Nessun dorma, nessun dorma...

(Que nadie duerma, que nadie duerma...)

―¡Está bien, Señor Grindelwald! ¡Vamos a entrar! Por favor apártese de la puerta y ponga sus manos y su varita donde podamos verlas ―gritó una voz de mujer desde el otro lado de la puerta ahora convertida en muro. Yo alcé una ceja y sonreí sin hacer ademán de moverme. Estaba sentado de espaldas a ella, en el sillón para invitados donde me había dejado el Profesor Berger, leyendo un libro. Ni siquiera tenía la varita en la mano.

Tu pure, o, Principessa,

Nella tua fredda stanza...

(Oh, pura princesa,

En tu fría habitación...)

Se oyó un estruendo, oí la puerta se abrirse y un montón de gente entrar rápidamente. Con las varitas en alto apuntando a todas partes, supuse.

Ma il mio mistero è chiuso in me

(Pero mi misterio está cerrado en mi)

Esperé pacientemente y manteniéndome inmóvil a que terminaran de repartirse por toda la habitación. Cuando dejaron de hacer ruido y sólo se oía la música, lentamente cerré el libro, lo dejé sobre la mesa y giré la cabeza para mirarlos. Siete personas a lo sumo entre hombres y mujeres. Rápidamente identifiqué al líder. Una mujer baja y rubia de pelo corto, mirada cansada y unos cuarenta años, me vigilaba furiosa con el ceño fruncido apuntándome con su varita delante de los demás.

No, no, sulla tua bocca lo dirò

(No, no, sobre tu boca te lo diré)

Sonreí levantando la comisura derecha de mis labios mientras me levantaba.

Ed il mio bacio scioglierà il silenzio

(Mi beso derretirá el silencio)

Ellos contuvieron el aliento, en cualquier otra circunstancia una orden certera y me hubieran apresado sin titubear y como a una bestia, pero parecían no entender nada, parecían confundidos, como si hubieran esperado encontrar un monstruo pero solo hubieran hallado un ratoncito.

Me cogí las manos por la espalda y sonreí mostrando mis colmillos y el resto de los dientes, aprovecharía la ventaja que me brindaba esa confusión.

―"Nessum dorma" de "Turandot", Puccini ―aseguré refiriéndome a la música que seguía sonando―. Discúlpenme un momento por favor, esta es mi parte favorita del aria ―rogué levantando una mano para que guardaran silencio al tiempo que cerraba los ojos mientras movía los labios siguiendo la letra, sin dejar de sonreír.

All'alba vincerò! Vincerò!

VINCERÒ!!

(Al Alba venceré! Venceré!

VENCERÉ!)

Seguí la música con la mano y cuando terminó abrí los ojos de nuevo.

―Lo siento, caballeros. Pero algunas veces un hombre debe saber callar para que hable la belleza ―sentencié.

―Bueno, basta de tonterías ―espetó la mujer. Con un movimiento de varita hizo que la nueva aria que empezaba a sonar parara.

―Oh, cierto. Sin duda comparto su opinión ―respondí levantando las cejas―. La música es impresionante pero la letra en sí decepciona cuando descubres lo que dice. Personalmente prefiero a Wagner1, pero el Señor Berger parece no compartir mi criterio ―expliqué señalando al despacho como si no hubiera podido elegir―. Pero volviendo al tema que nos atañe, siento que no nos hayan presentado debidamente, ¿puedo hacer algo por ustedes? ―pregunté servicial sin dejar de sonreír―. ¿Puedo… ―Tomé la varita y ellos contuvieron el aliento de nuevo― …Ofrecerles un café? ―terminé sonriendo a la vez que conjuraba una cafetera y unas tazas.

Noté como soltaban el aire a la vez que se expandía el sentimiento de incomodidad y ridículo que la gente siente cuando descubre que está teniendo más miedo o siendo más cauto de lo que realmente debería.

―¿Es usted el Señor Gellert Grindelwald de dieciséis años, alumno de la escuela Drumstang? ―preguntó secamente la mujer ignorando todo lo que yo había dicho.

