Capitulo tres. Ella y el alma pura.

Las palabras quedan en el aire y un día vuelven para recordarte lo pasado.

Las luces estaban apagadas y podía escuchar los ronquidos suaves del humano. Caminé por el salón sumido en aquella oscuridad observando cada rincón. Encima de cada mueble, podía contemplar el retrato de aquella muchacha. Su rostro era algo diferente al de Charlie Swan, pero el color de sus cabellos o sus ojos era exactamente el mismo.

Intenté concentrarme para recordar el rostro de aquel bebé que salvé tantos años atrás. Esos hermosos ojos chocolate provocaron un cambio en mi interior. Ella, la hija de Charlie Swan, era la nieta de Frederick. Sentí algo extraño en mi interior al ver claramente con mis propios ojos oscuros y sin vida, lo que aquella acción había hecho poco a poco en mí.

Levanté aquello que supuestamente era mi mano e intenté coger aquel dorado y brillante marco de fotos. Las largas lenguas negras que tenía por dedos, rozaron aquel marco tirándolo al suelo. Giré mi cabeza a un lado y ladeé el rostro. Aquello me dejó sorprendido, ya que jamás había podido tocar nada humano.

Al alzar el rostro, mis ojos oscuros se concentraron en un espejo que tenía en frente de mi silueta. Era extraño, pero en ese momento no me reconocí a mi mismo allí. Más de una vez mi imagen se había reflejado en los espejos, aun que jamás un humano me había visto sin estar al borde de la muerte. Sin embargo, esta vez era muy diferente. Podía observar mi imagen mucho más nítida, como si aquella casa me diera vida.

Un ruido me alertó de que el humano se había despertado y estaba bajando las escaleras muy deprisa. Sin entender porque, giré sobre mí mismo y me escondí tras un mueble. Al pararme, pensé inmediatamente que era un estúpido, ya que él no podía verme. Observé sus simples movimientos. Llevaba una pistola en mano y sus ojos oscuros analizaban cada rincón de la casa esperando ver algo o alguien allí.

Salí de mi escondite y caminé lentamente hasta colocarme a su lado cuando Charlie reparó en la foto caída y se agachó a recogerla. Sus ojos se posaron en la foto y se humedecieron. Charlie soltó la pistola en el mueble y acarició el marco roto, apartando las pequeñas virutas de cristal para no dañar la fotografía.

-Te extraño, Isabella.- Su voz se volvió ronca y sus ojos admiraron a la mujer que estaba al lado de la niña.- Siempre te amaré Reneé.

Suspiró pesadamente y dejó la imagen en un cajón. Después de limpiar los cristales del suelo subió las escaleras con pistola en mano y se adentró en su cuarto. Sin poder evitarlo, lo seguí hasta allí dentro. El color de su aura se había vuelto gris pálido y aquello no me gustaba en absoluto. No había llegado su hora, aún no.

Entré en la habitación traspasando aquella fina puerta de madera y lo miré mientras se metía en la cama y dejaba la pistola bajo la almohada. De su pecho salieron sollozos y su cuerpo entero empezó a temblar. Negué un par de veces, él no se podía rendir. Me acerqué despacio hasta su cama y lo miré durante horas. Su cuerpo se había calmado y poco a poco entró en un profundo sueño.

Sin darme cuenta, el sol salió anunciando un nuevo día. Charlie se levantó de la cama y arrastrando sus pies entró en el baño. Escuché como se duchaba y vestía para un nuevo día de trabajo. Caminé lentamente por el salón esperando a que bajara. Charlie apareció por las escaleras con su traje de policía, afeitado y como si anoche no hubiese pasado nada en la casa.

Una vez se marchó de la casa, sentí algo que jamás había sentido "Soledad". Me sentí completamente vacío y sin razón alguna para contemplar las valiosas vidas humanas. Por un instante, todo lo vivido durante milenios, había perdido el sentido ¿Qué les hacía humanos? ¿Por qué yo no lo era? ¿En que nos diferenciábamos?

Todas aquellas preguntar invadieron mi mente una y otra vez mientras el tiempo pasaba sin esperar nada. Pude sentir la llamada del barquero mientras observaba los verdes y frondosos árboles del espeso bosque. Dejé caer el bastón y me adentré en la antesala donde por primera vez, aquel hombre marchito y sin vida estaba de pié frente a mí.

-¿En qué puedo servirle?- Le pregunté dudoso.

-No estás haciendo tu trabajo.- Me reprochó.

-Esto.- Señalé mi cuerpo.- Aquí dentro…

-No ha llegado el momento.- Negó con la cabeza y vi su expresión seria.- Haz tu trabajo.

-Pero…- Intenté decirle que una parte de mí no podía separarse de Charlie Swan.

-No me importa.- Sus ojos se volvieron rojo sangre.- Estoy hambriento de almas. Tu trabajo es traerlas ¡Hazlo!

Una puerta negra se abrió como agujero en la tierra y desapareció dejando un frío en la antesala que jamás había sentido. Por primera vez temblé ante aquello y dejé caer el bastón de nuevo. Sus palabras habían sido claras y concisas. Nunca me había parado a pensar que me ocurriría si dejaba de hacer mi trabajo, pero tampoco iba a pensarlo en ese momento.

Caminé despacio por aquellas calles sin vida. Los humanos estaban durmiendo a esas horas en Australia. Debía recuperar el tiempo perdido. Anduve durante horas por aquellas calles recogiendo almas. Sus ojos llenos de pánico por un segundo ni me importaron. En mi mente lo único en lo que podía pensar era en Charlie.

