Los Personajes pertenecen a Meyer (Damos GRACIAS POR ello) La historia es una adaptación a Crepúsculo
La Novela le pertenece a Lee, Miranda, y tiene el mismo titulo.
El taxista dejó a Bella frente al alto edificio donde se encontraba la consulta de Edward, y desapareció a toda velocidad entre el tráfico. La tarifa ascendió a veintidós dólares, con lo cual su monedero quedó con ocho dólares y algunos centavos. Bella suspiró y miró al reloj de pulsera. Era todavía la una y diez. Tomó fuerzas y agarró la maleta para entrar en el edificio por las puertas giratorias.
Empezó a sentirse inquieta al caminar sobre el frío suelo de baldosas hacia los ascensores. Dejó la maleta en el suelo, se colocó bien en el hombro el bolso de cuero a juego, y apretó el botón de subida. Las puertas se abrieron inmediatamente, el ascensor estaba vacío. Bella tomó su maleta y estaba a punto de entrar cuando algo la interrumpió.
Fue una voz en su interior.
«No vayas», dijo la voz. «Corre»
¿Corre? ¿Pero cómo iba a poder? La habían pagado ya. Edward sabía su dirección, y ella estaba totalmente arruinada. No había ningún lugar hacia donde pudiera correr. Un miedo irracional la invadió mientras subía en el ascensor al segundo piso. ¿Por qué iba a asustarse, aparte de por la estúpida atracción física que sentía hacia el doctor? Podía esconderla fácilmente. Dios mío, llevaba escondiéndola seis meses, ¿no? Lo único que tenia que hacer era seguir actuando de la misma manera unos días más. Por supuesto, no podía evitar sentirse bastante nerviosa ante la proximidad del fin de semana. Hacía varios años que no se relacionaba con el tipo de gente que habría en la conferencia, aunque había sido educada con todas las ventajas que el dinero puede dar, y sabía que no iba a sentirse incómoda ni hacérselo sentir a Edward.
Su educación había sido excelente, sabía la gramática correcta, y los modales y comportamiento necesarios aprendidos en la niñez.
Los cuatro años pasados en prisión no habían alterado ese estilo y elegancia que parecía natural en las chicas de su entorno y posición, aunque había aprendido a cuidarse de sí misma y hablar duramente si era necesario, y no siempre con el lenguaje de una señorita.
Podía entender bien la confusión de Edward acerca de la ambivalencia de su carácter. La mayoría del tiempo ella era la chica educada, la criatura refinada que sus nodrizas y profesores habían formado, pero a veces emergía la superviviente dura que tuvo que aprender a ser en la cárcel. Bella se sentía cómoda en su nueva personalidad, siempre podía acudir a ella para protegerse, emocional y físicamente. La hacia ver las cosas tal como eran, sin ningún velo del romanticismo estúpido que habla hecho que cayera a los pies de un canalla como Jacob, ciega y estúpidamente enamorada; el mismo que siempre la había hecho creer que tenía que enamorarse de un hombre para disfrutar del sexo.
Bella ya había aprendido que la atracción sexual no tenía necesariamente que significar amor. Era algo animal, involuntario y primario. Un instinto químico que se ponía de manifiesto en presencia de miembros atractivos del sexo opuesto. Los científicos lo llamaban selección natural de las especies. Una hembra siempre iba a sentirse atraída por el más fuerte y atractivo de los machos de su especie, para que los descendientes fueran también los más fuertes y más atractivos, dándoles así oportunidad para sobrevivir. Bella sabía que lo que sentía por Edward no tenía nada que ver con el amor, sino con la selección natural de las especies.