Asentí una vez, suave y lentamente, sin perder el contacto visual y sin dejar de sonreír. Me serví una taza de leche.

―Ciertamente. Y usted… ―empecé a decir dejando la cafetera en el escritorio y apoyándome en él―. Aventuro que es la Sub-Inspectora Eidem de la oficina central de Aurores del Reino de Noruega. Leí sobre su reciente ascenso en el periódico. Es un placer conocerla ―afirmé con una ligera reverencia y levantando la taza para brindar con ella. Podía ser encantador si me apetecía.

―¿Tiene la más remota idea de por qué estamos aquí, muchacho? ―contestó escupiendo las palabras, yo apreté los labios durante una milésima de segundo. Me llamaba "muchacho" a propósito para marcar la diferencia de jerarquía y autoridad entre nosotros. Sonreí de nuevo.

―Apuesto a que no por el café ―bromeé descaradamente.

―Un compañero suyo, el Señor Dimitri Krum, ha muerto ―expuso escrutándome. Yo me mantuve inmóvil unos instantes, ¿de veras creía esa mujer que podía cogerme por sorpresa? Está bien, fin del juego, empecemos con la parte seria. Alcé una ceja.

―¿Cuándo? ―pregunté secamente como si no lo supiera. Esa pregunta y no otra ayudaría a poner en duda las declaraciones del Profesor Berger y el Señor Hansson.

―No parece que esté usted muy afectado, Señor Grindelwald ―siguió, ignorando mi pregunta.

―El Señor Krum no era precisamente santo de mi devoción ―expliqué encogiéndome de hombros con seguridad.

―Es muy valiente al declarar eso.

―No, Sub-Inspectora Eidem, no se confunda. Lo que soy es muy consciente. ¿O acaso esperaba usted que le mintiera sobre algo fácilmente comprobable? ―pregunté inclinando la cabeza hacia abajo, levantando una ceja y sonriendo de nuevo, retándola. Ella titubeó un instante.

―De hecho, Señor Grindelwald, me gustaría pensar que no va a mentirme en absoluto. Pero no lo creo posible, así que partiremos de la base de que no voy a creerme nada de lo que diga.

―Perfecto ―anuncié sonriendo y mostrando mis colmillos―. Así podremos tener una conversación inteligente en vez de un tedioso interrogatorio.

―¿Por qué cree que deberíamos interrogarle? ―preguntó suspicaz. Oh por favor, ¿de veras creía que iba a caer en aquello? era un insulto a mi inteligencia.

―Bueno, el Señor Krum ha muerto, hay una brigada de Aurores Noruegos en el despacho del Profesor Berger y no han aceptado mi invitación a café ―bromeé con aquello de nuevo―. Supongo que están aquí por: Uno, el Profesor Berger les ha hablado de mis increíbles dotes intelectuales y mágicas por lo que puedo serles útil. O dos, al demostrar mi aversión por el Señor Krum tengo un móvil para el crimen y por tanto me consideran sospechoso. Me atrevería a decantarme por la segunda por la manera en como siguen sosteniendo las varitas apuntándome ―expuse con absoluta tranquilidad, levantando la comisura derecha de mis labios.

―No es usted la única persona de la escuela a quien el Señor Krum no le caía bien ―me retó la mujer, puse los ojos en blanco con cansancio.

―Sí, pero sin duda soy el único que está siendo apuntado por las varitas de una brigada de aurores ―repetí alzando las cejas―. A pesar de que yo ni siquiera tengo la mía en las manos.

―Está bien ―aseguró ella relajándose y bajando la varita. Los demás aurores la imitaron, yo sonreí, había conseguido tener las riendas de la situación de nuevo―. Nos gustaría contar con su colaboración, Señor Grindelwald.

―Sin duda. ¿En calidad de qué? ―pregunté con una media sonrisa arrogante. Ella me miró en silencio unos instantes, con tensión.

―Sospechoso de asesinato, muchacho ―admitió entre dientes.

