Capítulo 2: El lobo rojo.

Aspiró una gran bocanada de aire antes de tocar el timbre de la mansión, y en esos segundos más, dio una última pitada al cigarrillo y lo aplastó contra el marco de la puerta. El tiempo suficiente para escupir el humo gris y tensar una sonrisa cuando abrieron la puerta de sopetón.

-Buenos días.- musitó la anciana mujer, Zuko no supo distinguir si se trataba de Lo o de Li.

Y como no era muy dado a las palabras, cabeceó en saludo. La mujer se quedó de pie allí, mirándolo con expresión aburrida.

-Lo, tiempo de verte.- dijo, aunque casi lo gruñó. No era dado a las presentaciones, ni a los saludos. Ni a las palabras en general.

-Li.- corrigió la mujer y arqueó una ceja. Sin disimulo, examinó la vestimenta casual de él de pies a cabeza.- Mucho tiempo, Zuko, adelante.

La anciana se movió de la entrada y le permitió pasar, con algo de horror, Zuko contempló la pálida magnificencia de las paredes blancas de aquella mansión y los detalles oscuros del rojo sangre en cortinas y alfombras. Solamente el tono apagado de la madera fina le daba sosiego a la maltratada visión de su ojo izquierdo. Todo estaba exactamente como lo había estado antes de aquello, y lo horrorizaba volver a revivir las escenas en su mente.

Se acomodó los lentes empujando desde el puente y pasó su mano por el pelo azabache alborotado.

-¿Necesitas hablar con tu padre? Él no se encuentra, sabes que debes pedir una cita con anticipación para verle.- espetó la mujer, de pie aún a escasos metros de la puerta.

Zuko reprimió las ganas latentes que tenía de lanzarse encima de aquella vieja y dejarla reducida a un amasijo de huesos y carne irreconocibles. Pasó saliva con dificultad, era estúpido creer que todo su odio se iría así sin más. Necesitaría de una eternidad para olvidarlo. Instintivamente tocó debajo de su ojo izquierdo, sintiendo el vestigio de la cicatriz, una luneta rojiza y tersa que le cruzaba todo el pómulo.

- Lo y yo estamos a cargo de la mansión, tu hermana, está aún en la facultad. ¿Qué es lo que necesita, joven Zuko? No tenemos tiempo para perder, el evento del que su padre será anfitrión lleva tiempo y esfuerzo organizarlo.- instigó la anciana, mirándolo directamente otra vez.

Zuko le regresó la mirada dubitativo, cerró los puños dentro de los bolsillos de su campera. –Esperaba poder hablar con ellos, ahora que he regresado a la ciudad. De todas formas, no tendrán que preocuparse por mí, no espero dinero ni nada parecido. Tío Iroh se ocupará de mí y mis gastos en la facultad.

Li lo miró por extensos segundos, probablemente analizando cada una de las palabras y buscándole una falla o una trampa. Esas desagradables tutoras siempre habían buscado algo maléfico en el primogénito de Ozai, y finalmente habían encontrado la excusa para enviarlo lejos. Zuko sabía que era cuestión de tiempo antes de que la anciana diabólica consiguiera sacarle información para presionar luego su salida de, si le era posible, el país.

Así que se mantuvo en silencio, evitando hablar por demás. Y ella por fin le respondió:

-Supongo que de ser así, no necesitarás de una cita con tu padre, pero le informaré de tu decisión.

Asintió firmemente y giró automáticamente sobre sus talones, encendido de furia, entendía aquello como una despedida forzosa, más bien lo estaba echando. Azotó la puerta tras de sí y bajó los tres escalones de la entrada de un salto.

- Todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario. Vieja de mierda…- gruñó con ira contenida. Subió al auto rápidamente y buscó en el bolsillo de su pantalón otro cigarrillo, sosteniéndolo entre los labios en tanto buscaba su encendedor y lo prendía. Echó un último vistazo a la mansión antes de encender el motor y hacerlo rugir, finalmente salió del estacionamiento.

Había cumplido con lo que le había prometido a Iroh, a pesar de que sabía no iba a conseguir nada bueno a cambio. Aunque, eso le daba a su insoportable hermana una excusa para buscarlo y hacerle la vida imposible. Aún así, había aprendido a mantener sus promesas. E iba a mantenerse firme en su decisión.

Leyó la señal que lo llevaba de vuelta al centro de la ciudad y dobló en la bifurcación de la calle. Masajeó sus sienes y trató de recordar dónde había guardado los tranquilizantes y los somníferos, estaba seguro de que esa noche le sería imposible dormir.


