Capitulo uno. El silencio da el poder.
Caminaba por el polvoroso camino de las viejas calles de Italia. Hoy debía recoger a alguien importante. Su alma sería perdonada y entraría en su paraíso personal. Podía sentir el calor de la humanidad traspasar mi cuerpo. Mis ojos se clavaban en cada uno de ellos. Podía sentir cuanto tiempo les quedaba y como iban a morir. Observé al fin las puertas de la gran mansión donde debía hacer esa tarde mi trabajo.
Me adentré entre las sombras como siempre. Únicamente podía ser visto tal y como era por aquella persona que debía ser llevada a la otra parte. Caminé pro un pasillo estrecho y atravesé aquella puerta escuchando como su corazón latía débilmente esperándome. Tres pasos me separaban de su frágil y blanquecino cuerpo.
Al llegar al borde de la cama sentí su aliento cálido chocar contra mi mano. Sus ojos se oscurecieron y pude verlos brillar en la oscuridad de las velas que había en aquella lúgubre habitación. Una mujer de cabellos negros esperaba su marcha junto a la cama con llanto ahogado.
Mi mano fría se aferró a la suya y sus ojos se clavaron en los míos. Podía sentir el temblor de su cuerpo al ser tocado y como trataba de hablar a la muerte. Alcé mi mano junto al bastón que abría las puertas prohibidas y lo dejé caer arrastrándolo con mis dedos hasta chocar la punta de este contra el suelo. La puerta se abrió y mi cuerpo descendió junto a su alma.
Un torbellino de emociones me embargó cuando el llanto de la mujer se hizo más fuerte. El cuerpo del hombre quedó frio en el lecho y sus ojos se apagaron al soltar su alma. Caminé sin detenerme junto a aquel individuo hasta llegar a la sala del paso.
El hombre me observó una vez más suplicando por su alma. Mi cabeza negó una y otra vez haciéndole comprender que aquello se había acabado. Ahora me pertenecía y debía llevarlo donde permanecería toda la eternidad.
La luz se abrió paso por la sala hasta llegar a la puerta de las almas. La abrí lentamente con la mano donde llevaba el bastón de las llaves. Ese bastón viajaba allá donde tuviera que ir, ya que era lo único que abría las puertas de las salas. Miré una vez más al hombre y pude contemplar la rendición en su rostro.
Caminamos entre las viejas maderas del puerto mientras su vieja y fina piel recuperaba su color y fuerza. Solté la mano del hombre indicándole que ya no había marcha atrás, que su mundo ya no existía donde él iba a entrar. Sus ojos me observaron por última vez antes de divisar al barquero.
-Un placer.- Le comuniqué al barquero.
-Como siempre.- me contestó con sus aires de grandeza.
-Un alma más al vacio.- Odiaba ser el portador de aquellas noticias.- Hombre corrupto. Era un estafador y engañaba a su mujer y sus hijas. Robaba dinero en el banco y cada día se hacía más rico de las miserias de los demás.
-Otro que va al infierno.- Contestó el barquero sonriendo.- Se arrepentirá de cada acto.
-¿Al infierno?- Preguntó el hombre que se encontraba a mi derecha.- Pedí la extremaunción.
-Los pecados no son siempre perdonados.- Rió el barquero.- No siempre se arrepiente uno verdaderamente, tan solo lo hacen en el lecho de muerte por miedo al infierno.
Reí yo esta vez. Cuánta razón tenía el barquero. Giré mis pies sobre mis talones y caminé de nuevo por aquellas viejas maderas.
-¿Caminarás de nuevo entre esas almas?- Preguntó el barquero antes de que saliera por la puerta.
-Pronto.- Contesté saliendo del embarcadero.
Hacía demasiado tiempo que no caminaba entre los humanos. El barquero nunca los apreciaría. Tal vez por qué jamás había salido de su rutina. Él vanagloriaba aquello que podía tocar y rechazaba lo desconocido. Sin embargo yo anhelaba aquello que podían compartir los humanos "Su alma".
Salí de la sala y abrí una nueva puerta a punta de bastón. Esta vez viajaría al concurrido Londres. Las calles grises de aquel lugar, anunciaban la noche. Caminé entre decenas de hombres a caballo que trotaban a sus hogares a ofrecerles a sus mujeres sus mayores logros y alegrías.
El tiempo para mí no existía, sin embargo adoraba ver las horas pasar junto a los humanos. El día a día de esos frágiles humanos esforzándose por ser lo que deseaban. Apoyando y protegiéndose unos a otros junto al amor que los envolvía.
Me adentré en una vieja casa y aspiré el aroma a flores que inundaba aquel hogar. Una tos áspera se escuchó en la habitación del fondo y caminé a pasos débiles hasta aquella vieja y arañada puerta. Un perro ladraba en la oscuridad de la noche anunciando mi llegada. Me encantaban esas especies de la tierra. Sus ojos eran detectores de aquellas cosas que los humanos jamás verían. Sus almas estaban conectadas, más allá de lo inimaginable, con el mundo paralelo donde acaban.