Yo volví a sonreír, esta vez mostrando los dientes. Había conseguido que ella confesara sus intenciones antes que yo, por eso me llamaba muchacho de nuevo, lo había notado también y quería guardar un poco su, cada vez mas mermada, autoridad. Decidí exagerar esa sensación de desafío aun más.

―Por supuesto ―respondí con suficiencia, dejando la taza sobre el escritorio de Berger y tomando mi varita. Se la tendí―. Supongo que querrá usted esto.

―Sí… ―respondió titubeando un momento, la tomó y se la tendió a uno de los aurores que seguían rastreando la sala.

Era rubio y alto, con una gran nariz y cara de bobo, bastante más joven que ella.

―Me parece usted sorprendida, Turandot. ¿Puedo llamarla Turandot? ―pregunté sonriendo inocentemente, con ambas comisuras de los labios y sin enseñar los dientes. Ella parpadeó.

―No ―respondió cortante―. Sólo esperaba que se mostrara usted un poco más reticente a colaborar ―explicó negando con la cabeza para quitarle importancia.

―¿Porque? ¿No es acaso mi deber como ciudadano facilitar el trabajo a los agentes de la ley y el orden? ―le reté alzando una ceja y sonriendo de nuevo con solo la comisura derecha de mis labios.

Ella me aguantó la mirada y habló sin apartarla.

―Profesor Berger, necesitamos un despacho lejos de las habitaciones de los alumnos donde el Señor Grindelwald pueda quedarse custodiado ―le pidió retándome de vuelta. Yo levanté la barbilla sin dejar de mirarla y sin dejar de sonreír.

El anciano asintió y salió de la sala, ella se giró a otro auror.

―Y necesitamos ropa limpia y sus enseres personales ―se volvió hacia mí de nuevo― ¿Cuál es su habitación, Señor Grindelwald?

Yo me llevé la mano derecha a la barbilla, mientras con la izquierda me sujetaba el codo derecho. Fingiendo pensar.

―Déjeme ver… Yo apostaría por, probablemente, la que pone "Gellert Grindelwald" en la puerta ―respondí con sarcasmo.

―No juegue conmigo, muchacho. ¿Cuál es la contraseña? ―me amenazó ella sin paciencia. Yo le aguante la mirada en una pausa dramática y luego sonreí enseñado los colmillos.

―"Entregadme la prueba de vuestro dolor.

Entregadme el fruto de vuestro esfuerzo.

Entregadme el tesoro de vuestro pasado." ―Cité lentamente sin dejar de sonreír. Durante unos instantes no reaccionaron, luego ella hizo un gesto con la cabeza al auror para que se fuera y este obedeció.

―Qué curioso. "La fuente de la buena fortuna" de Bedlee el Bardo, ¿verdad? ―comentó ella volviéndose a mí de nuevo, sonriente por primera vez.

―Exactamente. Aunque mi favorito siempre ha sido "La leyenda de los tres hermanos" ―expliqué sin darle mucha importancia.

―¿Sí? Yo hubiera apostado por que le gustaba "El corazón peludo del nigromante." ―me entre retó y acusó.

―Qué raro ―hice yo con aire de inocencia―. Cualquiera hubiera pensado que es un cliché que un asesino o supuesto asesino preferiría la idea de "Vencer a la muerte" que la de "Vencer al amor" ―le respondí altivo y con descaro, completamente seguro de mi mismo. Aquello podía ser casi una confesión.

―Bueno, seguiremos con esta conversación después ―dijo ella frunciendo el ceño y cambiando de tema. Estaba hiriendo demasiado su orgullo como para que me escuchara de verdad... Estaba más pendiente de humillarme que de darse cuenta de lo que darme la razón implicaba realmente―. Ahora Señor Grindelwald ―me ordenó aun con el ceño fruncido―. Desnúdese y entréguele toda su ropa al auror ―dijo señalando a uno de los aurores que estaban por ahí.

Sonreí mostrando los colmillos, era el mismo a quien le había dado mi varita.

