Buenas! tardé demasiado, lo sé, pero acá está el siguiente capítulo, en fin, que lo disfruten!


Capítulo 4: Guerrera

Fuera, el día se aclaraba, los nubarrones que había visto la noche anterior se habían dispersado, y por la ventana entreabierta oía el canto de los pájaros.

Simplemente insoportable. No podía seguir durmiendo así.

Azula levantó la cabeza de la almohada, con los labios apretados y el seño fruncido flageló con la mirada a la dichosa ventana, como si con eso se cerrara automáticamente. Le echó un vistazo general a su habitación, que estaba ordenada otra vez, ni siquiera el vestido que había usado para salir la noche anterior estaba tirado en el piso. Y ella estaba segura de haberlo dejado ahí.

-La estúpida mucama…- gruñó, saltando de entre las sábanas blancas de seda, buscó algo con qué vestirse y entró al baño, necesitaba ducharse para aclarar sus pensamientos.

El agua le repiqueteaba en la nuca, mientras tanto trataba de recordar con claridad hasta el último detalle de la noche anterior. La música fuerte, las luces de colores, la gente bailando a su alrededor, las miradas depredadoras de los hombres hacia ella y sus amigas, incluso recordaba a varios de ellos acercándose con las intensiones de bailar con ellas y mucho más. Pero el alcohol de por medio no la dejaba pensar con claridad. El dolor de cabeza era insoportable, la cruda, resaca, como quisiera la gente llamarle, estaba acabando con su humor. Saldría de allí y arrojaría por las escaleras al primer idiota que osara molestarla. Y eso podía lograrse hasta con una palabra.

Tras un buen rato, cuando notó que las yemas de sus dedos se estaban achicharrando, cerró la ducha y se secó, vistiéndose luego con una remera negra y shorts. Últimamente hacia calor, aunque no le desagradaba eso, detestaba el frío.

La mansión estaba en silencio, ni siquiera las rondas de sirvientes por los pasillos, nada. Aunque le extrañaba aquello, Azula agradeció no tener a ningún estúpido que esperaran un saludo y una sonrisa. Llegó hasta el comedor, de paredes blancas y cortinas negras y rojo oscuro. Las mesas tenían un color caoba oscuro y detalles en rojo sangre, en tanto el mantel blanco contrastaba con el cubre mantel rojo. Todo rojo, siempre rojo.

Estúpido color, pensó, sentándose y escondiendo la cabeza entre los brazos.

-Azula, buenos días. Enseguida traerán tu desayuno.- escuchó la voz de la anciana, agradecía que no se le hubiera ocurrido levantar la voz, de hecho, la voz de ella y su hermana eran como el siseo de una serpiente.

-Buenos días.- se esforzó por normalizar su voz, aunque no levantó la cabeza más de quince centímetros.

Lo desapareció un instante después y Azula desfrutó luego de su desayuno en total silencio, paz. Le gustaba el hecho de que los sirvientes y demás estuvieran ocupados con tareas fuera de la casa o en el jardín. Y recordó el evento social que planeaba realizar su padre, que se desarrollaría en los jardines al este de la mansión, entre los campos de golf y los magníficos jardines florados. Sintió cierta punzada de un sentimiento que no pudo definir, nadie ocupaba ese jardín desde que su madre había fallecido tantos años atrás, a pesar de todo, su padre mantenía aquel lugar intacto. Era un cuadro de nostalgia innecesaria de mantener, si fuera por ella, habría otros dieciocho hoyos más.

Recordó que había dejado su celular en la habitación y seguramente tendría un millón de mensajes y llamadas perdidas de Ty Lee. Su amiga no perdía el toque hiperactivo ni con la resaca encima. Así que cuando llegó e ignoró los avisos de mensajes y llamadas, marcó el número de la chica en segundos.

