Dejó la bandeja frente a mí. El gran vaso contenía un líquido blanco, presumiblemente leche y el plato era una especie de mezcla de verduras troceadas y carne picada cruda. Me tendió una cuchara de madera.
―Mmm… una cuchara ―protesté caprichoso, ella solo me miró con furia―. Yo estoy confiando en que no van a envenenarme, podrían ustedes confiar en mí.
―Nosotros no somos sospechosos de asesinato, Señor Grindelwald. No tiene porque desconfiar ―me espetó con cansancio, sentándose en la silla frente a mí.
Estábamos sentados en la mesa de interrogatorio en el aula en que habitualmente se daba la clase de Encantamientos, convertida ahora en cuartel general y sala de investigación.
El despacho adjunto de la Profesora Linden, maestra de Encantamientos, había sido acomodado como celda para mí. Había una cama, un baúl donde había dejado las pocas cosas que me habían dejado tener conmigo y un baño. La puerta de madera ahora era tranparente.
―Sospechoso no significa asesino. No puede condenarme por ser "Sospechoso de asesinato", igual que no me va a conceder un Barnabús Finkley por ser "Sospechoso de hechicero" ―le expliqué con sorna, estaba protestando por el puro placer de crisparle los nervios.
―No tiente a su suerte. Podría estar usted comiendo solo con las manos… o incluso podría estar comiendo con las manos atadas a la espalda ―me amenazó, su paciencia tenía un límite muy bajo.
―No creo que sea un privilegio que se me concede por buen comportamiento. Más bien me parece que debe hay un buen motivo para ello... Por ejemplo ¿algo como que no había pajitas a mano? ―pregunté alzando la barbilla con suficiencia―. Claro que ese tampoco habría sido un problema si no hubiera sido imprescindible que bebiera. Imagino que por eso se me está tentando con leche en vez de darme simplemente agua.
Cogí el vaso con las dos manos y tomé un gran sorbo. Luego me relamí los labios y sonreí mostrando los colmillos, retándola.
―¿No es encantador el psicosomático sabor especial que el veritaserum deja en la leche? ―comenté alzando una ceja y con una sonrisa arrogante.
―El veritaserum no sabe a nada. Es imaginación suya ―se defendió ella. Yo solté una carcajada.
―En efecto, por eso dije "psicosomático". Podría ser mi imaginación… Si no fueran ustedes terriblemente predecibles.
―No juegue conmigo muchacho ―me riñó enfadada―. Responda: ¿Mató usted al Señor Krum?
―¿Sabe, Sub-Inspectora? ―empecé ignorándola y llevándome una cucharada a la boca masticando con ansia, hacía rato que había pasado la hora de comer habitual y hasta ese momento nadie había reparado en que yo seguía sin haber almorzado. Cuando tragué seguí hablando―. La gente común piensa que este plato lo inventaron los legendarios tártaros de la estepa del Asia central ―tomé otra cucharada, la mastiqué tranquilamente y tragué en silencio.
―Se supone que los nómadas, al no tener tiempo de cocinar, ponían estos "filetes" bajo sus sillas en las alfombras voladoras y así podían comer carne ya "tierna" en continua maceración ―me llevé otra cucharada a la boca, la pimienta estaba empezando a subirme por la nariz y hacerme picar los ojos. Tragué.
―Pero si se fija, desde siempre, esté plato se ha sazonado con salsa Worcestershire, que es de origen Inglés y que, por supuesto, nunca ha formado parte de la condimentación usual asiática ―tomé otra cucharada. Cada vez era más picante, expresamente para hacerme beber en caso de que no me tentara suficiente, tomé el vaso de leche y bebí otro sorbo para calmar la sensación.
―Así se deduce que en realidad la primera vez que se habló sobre el origen de este plato no fue más que una elucubración poco realista de algún autor fantasioso, la cual paso a formar parte de la cultura popular a falta de una mente racional que pudiera detener su expansión.
―Sabe usted mucho sobre la carne cruda, Señor Grindelwald ―dijo ella en tono aburrido, mirándome fijamente y levantando una ceja. Solté una carcajada.
―Si no estuviéramos hablando del Steak Tartar pensaría que esa es una acusación ―sentencié aun sonriente.
―Miré… déjeme que le sea sincera: Odio esto. Odio el castillo, los profesores, los alumnos, la estúpida obsesión elitista con la sangre pura que tienen todos, este crimen que parece no tener sentido alguno y lo odio a usted. No se lo tome como algo personal, simplemente, no me cae bien. De hecho, para ser exactos, le aborrezco. Aborrezco sus aires de grandeza, su repelente tonillo paternal y su insulsa palabrería de sabelotodo. Así que, por favor, limítese a responder a mis preguntas sin más. Así no habrá problemas y podremos acabar cuanto antes. ¿Mató o no al Señor Krum?