Salió del ascensor y caminó despacio por el pasillo reafirmándose en sus pensamientos. Iba con quince minutos de adelanto, no tenía por qué apresurarse. La puerta de la consulta de Edward estaba abierta, pero la sala de espera estaba vacía. Bella oyó sonidos amortiguados procedentes de la consulta, dejó la maleta en el suelo, fue hacia la recepción y se metió en la pequeña habitación que había detrás para tomar un té. Se podía tomar una taza; su dieta radical de la semana empezaba a pasarle factura. Había perdido algo de peso, y como además había hecho algunos cambios, casi toda la ropa de hacia cinco años le servía. Había algo que le preocupaba, sin embargo, y era el atrevido bikini negro que llevaba en el fondo de la maleta. Definitivamente no era una prenda para ponérsela en compañía de un hombre, ya que su busto había crecido una talla y la parte de abajo también. No estaba gorda, pero había adquirido voluptuosidad. Se habría comprado otro si hubiera podido. Bella terminó de hacerse el té y se sentó a tomarlo en la mesa de recepción. Mientras lo tomaba se acordó de todo lo que había ocurrido el lunes anterior cuando habla ido a recoger su ropa. Su padre no estaba, por supuesto. ¿Cuándo había estado él alguna vez allí? Y el ama de llaves era nueva. Bella había tardado un rato en convencerla de quién era y de que quería recoger sus prendas, que afortunadamente seguían en su cuarto. No era que hubiera pensado que no iban a estar. Su padre nunca se había molestado en tirar las cosas de su madre cuando aquella le dejó, ¿por qué iba a haber tirado las de su hija? Eso hubiera significado admitir de alguna manera que su comportamiento le había afectado. Bella se había llevado dos maletas llenas, sin revisarlas en profundidad. Había recogido también las mejores piezas de joyería.
Fue una mañana triste. Los recuerdos la deprimieron.
Seguía sentada recordando, cuando la puerta de la consulta de Edward se abrió y salió una mujer con una niña en brazos. Las dos lloraban, la niña a gritos, y la mujer suavemente. Bella, emocionada, iba a levantarse para ofrecerles su ayuda, cuando apareció Edward. El no vio a Bella, estaba concentrado en la mujer y la niña.
-Vamos, Chrissie -murmuró, tomando cariñosamente a la pequeña entre sus brazos-, estás haciendo que tu madre se preocupe con tu llanto- el doctor la besó en las mejillas y la lanzó hacia arriba varias veces-. Siento que los dedos del doctor estén fríos, la próxima vez los calentaré en la estufa. ¿Qué te parece? Y aquí hay algo por ser una niña tan fuerte y valiente.
Bella observó fascinada cómo Edward sacaba de su bolsillo de la bata blanca una piruleta de color rosa brillante.
-¡Para ti!, déjame quitar este papel tan molesto -continuó quitando el celofán para después meter el caramelo en la boca abierta. La niña se abrazó al doctor chupando contenta su caramelo. La escena dejó atónita a Bella. ¿Era aquel hombre el mismo doctor con el que trabajaba cada viernes por las tardes? ¿Esa persona amable, cariñosa? ¿Dónde estaban la brusquedad, los modales rígidos, los ojos fríos y distantes? Desde luego ése era un caso genuino de doctor Jekyll y Mr Hyde.
-Por favor, no se preocupe, señora Williams -aconsejaba a la mujer-, éstas cosas no son graves a una edad temprana.
-Lo sé, doctor, pero no puedo evitarlo.
Edward rodeó con el brazo libre a la mujer temblorosa.
-Lo sé, lo sé -dijo suavemente -. Es la madre de Chrissie y la quiere.
La mujer alzó la cara y Bella pudo ver la emoción intensa que reflejaban los ojos enrojecidos. Bella sintió una presión en el pecho al ser testigo de la fuerza que tenia el amor de aquella mujer. Aquella mujer movería montañas por su hijita.
-Venga dentro de seis meses -oyó que decía Edward-, y volveremos a hacer otra radiografía para comparar.
-Lo haré, doctor. Y no se preocupe, no olvidaré los ejercicios que me ha enseñado. No fallaré ningún día.
-Estoy seguro de que no, señora William. Los ojos de Bella seguían sumergidos en la taza de té medio vacía cuando unos pantalones oscuros se acercaron a la mesa.
-No sabia que habías llegado - dijo Edward-, no te había visto.
Bella confió en que su cara no reflejara toda la pena que acababa de sentir momentos antes. Quizá sí lo hiciera, porque el doctor frunció el ceño y la miró con algo que pareció compasión en sus ojos normalmente duros.