Cuando el sol amaneció en aquel país, decidí que era hora de volver a la antesala. Treinta almas, llevaba a mis espaldas. Supuse que con eso, estaba recuperando el tiempo perdido en Forks. Al entrar en la antesala, las almas empezaron a murmurar ante aquella exquisita visión.

-¿Dónde nos llevas?- Preguntó una mujer de mediana edad.

-A su destino.- Contesté sin ni siquiera mirarla a la cara.

-No ha contestado mi pregunta.- Dijo un hombre anciano.

-No contesto preguntas.- Le respondí escupiendo las palabras.

-Llevamos horas con usted.- Un muchacho se acercó a mí.

-Solo hago mi trabajo.- Arrastré las palabras con pesar.

Antes de que siguieran molestándome, dejé caer el bastón y la puerta del embarcadero se abrió de par en par.

-Esto está muy frío.- Dijo un niño de unos trece años.- No quiero ir allí.

-Debes venir conmigo.- Le dije cogiéndolo como pude de sus ropas.- Si no lo haces, tu alma vagara por el mundo eternamente. Llegado un momento, estarás tan cansado de vagar inútilmente, que te volverás loco y harás cualquier cosa por hacerte notar en el mundo de los humanos.- Lo miré a sus cristalinos ojos.- Incluso hacer daño a los humanos o tus seres más queridos.

El niño no volvió a decir nada y entró al viejo embarcadero. Caminé hasta el borde y rocé con el bastón el agua negra que nos rodeaba. El barquero no tardó en llegar y con una sonrisa fúnebre en el rostro, nos observó a todos y cada uno de los que allí habíamos.

.Veo que al fin estás haciendo tu trabajo.- Ató la barca al embarcadero y se levantó. De todas estas almas, solo tres se salvan. Vas a poner muy contento al de allí abajo.

-No era esa mi intención.- Miré cada rostro de aquellas almas.- No sé por qué.

-Estas tan cansado de esto, tan frustrado y tan muerto…- El barquero rió a mandíbula batiente.- Vuelve a tu trabajo.

Una luz iluminó el embarcadero y sentí como era trasladado velozmente a otro lugar. No volví a ver ningún rostro de aquellas almas, ni el embarcadero, tampoco vi la antesala. Al ver de nuevo la luz, pude contemplar una explanada bajo mis pies. Alcé mi cara hacía le cielo y por primera vez, me pregunté donde estaba.

-¿Asustado?- Una voz detrás de mí me hizo saltar.-Nunca creí que lo conseguiría.

-No sé a qué viene todo esto.- Le dije ya cabreándome.

-No has hecho tu trabajo y ahora me hablas de esa forma.- Negó fuertemente con su cabeza y levantó su delgada y asquerosa mano.

-No te hablo de ninguna forma.- Le dije alejándome de sus huesudos dedos.

-Tenemos un trato.- Me recordó.- Cuando estuvieras preparado andarías junto a los humanos.

-No es el momento.- Le dije mirando mi sombra indefinida.

-Pronto llegará.- El hombre rió.- La criatura tiene siete años.

-No sé de quién me hablas.- Le dije confuso.

-La hija de Charlie Swan.- El barquero rió con ganas.- Ella es tu destino. La mujer de la barca, aquella que trajiste.

-La mujer de los cien años.- Le dije susurrando.

-Aquella mujer me habló durante todo el trayecto.- El barquero acarició su huesuda barbilla con sus flacuchos dedos.- Me comunicó que un día salvarías un niño.

Ni me moví. Aquellas palabras me dejaron clavado en aquel arenoso suelo ¿Por qué me había ocultado todo aquello?

-¿Qué más te dijo?- Le pregunté un poco altanero.

-Ella me comunicó que esto pasaría. Aquel día creaste un vínculo con los Swan.- El barquero apoyó su mal oliente mano en mi hombro.- Ella aún es muy niña.

-Charlie.- Mi expresión debió de cambiar, ya que él abrió sus ojos como platos.- No puedo.

-Si puedes.- Sacó algo de su manto.- Él estará bien. Ten esto.- Me tendió algo.- Dame diez años. Entonces te traeré de vuelta a Forks. Mientras, estarás en Asia trabajando y colgarás esto que te dado en tu bastón.

-¿Qué es esto?- Pregunté admirando aquella bolsita de cuero negro.

-Eso es un limitador.- Su voz sonó ronca.- Lo siento Edward.

-¿El que sientes?- Pregunté furioso.

-Ya sabes quien, no quiere que estés cerca de ellos. No es tu destino.- Se alejó de mí unos pasos.- Para ser uno de ellos debes enamorarte y que se enamoren de ti.

-Eso aún no está definido del todo.- Le recordé.

-Ya terminaremos de redactar el contrato en su día.- El barquero rió y sacó el papel donde un día firmé. –Un día fuiste un ángel, ahora les sirves a ellos y a quien tú sabes…en el futuro… vivirás por ellos.

Tras aquellas palabras, se alejó dejándome allí tirado y con la bolsa debidamente atada a mi bastón. Lo maldije una y mil veces por dejarme allí. Diez años más debía esperar. Recordé cada palabra de lo hablado y algo llamó mi atención n "Diez años más". Conté una vez más en mi cabeza y me di cuenta que para entonces Isabella tendría diecisiete años ¿Sería ese mi destino?