―Es curioso la cantidad de veces que creemos en cosas que, si las pensáramos detenidamente durante dos minutos, nos daríamos cuenta de lo realmente estúpidas que son, ¿no cree, Turandot? ―respondí como si no hubiera dicho todo eso último. Ella suspiró.
―Muy astuto, pero no conseguirá que se le pasen los efectos del veritaserum sin contestar a nada, muchacho. Si no me doy por satisfecha con sus respuestas de aquí a dos horas volverá usted a tomarlo y así seguiremos hasta que responda. De modo que, por favor, no me haga perder más el tiempo. ¿Mató usted al Señor Krum?
―No ―respondí cediendo mientras ponía los ojos en blanco―. No estoy evadiendo de contestar, pero yo tengo todo tiempo del mundo. Además, usted no tiene suficientes datos para hacerme las preguntas adecuadas y aunque las hiciera por casualidad, ya se lo he contado antes, soy el mejor oclumante de la escuela, podría cerrar mi mente a su efecto. No estoy mintiendo, pero si fuera usted mínimamente inteligente se daría cuenta de cuan estúpido es esto.
―¿Hizo usted algo que pudiera provocar la muerte al Señor Krum? ―preguntó ignorándome.
Está bien, pues seguiríamos el juego.
―Sí ―respondí escuetamente, levantando sólo la comisura derecha de mis labios.
―¿Sí? ―preguntó sorprendida―. ¿Puede contarme qué hizo?
―Sí ―respondí de nuevo levantado las cejas y sin añadir nada más.
Ese era el truco, responder literalmente a la pregunta y no a lo que sabias que querían decir con ella, así el que preguntaba tenía que esforzarse también para que solo pudiera interpretarse de la manera conveniente. Ella frunció el ceño.
―Cuéntemelo ―ordenó.
―Esa es una orden, no una pregunta. El veritaserum no funcionará. Podría contarle cualquier cosa ―le expliqué exagerando mi tono paternal, con sorna.
―Cuénteme, ¿qué hizo para dañar al Señor Krum? ―volvió a ordenar ella mirándome fijamente. Yo alcé las cejas y suspiré.
―Le ataqué en el campo de quidditch ―respondí con cansancio, engañarla era demasiado fácil. Ella me miró fijamente como advertencia.
―¿A parte de eso, le dañó de alguna otra forma? ―preguntó hartándose.
―No ―Respondí divertido. Ella suspiró, repasó sus hojas y se volvió a mí.
―¿Sabe usted la contraseña de su habitación? ―preguntó cambiando de estrategia. Yo alcé las cejas.
―No ―Respondí sonriendo. Al parecer ya llegábamos a cosas interesantes.
―¿Está mintiendo? ―dijo extrañada.
―En absoluto. Ni siquiera he necesitado usar la oclumancia aun ―le expliqué con seguridad. Ella me miró desafiante. Se volvió a sus papeles un momento y luego a mí de nuevo.
―¿Sabía usted de antemano que el Señor Krum iba a morir? ―preguntó seriamente.
Yo le aguanté la mirada un instante, junté las yemas de los dedos lentamente y bajé la cabeza al tiempo que sonreía mostrando los colmillos.
―Sí ―le reté.
―¿Cómo lo sabía? ―preguntó ella preparada para tomar notas.
La miré y deje de sonreír. Dejé caer las manos, relajé los hombros y levanté una ceja con frustración. Pensaba que seguiría por algún lugar interesante.
―Todos lo sabíamos, es ley de vida. Iba a morir antes o después, como todo el mundo ― expliqué encogiéndome de hombros, burlón.
Ella frunció el ceño. No parecía tener mucha experiencia en interrogatorios con veritaserum. Al menos no en los que el interrogado sabía lo que se traía entre manos.
―¿Sabía usted exactamente en qué preciso instante iba producirse la muerte del Señor Krum?
Sonreí negando con la cabeza.
―Ese es el problema real, Turandot. El veritaserum sirve para conseguir una confesión, no para obtener pistas. Pero no podrá hacerlo hasta que no tenga una idea muy clara de cómo se cometió el crimen. Mientras siga así, seguirá planteando mal las preguntas y por tanto, seguirá sin conseguir nada ―le expliqué llevándome a la boca otra cucharada de Steak Tartar.
―Responda a mi pregunta muchacho ―me amenazó entre dientes―. ¿Sabia o no el momento exacto en que iba morir el Señor Krum?
Me encogí de hombros.
―No ―respondí cerrando los ojos y sonriendo.
Ella me miró con desconfianza. Dejó a un lado los papeles, juntó las manos encima de la mesa y me miró.
―Está bien, Señor Grindelwald. Ya que es usted tan listo, ayúdeme. ¿Qué se preguntaría usted a sí mismo si estuviera en mi lugar? ―dijo apretando los labios y alzando las cejas.
Yo levanté la cabeza y la miré en silencio durante unos instantes. Con las cejas levantadas y sin sonreír.
