Capitulo dos. El pasado marca el presente y cambiará el futuro.
Todas las acciones que hacemos, tienen una recompensa o su castigo.
Vagaba por las calles de Japón. Hacía tan solo cuatro horas humanas que había hecho aquel trato con el barquero. Sentado en aquella roca podía observar el desastre que se presentaba ante mis ojos. La humanidad ¿Qué era la humanidad? Ellos definían aquella palabra más como conjunto de seres humanos, que moralmente. Errores y más errores. Uno detrás de otro. Tenían fácilmente en la boca que todas las acciones eran por el bien de la humanidad. Refiriéndose a todos ellos. Sin embargo, muchas veces, había escuchado preguntarle uno a otro si no tenía humanidad. En ese caso se referían moralmente. Una cosa por la otra, nadie hacía lo correcto.
En ese instante vagaba bajo todas aquellos cuerpos muertos por la destrucción humana. Todo ello hecho por el bien de la humanidad y ninguno de ellos entendía que era esa simple palabra. Podía ver niños sin vida, mujeres, hombres y victoria. Los americanos habían declarado una victoria inminente tras soltar el arma destructiva contra sus supuestos enemigos. Inocentes destrozados por el bien de la humanidad.
Sentí algo extraño en mi interior. Ahora debía conducir aquellas almas al camino correcto y entregarlas al barquero. Dejé caer el bastón contra aquel destrozado suelo y abrí el portal hacía la antesala. Muchas de aquellas almas vagaban perdidas sin entender que les había ocurrido. Observé el centro de aquel desastre y les indiqué que me siguieran. Solo así, encontrarían la paz que les habían arrebatado.
Algunas almas me siguieron sin protestar, otras sin embargo tuve que alentarlas. Podía observar gente de todas las edades: Ancianos, adultos y niños. Incluso bebes en los brazos de sus madres. Conducir a todos ellos me llevo bastante de mi preciado tiempo. Odiaba trabajar cuando me obligaban a ello de esa forma. No debería existir la lucha por el dominio de lo que no es de uno.
Tras acabar al fin mi faena me di cuenta que el seis de agosto de mil novecientos cuarenta y cinco cambiaría el mundo. El avión B-29 llamado "Enola Gay" acababa de lanzar la "Little boy". Una bomba atómica sobre Hiroshima. Al llegar a la ante sala, pude captar cada sensación de aquellos humanos. El barquero me estaba esperando esto iba a ser un proceso lento... había muchas almas para trasladar al otro lado... demasiadas.
Abrí la puerta que me llevaba al embarcadero una vez retenidas en la antesala todas las almas y miré hacia el interior. Por segunda vez en muchos años, observé el embarcadero lleno de barcas. Caminé junto a aquellas almas y miré al barquero.
-Esto no se ha acabado.- Me dijo con voz áspera.- Vuelve allí, tienes más trabajo.
Asentí con la cabeza y miré el vacío que deja el ser humano al marchar. Víctimas civiles. Inocentes de las guerras. Había visto guerras anteriormente, incluso epidemias devastadoras, pero aquello era simplemente algo inexplicable.
Moví mis pies hacía el mismo lugar y terminé mi trabajo. Allí ya no quedaba casi nadie. Día tras día irían desapareciendo aquellos que quedaron heridos y destrozados. Esperé paciente por cada alma sin romper mis esperanzas de tener una vida humana.
Cuando al fin creí que todo aquello había acabado, tres días después me sorprendió otro acto humano en nombre de la humanidad. Una segunda bomba atómica impactó en Nagasaki. El bombardero B-29 llamado "Bock's car" lanzó la "Fat boy" sumando a las anteriores victimas más de 70.000. Así tras rendirse Japón, las victimas sumaron más de 250 mil.
Tras meses de duro trabajo guiando a las víctimas de la segunda guerra mundial, al fin pude descansar. No es que realmente me cansara físicamente, ya que era incorpóreo, sino que mis esperanzas de vivir con la humanidad se iban apagando poco a poco. Cada día deseaba menos estar entre ellos y tener que tomar partido en aquellas luchas en nombre de su país, en nombre de Dios o de quien hiciera falta.
Durante los siguientes veintitrés años, vagué sin sentido haciendo mi trabajo. Las charlas con el barquero habían disminuido, desde aquellos fatídicos días. Mi interés por el ser humano había decaído tanto que ya ni me preocupaba por sus acciones. Cada día encontraba gente más dispuesta a cometer los siete pecados capitales y a gritar que las cosas las hacían en nombre de su Dios.
La mañana del ocho de marzo de mil novecientos sesenta y ocho, decidí cambiar de rumbo e ir a zonas menos importantes. Ese trabajo era denominado trabajo fácil, trabajo para las parcas. Las parcas hacían lo mismo que yo, aunque la diferencia era que ellas solo podían transportar un alma cada vez por el portal y yo sin embargo podía arrastrar al mundo entero si así lo decidía, porque yo era la Muerte en sí.
Al salir del nuevo portal, observé todo aquello que me rodeaba por un instante. Los arboles eran realmente hermosos. El aire estaba limpio y la gente…esa gente tenía humanidad. Aquello llamó demasiado mi atención. Decidí quedarme allí para descubrir porque debía estar en aquel lugar. Podía observar a cada humano que me encontraba y ver claramente sus auras. La tranquilidad estaba llamando a mi puerta.
Caminaba despacio entre las calles de aquel pueblo llamado Forks, cuando algo llamó mi atención. Un chico joven de cabello negro y rizado iba de la mano de una chica. Sus ojos marrones llamaron mi atención. Cada vez que sonreía unos hoyuelos se formaban en sus mejillas. La chica era realmente hermosa. Su cabello castaño caía por su espalda por debajo de su cintura. El chico empujaba un carrito de bebé y los dos sonreían llenos de felicidad.
