Créditos a Idonquixote, original autora de tamaña magnificencia (como siempre).

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Tanaka estaba en conflicto con el nuevo sirviente. El hombre llamado Sebastian Michaelis traía un aire raro sobre él, algo de lo que el mayordomo más viejo desconfió al instante.
Tanaka tenía sus sospechas, pero, dado todo lo que había sucedido en los últimos días, no conllevaría ningún bien mencionarlas ahora... al menos momentáneamente.
Por otro lado, Michaelis había traído a Ciel Phantomhive de una pieza y, de cierto modo, el hombre recordó a Tanaka.

Michaelis era extravagantemente diligente, alto y orgulloso a pesar de la humildad característica de un sirviente.
Un misterio andante del tipo más oscuro, y extrañamente incompetente en ciertos aspectos, como si tuviera tan poco contacto con la vida humana que las cosas más simples lo invadían de golpe.
Tanaka habría sido tan grandioso y extraño como el propio Michaelis en su juventud, recordaba.

Había costumbres que no comprendía del todo. Un pasado que guardaba reservado. Un deseo ardiente de complacer a sus Maestros Ingleses. Y la necesidad aún mayor de superar a todos los occidentales que fruncían el ceño ante su herencia.

Sí, Tanaka estaba agradecido por Sebastian Michaelis y todo lo que había hecho.
El Heredero Phantomhive confiaba en él lo suficiente. Pero había una tendencia más oscura en la conducta del Joven Maestro, algo que iba de la mano con la apariencia del Nuevo Mayordomo.

Y, según los informes, Michaelis era un héroe. Tenía mil derechos para exigir un premio y gastar sus riquezas.

Había salvado al pequeño Phantomhive, después de todo

Sin embargo, aquí estaba, tomando su lugar como Mayordomo.

Michaelis debería haber sabido qué tipo de cosas implicaría este trabajo. Tanaka no podía pensar en otra explicación lógica que no fuera una lealtad obligatoria hacia el Joven Maestro.
Pero el anciano no sabía nada del hombre, y había vivido lo suficiente para entender que a él no le correspondía preguntar.

Entonces, con alguna ilusa sospecha, había regresado a la mansión.
Mientras pudiera ser útil en algo, Tanaka continuaría sirviendo.
El hecho de que su actual posición ya no tuviera éxitos no le importaba en lo más mínimo.
El Joven Maestro lo requería allí, y no necesitaba más convicciones.

Y para sorpresa del Antiguo Mayordomo, apenas sus servicios.

Ciel Phantomhive ahora tenía un total de Dos Sirvientes en Su Señorío extrañamente restaurado; un anciano herido y un hombre vestido de negro que de alguna manera se las arregló para hacerse cargo de la mansión entera por sí mismo.

- Señor Michaelis, seguramente hay algo que puedo hacer. - El anciano se encontró diciendo el cuarto día de regreso.
Michaelis estaba ocupado puliendo los muchos artículos del comedor en la mansión.

El Nuevo Mayordomo sólo inclinó la cabeza en dirección a Tanaka.
Soltó una risa. Una que pareció demasiado cálida para una apariencia tan fría.

- El joven maestro desea que descanse un poco más, Señor Tanaka. No quisiéramos agravar su espalda. Y, por favor, llámeme Sebastián.

- Me temo que tales formalidades son un hábito. - Tanaka suspiró. - ¿Entonces, qué debería hacer mientras tanto? No quiero agobiarlo con cada pequeña tarea.

- En ese caso, por favor espérame en la cocina. Lo veré pronto.

Tanaka se excusó con más cortesías, terminando en su risa habitual (ho ho ho), antes de salir lentamente.
Debería haber confiado mejor en Michaelis, porque cuando llegó el Mayordomo, estaba sosteniendo una bandeja.
Tanaka observó, estupefacto, cómo terminaba de colocar una copa cilíndrica en las manos del anciano. El próximo movimiento fue recoger la tetera de arcilla y verter té verde fresco en ella.

- Escuché que estaba muy encariñado con esto. - Dijo el Mayordomo.

- Tiene un efecto calmante. - Respondió Tanaka. - Señor Michaelis, su trabajo es servir al Joven Maestro. Los dos somos iguales...

- De dónde vengo, Señor Tanaka, el rango y la edad son muy importantes. Usted es mi predecesor y debe ser tratado como tal.

Y con eso, Michaelis volvió a cuidar la casa y dejó la olla de barro junto al pie de Tanaka.
Era un milagro que la olla no se hubiera quemado con el resto de la Mansión. O tal vez una réplica.

Bebió un sorbo de té, reflexionando sobre las palabras del más joven: de dónde provenía.
Era una buena señal, aunque una señal vaga.
Fuera cual fuese el lugar, Michaelis estaba estrictamente condicionado a no traicionar a sus Superiores.

