba los ojos contestó:

—Eres un ególatra posesivo, ¿lo sabías?

—Y un fetichista —murmuró Draco a su oído desarmando poco a poco la coraza que ella luchaba por sostener.

—Y un pretencioso también —arremetió de nuevo, esta vez algo más dulcificada en su actitud.

—Y no te olvides del trastorno obsesivo compulsivo.

Perdió. Si algo había aprendido en sus partidas de ajedrez mágico con Ron es que hay que saber retirarse a tiempo. Sin embargo, esa derrota la alegró profundamente, la embargó de tranquilidad, de confianza. Supo que era eso lo que tenía que suceder. Tenía que ser de ese modo. Sus destinos, tantas veces entrecruzados por fin se fundían en uno. Apoyando su cabeza en el pecho de Draco musitó:

—Está bien, creo que podré acostumbrarme.

Un suspiro profundo se escapó de los labios del joven Malfoy como única respuesta. Aunque tampoco es que hubiera sido capaz de encontrar alguna que se encontrara a la altura de las circunstancias. Esa pequeña conversación era lo más cercano que había estado nunca de una declaración de amor. AMOR, un sentimiento demasiado complejo y grande para un alma tan torturada. Una sensación de que todo aquello le iba demasiado grande le taladró el corazón, ni siquiera tenía claro que pudiera estar a la altura, de que fuera capaz de gestionar todo lo que se le escapaba por los poros, de dejarse amar. Temiendo por caer cautivo de las garras del pánico, optó por centrarse en cuestiones más prosaicas y así controlar la situación. Entonces exclamó:

—¡Tengo hambre!

—Mmmm …. yo también —se espabiló Hermione.

—¿Has estado alguna vez en España? —le preguntó Draco mientras le ayudaba a cerrarse el albornoz.

—No, ¿por? —le sondeó extrañada ante tal pregunta.

—Por saber si te gusta la comida española, en concreto la tortilla de patatas —se explicó mientras se secaba el pelo con una toalla.

—Pues no, ¿está buena?

—Buenísima.

—Pero... —se detuvo un segundo en medir sus palabras, ahora, después del clima relajado reinante entre los dos lo último que pretendía era ofenderle—. ¿Tú sabes cocinar?

— ¿Cocinar, yo? No, claro que no —se sinceró sonriente—, pero se hacer tortilla de patatas, aunque tú las tendrás que pelar yo siempre me llevo la mitad de la carne al quitar la piel.

—Pues hazlo con magia.

—Tampoco es que con magia se me de muy bien. No te olvides que soy un Malfoy, solo pisaba la cocina para robar galletas —contestó mientras se encaminaban a la cocina.

—Pues nada, le pelaremos las patatas al niño rico.

La cocina del apartamento era pequeña pero estaba equipada con todo lo necesario para cocinar. En el centro se extendía una pequeña mesa de madera con dos sillas que ocupaba casi todo el espacio libre, sobre ella Draco comenzó a colocar las patatas y los huevos que había sacado de la nevera. Mientras ambos se entregaban, por primera vez, a la tarea de hacer algo juntos, Draco sacó dos cervezas y le ofreció una a la chica en un gesto de cotidianeidad y convivencia que a Hermione le encantó.

Mientras pelaba patatas sin magia sentada sobre una de las sillas, Draco la observaba apoyado sobre la encimera deleitándose, tanto en degustar su cerveza como en admirar las piernas de la muchacha que, cruzadas una sobre otra, se escapaban por la abertura del albornoz. Hermione afanada en su quehacer se sentía inexplicablemente cómoda y contenta mientras mondaba las patatas con precisión, al observar la atenta mirada de su inesperado compañero de cazuelas, levantó la vista para decir:

—Pero bueno, ¿es que te piensas quedar ahí mirando mientras yo hago todo el trabajo?

—No puedo hacer nada hasta que no estén las patatas y además me gusta mirarte. Aún estoy sorprendido de lo que veo —aclaró.

—Pues me pones nerviosa.

—¿Qué te mire te pone nerviosa? —la cuestionó con extrañeza.

—Que me mires de ese modo sí —afirmó.

— ¿De qué modo?

—Sin rencor.

—Otra cosa a la que te vas a tener que acostumbrar —sentenció con seguridad y ese tono altanero y pretencioso que le caracterizaba.

—Otra cosa —musitó ella.

La tortilla de patatas quedó perfecta, aunque Hermione tuvo que curar con esencia de díctamo, una pequeña quemadura que Draco se hizo en la muñeca al darle la vuelta. Comieron con voracidad y apuraron otra cerveza más. La primera comida juntos. Otro hito en su historia. Durante el transcurso de la misma Hermione se interesó sobre cuando Draco había estado en España y éste se detuvo en detallar los pormenores de su viaje el verano anterior y también le habló de Ara y Bosco, el matrimonio de magos que había conocido y con los cuales había vivido durante tres semanas en la playa de Bolonia.

