Capitulo cuatro. 10 años es mucho tiempo.
Para ser humano, debes sentir la vida. Si no hay vida, no estás completo.
La ira. Ese sentimiento era algo extraño en mí, sin embargo ahí estaba. Podía sentir la energía recorrer una parte de mí desconocida hasta ahora. Arrastraba mi forma incorpórea por todos lados intentando gritar y maldecir al barquero por darme ese castigo ¿Por qué no podía sentir algo hacía esos humanos? No era justo aquello.
Observé la suave luz que se apoderaba de aquella calle sin salida. Tumbado en el suelo había un hombre de poco más de cincuenta años. Escuché su respiración frágil y casi inexistente y un gemido salió de su boca desesperado. Su aura negra me llamaba insistentemente y debía caminar hacía aquella forma tendida en el suelo.
Al llegar allí, sentí de nuevo esa necesidad de ver a Charlie, de hablar con él y saber porque estaba así cuando me fui. Al parar frente al rostro de aquel vagabundo, sus ojos se dilataron y tosió desesperadamente. Su mano sucia y temblorosa se alzó en el aire y señalándome trató de decirme algo.
-Muerte fría y sin alma, llévame al otro mundo y haz que deje de sufrir.-Me arrodillé ante aquel canoso hombre.
-Ya he llegado buen hombre.- Y acerqué mi indefinida mano hasta su rostro.- Deja de sufrir ahora, pronto estarás lejos de esta miseria.
-Acaba con el sufrimiento de mi cuerpo.- Sus ojos se cerraron y golpeé el bastón contra el suelo.- Ahora.
Me alcé a su lado y abrí mis brazos para recibirlo. Muchas veces odiaba llevarme a esas personas de este mundo. Sus actos no eran crueles y sin embargo les tocaba vivir la peor de las miserias "La soledad".
El hombre se alzó ante mi figura y sin temor alguno, entró al portal sin vacilación. Me adentré detrás de él y le señalé la antesala. Sus ojos azules como el cielo más claro, me observaron durante unos segundos antes de cruzar la puerta del embarcadero. Jamás había visto aquella simplicidad en un hombre de la calle.
La madera vieja crujió ante mis pasos. Caminé hasta el borde y esperé en silencio junto a aquel hombre al barquero. Podía sentir la clama de aquella alma sin cuerpo y demasiada esperanza. El barquero apareció con una sonrisa en sus labios y supe que aquello iba por mí. La ira apareció de nuevo en esa parte de mí ser y sentí ganas de desplazarlo de aquel lugar.
El hombre de ojos claros, me miró con insistencia en cuanto cruzó la línea y se subió a la barca. Pude ver compasión en sus ojos y aquello me destrozó del todo. Incluso un simple mortal sabía mi condena.
-Espero que estés bien.- Escuché decir al barquero.- Sabes que el portal a Forks está cerrado y también a todas aquellas ciudades cercanas.
-Está restringido al condado de Washington.- Le comenté escupiendo las palabras.
-Lo has intentado.- Me afirmó borrando la sonrisa socarrona de su boca.- No juegues conmigo miserable.
-No puedes tratarme así.- Le reproché.- Camino sobre esta tierra desde hace milenios. Traigo todo aquel que se me es encomendado.
-Puedo tratarte como quiera, tú eres inferior a mí.- Su huesudo y mal oliente dedo me señaló con desprecio.- Obedece.
Sentí que todo daba vueltas a mí alrededor y la luz cambiaba a una más intensa. Enfoqué mi vista donde me encontraba y observé que aquello era un simple desierto. El maldito me había enviado al desierto. Caminé por la arena y traté de golpear el bastón contra el suelo. Aquello era realmente imposible, el bastón se hundía y no lo accionaba.
Caminé entre aquel desierto paisaje durante un buen tiempo. Al fin divisé una tienda a lo lejos y caminé hasta encontrarme con ella de frente. Los hombres dormían plácidamente dentro. Ninguno de ellos tenía el aura oscura. Pude contemplar que todos eran jóvenes. Pisé el suelo firme y aproveché para golpear el bastón contra este y salir de allí. No entendía porque había sido enviado allí, si las personas más cercanas a la zona eran jóvenes.