Hasta entonces, el Joven Maestro estaría a salvo.

Tanaka merodeó por la casa durante el resto del día, cuidando los jardines y bebiendo té.
Según lo que observaba, Michaelis era un trabajador rápido. Y el Joven Maestro había pasado la tarde encerrado en su habitación.
El anciano se preguntó si así sería la vida en la mansión de ahora en adelante. El sol pronto se volvió rojo, antes de desvanecerse y dar lugar a la noche.
Estaba en medio de masajear la cicatriz en su dolorida espalda cuando Michaelis llamó a la puerta.

- Adelante. - Invitó Tanaka, quitando las manos de su antigua posición y reemplazando la chaqueta.

Casi, casi pareces humano, Michaelis. El mayordomo, por primera vez desde que Tanaka lo hubiera visto, parecía aturdido.

Michaelis venía con la cabeza baja, y una tímida contracción plagó sus labios entonces.

- Señor Tanaka, necesito su ayuda.

Ahora la necesitas, ho ho ho. - ¿Qué sucede?

- El Joven Maestro tiene fiebre. La tiene desde la tarde y no ha bajado. - Para probar su punto, Michaelis abrió su reloj, el mismo que Tanaka le había otorgado unas semanas antes.

Pero esas palabras fueron todo lo necesitó escuchar el anciano.
Se levantó, se ajustó el monóculo y pasó junto a Michaelis. Había un cierto lapso para las bromas, pero no era el momento. No cuando el Joven Maestro necesitaba atención.

Michaelis caminó a paso majestuoso, extrañamente servil. Cuando llegaron a la habitación del niño, Tanaka hizo un gesto para que el mayordomo abriera la puerta. Lo hizo.

Ciel estaba pálido, y no era más que un pequeño bulto tembloroso en la gran cama.
Una delgada gasa cubría el ojo insalubre del niño, y su pecho se elevaba a un ritmo constante y superficial. Tanaka se le acercó, quitándose un guante y colocando su mano en la frente del Joven Maestro. Estaba muy caliente.

- Joven maestro... - Dijo en voz baja. - ¿Puedes oírme?

- ¿S-Sebastián? - El chico murmuró débilmente.

- Estoy aquí, Joven Maestro. - Dijo Michaelis, alzándose sobre el hombro de Tanaka. - El Señor Tanaka también está aquí.

- Tiene escalofríos. - Dijo Tanaka.

- ¿Uhh?

Antes de que Michaelis pudiera formular algún otro sonido, Tanaka quitó las sábanas y procedió a frotar los brazos del niño.
Pasó los dedos por el cuello y el resto de su anatomía, precionando los puntos nerviosos que le pareciera conveniente.

Para asombro del joven mayordomo, los escalofríos disminuyeron.

- He manipulado un poco su cuerpo. No se preocupe, Señor Michaelis, no es la primera vez que hago esto.

Michaelis continuó mirando con asombro. Se acarició la barbilla.

- El cuerpo humano... nunca lo supe.

- Ahora, los efectos son sólo temporales. Necesitamos ponerlo en algo más liviano y abrir la ventana, Señor Michaelis. A este ritmo, debería enfriarse en una hora. Tenemos suerte, ya vio, sólo una pequeña fiebre. Probablemente por agotamiento y desnutrición.

- Tiene sentido. Ahora debo admitir que me sorprendió cuánto tiempo evitó la enfermedad. - Una vez más, Michaelis mostró confusión sobre lo que Tanaka consideraba obvios detalles.

Pero, de nuevo, no le correspondía a él hacer las preguntas.

Independientemente de las sospechas que tuviera, tendría que lidiar con ellas en solitario.
Lo que tomó de esto fue que Michaelis estaba dispuesto a humillarse por el bien del Joven Maestro. Tanaka había detectado una genuina preocupación en medio de la frustración del
Mayordomo.

Pero al verlo cambiar las sábanas de forma despreocupada y abrir la ventana, Tanaka también notó una calma incómoda, como si estuviera indiferente al estado debilucho del pequeño maestro.

Pero Michaelis todavía había acostado a Ciel en la cama con la mayor suavidad posible.
Era con diligencia profesional, no con afecto.

Fue cuando cayó en la cuenta, Michaelis carecía de un corazón al tratarse de su trabajo.
No había afecto alguno en sus acciones.
Abandonó la habitación del Joven Maestro poco después.

Tal detalle le preocupó.

¿Realmente podría confiarle el trabajo a un hombre así?

¿Un hombre que no sentía nada por el Joven Maestro? Si no había afecto, ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que Michaelis se cansara de la obligación? Más tarde hablaría seriamente con el mayordomo.

Tanaka se preparó para bajar las escaleras. Entonces, una punzada eligió ese momento para dispararse a través de su espalda.
Primero fue una irritación ligera, que pronto adquirió fuerza para volverse un dolor insoportable. Era como si el músculo escogiera cerrarse sobre sí mismo.