Él hombre dejó lo que estaba haciendo y me llevó detrás de un biombo. Me empecé a quitar el uniforme sin que me sacara los ojos de encima, me ponía nervioso, cuando ya solo llevaba el mono interior de franela roja de cuerpo entero2, me giré hacia él.

―Supongo que la Sub-Inspectora no esperará que ande tal como llegué al mundo a dos grados Celsius por Drumstang, donde rara vez se encienden las chimeneas, ¿verdad? ―Le pregunté retorico, levantando una ceja y esperando que tomara una decisión. Con un poco de suerte podría engañarlo.

Él me miró, balbuceó un momento y luego se giró fuera del biombo.

Yo miré la pila donde estaba mi ropa, aburrido, mi varita seguía ahí... aquello estaba siendo demasiado fácil.

Recuperé la varita cuando la Sub-Inspectora apareció por detrás del biombo, acompañada del auror.

―Señor Grindelwald, desnúdese. Del todo. Ahora ―me ordenó furiosa tendiéndome la mano para que le devolviera la varita. Se la entregué y cuando la recuperó se cruzó de brazos con el auror a su lado, sin hacer ademán de irse.

Tragué saliva. De acuerdo, se quedaría allí… Sabía por qué hacía eso, quería que me sintiera avergonzado, vulnerable e incomodo. Pues no iba a darle la satisfacción de oír cómo me quejaba si era lo que esperaba.

―Tampoco la necesito para nada ―aseguré altivo, señalándole la varita con un gesto de la cabeza―. Era una amonestación por ser tan confiados ―expliqué levantando las cejas, sonriente. Ella frunció el ceño y yo me desabotoné todo el mono, del cuello al estomago.

Consideraba el pudor una estupidez. Nadie debería sentir vergüenza de ningún defecto físico, después de todo, nadie elegía su propio cuerpo, no era como si esos defectos fueran culpa de uno, así que no había de qué avergonzarse.

Me di la vuelta y empecé a quitarme el mono por arriba sintiendo las miradas de los dos aurores en mi nuca... vale, admito que me hacían sentir incomodo.

Realmente pensaba eso sobre el pudor, pero por supuesto, no tenía por qué ir ligado a lo que sentía. Igual que pensaba que si pudiera elegir, no dormiría porque era una pérdida de tiempo, pero claro, eso no significaba que no estuviera cansado.

Me lo quité por fin y me cubrí con las manos como buenamente pude, dándome la vuelta para mirarlos, nervioso.

―Bien. Parece que por fin le hemos bajado un poco los humos, Señor Grindelwald ―sonrió ella y luego se giró al auror―. No parece que tenga marcas sospechosas de hechizos o transfiguraciones. Ya lo imaginaba pero teníamos que comprobarlo. Asegúrate de que no está escondiendo nada― le ordenó con cierto gesto de satisfacción, mientras ella cogía el mono del suelo.

Yo miré al auror y luego me volví hacia ella, levantando una ceja con una mirada de advertencia. No hacía falta ser muy brillante para deducir lo que pretendía que me hiciera... Después de todo, no había muchos sitios donde esconder algo estando desnudo.

―Usted no puede hacer esto, es abuso de poder. Yo estoy colaborando por voluntad propia y ni siquiera tiene pruebas concluyentes ―le acusé antes de que el hombre se me acercara.

―Esto no es más que un proceso rutinario para asegurarnos de que no intentará nada, muchacho. Si no fuera tan orgulloso y realmente hubiera mostrado una actitud colaboradora hubiera conservado su dignidad. Pero no ha hecho más que faltarnos al respeto… es una amonestación por creernos tan confiados ―aseguró disfrutando de las últimas palabras.

Luego salió del biombo dejándome a solas con el hombre. Fruncí el ceño bajando la cabeza y mirándolo con mi mejor mirada de hielo. Él parpadeó como si no supiera que hacer.