―Estoy sorprendido. Esa es, sin duda, la pregunta más inteligente que podía hacerme. Y, por supuesto, seria la pregunta que me haría.
―¿Y cuál sería su respuesta a ella? ―añadió levantando una ceja con esperanza.
Relajé los hombros y puse los ojos en blanco, frustrado de nuevo.
―Qué pena. Por un momento casi creí que íbamos bien. Mi respuesta, por supuesto, seria la misma que ya le he dado.
Ella se pellizco el puente de la nariz con desesperación, resoplando por la nariz un par de veces, tratando de calmarse. Suspiró.
―¿Que más se hubiera preguntado después de eso?
―Mmm... Difícil... ―respondí mesándome el mentón, pensativo―. Probablemente me habría preguntado por el enigma más relevante del caso: la manera en que el asesino escapó.
―Está bien. ¿Si usted hubiera sido el asesino, cómo habría salido de la escena del crimen? ―dijo cruzándose de brazos.
―Con el giratiempo ―aseguré recostándome en el respaldo de la silla tranquilamente―. Así no correría el riesgo de que alguien me viera salir―. Ella frunció el ceño. Por supuesto, esa era la verdad, aunque a ella no le sirviera de nada.
―¿Cómo habría salido sin usar el giratiempo? ―preguntó más en un tono de amenaza que nada. Yo solté una carcajada.
―Abriendo la puerta y saliendo al pasillo ―respondí burlón. Haciendo el gesto de abrirla. Ella levantó una ceja.
―¿Cómo la habría cerrado desde dentro de hacerlo así?
―No lo habría hecho ―afirme lentamente, levantando solo la comisura derecha de mis labios.
―¿Cómo habría salido dejando la habitación intacta, tal como la encontramos los aurores? ―insistió frunciendo el ceño.
―No sé como la encontraron, no puedo responder ―dije yo sin mirarla, jugando con la cuchara y un trozo de cebolla, al menos esto la enseñaría a plantear bien las preguntas.
―Sin ventanas, con la puerta cerrada desde dentro, la chimenea cerrada a la red flú, con el giratiempo dentro y sin armarios transportadores. ¿Cómo habría salido dejando todo eso intacto? ―Preguntó de nuevo.
―¡Por fin una pregunta bien planteada! Está usted mejorando mucho. Le daré un premio: Yo no habría salido ―sentencié con arrogancia.
Ella me aguantó la mirada unos instantes, furiosa. Luego se volvió a sus papeles, escribió un par de cosas mientras yo seguía comiendo y unos instantes después reaccionó.
―Un momento... ¿Usted? ¿insinúa que otra persona si podría haberlo hecho? ―preguntó suspicaz.
Yo deje la cuchara, tomé un sorbo de leche, me relamí el labio superior lentamente para limpiármelo y luego sonreí mostrando mis colmillos.
―Parece que después de todo es usted bastante inteligente, Turandot.
―Responda de una vez muchacho, ¿quién pudo haberlo hecho?
―Bueno, imaginemos lo siguiente ―le propuse apoyándome de nuevo en el respaldo y juntado las yemas de los dedos―. Una habitación cerrada, sin ventanas, sin flú, sin giratiempo... Pero no sellada. Porque si no el Señor Krum habría muerto, pero ahogado. ¿Se imagina usted por dónde voy?
―A lo mejor. Prosiga ―respondió enigmática. Yo alcé las cejas.
―Bueno, hay ciertos magos con poderes especiales que yo no poseo que podrían salir por sitios por donde otros no cabrían ―aseguré sonriendo mostrando mis colmillos y me incorporé inclinándome sobre la mesa, acercándome a ella y mirándola desde abajo―. Me estoy refiriendo, por supuesto, a un animago.
Ella parpadeó un par de veces, apartándose por la impresión. Yo volví a recostarme en el respaldo del asiento separándome también.
―Por supuesto, si ustedes buscan en los archivos oficiales no encontraran a nadie de esta escuela ―seguí explicándole―. Pero eso no significa que no los haya. E incluso, tampoco significa que el asesino tenga que ser alguien de la escuela. Aunque en mi fuero interno espero que no, porque de así ser probablemente ya habrá escapado lejos de aquí y nunca podrán atraparlo.
Disclamer: Gellert Grindelwald, Krum, Drumstang, giratiempo, veritaserum, Barnabús Finkley... J..
Turandot... Puccini.
Bueno, ya sé lo que me vais a preguntar en los reviews. Ahorraoslo, os prometo que en el próximo se sabrá si fue un animago o no. Dejando eso de lado, sacad vuestras conclusiones, Gellert no ha mentido. ¿Como lo ha logrado? ¿A caso vais a dejar que siga mofandose de todos los aurores noruegos, y de todos vosotros? Preguntas, dudas, conclusiones, hipotesis, ideas, deducciones... Botón verde.
