Disclaimer: Todo los que reconocéis no me pertenece. Ya se lo que sabéis pero es mi obligación recordármelo a mí misma.

Siento mucho la tardanza, las cosas se complican en verano, ¿verdad? Aquí os dejo la tercera parte de Mushroom Pillow, espero que os guste. Y prometo que intentaré actualizar con mayor celeridad, aunque estoy hasta arriba de cosas. Además, creo que he estado un poco enfadada con Draco, pero ya nos hemos reconciliado y aquí estoy.

También los prometo a todas las chicas a las que sigo en sus fics que retomaré la lectura, aunque os suplico paciencia, de verdad que me falta tiempo, y por las noches estoy cayendo rendida.

A las que me leéis, miles de besos. Zefiro, para tí también.

Capitulo 8. Mushroom Pillow III


Abrazados y desnudos bajo el mullido edredón, Draco y Hermione se habían dejado llevar por un corto sueño reparador, que les brindaba un descanso, tras una jornada cargada de emociones y actividad. Sin haber intermediado más palabras le cedieron el paso a la necesidad que ambos sentían de ponerle freno a tanta energía desatada y así darse la oportunidad de integrar todo aquello que les estaba ocurriendo.

En el silencio de la habitación, apenas entorpecido por algunos ruidos que provenían del exterior, el timbre de un teléfono sonó impacientemente.

Draco, desconcertado y somnoliento, fue el primero en tomar conciencia de la llamada y despertarse, mientras Hermione aún ronroneaba a su lado y se resistía a espabilarse del todo.

—¿Sí? —articuló con la voz pastosa contestando al teléfono móvil que descansaba sobre la mesita de noche.

—Malfoy, soy yo Scamy —una voz chillona se escuchó al otro lado—. Tío, al final vamos a vernos esta noche. ¿Podrás venir?

—¿Esta noche? ¿Por qué? —preguntó algo sorprendido e irritado por el cambio de planes.

—Es que, por fin, he encontrado un vuelo para mañana. Si no nos vemos esta noche no podrá ser hasta pasadas las fiestas —se explicó el muchacho con premura—. Venga hombre, así lo celebraremos.

—Tengo planes.

—¿Y no los puedes cambiar? —insistió.

—Puedo, pero no quiero.

—Qué dulce, Malfoy —le reprochó—. Un día de estos te va a salir una úlcera.

—¿A qué hora habéis quedado? —preguntó ignorando el comentario sarcástico del joven.

— A las nueve, donde siempre —le confirmó—. Vienes, ¿o qué?

—No lo sé —dudó mientras acariciaba la cabellera de una Hermione que se había despertado y le interrogaba con la mirada—. Pero si voy, iré acompañado.

— ¡Ajá! Ya suponía yo que había unas faldas de por medio —comentó Scamy irónicamente—. ¿Así que por fin le vamos a conocer una novieta a solitario y hermético Malfoy?

—Calláte Scamy, me estás empezando a dar dolor de cabeza —se quejó Draco—. ¿A las nueve, dices?

—No te retrases, hoy brindaremos con champagne.

—Yo nunca me retraso, pero aún no sé si iré, ya te he dicho que tenía planes.

—Si que lo harás, no te puedes resistir, chaval —replicó con energía.

—¿Sabes una cosa Scamy? A lo mejor tenemos suerte y te quedas en España.

—Creo que no eres tan afortunado —rió Scamy tan estrepitosamente que hasta Hermione le escuchó—. A las nueve, rubito.

—Está bien —y colgó para dirigirse a la muchacha que le miraba demandante y rozar sus labios en un tenue beso.

—Lo siento, te he despertado —se disculpó.

—¿Quién era?

—Alguien que conozco, me propone un plan para esta noche. Pero iré sólo si vienes conmigo.

—¿De qué se trata? —preguntó en mitad de un bostezo.

—Prefiero sorprenderte, pero creo que te gustará —le sugirió—. ¿Quieres salir?