-¡Pero qué mierda! ¿Estás ciega? - chilló el estúpido conductor desaforado del auto rojo cuando ella ignoró el semáforo de peatones e intentó cruzar la calle. La música en su mp3 estaba lo suficientemente baja para escuchar las palabras altisonantes que el considerado hombre le dedicaba. Decidió ignorarlo, sin dejar de correr, con el apuro que llevaba y la forma rápida en que estaba cayendo la noche, le importaba más no ser asaltada y violada en esas sucias calles que ser arrollada. Lo primero era bastante más traumático, por lo menos para ella. Y se preguntó cuándo Ba Sing Se había dejado de ser una ciudad segura para pasar a esa decadencia, sobretodo por las noches.

Aún así y en su mente, se encargó de memorizar la patente del mercedes rojo que pasó rugiendo por la calle y que casi la había arrollado. Solamente por malicia, algún día podía encontrarse con él y rallar con su llave la pintura del auto caro. Una sonrisa ladina cruzó su rostro moreno ante la idea.

Varias cuadras después, llegó al edificio en el que estaba su departamento y abrió la puerta con cansancio, prácticamente se arrojó dentro del ascensor y tras apretar el número de su piso, se sentó en una esquina, para aflojar las piernas y que sus pies dejaran de latir. Decir que estaba agotada era poco, se sentía más bien como una muerta viva, o un ánima en pena.

Cuando el ascensor se detuvo en el segundo piso, se obligó a pararse y arrastró sus pies hasta la puerta de su departamento. Metió las llaves, las giró y entró.

-¡Sokka! ¡Carajo! ¡Todo está prendido otra vez!- chilló con la voz estrangulada y apagó enseguida el equipo de música, la televisión y bajó el ritmo del ventilador a la mínima. Cuando se acercó a la puerta de la habitación de su hermano, lo encontró durmiendo, con las luces del televisor de su habitación jugando a hacer sombras en su cara. Con un suspiro, apagó los aparatos y cerró la puerta.

Ya eran las diez de la noche y Sokka probablemente no hacía mucho que estaba en la casa, aún así, se las había arreglado para desordenarlo todo y Katara se vio obligada a regresarlo todo a su lugar y limpiar un poco. No quería que su padre volviera y se disgustara con el estado del departamento. Cuando terminó y pudo darse un baño, salió a comer los restos fríos del medio día al apretado balcón que le daba una vista más apacible de algunas partes de la ciudad. Todo era matices de negro y titilaban luces rojas, amarillas y blancas. En todos lados y a todas horas. Y ella sabía que iba a volverse loca algún día, así que ya tenía planes para, después de recibirse, irse lejos de aquella ciudad bulliciosa. Tal vez, volver a su ciudad natal.

La cena fría no había sentado de todo bien a su estómago, pero la redujo con varios vasos de un artificial jugo de naranja y mordió un pedazo de pan, tratando de contrarrestar el sabor. Sabía que Hakoda no iba a volver hasta la madrugada, su guardia policial no terminaría hasta varias horas más. Jugó un rato con las arbejas en el plato hasta que el aire frío se le coló hasta los huesos y se decidió a irse a dormir. No había mucho más que hacer, solamente despertar temprano, estudiar un rato y correr hacia sus clases.

Aunque, antes de que pudiera despegarse del sillón metálico en el que estaba sentada, escuchó el inconfundible rugido de ese auto y se asomó rápidamente para espiar. En el edificio de al lado -uno que era más bien un sistema de casas pequeñas emparentadas por la cochera y la entrada que simulaba un mismo edificio-, vislumbró el mercedes por entre las rejas negras abiertas hacia los costados. Debía estar alucinando, así que para comprobarlo, tomó un cascote pequeño que se había desprendido del hormigón y trató de, con toda su puntería, golpear al menos la reja. El sonido metálico y hueco que hizo su pequeño cascote probablemente alertó al conductor, que salió desde algún lugar y cruzó la reja, examinando la causa del ruido. Katara, aunque jamás lo admitiría, se asustó tanto por la silueta alta que salió de la nada que se arrojó al suelo, apenas asomando su cabeza por encima del balcón de hormigón.

La silueta levantó la cabeza para mirar hacia su edificio, pero no hizo mayores intentos de atrapar a la cosa que había tratado de atacar a su automóvil, y en cuanto ella lo vio entrar al mercedes y desaparecer finalmente, entró a su casa. Con la vaga esperanza de que si algún día tenía la oportunidad, utilizaría sus llaves para dibujar en la pintura roja.


Entró, exhausto mentalmente, sabía que lo estaba, de los nervios ya el atado de cigarrillos que había comprado esa tarde estaba completamente vacío. Se rió de su falta de voluntad para dejar ese vicio, aún cuando creía que lo tenía controlado después de haber dejado de fumar por lo menos dos años. Por supuesto que, ahora que cuando su pulso temblaba tanto que agarrar una taza de café era peligroso, Zuko recurría a los cigarrillos cuando sus pastillas estaban fuera de horario. Adicción, su tío decía que eso era una adicción. Para él de todas formas era un problema-solución más en su lista.