Trate de clamar mis ansias y me senté en la antesala ¿Donde iba ahora? Por primera vez en milenios, no sabía qué hacer en mi trabajo. El barquero quería desubicarme y lo había conseguido. Por un instante escuché el silencio que allí reinaba. Aquello no era nada bueno para mí.
Alce mi cuerpo del suelo y tapé mi forma cuando sentí una luz cegadora acercarse. Alguien susurraba mi nombre humano con claridad. Su voz sonaba a campanillas y su aroma era puro y limpio. Retrocedí unos pasos hacia atrás y sentí una cálida mano posarse sobre mi figura.
-Él no romperá el contrato.- Alcé mi vista y sentí paz en aquel momento.- Solo obedece y serás recompensado.
Sus largos y blancos dedos abarcaron el limitador entre ellos y lo apretó por un instante. Tras asentirle, la figura cálida se desplazo unos metros más atrás y al fin lo vi. Mi hermano estaba allí observándome con lágrimas en sus ojos y tristeza sobre sus hombros.
-Recuerda quien fuiste y porque estás aquí.- Asentí de nuevo y observé como desplegaba sus alas ante mis ojos.- Un día caminarás entre ellos, ese fue el trato de padre y él no puede romperlo.- Mi hermano señaló la puerta del embarcadero.
-Solo deseo que esto acabe. No recuerdo quien soy, ni quien fui.- Dije en un susurro.- He esperado demasiado tiempo. He caminado entre ellos sintiendo la necesidad de ser parte de su mundo.
-Lo sé, hermano.-Empezó a desvanecerse.-Diez años.
Cuando la oscuridad reinó de nuevo en la antesala me sentí lleno de nuevo para seguir luchando. Padre no se había olvidado de mí y aquello era lo que me importaba. Por un instante me acordé de mi torturado hermano y miré la pequeña puerta negra que había tras de mí. Suspiré deseando que aquel no fuera mi castigo si desobedecía. Nunca le desearía a ningún otro hermano aquel castigo llamado infierno.
Al observar el limitador, me di cuenta que y ano era tal. Mi hermano lo había transformado en la bolsa de los recuerdos. Temí ver aquello y descubrir mi pasado. Vagar por la tierra y llevarme las almas humanas era mi castigo ¿Pero por qué había llegado allí?
Decidí afrontar mi destino y abrir aquella pequeña bolsita que colgaba de aquello que me daba el poder. Deslicé el cordón entre mis extraños dedos y dejé caer la bolsa al suelo. Ya no había marcha atrás. Otra luz cegadora invadió la sala y caí al suelo. Tras abrir mis profundos y oscuros ojos negros, me levanté del suelo y escuché la risa del barquero. Por primera vez lo veía afuera de aquella sala tenebrosa.
-Veo que se han acordado de ti.- Se acercó a mí a paso rápido y colgó de nuevo un limitador en mi bastón.- Aún así, recuerda que debes cumplir el trato conmigo.
Giré mi cara confuso hacía su huesudo rostro e inhalé el aroma que allí se concentraba. Por un instante reconocí aquel olor a flores frescas. Un día fui alguien junto a mi padre y volvería a serlo en un futuro.
-Me han devuelto mis recuerdos.- Le afirmé.- Ya no hay vuelta atrás. Diez años y ni uno más. Sé que querías engañarme y mantenerme aquí atrapado. Diez años solamente, no te daré esa oportunidad.
-Está bien muchacho astuto.- El barquero avanzó hacía mí y me cogió de una forma brusca.- Este es el verdadero contrato. En el momento en que conozcas a esa persona especial que te haga caminar sobre la tierra como humano, deberás encontrar a alguien que te sustituya.
Sentí como todo lo que me rodeaba daba vueltas sin parar a mí alrededor. Una sensación extraña invadió mi cuerpo y flaqueé ante el barquero.
-¿Y si no lo encuentro?- Pregunté ahogado.
-Si no encuentras a alguien que me traiga las almas, nadie podrá hacer nada por ti.- Levantó su rostro y me miró con desprecio.-Por cierto…una última cosa. Aquella persona que se enamore de ti, debe hacerlo de quien eres ahora.-Volvió a reírse y se marchó.