—¿Son magos?

—No, ninguno —respondió con seriedad.

— Vaya, ¿tienes amigos muggles? —esa revelación si que era una auténtica sorpresa para Hermione. Su mente podría estar acostumbrándose al nuevo perfil de Draco Malfoy, pero que tuviera amigos muggles era algo que se escapaba a su entendimiento, o por lo menos, al concepto que tenía de él.

—Yo tampoco diría que son amigos, pero creo que te gustarán.

—Ya veo —reflexionó un instante—. Está bien, voy contigo. Pero antes, creo que debería llamar a mis padres, es muy tarde.

—Toma —y le brindó el teléfono que aún sostenía en las manos.

Mientras Hermione le soltaba a sus padres unas cuantas mentiras muy bien armadas, involucrando en ellas a Harry y Ginny, ya que les decía que pasaría la noche con ellos en Grimmauld Place, Draco se dirigió hacia el salón a activar de nuevo el equipo de música, esta vez con la electrizante melodía de la Mathew Herbert Big Band.

—Teniendo en cuenta la ocasión, creo que ha llegado el momento de abrir tu regalo —le dijo mientras entraba de nuevo en la habitación.

—Ah, si, mi regalo —reconoció algo azorada—. Gracias de nuevo.

—No me des más las gracias y ábrelo.

Hermione se sentó en la cama y tomó el enorme paquete para abrirlo tímidamente ante la mirada expectante de Draco. En el interior de la caja, envuelto en un elegante papel de seda color violeta, descansaba un precioso vestido de cóctel negro, informal pero bastante elegante. Ese tipo de prenda que puedes vestir en casi cualquier ocasión sin desentonar. Un regalo muy propio de un Malfoy.

—Vaya, es precioso.

—Creo que quedará estupendo con esas bonitas botas de tacón.

—Pero…—comenzó a decir Hermione con pesadumbre —yo no tengo ningún regalo para ti.

—No es necesario.

—Pero me gustaría —se lamentó—. Espera un momento —casi chilló con una enorme sonrisa de satisfacción en el rostro—. Quédate aquí, no te muevas.

Draco obedeció, aunque en su rostro se había dibujado una expresión interrogante, mientras observaba como Hermione corría hacia la cocina en una exhalación.

Tiritando un poco por el frío que sentía, ya que se había lanzado hacia la cocina aún desnuda, se entregó velozmente en encontrar lo que andaba buscando. No tuvo que abrir más que dos armarios para encontrar, detrás de un azucarero y un bote de café italiano Kimbo, una lata de té Twinning English Breakfast. Vació el contenido de la bonita lata roja en un vaso de cristal y se encaminó hacia el dormitorio.

Desde la puerta y con la lata escondida detrás de la espalda le dijo a Draco:

—Cierra los ojos.

—¿Para qué?

—Tú ciérralos y no los abras hasta que yo te diga —le ordenó—. Cuando me acerque a ti tienes que hacerme cosquillas en la cintura.

—¿Qué te propones, Hermione?

—Es mi regalo —declaró—. Así que cierra los ojos de una vez.

—Está bien— se conformó Draco a regañadientes.

Hermione se acercó muy despacio hacia donde Draco se encontraba sentado, ya con los ojos cerrados, aunque con el semblante ceñudo por tener que hacer lo que menos le gustaba, obedecer.

Muy despacio Hermione tocó la lata con su varita y murmuró algunos encantamientos casi imperceptiblemente al tiempo que tomaba la mano de Draco para que descansara sobre su cintura. Éste, obedientemente, empezó a hacerle cosquillas y una risa cantarina y verdadera comenzó a escaparse a través de sus labios. Fruto de la magia que había realizado, los sonidos de su risa se fueron materializando en pequeñas notas musicales de vívidos colores que se encaminaban hacia el interior de la lata en procesión. Cuando hubo considerado que era suficiente y satisfecha también por la sonrisa que se escapaba de los labios del muchacho se retiró para cerrar la lata.