-¡Azula! ¡Qué bien que me llamaste, por que traté de hablar contigo todo el día y ahora recién apareces!- Ty Lee sonaba como si hubiera corrido mil maratones, y estaba segura que ella sí podría hacerlo, aún con el cansancio derivado de la noche anterior.

-Ty Lee… ¿Estás en el centro comercial otra vez?- preguntó, destilando cinismo en sus palabras.

Podía ser que ella cargase con cerca de veinte bolsas en sus delicados brazos de niña rica.

Su amiga soltó un chillido eufórico, y Azula estaba segura que ella había visto una buena oferta.- ¡Sí! ¡No hay nada mejor que una buena compra matutina para aliviar la resaca!

¿Pero qué carajo tenía que ver una cosa con la otra?... bueno, era Ty Lee. ¿Qué se podía esperar de ella?

-Entiendo.- contestó con desinterés, en tanto revolvía el café que le habían traído. Las medialunas en aquel plato se veían deliciosas.

-¡Pero esta vez es para una buena causa!- su amiga vociferó, en tanto su voz daba un giro solemne.

-¿Cuál?- suspiró, rondando los ojos. Tanta felicidad le iba a causar una alergia.

-¡Voy a donar una gran parte de mi ropero a la caridad! ¡Y eso quiere decir que necesitaré mucha ropa nueva por la que voy a dejar ir!- chilló desde el otro lado de la línea, en una mezcla de ingenuidad y alegría.

Bendito consumismo, Azula pensó e hizo una mueca, le hacían mucha gracia las ideas de esa mujer.

-En fin, quería avisarte que Mai vendrá a la ciudad. De repente tiene cosas que resolver aquí, pero no me dio más explicaciones ¿Raro, no?- Ty Lee parloteó, Azula escuchó más palabras del otro lado de la línea pero no prestó atención, ya que no se trataba de nada más que su amiga y la dependienta de alguna tienda en una charla sobre moda.

Le pareció curioso, siempre había estado segura que Mai se sentía a gusto con su lugar de residencia. Además, ella había sido por algún tiempo el único contacto con su hermano. Por medio de ella, supo que Zuko se había recuperado de su lesión y que estaba estudiando. Eso, hasta que ellos rompieron su relación definitivamente, aunque Mai no la buscó para desahogarse después de aquello, así que Azula no se estuvo al tanto hasta que Ty Lee comentó un día lo de su ruptura. Simplemente pensó que ella tenía otras amigas más cercanas a quien irles con el llanto.

Y no le molestó. De hecho, lo que le hastiaba de aquello era que su relación era con su propio hermano. Un vástago indeseable, según su padre.

En fin, se despidió de Ty Lee y dejó el celular a un costado, en tanto terminaba de un solo sorbo su café y las medialunas.

Al día siguiente tenía que ir a la facultad, un fin de semana de fiesta estaba bien, pero si quería seguir manteniendo sus excelentes notas en abogacía para comenzar rápidamente ciencias políticas, no debía perder el paso.

La ambición era algo bueno, eso siempre le decía su padre. Y ella captó el mensaje enseguida, así, se llegaba más lejos, se era más poderoso.

Una verdadera lástima que su hermano mayor no hubiera entendido a su padre, tal vez así él hubiera perdonado aquel accidente. Zuko siempre había sido un niño malcriado y disperso.

¿Cómo estaría ahora?

Negó con la cabeza y terminó de masticar. Volvió a su habitación y se dio un cambio de ropas, shorts rojos, una remera negra con escote en v, pañuelo carmesí a juego cayendo por sus hombros en un toque casual y sus gafas para el sol. Pasaría por la casa de Jet, a buscar unos apuntes y trataría de sacarle información con respecto a Zuko. Había escuchado a Lo y Li hablar de él y de su "desacato por quemar el cigarrillo en el marco de la puerta".

Con esa cara de niño bueno y penoso que había tenido siempre, no se lo imaginaba con un cigarrillo en la boca. ¡Qué diría su madre de eso! Se sonrió, el cinismo impregnado en ella.