―¿Sabe lo que significa el término "Abuso sexual de menores"? ―amenacé dando un paso atrás mientras me seguía cubriendo y ladeando la cabeza para que mi mirada pareciera aun más salvaje.

―No hemos podido abrir la habitación, simplemente no reacciona a la contraseña ―oí que decía alguien al otro lado del biombo, me giré hacia donde provenía la voz y sonreí mostrando los dientes de nuevo.

Ahí estaba... Ella podía intentar ridiculizarme abusando de su poder o haciéndome sentir vulnerable, pero yo iba a seguir faltándole al respeto y riéndome de ellos gracias a mi inteligencia.

Volvió tras el biombo hecha una furia.

―Pensaba que usted era lo bastante listo como para no mentir sobre "algo fácilmente comprobable" pero la contraseña que ha dado de su habitación no es la correcta. Deje de jugar con nosotros haciéndonos perder el tiempo. No me obligue a hacerlo ir desnudo por la escuela como castigo ―me amenazó. Yo la miré y luego sonreí enseñándole los colmillos.

―La contraseña es correcta, el error es suyo ―expuse con seguridad, haciendo una pausa para recrearme en el hecho de aun desnudo, desarmado y completamente a su merced, seguía teniendo en mi poder las riendas de la situación―. Lo que sucede, Turandot, es que usted no me está escuchando. Me oye, sí, pero no me escucha. Devuélvame mi ropa y se lo explicaré… Por favor ―le pedí tendiéndole una mano mientras me seguía cubriendo con la otra, al tiempo que levantaba la comisura derecha de mis labios.

Ella sopló por la nariz, enfadada. Miró a ambos lados, cogió una silla y la transfiguró en una túnica de lana gruesa, blanca, lisa y de manga larga y unos pantalones de lana gruesa, blanca, lisos y largos. Parecía ropa de hospital psiquiátrico. Me los tendió.

―No puedo devolverle su ropa hasta que la hayamos comprobado. Vístase con esto ―me espetó saliendo del biombo. Yo me los puse, eran como unas diecisiete tallas mayores que yo.

Alcé una ceja. Lo había hecho a propósito para que de una manera inconsciente me sintiera pequeño y enfermo, una sutil forma de intentar debilitar mi moral, igual que el hecho de que fueran de lana gruesa y picante para que no me sintiera cómodo.

Cuando me hube vestido, el otro auror y yo salimos del biombo, me acompañó hasta las butacas de invitados del escritorio del Profesor Berger, donde la Sub-Inspectora estaba sentada.

― Y ahora la contraseña ―ordenó.

―Ya se la he dicho ―repetí levantando las cejas, mientras me sentaba y me arremangaba las mangas de la túnica para que no me taparan las manos―. "Entregadme la prueba de vuestro dolor.

Entregadme el fruto de vuestro esfuerzo.

Entregadme el tesoro de vuestro pasado."

Ella se giró hacia los aurores, ellos negaron con la cabeza.

―Es lo que hemos probado Sub-Inspectora, pero la puerta no ha reaccionado ninguna de las veces que lo hemos dicho ―aseguró una de ellos, la Sub-Inspectora se giró a mirarme duramente.

―Ese es el problema ―evidencié recostándome en el respaldo y el reposa brazos, llevándome la mano a la barbilla para mirarles de soslayo mientras volvía a levantar solo la comisura de los labios―. No es algo que se ha de decir, es algo que se ha de hacer.

―¿A qué se refiere? ―preguntó aun con el ceño fruncido.

―A la acción, por supuesto. Como en la historia de Beedle el Bardo ―concreté mirándola con audacia―. ¿Puede prestarme una varita?

―¿Para qué? ―preguntó reticente.

―No funcionará si no es el fruto de mi dolor, la prueba de mi esfuerzo y por supuesto, el tesoro de mi pasado ―expliqué encogiéndome de hombros―. ¿O de veras creía que alguien como yo tendría una contraseña convencional que cualquiera con un mínimo de talento para la legimancia pudiera descubrir sometiendo a cualquiera de los idiotas de mis "amigos"? ―pregunté alzando una ceja, retorico.

