Apagó el teléfono. Se dirigió al cuarto donde había dejado al chico. "Seguro ya despertó", pensó Axel. Y, a pesar de esto quería verlo. Sabía que el muchacho le gritaría, le exigiría respuestas y, tal vez, trataría de golpearlo cuando le quitara las cuerdas que lo mantenían prisionero.
Axel era amable. No lastimaba a las personas sin ninguna razón. Es cierto, era un asesino, pero únicamente lo contrataban para deshacerse de criminales –bandidos que andaban sueltos por el mundo -. Un día, le llego el trabajo de acabar con la vida de un inocente, eran tiempos difíciles, era obedecer o morir.
Tuvo que matarlo. Nunca olvido la cara que aquel niño: puro, frágil, tierno. Juró por su vida que nunca dañaría sin motivo. Aquí estaba, tratando de cumplir con su promesa "No lo lastimes, solo cuidarás de él algunas semanas, luego se lo darás a Xehanort", se dijo a sí mismo.
Algo en Roxas le recordaba al chico que murió en sus brazos, mucho tiempo atrás. Esa misma cara; esos ojos azules, profundos como el cielo. La forma de su pelo, su color amarillo –ligeramente café-. Una piel suave y sonrosada. Hasta la edad era la misma.
Abrió la puerta de la habitación. En la pared pegada a la puerta se encontraba el rubio. En cuanto vio a Axel soltó un gemido y abrió sus ojos –claramente estaba asustado- .
- Hey Roxy, ¿Qué haces allí?- dijo en un tono burlón. El chico solo aparto la cabeza y soltó un leve gruñido. Entonces lo tomo en sus brazos y lo llevo hasta el sofá en la sala.
- Te quitare las cuerdas de las piernas, no trates de escapar, que no quiero lastimarte- dijo, con los ojos fijos en Roxas. Este solo asintió con la cabeza, tratando de calmar su corazón.
"Tranquilo, no te hará daño" pensó, mientras Axel lo soltaba. Ahora podré por lo menos caminar, pero mis manos siguen atadas. El pelirrojo se levantó y se dirigió a la cocina. Sacó unas cuantas cosas del refrigerador: beicon, huevos, papas y leche, y empezó a cocinar.
- ¿Tienes hambre?- le preguntó al chico.
- Ah y-yo, sí... un poco- contestó
Era un lugar pequeño, pero era limpio y cómodo. Roxas divisó una ventana y se dirigió hacia ella. Vio los edificios y las luces, también vio la luna y las estrellas. Le tomó un momento darse cuenta que se encontraba en un apartamento y, tal vez, en el piso número 100, porque de verdad que estaban a una altura considerable.
Escuchó a Axel en la cocina informándole que la comida estaba lista. En la mesa había mucho beicon, dos huevos y también papas –todo estaba frito-. Roxas recordó que vio el cielo, y juzgando por su color oscuro, era de noche. ¿Por qué entonces iban a desayunar? Él esperaba algo más liviano para la cena.
- Em, disculpa, ¿No tienes algo menos pesado para cenar? – dijo, un poco apenado.
- ¿Cenar?, pero si son las ocho de la mañana.- inquirió el pelirrojo.
- ¡N-no puede ser!, ¡Acabo de verlo, es de noche!, ¡No me mientas!- grito, furioso el rubio. Cuando la gente lo engañaba o trataba de burlarlo, Roxas se enfadaba demasiado. Era ese tipo de persona honesta y extremadamente fiel a los demás.
- Mira mocoso, ¿Por qué en Twilight Town, siempre –todo el día- está el crepúsculo?, no lo sabes verdad… en esta ciudad reina la oscuridad, hasta cuando se supone que debería salir el sol. ¿Entendiste o te lo explico de nuevo? "Idiota", pensó Roxas.
- ¿Cómo se supone que voy a comer si mis manos están atadas?
- Jajá, eres un chico listo. ¡Ya sé, tengo una idea!, "Oh no", ¡Yo te alimentare! Vamos Roxy di AAHH…. Levantó el tenedor repleto de comida hacia la boca del chico y lo metió. El rubio casi se ahoga, pero no podía quejarse –se moría de hambre- esa comida estaba deliciosa.
"¿Por qué dejo que un extraño me dé de comer?", se preguntó. Algo en Axel llamó la atención del rubio: su pelo; nunca en su vida había visto un rojo tan intenso, su cara; esos ojos vedes, o tal vez fue su actitud, él ciertamente no lo sabía. Era un niño muy terco para admitirlo.