La ciudad no estaba tan transitada como otros días, aún así, los parques y plazas estaban llenos de niños jugando y de madres y padres, incluso abuelas, chusmeando y tomando meriendas. Ya eran las cuatro de la tarde y por dentro maldijo el haber perdido gran parte del día. Era pleno domingo, Jet tenía que estar en casa, otra víctima de la resaca.

Estacionó frente a la casa y se acercó, Jet vivía en una pequeña casa de soltero. Es decir, y aunque Azula no había ido más allá del recibidor, aquello debía ser un perfecto caos. Ni siquiera tenía intenciones de ir más allá. Tocó el timbre y esperó a que la atendieran. Esa casa estaba frente a una de las plazas, aunque esta era más concurrida por adolescentes con ganas de drogarse tranquilos. Seguramente, Jet, un tipo tan anormal como él, también se había dado unas vueltas por ahí.

Pasaron unos momentos más antes de que la atendieran, pero no era su compañero de clases, sino un chico alto y de tez morena, barba incipiente, ojos verdes y pelo largo chocolate, lamentablemente con rastas hasta los hombros. Tenía la contextura de un jugador de rugby y Azula lo miró de pies a cabeza. No estaba mal, pero si era amigo de Jet, significaba mala junta.

-Buenos días.- le dijo, y sonrió de forma amigable.

Se quitó con elegancia las gafas y lo miró fijamente con sus ojos dorados, el chico pareció perderse por varios segundos. O estaba drogado o era una víctima más de los efectos que producía en los hombres.

No es que tuviera los humos por el cielo. Simplemente era cierto.

-Buenos días.- contestó, apoyó sutilmente la pata de sus lentes de sol en sus labios y sonrió sin mostrar los dientes.- ¿Jet está?

El chico titubeó, lo vio apretar los labios un segundo antes de despabilarse.

¿Oh, entonces fueron las drogas? Pensó, divirtiéndose con el cinismo.

-En realidad no lo sé, estaba ordenando mis cosas y no estuve al tanto si salió o no. ¿Quieres pasar? Lo llamaré enseguida.- abrió la puerta y se apartó, Azula lo pensó unos segundos y finalmente accedió a entrar a la casa.

Ok. Estaba mucho más ordenado y sobrio de lo que se había imaginado.

-Por cierto, soy Haru, acabo de mudarme.- siguió él, que la alcanzó y se paró frente a ella, esperando con expectación su respuesta.

Ella arqueó una ceja y sonrió.-Azula, un gusto.- contestó y extendió su mano hacia él. Ni loca dejaba que le diera un beso en la mejilla, quién sabe qué olor tendría en su cabello de aspecto mugriento o si su barba le pincharía. No le agradaba demasiado el vello facial. Haru tomó con delicadeza su mano y dejó un suave beso allí.

Un caballero rastafari, pensó, sonriendo aún más, realmente le parecía curioso. Quizás hasta podía divertirse a sus costillas.

Oh, por que no creía en el amor y esas cursilerías. Pero eso ya lo sabía cualquiera que se acercara a ella. Tener cuidado o ser mordido por la serpiente, y morir envenenados.

-Un placer.- acotó él, sonriéndole también. Sus obvias intenciones de continuar sosteniendo la mano de ella se le hicieron hasta graciosas, un roce innecesario se recordó, y se apartó, tomando asiento en el sofá frente a la televisión.

-Busco unos apuntes de la facultad que le presté a Jet, y que no me devolvió.- le comentó desinteresadamente.

Siempre supo de las intenciones de Jet para con ella. Y a veces se hartaba de sus insinuaciones, pero cada tanto le divertía pasar un tiempo con él. Era un tipo astuto y casi tan ambicioso como ella, simplemente se divertían juntos.