Se perdió al segundo paso.

Con el cuerpo congelado, Tanaka no pudo agarrarse de la barandilla.
Cerró los ojos, sabiendo qué esperar. Habría dolor y tal vez sangre, y luego nada en absoluto.

Nunca sucedió, sin embargo.

En cambio, algo fuerte se enganchó a su pecho, y Tanaka se vio obligado a retroceder desde la parte posterior.
La extraña figura los preparó para el impacto, y Tanaka sintió que lo tiraban hacia atrás.
Oyó, entonces, un golpe seco en la pared.

Abrió los ojos y se vio apoyado en Michaelis, con ambos brazos fuertemente apretados a su alrededor. La escalera descendente estaba a unos cuantos metros de distancia.
No le tomó demasiado unir las piezas del rompecabeza.
Había estado en medio de una fatal caída, cuando el mayordomo más joven lo agarró por la espalda velozmente.

Chocaron con la pared trasera.

Una hazaña notable.

Tanaka se arrodilló, incapaz de contener los dolores. Michaelis aún mantenía un agarre firme sobre los hombros del anciano.

- Mis palabras... - Murmuró. - Eso iba a ser una caída desafortunada.

- En efecto. - Se rió entre dientes el otro hombre.

Tanaka estiró su cuello para mirar a Michaelis.
El Mayordomo estaba pegado a la pared, con una sonrisa de alivio en el rostro y una corriente de rojo filtrándosele en el cuello.
Tanaka frunció el ceño, entrecerrando los ojos a la sombra detrás de Michaelis.

No era una sombra, era una salpicadura de sangre que había salido de la cabeza del hombre cuando su cuerpo se estrelló en la pared.

- Regresemos a sus aposentos. Permíta que cuide de usted. - Dijo el más joven, pero Tanaka agitó sus palabras.

El anciano se frotó la espalda, magullando la piel y hurgando en los nervios hasta que el dolor se hubiera atenuado considerablemente.

Se levantó sin la ayuda de Michaelis.

Tanaka hizo un gesto para que el hombre más joven se moviera, y él obedeció.
La salpicadura de sangre era más espeluznante de lo esperado.

Michaelis se volvió de Tanaka a la mancha ofensiva y viceversa.

- Me disculpo por el desastre. Puedo limpiar.

- ¿Por qué? - Tanaka interrumpió, con la sensación de que Michaelis no intentaría evadir la pregunta.

- Usted es un Miembro Valioso de Nuestro Personal.

Era una maravilla que Michaelis todavía estuviera parado con semejante herida.
Pero, de nuevo, Tanaka lo había juzgado por estándares promedio.

Su mirada permaneció en el Mayordomo, negándose a apartarla. Michaelis casi la desvió cuando pronunció las siguientes palabras.

- El Joven Maestro estaría muy molesto.

Encontró muchas definiciones tras esa frase.
Sería una vergüenza para Michaelis si permitiese que Tanaka muriera bajo su vigilancia, y eso enojaría bastante al Joven Maestro.

Al anciano no le quedaban dudas de que Ciel estaría realmente enojado si ocurría otra muerte en su casa.

Había muchas cosas que solo Tanaka podría manejar con respecto al Joven Maestro. Su muerte traería un gran inconveniente.

Pero, a juzgar por la insinuación de un rubor avergonzado en la cara del hombre, supo que había otra razón.

Durante una milésima de segundos, había ligero, ligerísimo afecto hacia el Joven Maestro y su Personal.
Lo suficiente para que Michaelis se abriera la cabeza para garantizar el bienestar de un anciano insignificante, que bien ya podría estar muerto.

Fue todo lo que Tanaka necesitó confirmar ese día.

- Gracias.

Tanaka colocó una mano sobre el hombro del Mayordomo antes de decir... - Sebastián.

Michaelis... no, Sebastián lo miró sorprendido.
La mano de Tanaka dejó su hombro y presionó la parte posterior de su cabeza.
Estaba humedecida con la sangre, pero la cara de Sebastián no mostraba signos de angustia. Tanaka se separó del Mayordomo y se inclinó.

- Por favor, Señor Tanaka yo...

- Perdóname por interrumpirte de nuevo, Sebastián, pero Tanaka está bien. Estas formalidades deben detenerse en algún momento.

Parte de Tanaka quería guiar al hombre de regreso a su propia habitación y atar la herida para que Sebastián no colapsara poco después.
Aunque sospechaba que la lesión tendría poco o ningún efecto en alguien como Sebastian Michaelis.

Entonces se conformó con decir... - Únete a mí para tomar el té, Sebastián. Voremos al Joven Maestro dentro de media hora.

La pregunta pareció tomar a Sebastián desprevenido una vez más. - Sería un honor, Se-Tanaka.

- Ho ho ho.

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Próximamente, El Jardinero.