―¿Y por qué no sometiéndolo a usted mismo? ―preguntó en respuesta. La miré unos segundos en silencio y luego solté una carcajada.

―Porque yo soy el mejor oclumante de la escuela ―expliqué paternalmente, ella frunció el ceño.

―Decir eso es un poco soberbio por su parte, ¿no cree, Señor Grindelwald? ―me acusó.

―En absoluto. Lo sería si hubiera dicho "del país" o "del mundo", porque por supuesto no conozco a todos los magos del país ni del mundo. Pero sí conozco a todos lo de la escuela, así que es una realidad empírica ―respondí encogiéndome de hombros.

―¿Es así como descubrió la contraseña de la habitación del Señor Krum? ―inquirió entrecerrando los ojos, ya veía por donde iba.

―Así que murió en su habitación... Qué interesante... Aquí oímos el grito, pero por supuesto no podíamos saber de dónde exactamente de las mazmorras venia ―comenté desinteresadamente, como si no me dieran cuenta de que esa declaración la haría sospechar de Hansson quien, por puro instinto, había corrido a la habitación de su amigo sin pensar siquiera―. En cualquier caso ¿esa es su mejor prueba incriminatoria? ―pregunté burlón, con desprecio―. Sin duda, sí, es como yo lo hubiera hecho ―aseguré con total confianza, ella frunció el ceño y sonrió como si yo acabara de cometer un error, yo también sonreí, altivo―. Y ahora, si sigue interesada en mi habitación... ¿Me presta su varita?

Ella cerró los ojos y sopló por la nariz intentando calmarse, luego se frotó la frente con los dedos, pensando. Parecía tener muy poca paciencia, yo sonreí. El Profesor volvió entonces. Nos giramos a mirar.

―Ya está preparada la sala de interrogatorios ―dijo el auror que le acompañaba―. Podemos llevar allí al sospechoso cuando quiera Sub-Inspectora.

―Está bien, Señor Grindelwald ―dijo ella volviéndose hacia mí y entregándome su propia varita, yo estiré la mano para cogerla, pero ella la aparto de mi alcance―. Pero si hace usted algún movimiento raro… ―me advirtió y el resto de aurores que había allí me apuntaron.

Levanté la barbilla y sonreí con suficiencia. Ella me volvió a tender la varita y yo la tomé.

Miré sobre el escritorio de Berger, elegí una pluma y la transfiguré en un botecito, apunté con la varita al lagrimal de mi ojo derecho y me saqué una lágrima, la metí en el potecito.

―La prueba de mi dolor ―enuncié levantando las cejas.

Con mi mano izquierda apreté la punta de la varita mientras la sostenía con la derecha, hasta que conseguí una gota de sudor. La puse en el potecito.

―El fruto de mi esfuerzo ―enuncié de nuevo, sonriendo.

Apunté con la varita a mi sien y elegí un recuerdo prescindible, el sabor de la leche del desayuno, lo saqué, lo vertí en el potecito y lo sellé.

―El tesoro de mi pasado ―sentencié entregando el potecito y la varita. Ella los cogió y todos dejaron de apuntarme―. Tienen que verterlos en el plato que sujeta la estatua que queda a la izquierda de mi puerta ―Expliqué―. Entonces se abrirá, pero asegúrense de que no se cierre, si se quedaran encerrados no podrían volver a salir, la puerta quedaría bloqueada desde dentro... Medidas de seguridad extra contra ladrones... Por cierto, me parece de lo más curioso.

―¿El qué, Señor Grindelwald? ―preguntó la mujer con cansancio.

―Verá... ―hice una pausa y alcé la barbilla con seguridad, altivo―. Ustedes creen que yo soy el asesino y por la cara que pone el Profesor Berger me imagino por qué ―empecé a explicar señalándole con la cabeza y volviendo a sonreír, él abrió los ojos con sorpresa y miró a todos lados, inquieto. Seguí hablando.