— ¿Cómo los conociste? —preguntó Hermione mientras apuraba la cerveza.

—Ara me encontró en una estación de trenes en Sevilla. Por alguna extraña razón, que luego comprendí, me vi en una ciudad que no conocía, con pocos conocimientos de español, de noche y habiendo perdido el último tren para Granada, donde inicialmente me dirigía.

— ¿Fue ella?

—Si, después me lo contó. Yo me había propuesto hacer ese viaje sin recurrir a la magia, así que fui viajando en aviones y trenes pero ella confundió los horarios y desapareció mis billetes. Según ella, teníamos que conocernos y yo debía pasar con ellos ese tiempo. Era mi destino, dijo.

— ¿Y tú aceptaste? ¿Así sin más?

—Extraño, ¿verdad?

—Y tanto —resopló—, eso no parece propio de ti.

—Bueno, tampoco es que me fuera con ellos manso como un corderito, casi nos batimos en duelo en los servicios —se defendió Draco.

—Pero al final te fuiste.

—Si, no te imaginas como es. A esa mujer no la tumba nadie —rió.

— ¿Y dices que viven como muggles?

— Si, aunque Ara es vidente y medimaga. Pero solo ejerce altruistamente con algunas personas en concreto que ella elige a través de sus visiones. Tienen mucho dinero y varias casas. En la playa de Bolonia tienen una muy cerca del mar, allí pasan todo el verano, con su hija. Y en esa casa es en donde viví con ellos, después Bosco me dio trabajo en uno de sus negocios.

— ¿A qué se dedica?

— Es productor musical y tiene algunos locales de música en la costa.

— Pero, si es mago —se extrañó Hermione.

— Bosco no hace magia.

— ¿Nunca?

— No, nunca.

— ¿Por qué?

— No lo sé. Es una persona de muy pocas palabras y conmigo menos aún. Siempre se mantiene muy distante de mí. En realidad, él no quería que yo estuviera con ellos. Fue Ara la que insistió, y a ella es a la única persona a la que Bosco nunca le niega nada. Nuestra relación fue estrictamente laboral, pero aprendí mucho de música y del mundo muggle, eso se lo tengo que agradecer.

— Sin embargo, parece que a Ara le tuvieras mucho cariño.

— Bueno, Ara es un ser muy particular. Como te diría es como …—se tomo unos segundos en buscar la definición apropiada de la bruja—, como si mezcláramos tu tenacidad y sentido de la responsabilidad, con la actitud soñadora e intuitiva de Lovegood, el arrojo y fortaleza de Weasley y la elegancia y gusto por la moda de Greengrass. Como ya te he dicho, siempre acabas cediendo con ella, se convierte en un referente para la gente que la rodea, y cuando tiene una visión, entonces es implacable. Ah, y el pelo lo tiene como tú, pero se lo tiñe rojo fuego.

Draco se entretuvo en observar las reacciones de Hermione y al comprobar que la chica le devolvía una mirada de interés prosiguió:

—En los fines de semana canta jazz en algunos de los locales de Bosco, posee una voz envolvente. Y es una buena madre y su hija, Amapola, es una brujita excepcionalmente lista, en realidad es con ella con quién me llevaba mejor.

— ¿Y eso?

—Nunca sentí que ella me juzgara.

—Entiendo.

—Bueno, ¿y cuál era tu destino? —le preguntó intrigada.

—Eso me lo voy a reservar para mí, al menos de momento —replicó con seriedad y firmeza dejando claro que hasta ahí había llegado esa conversación.

—Está bien —cedió—, pero me lo tendrás que contar.

—No estoy acostumbrado a que me hagan tantas preguntas, Hermione. Y menos aún a contestarlas —le recriminó mientras retiraba los platos de la mesa y evitaba encontrarse con los ojos inquisidores de la chica.

—Pues te vas a tener que acostumbrar —le cercó ella satisfecha y sobre Draco se extendió una pequeña sonrisa de derrota y cierta complacencia. Girándose para enfrentarla reconoció:

—Touché.

Hermione contribuyó en la recogida de los platos y sartenes y cuando todo estuvo apilado sobre el fregadero murmuró un hechizo con la ayuda de su varita y todos los objetos comenzaron a fregarse y a descansar sobre el escurridor. Después se encaminó hacia la habitación mientras Draco cambio la música permitiendo que la anestesiante voz de la vocalista de Portishead les envolviera.

De todos es sabido que del bolso del Hermione Granger pueden salir las cosas más insospechadas, pero un cepillo de dientes entraría dentro de lo común y ordinario. Draco curioseaba, sentado a los pies de la cama, cómo la chica lavaba sus dientes con entrega, como buena hija de dentistas que era.

