Los Personajes pertenecen a Meyer (Damos GRACIAS POR ello) La historia es una adaptación a Crepúsculo
La Novela le pertenece a Lee, Miranda, y tiene el mismo titulo.
Nada, excepto el destino, y la tristeza de una mujer mayor.
Al día siguiente empezaron los problemas, cuando dejó su trabajo de camarera, después de que su jefe intentara ponerle las manos encima. Más tarde, aquella misma noche después de haber salido, un gamberro robó en la habitación de la señorita Blanchford. La pobre mujer se quedó tan deprimida que Bella estuvo con ella todo el día del domingo, intentando consolarla.
-Todo se arreglará, señorita Blanchford -decía Bella cariñosamente, después de que la policía se hubiera marchado a eso de las cuatro de la tarde. Estaban sentadas en el dormitorio de la señorita Blanchford, que era el más amplio y más antiguo en la casa de huéspedes, con una ventana que daba al destartalado jardín. Era esa ventana la que había facilitado la entrada del ladrón a la habitación de la planta inferior. La señorita Blanchford sacudió la cabeza mientras dos enormes lágrimas rodaban por sus arrugadas mejillas.
-He perdido todo -dijo con un sollozo sofocado-. Los ahorros de cinco años, todo ha desaparecido. Bella estuvo a punto de ponerse a llorar ella también. Le daba pena la mujer, pero... si hubiera puesto el dinero en el banco, en vez de en una caja de galletas debajo de la cama...
La policía pensó que el ladrón sería probablemente alguien que había vivido en la misma casa de huéspedes y tenía conocimiento de la desconfianza de la señorita Blanchford hacía los bancos, cosa bastante común entre las personas que habían vivido la Gran Depresión. La policía dijo que, desgraciadamente, había pocas posibilidades de encontrar al culpable y recobrar el dinero, aunque eso no se lo habían dicho a la señorita Blanchford. Bella había pedido que no se lo dijeran, la pobre mujer ya estaba bastante disgustada. La verdadera tragedia era que ese dinero pensaba emplearlo en comprar una silla de ruedas eléctrica.
La señorita Blanchford sufría una enfermedad muscular degenerativa y cada vez le era más difícil valerse con la silla que había tenido hasta entonces.
-¿Qué voy a hacer, Bella? -gritó la señora-. No quiero ir a un asilo del gobierno, pero dentro de poco no seré capaz de valerme por mí misma. Si no puedo ser independiente, es mejor que me muera.
-Ahora va a dejar de hablar de esas cosas -ordenó Bella con suavidad-. La policía recuperará el dinero, no se preocupe.
-No, no lo harán, se lo han llevado. Soy una vieja estúpida por guardarlo en aquella lata.
-No siga hablando de ello, no va a conseguir nada con quejarse; yo tengo el presentimiento de que su dinero aparecerá, deje pasar unos días
Bella tenía un presentimiento, si. Y tenía una sensación de vértigo en el estómago por lo que estaba pensando hacer para conseguir ese dinero a la señorita Blanchford.
-Iban a venir a enseñarme una silla el miércoles. Me dijeron que era la silla de segunda mano mejor que había pasado por allí, y sólo costaba tres mil dólares. Las nuevas cuestan mucho más, ya lo sabes.
-Sí, lo se -dijo Bella nerviosa. ¿Si Edward Cullen quería pagar dos mil dólares por su compañía, pagaría más? ¿Tres mil dólares? «Todo junto y por adelantado», había prometido. Si aceptaba su propuesta podría dar el dinero a la señorita Blanchford antes del miércoles. Por supuesto le diría que la policía había recobrado el dinero. Su antigua profesora de ballet era muy orgullosa y nunca aceptaría la caridad, además preguntaría a Bella de dónde había sacado el dinero.
-Vamos, señorita Blanchford -dijo Bella impaciente-. Seque sus lágrimas. La mujer que me ayudó a ser fuerte cuando estaba en la cárcel no puede sucumbir tan rápidamente. Dé una oportunidad a la policía y prométame que no va a cancelar la visita del miércoles.
-De acuerdo, Bella -la vieja mujer esbozó una sonrisa triste-. ¿Qué haría yo sin ti?
-Estar bien, como siempre -aseguró Bella, aunque ella no estaba tan segura. La mujer que antes parecía indestructible aquel día era la imagen de la fragilidad.
-Todavía no me hago a la idea de la suerte que he tenido de que vinieras a vivir aquí. Eres muy buena conmigo, Bella; leyéndome y jugando a las cartas conmigo. ¿Te cambiarías si consigues un trabajo a tiempo completo? Sé que éste no es el lugar más bonito del mundo...
¡Bonito! Era un agujero, pero era barato y muy céntrico. Le había dado la dirección un compañero de la cárcel y había esperado no tener que necesitarlo. Había confiado en poder volver a casa de sus padres. Pero cuando fue, el día que había sido puesta en libertad seis meses antes, había un mensaje de su padre diciendo que no era bienvenida allí, aunque había tenido el detalle de decir que sí podía recoger sus pertenencias. Sin embargo, se había enfadado tanto que se había marchado sin recoger nada y había aprovechado la ropa que había sacado de la cárcel.
El estado de ruina del edificio donde estaba la casa de huéspedes había sido un golpe duro, pero no tan duro como conocer a la ocupante de la habitación de la planta baja. La señorita Blanchford había enseñado ballet a Bella desde los tres a los doce años, en que ella había sido enviada a un internado.