—Ya está —dijo— puedes abrir los ojos.

—Estás un poco loca, ¿no?

—Toma, Feliz Navidad para ti también.

Draco sabía lo que ese regalo significaba. Esa insignificante y modesta lata de té conservaba en su interior una de las cosas que más le gustaban de ella y que en una ocasión se había atrevido a revelarle a través de las cartas. Su risa. Sintió que su pecho se encogía y que, por primera vez, se había quedado sin palabras. Él, el astuto y mordaz Draco Malfoy, simplemente no sabía que decir. Posiblemente, aquella minúscula latita era el regalo más entrañable y generoso que había recibido en toda su vida. Ni todo el oro del mundo podría compararse con su lata de té. Se preguntó cuántas cosas más tendría que aprender de ella y se preguntó también si sería capaz de dejar que ella le enseñara a amar. Y en ese instante lo supo, solo ella tenía el poder de desvestir todas las capas impermeabilidad y miseria que le revestían para llegar hasta su corazón. La miró profundamente.

—Venga, ábrela —le apremió balanceándose sobre las punteras de los pies y palmeando las manos, adoptando una actitud muy parecida a la de Luna Lovegood.

Draco, intentando disimular la emoción, destapó la lata con sumo cuidado y de su interior emanó la preciosa risa de la muchacha. Su regalo, el mejor regalo de Navidad.

—Hermione Granger, vas a tener que dejar de hacer estas cosas.

—¿Dejar de hacer qué? —intentó averiguar.

—Dejar de ser perfecta —sentenció y la atrajo hacia sí para besarla como nunca antes había hecho. Con amor.

No separarse de ella y entregarse de nuevo a hacer el amor hasta el cansancio era un deseo poderoso que le cautivaba mientras se perdía entre sus rizos y el contacto de su piel morena, pero compartir con ella uno de los aspectos de su nueva vida que le hacían más feliz fue un deseo superior. Rompió el abrazo cuidado y le dijo:

—Creo que nos vamos a tener que vestir o no saldremos de aquí hasta mañana.

—Ummm, es tentador —sugirió Hermione con sensualidad.

—La noche es larga, habrá tiempo para todo —la intentó convencer con un tono seductor—.Creo que no te vas a arrepentir de lo que vas a ver.

—Está bien, vamos —se conformó—. Pero quiero el postre.

—Toneladas y toneladas de postre.

¿Qué cosas pueden salir del bolso de Hermione Granger? Pues, entre otros cientos de cosas útiles y necesarias, un conjunto limpio de ropa interior y una bolsa con maquillaje. Justo lo que necesitaba.

Draco, elegantemente vestido con un pantalón vaquero, una camisa negra y una americana gris oscuro, se acercó para observar a una preciosa Hermione que lucía orgullosa su vestido nuevo. Mientras ésta terminaba de agraciar sus labios con un toque de brillo en el espejo que decoraba el recibidor, le susurró:

—Sin menospreciar mi muy querida lata de té, creo poder afirmar que tú eres el mejor regalo que se pueda recibir.

—Draco Malfoy, no hace falta que te esfuerces con halagos y piropos —le sonrió mientras le enderezaba en cuello de la camisa—. Para mi desgracia, creo que ya he caído en tus redes.

—¿Qué redes? Yo no soy una araña, en todo caso una serpiente —protestó—. Y además, pienso hacerlo siempre que me da la gana, no te olvides que soy un Malfoy.

—Y yo una Granger, y los Granger nunca llegan tarde, así que vamos —le regañó.

—Eres muy mandona, ¿no? —se quejó Draco mientras cerraba la puerta del apartamento tras de sí.

—Como si no lo supieras ya.