-¿Frederick?- Ella detuvo el carro y cogió al chico del brazo.
-Dime, Marie.- Él miró el carrito y después a la chica.
-¿Crees que Charlie estará bien?- Marie adentró la mano en aquel carro y acarició la cabeza del bebe.
-Marie, debemos de ir a trabajar.- Frederick acarició la mejilla de su mujer.- Ya tiene tres meses, es hora de que se quede con la señora Webber.
No pude evitarlo y me acerqué despacio a ellos. Al llegar junto a la mujer, me asomé al carro y vi unos hermosos ojos marrones observar todo aquello cuanto podía ver.
-No quiero dejar a Charlie.- La mujer empezó a llorar.
-Marie, no hagas esto más difícil.- Frederick besó los labios de su mujer dulcemente y empujó el carro de nuevo.
-¡Frederick Swan!- Al escuchar aquel nombre completo detuve mi paso y volví a mirarlos.- Tu ganas, si llora será tu culpa.
-Mujer.- Él parecía dolido.- Esta bien. Un año, ni uno más.
-Gracias.- Marie empujó el carro y se adentró en un camino seguida por el chico.
Me quedé allí, sin saber que hacer ¿Sería el bebé que salvé hace veintitrés años? Aquello debía ser una coincidencia. Mientras observaba aquel hermoso bosque sentado en una roca, no pude dejar de pensar en aquel muchacho. Recordé los ojitos de aquel indefenso bebé y supe que era cierto. Aquel joven era el mismo bebé.
Sin poder evitarlo, caminé por el camino de tierra y seguí su olor hasta una preciosa casa blanca. Podía escuchar las risas de la muchacha y gritos del bebé. Un coche salió de ese lugar y dentro estaba el muchacho. Sin pensármelo caminé hasta la casa y entré en ella. Durante un buen rato observé las cosas que allí había. Al escuchar a la mujer en el piso de arriba, sonreí. Subí las escaleras y me detuve en una habitación de color azul donde la muchacha estaba bañando a la criatura.
-Charlie Swan, espero que seas un buen hombre como tu padre y sigas sus pasos.- La mujer miró la pared y seguí la mirada.- Él es un buen policía de Forks y nos ama.
Podía ver la grandeza en aquellas palabras. Por primera vez después de tantos años, el sentimiento que me unía a ellos volvió a la superficie. Al fin y al cabo no todo el mundo actuaba por impulsos. Bajé al piso de abajo y observé las fotografías que colgaban de sus paredes. Reconocí enseguida la puerta de aquel viejo hospital de New York. Una mujer sujetaba un bebé entre sus brazos y sonreía.
Miré la foto de la derecha y vi la vieja avenida principal de new York. Un niño de cinco o seis años corría tras un aro calle abajo. Me acerqué y leí el pie de foto "Fredd antes de marcharnos de N.Y" Asentí con la cabeza antes de ver más fotos. Era aquel bebé, ahora estaba seguro de ello. Me giré y miré un par más antes de irme de aquella casa.
Caminé por el bosque sin rumbo alguno. El bebé que había salvado años atrás, había crecido y formado su propia familia. Aquello me llenó de algo. Durante los siguientes años no pude evitar pasarme de vez en cuando por Forks. Poco a poco vi crecer al pequeño Charlie Swan y hacerse un hombre de provecho. Al cumplir los dieciocho comprobé lo que era realmente el amor a través de él. Charlie se enamoró de una chica rubia con ojos claros llamada Reneé.
Frederick y Marie estaban felices de ver a su hijo tan dichoso. Charlie se casó con aquella hermosa mujer y concibieron un hijo. Tras aquello, tuve que marchar de nuevo a arreglar más desperfectos del hombre en el mundo. Miré una vez más el calendario antes de marcharme de aquella casa por un tiempo indefinido. Trece de septiembre de mil novecientos ochenta y siete.
Dejé caer el bastón contra el suelo y abrí un portal a la antesala. Tras observar todas aquellas puertas que me rodeaban, decidí que era hora de volver al cien por cien a mi trabajo y no solo dedicarme a pueblos pequeños. Caminé despacio y abrí la puerta que me separaría de Forks tal vez para siempre.
Irán. Nuevamente ese país estaba en guerra y debía recoger a todas aquellas almas civiles ¿Por qué luchaban ellos? Conforme pasaban los años más odio, rencor, envidia, ira y muchas cosas más, podía ver en los seres humanos. Durante dos años llevé almas al barquero sin descanso. No había noche o día que no bombardearan y mataran a los inocentes.
Al terminar allí, otra guerra entró a formar parte del calendario bélico. Ruanda entró en batalla por la bajada del café. En 1994 las guerras seguían sucediendo entre los humanos. Cada día lo único que podía observar era la destrucción y como se consumían. Necesitaba volver a aquel pueblo, necesitaba ver aquellos frondosos árboles y ver al pequeño bebé que tubo Charlie Swan. Antes de que todo se desatara de nuevo y estuviera condenado a seguir llevando almas de las guerras, dejé caer el bastón en el suelo y entré a la antesala. Lo que vi al llegar allí me dejó helado.
Caminé despacio por aquel bosque y observé a Charlie desde la nada. Él parecía más mayor de lo que recordaba. Acababa de aparcar su coche de policía en la puerta de casa y no se oía ningún ruido en el interior. Tras seguirle y entrar con él en la casa, me di cuenta que Reneé y ano vivía con él y que habían fotos de una niña en la casa ¿Había sido padre de una niña? Lo miré por unos segundos y vi tristeza en su interior ¿Qué había ocurrido?