Nunca había vuelto a darle clase, pero Bella nunca la había olvidado, siempre había admirado su autodisciplina. Y tenía que agradecerle la fuerza que la había transmitido y con la que había logrado superar sus largos días en prisión. Por lo que le dijo, tampoco la señorita Blanchford había olvidado nunca a su alumna. Bella le había contado cómo había sido su vida desde que había dejado el internado. Había sido maravilloso encontrar un oído atento y un hombro sobre el que llorar. La amistad de la señorita Blanchford significaba todo para Bella, y no podía soportar verla triste. Se hizo la promesa de hacer lo posible para obtener el dinero para aquella silla. Se echó hacia delante y dio unas palmaditas en las delgadas y huesudas rodillas de la vieja mujer.
-Ahora no siga preocupándose -la aconsejó con cariño-. Si alguna vez me voy de aquí, usted se vendrá conmigo. Y ahora vamos a conseguir esa silla, ¡sea como sea!
A las ocho de aquella tarde de domingo Bella fue hacia el teléfono y marcó el número de Edward Cullen iba contra su orgullo, pero como no había otra alternativa se decidió a hacerlo con estilo... su jefe nunca tenía que darse cuenta de que a ella le resultaba muy atractivo.
-¿Diga? Edward Cullen al aparato -contestó con frialdad, y un escalofrío recorrió la espina dorsal de Bella. ¡Caramba, tenía una voz verdaderamente sensual!
-Soy Isabella Swan, doctor Cullen -repuso Bella.
-Ah, sí, señorita Swan. Estaba esperando su llamada.
Bella esperaba que la proposición que iba a hacerle borrara el matiz de vanidad en aquella maldita voz sexy.
-He pensado en su oferta, doctor Cullen –empezó en un tono perfectamente profesional-, y he decidido que podría acompañarlo... -Bella se detuvo unos segundos intencionadamente-. Por un precio, claro.
Se oyó la respiración fuerte del doctor seguida por unos segundos de silencio total.
-Ya le he ofrecido dos mil dólares -dijo finalmente, ya no había ningún matiz seductor en la voz, se había vuelto fría como un témpano de hielo-. Habría asegurado que era más que suficiente para el trabajo que va a hacer.
-Lo siento, pero no es suficiente.
-Entiendo -replicó con tono de reproche-. ¿Y cuánto será suficiente?
-Tres mil.
-¡Eso es mil dólares al día!
-Ese es mi precio, doctor Cullen. Tómelo o déjelo.
-Sí, lo tomo, señorita Swan, pero con una condición.
-¿Qué condición?
-Que no tenga que cambiar la habitación que he reservado. Sinceramente, por razones que no voy a explicar ahora, preferiría que creyeran que somos novios, no sólo amigos. Naturalmente no espero que duerma en mi cama, me aseguraré de que la habitación tenga un sofá-cama para que podamos dormir separados.
-¿Y si digo que no?
-Si dice que no, haré otros planes.
Bella sabía que nunca iba a decir que no si pensaba en la depresión de la señorita Blanchford. Pero odiaba a Edward Cullen por arrinconarla de esa manera. No había ninguna razón para prolongar la agonía, sería añadir fuego a la humillación. Era mejor aceptar cuanto antes, dejando que pensara que no la había preocupado el cambio.
-De acuerdo -aceptó con un tono alegre-. Me doy cuenta de que por tres mil dólares puede poner las condiciones. Pero lo quiero todo junto y por adelantado, tal como prometió.
Una vez más EdwardCullen se quedó callado. ¿Sorprendido?¿Impresionado quizá?
-Le mandaré el dinero mañana con un mensajero.
Le dijo finalmente en un tono sarcástico.
Evidentemente, ella no le había sorprendido, había actuado exactamente como él esperaba que las mujeres actuasen... ¡como prostitutas que se vendían por dinero!
-En efectivo, por favor -sugirió Bella con una voz que reflejaba la furia que sentía dentro.
-Naturalmente.
Bella se encogió de hombros con un suspiro. Ya estaba hecho y no podía volverse atrás, pero por lo menos le gustaría no sentirse tan humillada. Cualquiera pensaría que había alquilado su alma y su cuerpo para toda la vida, en vez de su compañía por tres miserables días.
-Supongo que ya hablaremos de los detalles cuando tengamos oportunidad -dijo bruscamente el doctor. No quiero que Alice sepa nada, es algo entre tú y yo, le diré que voy a ir solo. Debes darme tu palabra, Bella.
Bella no esperaba que la llamara por su nombre, pero asumía que no iba a seguir llamándola señorita Swan. Tampoco ella quería que Alice lo supiera, era una situación realmente violenta e indigna. Y ligeramente desconcertante. Bella se preguntaba por qué Edward tenía tanto empeño en hacer creer a sus colegas que su acompañante era su amante. ¿Tenia que mantener su reputación de hombre seductor? ¿O había otra razón secreta para ello? Algo, quizá intuición femenina, la avisó. Debajo de la superficie siempre había algo más... Pero Bella no podía dejarse arrastrar por preocupaciones y escrúpulos de naturaleza tan indefinida. Lo que importaba eran los tres mil dólares.
Estoi cumpliendo... saco tiempo de debajo de las piedras ^^
merezco rewiews?
Gracias por sus comentarios en e prosimo capitulo as nombro =D Necesito su apoyo
1besOs cuiidenSe!