En el exterior la noche había caído, aunque para tratarse de Londres, el cielo estaba despejado y se podían observar algunas estrellas. Sin embargo, hacía mucho frío y Hermione se abrazaba fuertemente el cuerpo cubriéndose el cuello con la enorme bufanda. A su lado, Draco caminaba relajado soportando mucho mejor que ella aquella gelidez nocturna.

—¿Cómo es posible que no tengas frío tan sólo con una camisa y la americana? —le preguntó extrañada.

—Es la costumbre, las mazmorras son mucho más húmedas y frías que la cálida torre de Gryffindor.

—Pero es que hace mucho frío.

—Anda, ven —le sugirió extendiéndole una mano para rodearla por los hombros y aportarle calor con su contacto—. Estamos cerca, caminando entrarás en calor.

Hicieron el camino en silencio, aunque Draco no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa constante al escuchar el castañeo de los dientes de la helada muchacha. De nuevo fue consciente de toda su fragilidad y un poderoso sentimiento de protección se apoderó de él. Hermione Granger era una guerrera, una persona decidida y valiente, pasional y testadura, una persona que sabía encontrar su punto de ternura pero que también le mantenía a raya. Ella aportaba el equilibrio y cuando se permitía dejar aflorar un ápice debilidad ahí estaba él, aunque solo fuera para protegerla del frío.

—Es aquí —anunció Draco señalando la entrada del local.

Hermione se detuvo un momento en contemplar el lugar. A lo largo la fachada de ladrillo del edificio se perfilaban, en alegres colores, los dibujos caricaturizados de famosos músicos y vocalistas de jazz y sobre la puerta de entrada colgaba un enorme cartel donde rezaba el nombre del local, Jazz After Dark.

Draco abrió la puerta y, educado como estaba en los modales de la alta sociedad mágica, dejó paso caballerosamente a su acompañante, la cual agradeció enormemente tanto el gesto como la calidez del lugar.

Dentro del club, decorado en el más puro estilo clásico de los garitos de jazz, con sus mesas y sillas de madera oscura y un pequeño escenario donde descansaban diferentes instrumentos musicales, se respiraba un ambiente festivo aunque aún no albergaba muchas personas. Hermione observaba cada detalle mientras se encaminaban al interior, deteniendo la mirada en algunos de las fotografías que poblaban las paredes hasta el techo. Se trataba de un lugar elegante pero cercano, con energía. Le gustó.

A la izquierda se extendía una barra y tras ella se ocupaba de servir cervezas un muchacho de unos treinta años, de frondosa cabellera negra rizada y vistiendo pantalones y camisa estilo de los años 50.

—Te decidiste a venir, Malfoy —saludó primero a Draco extendiéndole la mano, el cual se la estrechó, para descansar después una mirada inspeccionante sobre Hermione—. Mucho gusto, me llamo Françoise y soy el propietario de este humilde local.

—Un placer —le devolvió el saludo con el mismo gesto y una amable sonrisa—. Hermione Granger

—¿Qué queréis tomar?

—Un gin-tonic para mí —se adelantó Draco— ¿Y tú?

—Martini blanco, por favor.

—Vaya, vaya —la voz estridente de Scamy se hizo notar desde el fondo mientras se encaminaba hacia ellos con histriónicos movimientos—. Así que el rubito por fin nos va a presentar a su novia.

—Hermione, este es Scamy —dijo Draco cansinamente—. Scamy, haz el favor de comportarte.

—Qué estirado eres, Malfoy —se burló para luego lanzarse hacia Hermione y depositarle dos besos en las mejillas. La chica se desconcertó ante aquel comportamiento y soltó una risita nerviosa.

—No te asustes mujer, en España nos saludamos así, con dos besos —y dirigió una mirada reprobadora al Slytherin—. ¿Es que Malfoy no te lo ha contado?

—Uf, si supieras la cantidad de cosas que no me ha contado —respondió Hermione más relajada aprovechando la ocasión para aguijonear a su amante.