―Ya le deben haber interrogado y por tanto, saben que mi coartada es perfecta ―anuncié cerrando los ojos y encogiéndome de hombros con suficiencia.

―Estuve con él en este despacho todo el tiempo y luego permanecí aquí encerrado por su propia mano ―expliqué abriendo las manos y señalando la estancia.

―Pero en cambio, nadie está escudriñando el escritorio del Profesor para ver si esconde un giratiempo que podría destruir mi coartada ―terminé apoyando la mano sobre este y sonreí mostrando los colmillos.

Nadie dijo nada, la mujer me inspeccionaba con fiereza en un silencio tenso. Me crucé de brazos y la miré con audacia.

―Se me ocurren dos buenos motivos para explicar eso ―seguí exponiendo―. El primero es que ignoraban que el Profesor Berger poseyera un giratiempo, información que no encuentro un buen motivo para que se les ocultara a no ser que él fuera el asesino...

―¿¡Qué estás insinuando! ―se encolerizó el anciano señalándome como si fuera a lanzárseme al cuello. Un par de aurores hicieron ademán de detenerle pero yo ni siquiera reaccioné―. Aunque el giratiempo no hubiera estado en la escena del crimen ¡yo no tengo motivos para matar a un alumno! ¡Esto mancillará el honor de la escuela, a mi no me beneficia en nada! ―siguió gritando. Sonreí por la declaración que acababa de hacer sin darse cuenta y esperé pacientemente a que se calmara.

―O dos... Ustedes ya saben dónde está el giratiempo.

Miré a la mujer de nuevo, sonriendo mostrando los colmillos. Ella me aguantó la mirada, entrecerrando los ojos y frunciendo el ceño, habló sin apartarla.

―¿Como sabía usted, Señor Grindelwald, que el Profesor Berger tenía un giratiempo?

―Oh ―sonreí de nuevo―. Muy astuta por notarlo. Yo hice experimentos con él hace largo tiempo ya ―expuse ladeando la cabeza.

Ella se giró al anciano buscando confirmación.

―Es cierto, fue hace ya cuatro años ―explicó.

―Así que en realidad podría haber venido al presente (Su futuro hace cuatro años) Haber cometido el crimen y luego haber vuelto a su tiempo ―me acusó ella―. Mientras su yo presente simplemente se sentaba a mirar desde el despacho.

―Podría ―aseguré yo con suficiencia, ella hizo un gesto para que los aurores me apresaran, se acercaron. Levanté las manos para pedir que me dejaran terminar de hablar, se detuvieron confundidos―. Podría igual que podría cualquier otra persona. Sobre todo su dueño legítimo, excepto por el hecho de que si el giratiempo se quedó en la escena del crimen... ¿Cómo volví a mi tiempo sin él?

―Bueno, pudo conseguirse el del tiempo presente. Es decir, usted y su giratiempo llegaron del pasado a este tiempo, donde ya había otro giratiempo, el presente. Pudo conseguir este y entonces usted poseería dos. Dejando uno en la escena del crimen podía irse con el otro ―me retó ella.

Yo sabía que había un fallo en esa explicación y ella también lo sabía. Lo único que estaba intentando conseguir era que, apelando a mis constantes intentos de dejarla en ridículo, cometiera el error de hacerle ver que estaba equivocada cuando se suponía que yo no lo sabía y así poder acusarme definitivamente, pero yo no era tan idiota.

―Así que el Profesor Berger también podría haberlo hecho ―anuncié inclinando la cabeza ligeramente.

―No ―sentenció él sonriendo altivo―. Porque resulta que la habitación estaba cerrada por dentro, así que no podría haber salido a buscar el presente. Parece que por una vez, Señor Grindelwald, usted ha sobreestimado su inteligencia ― me echó en cara contento. Yo sonreí mostrando los colmillos y la mujer se llevó la mano a la frente con frustración, se acababa de cargar toda su estrategia.