-Oh, dejó sus apuntes por aquí, estoy seguro, lo vi estudiar ayer.- Haru miró a su alrededor y fue hasta el escritorio, donde se apilaban varios libros y carpetas.-Por aquí debe estar, ¿Quieres buscar? Le preguntó amablemente y ella asintió, se incorporó y fue hasta él, que la seguía con la mirada atentamente.

Hombres, tan obvios.

Buscó y efectivamente, uno de sus dos cuadernillos estaba ahí.-Tendré que pasar luego por el otro, o esperar a que Jet se acuerde de devolvérmelos, cosa que creo imposible.- casi escupió lo último, fastidiada por la idea de atrasar sus estudios.

-Se lo recordaré por ti.- Haru le sonrió, mientras la acompañaba hasta la puerta con algo de reticencia.

-Gracias, supongo.- contestó Azula, mirándolo desde el rabillo del ojo. No fuera a ser que el buen chico Haru fuera a llevar su mirada fuera de su cara. No le gustaba para nada ser tratada como un pedazo de carne.

Él tomó la iniciativa para saludar y le plantó un beso en la mejilla, en consecuencia, su barba le escocía en la mejilla y se preguntó si no se le irritaría su piel, que era muy sensible. Se colocó las gafas y no miró atrás en ningún momento. Antes de arrancar su auto, envió un mensaje de texto a Ty Lee. Iría hasta su casa, tenía que saber más sobre Mai y su amiga era la única que tenía información fresca al respecto.


-Sí, so…soy yo.- tartamudeó estúpidamente, mirándolo expectante, con los ojos muy abiertos. Era impresionante, le llevaba por lo menos una cabeza y tenía un pecho amplio, llevaba una remera roja estampada y jeans oscuros. Tenía ese atractivo... peligroso.

-¿Esto es tuyo?- preguntó, sacando de su bolsillo el bendito llavero. Katara asintió, mirando fijamente el llavero, no estaba segura de poder enfrentar su mirada.

-Entonces podrás ayudarme.- le dijo, con un tono que no daba derecho a replicas y se dirigió a la dependienta del quisco.- ¿Ya te dijo que iba a llevar?

La mujer lo miró fijo unos segundos, con un gesto dubitativo, finalmente suspiró.-No.

Katara giró sobre sus talones, mientras sondeaba los aparadores del lugar.-Em, sí, quiero… aquel paquete de galletas y… ¿Leche?- dijo, intentando recomponer su voz. ¡Mierda! Ahora iba a tener que encontrar la forma de escaparse de aquel idiota. Sentir la respiración pesada de él detrás suyo le causaba escalofríos.

Como no podía estar más nerviosa, al momento de pagar, comenzó a revisar sus bolsillos y no encontraba el dinero por ninguna parte.

-Tome.- la voz ronca de él la sacó de sus pensamientos, quien depositó sobre el mostrador un billete y le indicó a la mujer que se quedara con el vuelto, ante la mirada atónita de Katara, que apenas si abría y cerraba la boca sin emitir sonido alguno.

Su vecino la tomó de la muñeca y tiró de ella, indicándole que lo siguiera.

-¿Por… por qué hiciste eso? ¡Yo podía pagarlo!- le reclamó cuando pudo unir más de dos palabras mentalmente.

-Tómalo como parte de tu pago por ayudarme a encontrar quién mierda rayó mi auto así.- contestó él con voz firme, sin siquiera mirarla. Todavía la llevaba de la muñeca, a paso exigente.

¡Mierda! A la cuenta de la pintura del auto ahora se le sumaría un paquete de galletas y la caja de leche.

Se detuvieron frente al edificio en el que él vivía. Mientras sacaba las llaves de su bolsillo y abría el portón, le preguntó.- ¿Ese llavero significa mucho para ti?

Katara lo miró, dubitativa. Sería una estupidez pasar a su departamento, quién sabe que tipo de loco psicópata era. Pero en parte lo tenía merecido, ella había sido la estúpida que rayó el auto de su temperamental vecino. Que ahora la estaba mirando fijamente, esperando una respuesta.