—Te entiendo, querida — contestó el español con complicidad al tiempo que la abrazaba por lo hombros—, en ocasiones puede resultar de lo más hermético. Ven te presentaré a los demás.

Draco, portando su gin-tonic y con una expresión ceñuda, les seguía a través del local en dirección al heterogéneo grupo que se reunía en una de las mesas junto al escenario. Poco a poco más personas iban integrándose en el paisaje del lugar.

Los saludos y las felicitaciones se fueron extendiendo por el grupo cuando los tres jóvenes llegaron. Entre ellos se lanzaron algunas miradas de complicidad y otras de aprobación cuando conocieron a Hermione. Scamy, auto erigido en maestro de ceremonias, fue presentando a la atosigada muchacha a cada uno de los integrantes.

Un grupo de personas de lo más variopinto y políglota que se pudiera imaginar. Un español, de maneras afectadas; Un alemán, calvo y con una enorme sonrisa; Un francés de origen argelino con el pelo cubierto de rastas hasta la cintura; Un belga, larguirucho y espigado que a Hermione le recordó a Neville Longbotton; Y una italiana, de mirada exigente y porte distinguido. Además de los dos únicos ingleses, ellos. Todos jóvenes aunque algo mayores que los dos magos.

Cuando, por fin, Draco pudo liberar a Hermione de las garras de Scamy, ésta aún intentaba recordar los nombres y las procedencias de todas aquellas personas que en cuestión de segundos la habían comenzado a bombardear a preguntas ante la mirada crítica de Draco.

—¿Te importaría si te dejo sola un momento? Francoise te hará compañía —le susurró Draco al oído.

—Pero… ¿Dónde vas? —Hermione se sintió momentáneamente insegura. No quería separarse de Draco, al menos no esa noche.

—No muy lejos, en realidad, no dejarás de verme —la tranquilizó aunque él se encontraba ligeramente nervioso. Al fin y al cabo, para los ojos de Hermione era un debutante.

—Si no queda más remedio —se resignó Hermione con un ligero puchero en los labios.

—Te sorprenderá. O al menos eso creo.

—¿Más? Pues creo que mi equilibrio emocional se encuentra francamente en peligro —aunque había utilizado un tono burlesco, la joven Gryffindor sentía que su cerebro se podía colapsar de un momento a otro por exceso de información y de emociones.

—Exagerada.

—Fanfarrón.

Sin que la chica se hubiera dado cuenta Françoise había abandonado la barra, en la que ya se encontraban otros camareros, y se sentaba silenciosamente junto a ella, portando sendos vasos, un whisky para él y otro Martini para Hermione. Los nervios de la muchacha agradecieron enormemente ese gesto y apuró la copa que ya tenía en las manos de un trago.

Divertidos y entusiastas el resto del grupo fue abandonando sus asientos en torno a la mesa para dirigirse al escenario e ir tomando posiciones en torno a los diferentes instrumentos que allí se encontraban. Draco, con elegancia tomó un saxo tenor y se lo colgó al cuello mientras le guiñaba un ojo a la chica que había abierto la boca de par en par ante tal escena.

Scamy, situado tras un ordenador portátil, dio comienzo a unas bases rítmicas de carácter latino y todos los demás se incorporaron en una ejecución armónica e integrada, inundando el local en una fusión de melodías. La voz, vibrante y enérgica de la italiana no se hizo esperar, proyectándose a lo largo y ancho de todo el lugar. El tema, una versión del Smooth Operator de Sade.

Hermione contemplaba embelesada y orgullosa como Draco se entregaba en sacar de su instrumento unas notas perfectas y calculadas, le recordó a su estilo de vuelo cuando el muchacho jugaba a Quidditch. Si bien, Harry volaba de un modo instintivo, la forma de volar de Draco era perfeccionista y entrenada, sus giros eran metódicos y perfectamente adiestrados, como ahora su forma de tocar. Una ejecución perfecta. Y no por ello carente de emoción, porque, por primera vez en su vida, Hemione estaba presenciando a un Draco entregado, emotivo, pasional.