―Vamos a llevar al Señor Grindelwald a la sala de interrogatorios ahora, gracias por su colaboración, Profesor ―dijo ella intentando mantener la calma―. ¿Por qué no intenta ponerse en contacto con la familia de la víctima? ―le pidió―. O algo así lejos de mi sospechoso, donde no pueda entorpecer mi trabajo ―añadió en voz baja, yo dejé ir una carcajada al oírlo.

―Qué interesante, ¡un asesinato en una habitación cerrada! ―exclamé con burla―. Así que de hecho, ni yo ni nadie pudo hacerlo... Eso explica la explosión que se oyó y porque realmente nadie buscaba el giratiempo ―añadí mientras los aurores me esposaban―. ¿Han pensado que a lo mejor fue una coincidencia encontrar el giratiempo allí y que quizás era Krum quien quería usarlo? ―pregunté finalmente antes de que se me llevaran de ahí. Mientras dejaba a la Sub-Inspectora y al Profesor, estupefactos.

Ella estaba tratando de sonsacarme información pero en cambio era yo quien se la había sonsacando a ellos. Claro, es mucho más sencillo cuando sabes lo que tienes que preguntar.


1 Por su puesto, tanto Wagner como Puccini son muggles y ya sabemos que Gellert nunca escucharía música muggle… de hecho ni siquiera la tendrían en Drumstang, pero necesitaba alguna pieza clásica para dar la atmosfera que quería conseguir en la irrupción al despacho. Ya sabéis, esa especie de sensibilidad artística, para dar a entender cuan culto e inteligente es Gellert a pesar de sus dieciséis años.

No me veía con corazón de inventarme algo nuevo, (ya hay bastantes cosas inventadas en este fic, es casi un original) si Rowling nos hubiera dado ese tipo de referencias musicales las hubiera usado, pero… Bueno, he hecho lo que he podido.

Y no creáis, están delicadamente elegidas, "Nessun Dorma" es un reto del protagonista masculino (Calaf) a la princesa Turadot para que descubra su misterio (su nombre) a cambio de su vida. Y Wagner… bueno, además de alemán, era el favorito de cierto Fürher en el que Rowling confesó haber basado a Gellert.

Así que… Perdonadme por el trozo de songfic... Sé que está prohibido en fanfiction, pero me parece una estupidez, es decir, ¿la gente puede citar literalmente o puede basar la trama de su historia o usar los personajes de un libro, siempre que ponga el origen en el disclaimer, pero no puede citar la letra de una canción? Que recordemos, ni siquiera es la parte MÁS importante de una pieza MUSICAL... O se puede hablar de un cuadro o de una escultura y crear una historia a partir de él (Codigo Da Vinci, hay un cuento de Dahl basado en una escultura de Moore), o se puede situar una escena en un edificio real ¿A caso alguien se extrañaría de ver a Harry en el London eye o en el British Museum en un momento dado? (Bueno, mejor imaginemos a Hermione en el British Museum…) Recuerdo que en la película incluso sale el famoso Tower Bridge o el Big Ben del edificio del parlamento de Londres para ambientar… que si, Señores, también son considerados arte… y a pesar de que salen, nadie llora, ¿Pero la música está prohibida?

Aceptémoslo de una vez mundo, el mundo musical se está desquiciando demasiado con los derechos de autor, y lo peor, es que se lo estamos consintiendo. La Polémica queda instaurada.

2 Recordad, Drumstang, en la cima del mundo (Noruega), en la década de los 80... 1880


Disclamer: Gellert Grindelwald, Krum, Drumstang, Beedle el bardo, "El corazón peludo del nigromante", "La fuente de la buena fortuna", "La leyenda de los tres hermanos", giratiempo... J. K. Rowling

Nessun Dorma, Turandot... Puccini.

Y ahí sigue la sonrisa arrogante, pintada en la cara de Gellert como si fuera el gato de Chesire, ¿De veras nadie va a borrársela? ¡La investigación debe seguir! ¿Que queréis que le pregunte la Sub-inspectora? ¿Donde queréis que miren? ¿A quien queréis que interroguen? Dudas, peticiones, preguntas, teorías... el botón verde.