Aquello era una misión imposible ¿Quién querría ocupar mi lugar? Sintiendo la ira de nuevo en mi interior, dejé caer el bastón contra el suelo y entré por el portal hasta Francia. Debía hacer mi trabajo bien hecho si quería volver a ver a Charlie.
Día tras día llevaba almas sin protestar al barquero. Viajaba de una parte a otra del mundo sin poder ver o saber algo de Charlie. Durante algunos años, no crucé palabra alguna con el barquero. No deseaba hacerlo, ni quería escuchar su maldita voz. ¿Quién se enamoraría de un espectro como yo? Esa pregunta rondó durante los diez años siguientes en mi cabeza. ¿Quién sería?
Tras pasar el tiempo acordado, en uno de mis últimos viajes forzados, el limitador cayó por si solo de mi bastón. En ese momento sentí dicha y sin pensármelo dejé caer el bastón contra el suelo y abrí un portal directamente en la casa de Charlie. Me adentré pro el sin pensármelo y aspiré el aroma nada más llegué. Cuanto había echado de menos aquel lugar.
Observé detenidamente la casa y me di cuenta que había cambiado casi toda la decoración. Ahora había fotos de una joven hermosa, ocupando las estanterías de aquella pequeña sala. También había fotos de otra joven hermosa con los ojos claros y cabellos negros y un muchacho de pelo oscuro y tez morena. Caminé con curiosidad por toda la casa y esperé paciente a que él apareciera.
Las horas pasaron y llegó la noche sin rastro de Charlie. Aquello empezó a preocuparme y salí de la casa sin pensármelo dos veces. Necesitaba saber de él y sentirle cerca de mí mismo. Caminé por las calles sin detenerme ante nadie y entré en la comisaría donde era Jefe. Allí escuché que Charlie estaba en el hospital.
Anduve muy deprisa por aquellas pequeñas y desiertas calles hasta llegar al hospital. Me detuve en la puerta y escuché cada sonido hasta que encontrara a Charlie. Pude escuchar su voz tres pisos más arriba. Subí hasta él y me detuve a su lado. Pude observara aun Charlie consumido, más delgado y con lágrimas en sus ojos.
En mi interior, sentí la necesidad de ser humano y poder abrazarlo para consolarlo ¿Qué estaba ocurriendo allí? Tras formularme aquella pregunta en mi mente, escuché a una enfermera acercarse y vi a Charlie alzarse de su solitaria silla.
-Charlie.- La enfermera cogió sus manos.- Lo sentimos mucho, hemos hecho todo lo posible por salvarla, pero entró en coma.
-Mi hija.- Charlie casi se desploma contra el suelo, pero llegó a la silla a tiempo.- Mi pequeña niña se va a morir.
Sentí impotencia al no servir para nada ante Charlie. Caminé por aquel pasillo y me detuve en la puerta que escuché a la enfermera nombrar. Quise desaparecer en el instante en que traspasé la puerta y vi a aquella joven hermosa, pálida e indefensa allí tumbada con su aura negra alrededor. Isabella iba a morir en aquella habitación y yo sería el encargado de llevarla frente al barquero.
Caminé despacio hasta la cama y acerqué mi rostro hasta ella. Tras escuchar su agotada respiración, sentí mi interior romperse en mil pedazos. Ella era muy joven y aquello era una simple injusticia. Pude observar el sol salir unas cuantas veces por el horizonte y esconderse llevándose con el cada día un poco más de Charlie.
Al noveno día, la puerta se abrió y una cama nueva entró por ella. Un joven postrado en aquella cama con los ojos cerrados, me indicó que ella ya no iba a estar sola allí. Lo dejaron en la otra punta de la sala y salieron por la puerta. Charlie se levantó del sofá para buscar algo de comer y aproveché su ausencia para acercarme de nuevo. Debía ser rápido, ya que el aura de aquel muchacho también era negra. Al acercarme a la cama, sus grandes ojos chocolate me observaban sin vacilación.
-Hola, Isabella.- Y me acerqué a la cama una vez más.
