Capítulo 5

"En coma"

Supe que era Edward quién hablaba pero no entendí bien lo que decía. Mi mudo cambió nuevamente a la habitación donde se encontraba mi cuerpo. Los doctores hacían lo que podían, mi pulso estaba cayendo, mi respiración era más lenta. Más tubos llegaban y eran introducidos a mi cuerpo. Me estremecí. Realmente me veía muy mal.

- ¡¿Qué pasa? – gritaba mi madre, Renée, desde fuera, la acababan de sacar de la habitación.

- ¿Qué pasa? – me pregunté tranquila a mí misma.

- Entraste en coma – contestó mi ángel, no me había dado cuenta de que estaba detrás de mí hasta ese momento, aunque claro, era de suponerse.

- Me estoy complicando ¿Eh? – pregunté un tanto bromista.

- ¿Te parece divertido? – cuestionó confundido – Y el que se sale del protocolo soy yo… – rodé los ojos y le sonreí un poco.

- En realidad… – dije ya más seria – No – me lamenté viéndome empeorar segundo a segundo.

- ¿Es que le tienes miedo a la muerte? – me preguntó un tanto divertido moviendo sus dedos hacia mí como cuando en noche de brujas las pequeñas niñas te dicen que te harán un hechizo si no les das dulces.

- No quiero que sufran – miré a mi desconsolada madre y mi padre cuyas fuertes barreras estaban siendo despedazadas.

- ¿Por qué piensas en el dolor de ellos? Tu estarás atrapada en el purgatorio sabiendo siempre que pudiste haber escogido el cielo.

- Tal vez…

- No, no tal vez, así es – me dijo casi enojado.

- ¿Pero de que me servía? Ellos iban a sufrir…

- Sufrirán igual Bella.

- Pero si yo estoy aquí… – traté.

- No, eso no importa, cuando mueras ellos van a sufrir.

- Un poco menos tal vez…

- No Bella – se desesperó – Ellos van a sufrir igual, no es algo que puedas evitar.

- ¿Entonces de que sirvió hacerme ángel guardián? Esto no tiene sentido – dije sin creerlo.

- Pero fue tu decisión – el ángel puso punto final a la conversación tajantemente.

Sentí enojo, sufrimiento, angustia, y desconsuelo pero supe que esos sentimientos no eran míos, sino de todos mis protegidos, yo cómo ángel no podía sentir nada como eso ¿O sí?

Mi madre estaba afuera, intentando ver por la ventanilla algo que le diera paz.

- ¡No quiero morir! – le pedí al ángel - ¡No quiero! – supliqué tirándome al suelo de rodillas y empezando a llorar.

- ¡Isabella Swan levántate! – la enérgica voz del ángel me sorprendió – ¿Crees que es gracioso? ¡No puedes andar pidiendo, diciendo, queriendo hacer tu voluntad y mucho menos arrastrándome a mí en tus decisiones! Te di opciones y elegiste ¡Ahora acepta las consecuencias!

Su comportamiento, su tono y su forma de hablarme me extrañó muchísimo pero me tranquilicé sentándome en el suelo y observando cómo los doctores me estabilizaban aunque aún seguía en coma.

Me veía tan pálida, tan sin vida. Los moretones, los raspones en mis brazos y rostro. Los labios resecos y el cabello enmarañado…

- Pensé que eras más… – se quedó callado – no lo sé Bella, pensé que ibas a aceptarlo, me desilusionaste – reprochó.

- ¿Cómo se acepta el dejar a tus padres como están ahora? ¿Cómo se acepta ver a tu hermano así? ¿Cómo? – le pedí.

- ¿Lo hacías por ellos? – se confundió.

- Tú eres mi ángel, deberías saberlo.

- ¿Por eso no quieres irte? ¿Por no dejarlos sufriendo?

- Ese siempre fue el plan, hacer que ellos pudieran sobreponerse.

- ¿Y qué hay de ti? – sonaba más tranquilo.

- Yo estaré bien.

- ¿Viva o muerta?

- Lo que el jefe disponga – sonreí y el sonrió también.

- 3 de 5 – sonrió ampliamente.

- ¿Qué significa eso? – cuestioné.

- ¿Eso? ¿Qué? – se hizo el tonto. Rodé los ojos cuando supe que no diría más.

- ¿Cómo esta ella? – escuché cuestionar a una voz femenina. Era Nessie.

- Entró en coma – contestó Edward con un nudo en la garganta.

- No – suspiró Ness con verdadero dolor. Sentí mi pecho oprimirse. Seguían sintiéndose culpables.

- Mantengan supervisadas las máquinas y los medicamentos – pidió el doctor Cullen a lo que parecía ser la jefa de enfermeras.

- Sí doctor – contestó ella empezando a movilizarse junto con otras dos mujeres de blanco a las que ordenó un par de cosas.