Traspasé aquella puerta sin esfuerzo alguno provocando que el animal dejase de ladrar. Sus ojos ambarinos se clavaron en mi forma y su cola se agachó hasta estar entre sus piernas. Alcé mi rostro y observé a aquella mujer tosiendo. Su muerte había llegado al fin liberándola de la enfermedad que la consumía.
Caminé hasta la cama y la mujer me sonrió. Pocas veces en todo el tiempo que llevaba siendo quien era, había algo parecido. El aura de aquella mujer indicaba que el tiempo se había agotado. El color oscuro que emanaba, me indicaba que era el momento exacto de llevármela al embarcadero.
Su mano se extendió y se aferró a la mía con fuerza. Pude sentir la energía atravesar mi cuerpo dejándome anonadado. Su aliento chocó contra mi cuello cuando tiró de mí y habló sin fuerzas.
-Ya era hora que vinieras a por mí.- Me susurró algo molesta.- Llevo días esperándote.
-Tengo trabajo.- Le contesté sinceramente.- Poco a poco.
-No te escondas ante mí.- Susurró de nuevo entre jadeos.
-No te entiendo.- Le contesté cogiendo su cabello blanco.
-Ven a la luz.- Sus ojos brillaron. -Déjame ver tu rostro.
-No tengo forma.- Le dije débilmente.- No mientras no forme parte de tu mundo.
-Sé quién eres.- La mujer sonrió.- Te vi llegar.
-No tengo forma, soy una sombra.- No entendía lo que quería decirme.
-Vi tu rostro horas antes.- La mujer se incorporó y tosió más fuerte.- No es tu momento, no ahora.
-Yo…- No sabía que decirle.
-Espera cien años.- La mujer cerró los ojos rindiéndose ante mi presencia.- Sabrás que hacer en estos años. Tú serás tu propio guía.
El perro ladró desesperadamente cuando observó cómo me llevaba a su dueña. Escuché la puerta de la casa abrirse antes de dejar caer mi bastón. El vecino había venido a ver como se encontraba la viuda Mackenzie. El perro dejo de ladrar al verlo y corrió a sus piernas temeroso. Abrí la puerta y me adentré con aquella mujer hacía el embarcadero. El hombre de la barca me estaba esperando sonriendo de nuevo.
-Un alma más.-El barquero la observó detenidamente.- Pero no una cualquiera.
-¿Me llevará con mi marido?- Preguntó la mujer temblorosa al barquero.
-Así es.- El barquero me miró.- Es un alma pura, ella ve cosas que jamás podría ver sin su alma pura.
En ese instante entendí por qué la mujer me esperaba y quería ver mi rostro humano. Ella era especial en la tierra. Era un alma de luz. Sonreí por última vez a la mujer y me giré de nuevo a continuar mi trabajo.
-¡Cien años!- Gritó la mujer desde la barca.
-Ni uno más, ni uno menos.- Le contesté.
Caminé de nuevo por el embarcadero y abrí una nueva puerta hacía mi próximo destino. Los días pasaban y las almas aumentaban día a día. Mientras me llevaba las almas caminaba entre los humanos y los observaba. Miraba a las personas y podía saber a cada instante en que faceta de su vida se encontraban. Cuanto tiempo llevaban en el mundo y cuanto les quedaba.
Me encantaba ver a las mujeres cuando llevaban una nueva vida en su vientre. El aura blanca resplandeciente, me anunciaba que era una nueva alma. Al nacer brillaban más fuertes que una estrella fugaz. Poco a poco esa aura cogía un color amarillo pálido y se iba oscureciendo a amarillo oscuro. Cuando llegaba ese color, me anunciaba que el bebé ya había pasado a ser un niño. En el cambio a adolescente, esa aura amarilla pasaba por varios tipos de colores. Desde ámbar hasta rojo. Durante la juventud, esa aura roja, brillaba con intensidad hasta acercarse a la madurez.
La madurez, era aquella edad definida para los humanos como la edad para ser abuelos. Una vez llegaban sobre los cincuenta años, esa aura iba oscureciéndose a un tono morado y poco a poco perdía el brillo hasta ser negra y anunciarme que había llegado la hora. Debía reconocer que odiaba los casos donde el aura se hacía negra antes de tiempo por un accidente o una enfermedad prematura.
Ese era el caso que me ocurría en ese instante. Habían pasado Cuarenta años desde que me encontré a aquella mujer en Londres. Esperaba paciente que pasara el tiempo haciendo mi trabajo, sin embargo había veces que lo odiaba.