-Sí, un amigo me lo regaló, te agradecería que me lo devolvieras.- respondió intentando mantener la calma, él le sonrió maliciosamente en respuesta.

Hasta esa clase de sonrisa en él era atractiva.

-Perfecto, haremos un intercambio entonces, si me ayudas a averiguar quién fue, por que estoy seguro que tiene que ser alguien de por aquí, yo te devuelvo tu llavero.- espetó él, y a Katara comenzaba a circularle por las venas la irritación, el tipo hasta había encendido un cigarrillo, odiaba aquel olor amargo.-Sino, es un lindo llavero…- siguió, y rápidamente lo prendió al manojo de llaves que tenía en la mano.

Katara abrió la boca a punto de contestar, pero él la interrumpió.

-Para que veas la gravedad del asunto, aquél es mi auto.- le dijo, señalando al coche estacionado dentro de la cochera a cielo abierto.

Tuvo que morderse el labio para no reír, era increíble lo mucho que se había esmerado esa madrugada. Hasta había hecho algunos corazones, estrellas y soles. ¡Era una obra de arte! Perfecta para descargar la tensión que había acumulado las últimas semanas. Bueno, quizás se había excedido, no toda la culpa era del auto.

-Terrible.- se esforzó por articular, sin mirar a su vecino directamente, no podría mantenerle la vista fija o se reiría a carcajada limpia en su cara.

Se sorprendió mucho cuando lo escuchó toser y cuando se giró hacia él, lo vio doblarse sobre si mismo. Se agarraba el estómago con fuerza y tosía. Katara corrió hacia él, asustada por el extraño comportamiento.

-¡Mier… ¿Qué te pasa?- le preguntó preocupada, tomándolo por los hombros. Los anteojos y el cigarrillo había rodado hacia algún lugar, él apenas si podía enfocarla, se notaba a la legua tenía la mirada perdida.

-El medicamento.- susurró apenas, y Katara entendió con rapidez que debían dirigirse a su departamento y por sentido común, lo llevó hasta el que creía era su apartamento.

Se esforzó por ayudarlo a subir las escaleras y abrió la puerta con los nervios a flor de piel, eran cuatro llaves distintas y recién a la tercera dio con la adecuada. El chico que casi colgaba del hombro de ella se apresuró, a zancadas torpes, y sacó de arriba de la heladera una tableta de pastillas. Se apresuró a ingerir un par y se dejó caer, recostándose contra el mueble de la mesada.

-¿Estás medicado?- preguntó ella, ante la alarma de que estuviera tomando pastillas no recetadas. Él la miró e hizo una mueca.

-¿Qué es lo que parece?- contestó, con la voz demasiado rasposa y ahogada.

Katara frunció el seño.-No me refería a eso. ¿Las recetó un médico o nada más las tomas por que sí?

-Recetadas.- contestó, tenía una mano apretando su pecho y respiraba profundo, intentando calmarse.

-Bien, iré a buscar la bolsa y tus lentes, quedaron tirados por ahí.- le dijo antes de abrir la puerta y bajar por las escaleras. Buscó sus cosas y volvió a paso lento al departamento. Lo encontró tomando un vaso de agua, de pie junto a un escritorio.

-Ey, tú, creo que mi ayuda vale que devuelvas mi llavero.- afirmó, de pie todavía en el umbral de la casa. El la miró por sobre su hombro y se rió bajito.

-Me llamo Zuko.- comentó el ojidorado.- ¿Estás segura que no tienes idea de quien pudo haber sido el gracioso que rayó mi auto?- insistió, a lo que Katara rodó los ojos.

-No.- mintió, comenzando a sentirse demasiado irritada.- ¿Sabes? Tengo las llaves en mis manos, así que simplemente quitaré el llavero y…

-Vamos, ya se que fuiste tú.- soltó de repente él, mirándola fijamente y Katara se congeló en su lugar.

Esto va mal.