El médico salió e inmediatamente las preguntas de mis padres, hermano y amigo lo bombardearon.

- ¿Cómo esta?

- ¿Va a estar bien?

- ¿Qué pasó?...

- Como ya les habrá puesto al tanto la enfermera – comenzó el doctor Cullen – Su hija acaba de entrar en coma – el rostro de mi madre se distorsionó, mi mano le dio apoyo mientras una lágrima corría por su mejilla. Mi padre se sentó en una banca cercana cuando sus fuerzas le impedían seguir de pie y llevándose las manos a la cara ocultó su llanto – Como es de saberse el coma puede durar días, semanas… horas incluso y en buenas circunstancias pero no debo mentirles, el caso de su hija es grave, las radiografías mostraron que tiene serios golpes y… me duele mucho decírselos pero en este caso el coma puede durar años incluso o… no terminar – mi madre asentía tratando de asimilarlo – En ese caso nosotros no podríamos tenerla aquí, no por tanto tiempo y tampoco sería probable que, en dado caso de despertar, fuera como antes, sus neuronas empezarán a morir… – Guardó silencio por unos segundos para después terminar su discurso con las palabras que desmaterializaron a mis padres – Ustedes deciden que hacer, si la mantenemos en coma o… desconectamos los aparatos.

La mente de mi madre se nubló, mi hermano estaba desconcertado y mi padre tuvo que salir del lugar… Lo seguí por instinto.

Estaba afuera de urgencias, parado junto a una jardinera, observando todas esas hermosas rosas de colores, encontraba algo especial en ellas que lo hizo sollozar. Me acerqué a él para intentar consolarlo de la misma forma que consolé a Ness minutos antes. Acaricié su mejilla y suspiró llevándose la mano ahí donde había estado la mía como si hubiera podido sentir mi caricia.

Mi madre apareció para ofrecer su apoyo. Se abrazaron como pocas veces los vi abrazados cuando estaba viva.

- ¿No son preciosas? – le preguntó mi padre a mi madre refiriéndose a las flores. Ella asintió entendiendo el comentario – Y con la luz del atardecer parecen resplandecer – enmudeció por un minuto. Yo apenas y había notado que ya estaba atardeciendo - ¿Por qué ella? ¿Por qué de entre todas las personas tenía que ser ella? Ella que tenía años por vivir, ella que era tan joven y le faltaban años por seguir iluminando nuestras vidas – Soltó a llorar.

- Un padre no vive para ver morir a sus hijos. No debe ser así, no puede ser así – se limitaba a decir mi madre.

El sufrimiento que tenían ambos era lo peor que podía sentir. ¿Cómo podían resignarse? ¿Cómo los ayudaba a hacerlo? La mirada alerta de mi padre me distrajo de mis pensamientos. Mi pequeño hermano los observaba ligeramente escondido y cuando papá lo vio le hizo señas para que se acercara. Él obedeció corriendo y los tres se abrazaron. Besé a mi madre en su frente y agité el cabello de mi hermano. Aunque pareció como si el viento lo despeinara de repente. Sonreí por eso. Me gustaba verlos así, juntos. Justo así deberían quedarse siempre. Los abracé a los tres hasta donde mis brazos me alcanzaron.

- Tienen que ser fuertes – les susurré al oído y casi los escuché suspirar aunque también empezaron a llorar los tres.

Me sentí mal. Ellos eran lo único que realmente tenía. Mi familia era lo mejor que me había pasado, siempre lo fue y siempre lo sería. Mi padre era el mejor padre que podría desear, adoraba su carácter, su forma de pensar, su forma de reír y hasta su forma de regañarnos. Como mi madre no había otra, ella era única, especial y sin duda la mejor, me encantaba escucharla en casa por las mañanas, a veces cantando, a veces haciendo una que otra cosa, adoraba verla sonreír y que una de esas sonrisas fueran para mí, amaba su forma de ser. Mi hermano era lo mejor que me había pasado, su nacimiento fue como iluminarme de una manera especial la vida, lo quería por cómo era, por cómo me divertía, por cómo jugábamos y hasta por como discutíamos, saberlo cerca siempre era un alivio, algo me hacía falta si no lo escuchaba en casa haciendo maldades, travesuras o gritarme para que bajara a comer. Los amaba a los tres, amaba cada una de las cosas que hacían y que me desesperaban de vez en cuando, amaba su forma de ser, de ver la vida y de enseñarme a verla. No pude evitar soltar una lágrima cuando entendí que ya no podría tenerlos conmigo. No sé como fuera el paraíso, el purgatorio o cualquier lugar a donde tuviera que ir después de la muerte, pero sabía que los extrañaría porque no logro estar completa sin ellos y nunca lo lograría.