Caminé por aquellos pasillos del hospital de New York. Podía escuchar el llanto de aquellas pequeñas almas, las risas o las pequeñas palabras. Siempre había odiado caminar por aquel lugar, sin embargo era preciso para el equilibrio del universo.
Me adentré en aquella sala y observé a aquella mujer mientras el alma de su cuerpo se escapaba. Esta vez me llevaría dos. Me acerqué a la cama y tendí mi mano oscura. Sus ojos negros se clavaron en mi figura y las lágrimas resbalaron por sus cálidas mejillas.
-Llévame a mí, pero deja a mi pequeño.- Me dijo con la voz estrangulada.
-Así lo requieren.- Contesté como mejor pude.
-Déjale vivir.- Sus suplicas me estaban destrozando.
Sin pensármelo dos veces, levanté el bastón que sostenía y observé con mis ojos la carita de aquel pequeño recién nacido. Sus mejillas coloreadas y su mirada insistente me hicieron retroceder. Llevaba demasiado tiempo llevándome las almas de este mundo. Demasiado tiempo aguantando esa carga. Intenté recordar cómo había llegado a ese lugar y por qué.
Una imagen invadió mi mente y sonreí. En la creación del universo debía haber un equilibrio. Aquel que diera vida y aquel que la arrebatara. Fui creado con ese destino. Jamás me había replanteado marchar, sin embargo después de tanto tiempo necesitaba sentir, respirar, vivir…Choqué el bastón contra el suelo y abrí un portal al embarcadero. Él me miró con la mano extendida y sus ojos inyectados en ira.
-Son dos.- Me replicó.
-Te traeré cinco, hoy mismo a cambio de esta.- Señalé al bebé sonrosado.- "Tú serás tú guía"- Le recordé las palabras que me dijo aquella mujer hacía cincuenta años.- Se que esto debe ser así.
-¡Cinco!- El barquero sonrió y señaló a la mujer.- Pero esa alma es mía.
Me giré a la mujer y ella me tendió su mano. Observé al bebé un instante antes de cerrar la puerta. Una médica lo estaba limpiando y escribió su nombre en una pulsera "Frederick Swan". La mujer siguió mis pasos sin protestar. Las lágrimas seguían descendiendo por sus mejillas al ver a su bebé por última vez sano y salvo.
-Estará bien.- Le dije sin pensar.
-Lo sé.- Ella caminó por el embarcadero sin temor. Subió a la barca y emprendió el camino hacía el paraíso.- Nos veremos algún día.
Salí de allí y cerré la puerta a golpe de bastón nuevamente. Hoy tenía un duro trabajo. Golpeé contra el frio suelo dos veces y abrí un portal hasta un país con menos recursos. Allí encontraría más de cinco almas. Debía alimentar al barquero rápido. Esos pequeños favores solo ocurrían una vez cada quinientos años.
El sol brillaba con intensidad. Sentado en la azotea de un edificio, calculaba el tiempo que llevaba en aquel lugar. Los progresos del ser humano eran increíbles. La tecnología ocupaba la mayor parte de la vida del ser humano. Se desplazaban en lujosos vehículos y vivían entre los siete pecados capitales con mayor intensidad.
La mayoría de las almas eran castigadas en el infierno. Echaba la vista atrás y observaba cuanto mal había sido creado. Aún así, la esperanza existe y ellos lograban vivir en paz de una forma u otra. El tiempo pasaba deprisa y mi hora había llegado. Me levanté y caminé junto a aquellas almas devoradas por la soledad.
En aquel país era muy común perder a un ser querido y a los dos minutos a tu mejor amigo. El hambre, la higiene, las medicinas o el agua eran las causas más comunes de la muerte. Me acerqué despacio a un grupo y me di cuenta que tres de ellos me estaban observando. Aquel trabajo sería fácil.
Sin esperar o pensar, me adueñé de aquellas almas y caminé junto a ellas unos cuantos metros más. Allí había una niña de cinco años muriéndose de SIDA. Decidí que ya era su hora. Un niño no debería sufrir esas desgracias. Observé una vez más a mi alrededor y hallé un alma nueva. Aquella mujer me observaba sin miedo y me sonreía. Estiró su mano y me dejó llevarla sin problemas. Golpeé el bastón contra el suelo y aparecimos delante del barquero. Éste con una sonrisa me miró divertido.
-Siempre tan eficiente y eficaz.- Me dijo llamando a las cinco almas que me acompañaban.
La pequeña damita se aferró a mis ropas y negó con la cabeza.
-As de ir.- Le dije en un susurro.- Allí estarás mejor.
Ella miró con miedo al barquero y se soltó de mis ropas. Poco a poco caminó hasta la barca y con un deje de tristeza se despidió de mí. Abrí el portal y caminé sin rumbo por las calles de Nueva York. "Sesenta años" me repetía una y otra vez en mi mente ¿Qué ocurriría dentro de Sesenta años?