Los temas se fueron sucediendo unos a otros, todos ellos versiones de canciones conocidas para ella. Sobre Hermione se extendió una enorme sonrisa cuando observó como el cuerpo de Draco se balanceaba al son de la música acompasado con los movimientos de Wig, el alemán, que portaba un trombón de varas y Nicolae, el trompetista belga. En aquel momento, no parecía el estirado y distante Malfoy que ella estaba acostumbrada a rozar, por el contrario, sobre ese pequeño escenario ahora se encontraba un joven transformado, que no guardaba apariencias y que se dejaba llevar por cada una de las notas que sentía en todo su ser.

Se enamoró, aún más.

El local, en esos momentos, abarrotado de personas, bullía de energía positiva, de gentes que se movían al ritmo de la música, divertidos y entusiastas, al igual que los músicos. Hermione se dejó llevar por el momento y se lanzó a bailar sin apartar la mirada un segundo del apuesto joven y su saxo.

Después de más de una hora de excitante música el concierto tocó a su fin. Draco buscó con la mirada a Hermione que sudorosa y extasiada se acercaba hacia el escenario para encontrarse con él.

—¿Y bien? —le preguntó mientras la rodeaba.

—Casi no tengo palabras.

—Imposible, Hermione Granger no tiene nada que decir —se burló.

— Vámonos —le ordenó.

— ¿Qué?

— Que nos vayamos, lo que tengo que decir no puedo hacerlo con palabras —replicó Hermione con picardía.

— Andando.

La despedida fue veloz, ninguno de los dos tenía mayor interés en permanecer allí por más tiempo. Hermione no cabía en sí de felicidad, la mirada que Draco le dirigía en todo momento estaba cargada de expectativas y esa dosis de liviandad que había descubierto en él y que tanto le gustaba. Después de todos esos años, por fin había encontrado donde se hallaba el punto débil de Draco Malfoy. Ella misma, ella era su debilidad.

Se abrocharon de nuevo sus abrigos y se dirigieron hacia la salida, saludando desde lejos a Françoise con la mano, él cual les devolvió una mirada cómplice desde la barra del bar. La puerta de Jazz After Dark se cerró a sus espaldas dándoles paso a una noche cerrada, fría, donde la niebla se había apoderado de las calles y una profunda sensación de desasosiego se instaló en el corazón de la chica. Algo no iba bien. Draco apretó los labios, tampoco se sentía cómodo.

No habían avanzado ni unos pocos metros cuando una sombra se interpuso en su camino. Como casi salido de la nada, rodeado por la espesa niebla, una voz conocida por ambos les sobresaltó.

—Vaya, vaya —siseó Zabinni, el cual parecía haber crecido bastante en el último año. — Así que correteando con Granger, ¿eh Malfoy? Es lo mínimo que se puede esperar de un traidor.

En la aterradora oscuridad el corazón de Hermione comenzó a martillearle como si de cientos de tambores celtas se trataran.

Toda su felicidad se esfumó de golpe. De nuevo los mortífagos iban a arrebatarle lo que más amaba.

Una lágrima se derramó silenciosa por su rostro. Otra vez no —pensó.

Chim-pum

Violete Frost


Anotación musical:

La formación musical a la cual pertenece Draco está inspirada en dos grupos que me gustan enormemente, tanto por lo alegre de su música como por lo enérgica y potente que puede llegar a ser. Se trata de Sr. Coconut (grupo de alemanes con vocalista venezolano que hacen temas propios pero también versiones de canciones muy conocidas con bases rítmicas latinas y formato big band, aunque en chiquitito) y Fuel Frandango (formación española integrada por una vocalista de estética a lo Betty Boop más guitarra y batería). Os lo recomiendo a ambos.

Voy a colgar unos enlaces en mi perfil por si os apetece echar un vistado.

Besos calurosos