—Déjalo, ahí —le ordenó cuando la chica salía del baño con el cepillo en la mano.

—¿El qué? —preguntó extrañada.

—El cepillo, déjalo en el baño, no te lo lleves.

—Pero es un cepillo de viaje —protestó—. Además, ¿para qué quieres que lo deje?

—Para que vuelvas, aunque sea para buscarlo.

Hermione volteó la cabeza hacia la repisa que descansaba sobre el lavabo para comprobar que sólo un cepillo de dientes se encontraba dentro de un vaso de cristal, solo uno. Ese pequeño acontecimiento le provocó cierta ansiedad. Se detuvo en valorar la situación con su acostumbrado pensamiento cerebral y analítico. ¿Qué significaba eso? Era otro paso más, otro paso que la acercaba a él, a una intimidad compartida y sintió miedo de nuevo. ¿Estaba segura? ¿Quería ir más allá de ese encuentro? ¿Dejaría que ese espejismo se desvaneciera para dar paso a algo real? Algo complicado, excitante, incierto y difícil, muy difícil. Buscó la respuesta en los ojos de Draco que esperaba inquebrantable con los brazos cruzados sobre el pecho. No necesitó nada más que esa imagen para convencerse, se giró y depositó su pequeño cepillo junto al otro, haciendo vibrar el cristal como una campanilla, a la par que decía:

—Ya está.

—Ven, tengo un regalo para ti —le pidió mientras sacaba una bonita caja de color púrpura envuelta con una cinta gris brillante del armario.

Ese gesto que había tenido la chica le envalentonó y se propuso jugar en ese momento todas sus cartas. Si la tenía que perder prefería que fuera en ese momento cuando todavía le quedaba un resquicio para protegerse y poder olvidar.

—¿Para mí? ¿Pero si no hemos salido de aquí en todo el día? —ahora si que estaba absolutamente desconcertada. Un regalo de Draco Malfoy era lo último que ella hubiera esperado esas navidades, en realidad no lo hubiera esperado jamás, aunque un cosquilleo, mezcla de curiosidad y júbilo se instaló en su estómago.

—Tenía pensado enviártelo con una lechuza pero ya que estás aquí… —le explicó mientras le extendía la caja—. Toma, Feliz Navidad.

Hermione sostenía el regalo en sus manos sin saber qué hacer. Un alubión de imágenes se precipitaba sobre su cabeza al tiempo que se esforzaba en hallar una respuesta coherente para todo aquello. Recordó las flores, la calabaza con bombones, las cartas. ¿Sería posible? Las piernas empezaban a temblarle y el corazón le palpitaba desenfrenado. ¿Draco Malfoy realmente era su desconocido enamorado? ¿Él le había escrito esas cartas? ¿Él le regalaba flores todas las mañanas? Demasiadas preguntas, demasiados sentimientos y de repente, todo era muy confuso. Aún sin abrir el regalo se sentó en la cama para evitar sufrir un desvanecimiento. Draco la contemplaba preocupado, desde que se habían encontrado por la mañana no la había visto tan azorada, tan vulnerable. Intuyendo que, ese pequeño cerebrito estaba sacando más conclusiones de las que le gustaría, se preparó para lo peor.

—Eras tú —musitó Hermione con los ojos vidriosos, esforzándose contener las lágrimas.

—¿A qué te refieres? —aunque esa pregunta era más retórica que otra cosa porque a esas alturas él ya sabía que Hermione había atado todos los cabos.

—Draco, no me mientas, has sido tú todo este tiempo —articuló con la voz quebrada—. No lo niegues o lo estropearás todo.

Draco no fue capaz de contestarle de inmediato y buscó refugio en las imágenes que el canal le brindaba desde la ventana. La escasa luz que penetraba desde el exterior provocaba que su esbelta figura estática y pensativa resultara casi atemorizante. Él solito se lo había buscado, debería haber sabido que ella no era una persona ingenua y frívola, que necesitaba respuestas. Pero, ¿sería capaz de dárselas? Casi se arrepentía de haber escrito esas cartas, de haberse expuesto de ese modo. Él siempre se protegía, no permitía que nadie accediera a sus sentimientos, dudaba incluso de sus propias emociones. Y ahora, ahí se encontraba, irritado, confuso, necesitado. Necesitado de ella. Necesitado de alguien que el dinero no podía comprar, de alguien que rechazaba su apellido y su estirpe, necesitado de una bruja hija de muggles testaruda y valiente, humilde y bondadosa. Necesitado de alguien que tan solo permanecería a su lado si era capaz de ofrecerle algo verdadero, que no se conformaría con una fachada. Solo dejándola entrar en los huecos profundos ella se quedaría para siempre. Sin mirarla respondió secamente:

—Sí.