-¿Te encuentras bien? -quiso saber. Las palabras amables llegaron a su corazón, todavía herido, y sintió ganas de llorar también ella. Lo miró con los ojos muy abiertos preguntándose si también la consolaría a ella en caso de que se pusiera a llorar. ¿La tomaría en sus brazos como había hecho con la niña, dejando que se acurrucara en el calor de su pecho?
-Me he mareado un poco -se excusó, sabiendo que lo que decía no estaba muy lejos de la verdad. Alzó la taza-. Estaré bien después de que haya tomado un poco de azúcar. Cuando se levantó, con la taza vacía en la mano, estaba totalmente recuperada, y Edward había vuelto a su estado habitual.
-No olvides tomar el dinero del taxi de la caja - dijo de manera cortante. A continuación, se dirigió apresuradamente a su consulta quitándose la bata blanca. –
Mr. Hyde de nuevo -murmuró Bella, mientras tomaba sus veintidós dólares como le habían ordenado. A continuación fregó la taza y el platito. Volvió a recepción a la vez que Edward salía de la consulta de nuevo con aspecto distinguido: un traje gris, camisa blanca y corbata verde, el mismo verde de sus ojos.
-Ese traje que llevas es mejor que la falda negra de siempre -dijo recorriéndola de arriba abajo con la mirada-. Y también me gusta cómo te has arreglado el pelo, con mucho estilo.
-Me alegra que te guste -contestó Bella, que sabía que el vestido de lana de color ámbar le sentaba bien y le resaltaba su silueta. El único adorno que llevaba era una gargantilla de oro que le hacía juego con los pendientes. El juego le habla sido regalado al cumplir los diecinueve años por su madre, que se lo había enviado desde algún lugar de Europa. La mayoría de las joyas que Bella tenía eran regalos de su madre. No tenían valor sentimental, pero eran auténticas. Edward no iba a poder acusarla de llevar bisutería.
-¿Cómo has podido sujetarte el pelo de esa manera? No te lo has cortado, ¿verdad? Bella se quedó asombrada por su tono casi intimidatorio, ¿qué le importaba si se lo había cortado o no?
-No -replico, intentando no perder la calma. Tenía que mantenerse impasible para sobrevivir al largo fin de semana. No tenía que permitir que su equilibrio se alterara, dijera lo que dijera-. Tengo bastante práctica en sujetarme el pelo - terminó. Cuando había estado trabajando en la lavandería de la prisión había sido esencial recocerse el pelo.
-Lo tienes muy largo, ¿verdad? -comentó Edward todavía con el ceño fruncido.
-Sí.
-¿Lo llevas alguna vez suelto?
-Sólo en la cama -fue la respuesta breve. Bella no era ninguna estúpida y sabía que a los hombres les encantaba el pelo largo, sobre todo suelto. No se lo había dejado largo por esa razón. No le había importado que se lo cortaran por los hombros cuando estuvo en la cárcel, y luego no había tenido suficiente dinero para cortárselo cuando había salido. En realidad resultaba muy barato llevarlo largo.
-En ese caso tendré el placer de verlo -declaró Edward, antes de ir a recoger la maleta. Su mirada fue tan provocadora como su comentario. Había entrecerrado los ojos, como si se estuviera imaginando el aspecto que tendría en la cama con el pelo extendido sobre la almohada. Su almohada. Bella notó que la selección natural estaba de nuevo trabajando, haciéndola sentir y pensar cosas que no tenían una base real, sólo estaban en su imaginación calenturienta.
-Yo llevaré esto -dijo con brusquedad cuando el doctor fue a recoger su bolso.
-Como quieras. ¿Estás lista para que salgamos? ¿No quieres ir al baño?
-Sería una buena idea. No tardaré nada.
Bella se miró en el espejo después de haberse lavado las manos. No era tranquilidad precisamente lo que se reflejaba en sus mejillas, ni en el brillo de sus ojos.
Bueno no dijo mucho... pero dimos a conocer a un Edwar total mente diferente a como lo conoce Bella
Aqui les dejo el capitulo muchisimas gracias por lo comentarios!
Muchos besos, cuidense y gracias por las Felicitaciones ^^