La pequeña casa de planta alta en la que estaba instalado era bastante acogedora. En realidad pensaba que su tío se había excedido, pues más bien parecía un lugar para una pequeña familia o por lo menos una pareja. Todos los muebles que habían allí eran los que ya estaban cuando él había llegado, excepto por el escritorio y la biblioteca instaladas en uno de los cuartos, regalos de su tío. Eran muebles más bien desnudos, diseñados fríamente para cumplir su función. Típicos muebles de oficina, pensó Zuko, deslizando su dedo y comprobando en él que la fina capa de polvo ya crecía sobre la madera. Abrió la notebook y se fijó en la hora, por increíble que fuera, no había ni relojes ni televisión en su vacía casa de paredes amarillas.

No recordaba en realidad qué había dejado en la cocina ese mediodía, pero hizo un intento por cocinarse algo más especiado que arroz blanco con queso o fideos con aceite. Según su notebook ya pasaban las once, así que para cuando terminó de cenar el arroz con tomate y huevo frito, se dirigió a la ducha y se lavó rápidamente. Para alguien que nunca había experimentado el placer de la soledad al vivir sin nadie más que uno y el silencio, la experiencia de andar en ropa interior -se dijo a sí mismo que dentro de poco, cuando todas las cortinas estuvieran en su lugar, sería completamente desnudo- fue bastante liberadora. No había allí ni sirvientas, ni mozos, ni amas de llave, ni gente de ningún tipo. Se preguntó si algún día extrañaría el bullicio de una casa llena de gente.

Lavó los platos y salió a la terraza que le tocaba por vivir en plante alta. A pesar de que tuvo consideración en usar shorts y camiseta solamente por si corría algo de viento. Subió las escaleras caracol que estaban en el estirado balcón al costado de su casa y pisó la terraza aspirando el frío aire. Las pastillas no tardarían en hacer efecto y la somnolencia se haría cargo de él, como siempre después de tomar dos o tres, pero en esos momentos no le importaba demasiado y disfrutó la sensación del aire revoleando sus cabellos, como si fuera una caricia. De esas a las que no estaba acostumbrado.

Se tendió cuan largo era sobre los adoquines color ladrillo y miró vagamente a su alrededor, había instalados dos grandes caños ya oxidados en los que pasaba un alambre, rudimentario artilugio para tender ropa, se dijo, y una parrilla construida con cemento a la que le faltaba el armazón de hierro donde se apoyaba la carne. Hacia arriba, un gran edificio tapaba a su izquierda la vista de la ciudad y en el cielo había algunas estrellas brillantes. Por supuesto que cuando se aburrió, sus ojos fueron directo a las ventanas iluminadas del gran edificio. Se le hizo especialmente interesante una silueta en el segundo piso de pie frente a la ventana y frunció el seño ante la idea de que esa persona pudiera estar espiándolo.

Sintiéndose algo invadido, levanto el puño y estiró el dedo medio en una clara seña obscena, únicamente para dejarle en claro al mirón o mirona en la ventana que él no era un espectáculo de circo, que bien perdía su tiempo ahí parado. Y aunque no lo estuviera espiando, la sensación de paranoia no lo abandonaba hacía años, así que se sentía mejor siendo así de agresivo que sintiéndose acorralado como una rata en un rincón.

Justo cuando iba a ponerse en pie, el mundo dio vueltas para él y finalmente se desplomó en el piso a causa del efecto de los somníferos. Le dolió un poco la cabeza al principio pero sus ojos se cerraron lentamente, víctima de un sueño que de otra forma no podía concebir. No pensó realmente si iba a enfermarse, aunque el viento estuviera soplando más fuerte y la noche se hiciera evidentemente más fría cada vez.


Hola otra vez! El capítulo no es especialmente extenso, pero tenía pensado dar una introducción a todos los personajes antes de explayarme realmente (esto no quiere decir que la historia no avance en tanto, pero me gustaría que los conocieran más a fondo ;) ), como comentario, puedo decirles que la relación más enfermiza (o extraña, como quieran llamarle, a mi me gusta decirle enfermiza) va a ser más bien la de Aang y Toph (no por que contenga cosas morbosas o algo así, es la propia locura de ellos ;) ), pero el más traumado, como siempre, es Zuko! :P ( O bah, deberían de conocer a Sokka… esto va a ser una competencia!). Comentarios, críticas y demás serán bien recibidos, además de que hace que den más ganas de escribir! Jeje… cualquier duda pueden preguntar, ojo!, tampoco que vaya a contarles toda la trama o todos los detalles... pero pueden curiosear un poco, que voy a responderles (por mensajes privados – no sé bien como se llaman acá – o contestando sus reviews – también privado.. jaaa!-)

Es todo, me despido ahora sí, espero les haya gustado la lectura, Alumine.