Esa sola palabra provocó que unas lágrimas silenciosas se precipitaran por el rostro de Hermione aliviando toda la presión que sentía en el pecho. Estaba hecho, las piezas del rompecabezas que había sido su emocionalidad en los últimos meses comenzaban a encajar silenciosamente. Una ola de tranquilidad la inundó, su pequeño universo, revuelto y encriptado se descifraba por fin como si de un ejercicio de Runas Antiguas se tratara. Lo que una parte de su espíritu había estado anhelando incomprensiblemente se encontraba ante sus ojos. Se acercó muy despacio hacia él y le rodeo fuertemente con los brazos depositando el rostro sobre su espalda.

—Gracias —murmuró mientras pegaba todo su cuerpo al de su reconocido y deseado amor.

—No habrá más cartas.

—Pero aún me debes muchas flores, he llorado mucho por tu culpa.

—No me lo recuerdes —le recriminó duramente aún con la vista fija en el exterior.

—Está bien, pero me sigues debiendo muchas flores.

—No te preocupes por eso, siempre pago mis deudas.

Muy despacio, mientras permitía que las lágrimas se secaran sobre el albornoz de Draco dejó que sus manos se deslizaran por el pecho del muchacho buscando su desnudez, recorriendo sus formas en un deseo anhelante. Le necesitaba, deseaba sus besos de nuevo, que sus manos fuertes la apretaran, le aseguran que permanecía despierta, consciente de lo que sentía y deseaba.

Draco no se hizo esperar, se volteó y la aprisionó en un beso profundo. En segundos se encontraban de nuevo desnudos, frente a frente, avanzando en caricias excitantes, él buscaba el sexo de ella con sus dedos y una sonrisa maliciosa se le escapó en mitad del beso cuando comprobó toda la humedad que éste le brindaba fruto del ardor que ella sentía. Eso lo excitó aún más. Sin previo aviso la tomó y la sentó sobre la cómoda de cajones que se apoyaba en la pared, obligándola a recostarse sobre la misma y pidiendo paso, en un recorrido de besos, desde sus senos hasta su sexo. De los labios de Hermione se escaparon una sucesión de gemidos ahogados pero intensos cuando Draco, con su lengua fue acariciando toda su intimidad, despacio y delicado, para entretenerse en jugar con ese botón mágico que su organismo le había regalado para producirle el más vasto de los placeres. Allí permaneció entregado, cada vez más excitado por los ruidos que la chica creaba en su desenfreno e impulsado por los movimientos apremiantes que ella le devolvía con su pelvis, hasta que, sumida en una catarsis eléctrica, el orgasmo la alcanzó, derramándose completamente sobre él. Le gustó.

—Bueno —alcanzó a murmurar mientras intentaba acompasar su respiración—, si de algo estoy segura es de que a esto si que me voy a poder acostumbrar.

—Me alegro, aunque creo que yo no.

— ¿No?

—No, siempre voy a querer más.

—Obseso —le reprendió.

—Es lo que hay, Granger. Eso te pasa por enredarte con el lado oscuro —y continuó besándola.

Entregarse al sexo con Draco hacía que desaparecieran de un plumazo todos las contradicciones que la asaltaban cada vez que recordaba de quien se trataba. Enviaba al cuerno los insultos, los agravios, a los mortífagos y la guerra, hasta casi se olvidaba de sus amigos y lo que opinarían de todo eso. Para ella, era como una anestesia, y poco le importaba lo que les depararía el futuro, se entregaba en vivir ese presente, ese regalo.

Sintiéndose aún extasiada por todo lo que acababa de sentir le sujetó la cara con ambas manos para atraerle hacia su boca y perderse de nuevo en sus labios, saboreándose a ella misma y apremiándole para sentirle dentro de sí. Entregado en un sin fin de caricias y besos, Draco la penetró con energía dando rienda suelta a su impaciencia para danzar en su interior casi con violencia. Ella respondió veloz y mientras él la empujaba, una y otra vez, le rodeo fuertemente con las piernas para incrementar el contacto de sus sexos provocando que él se precipitará hacia el fin. Haciendo temblar los cajones de la cómoda, en un instante de comunión y entrega, otro orgasmo les alcanzó.

Cuando Draco recuperó el control de su cuerpo y de su mente, la tomó de nuevo para llevarla hasta la cama y recostarse junto a ella. Un sopor delicado les envolvió. Morfeo les invitaba a no pensar para mejor soñar. Así, permitiendo que sus cuerpos se entrelazaran, cerraron los ojos.

Aún quedaban unas horas, todavía había tiempo para más, para mucho más.

Plis-Plas

Violete Frost

Bueno, pues ya estoy con Mushroom Pillow III. Espero que os guste, de verdad.