-No sabía quien eras, no vi tu cara y el llavero no podría ser de mis vecinos por que ninguno tendría una cosa tan ridícula como esa…

-¡Ey! Será ridículo pero le tengo un cariño especial.- cortó ella, frunciendo el seño marcadamente.

-Entonces admites que fuiste tú.

-No dije eso.- soltó rápidamente, se estaba embarrando sola.

-Vas a decirme que se te cayó cuando viniste a visitar a quién, a la pareja de ancianos que viven en el otro apartamento, o que eres niñera de los revoltosos niños que gritan todo el tiempo.- achacó, acercándose hacia ella.

-Si sabías que había sido yo… ¿Por qué no lo dijiste desde un principio?- preguntó Katara, comenzando a sospechar del raro tipo que tenía en frente y que se acercaba cada vez más hacia ella.

Zuko se rió.- ¡Lo admitiste! Nunca creí que los consejos de ese viejo dieran resultado… mi tío.- le explicó, una sonrisa burlona se estiraba en sus labios.

-Felicitaciones a tu tío.- bufó Katara, apoyándose en el marco de la puerta, Zuko se detuvo a un metro de ella, mirándola fijamente. En un movimiento rápido, le arrebató el llavero.

-Es un viejo inteligente.- se encogió de hombros.-Ahora, supongo que no tienes el dinero que cuesta la pintura.

Katara negó con la cabeza, manteniéndole la mirada, tal vez así no intentaría tomarla de estúpida y además, si sabía donde estaba, podía escapar de él más rápido. Atenta a sus movimientos, Katara, se dijo a si misma.

-¿De que forma vas a compensar eso?- él preguntó, cruzándose de brazos.

-Escucha, si estas pensando en algo de eso puedes irte bien al carajo, no vas a conseguirlo…- lo amenazó, retrocediendo unos pasos.

Su vecino arqueó una ceja, sorprendido, y luego soltó una carcajada.- ¡Estás loca! Si quisiera estar contigo usaría otros métodos, créeme…

-¡Oh, Don Juan!- se burló ella, debatiéndose entre simplemente irse o romperle la cara de un puñetazo, e irse.

Zuko negó con la cabeza.-Tampoco. Escúchame, hace demasiados años que no vengo a esta ciudad, no conozco a nadie a quien pedirle ayudar y necesito algunas indicaciones.- el tono de él se volvió serio y grave otra vez, ella asintió, respirando un poco más tranquila.

-¿Entonces quieres que sea tu guía?

El ojidorado aplaudió, sarcástico.- ¡Muy bien! ¡Estás entendiendo! Ahora puedes irte, Katara, pero como primera tarea voy a pedirte que averigües donde puedo enviar a pintar mi auto.- le dijo, y le dio unas palmaditas en la cabeza.

-Eres un idiota importante.- gruñó, quitando su mano de su cabeza.

-Y tú una niña histérica e impulsiva.

-Debería haberte dejado tirado allá afuera.

Zuko gruñó, mirándola rayado. La tensión se respiraba en el aire.

¡Es que era demasiado odioso!

-Pero no lo hiciste, ahora vete, quiero estar tranquilo.- prácticamente le ordenó y cerró la puerta en sus narices.

-¡Imbécil!- le gritó através de la puerta y se dio el lujo de patearla. Después bajó las escaleras con rapidez y volvió a su casa. Entró a su departamento y sintió que su estómago gruñía de hambre.

¡Mierda! ¡Se había olvidado la bolsa con la comida en la casa del imbécil!


Bueno, esa es la bonita vida que lleva la señorita Azula y como ven, tiene bastante presente a su hermano (aunque siendo ella, jamás lo admitirá), ahora, qué es lo que viene a resolver Mai a la ciudad, es otro tema, y siendo Azula, va a meter cizaña, eso asegurado ;). Bueeno! saludos y hasta la próxima. Que prometo no va a ser tan larga (denme unas 2 semanas :) )