2. La doncella y el unicornio
Sentada sobre la cama, Elena miró a las paredes como si al fin las viera realmente: no, este no era su cuarto en la casa con la tía Judith, ¿cómo no lo había notado antes? Se inquietó. ¿Por qué estaba en ese lugar? ¿Por qué estaba actuando tan raro? Sólo una cosa en todo aquello le parecía tranquilizador: él, Damon, entrando de nuevo con un vaso de agua para ella.
—Bebe, te hará bien —pidió suavemente. Su rostro era lo más bello que ella recordara haber visto: sus cabellos negros enmarcándole el rostro, sus labios sensuales, la piel blanquísima, y esos ojos donde ella podía ver todo el universo, esos ojos que la miraban con amor. Bebió el agua, y sintió un sabor diferente; él había adicionado algo más, alguna sustancia que la confortaría y calmaría sus aprensiones —probablemente Vino de Magia Negra— ; ella lo sabía, pero confiaba absolutamente en él, aunque no recordara por qué—. Y ahora —siguió él cuando ella le devolvió el vaso— intentaré hacerte recordar. Creo que para eso tendré que darte mi sangre; es la forma más rápida, pero tendrás sólo mis recuerdos. Espero que baste para despertar los tuyos.
—Confío en ti —dijo ella y le tomó una mano. Una sacudida de electricidad los envolvió a los dos—. Creo que esto va a funcionar —lo sintió temblar, y amó la fuerza de esos sentimientos que él trataba de controlar para que no lo dominaran por completo.
—Está bien —soltó la mano de Elena y se abrió la camisa negra; con una pequeña daga, se hizo un corte horizontal sobre el pecho—, bebe de aquí.
Ella se inclinó, apoyando su cabeza en él suavemente. Lamió un poco antes de decidirse a succionar más fuerte, y sintió la reacción de él, su deseo desesperado, sólo un segundo antes de que las imágenes entraran en su mente. La primera fue algo no reconocible: un lugar lleno de luz, como un jardín encantado, y en él pastaba un unicornio. Ella se acercó al maravilloso animal con una ternura infinita. Antes de que llegara a él, sintió la voz en su cabeza.
—No puedes detenerte aquí; ya volverás a verme.
—Quiero tocarte.
—Ya lo has hecho; y me has liberado de mi cárcel de hierro. Ahora… ¡recuerda!.
Damon llevó su mente hacia esos recuerdos. Ella lo veía todo como una testigo; lo veía como lo había visto Damon: su primer encuentro con Stefan, la primera vez que estuvo ante Damon y él casi la besa cuando ella no sabía quién era él, todos los detalles de cuando ella murió, y se convirtió en vampiro, y cuando murió otra vez y volvió como un espíritu de luz, corpórea pero con poderes. El nombre de Stefan seguía rondándola, pero ella aún no podía recordar lo que sentía por él. Y la lucha con los kitsune, y todo lo que Damon y ella compartieron en ese tiempo mientras iban en busca de una puerta para entrar a la Dimensión Oscura y sacar a Stefan. Stefan, el hermano menor de Damon. Damon recordaba especialmente momentos apasionados en que habrían querido morir uno en brazos del otro, porque ellos estaban hechos para estar unidos, eran dos llamas que juntas formaban un fuego mágico.
Había también muchas lagunas en la mente de Damon, sobre todo acerca de lo pasado en las cercanías de la pensión cuando al fin estuvieron de regreso de la Dimensión Oscura, y por qué Stefan se había marchado; era como si las hubieran borrado. Y luego saltaban a esa imagen en que estaban en la pensión, Damon y ella solos en la habitación, y ella estaba llorando.
—Elena… —fue hacia la muchacha y la abrazó. Las lágrimas de ella cayeron sobre sus dedos, y él los llevó a sus labios, en un acto que presentía había repetido ya muchas veces. Y el mismo asombro—. ¡Eres «carnada para unicornio»!
—¡Oh, Damon, has repetido eso tanto durante los últimos días! ¡Y es tan frustrante que nunca recuerdes haberlo hecho!
—Shinichi no me ha devuelto los recuerdos que me quitó, pero no me quitará ninguno más, Elena, porque ya no puede alcanzarnos… ¿cierto? Me aseguré de eso, supongo, aunque no lo recuerdo.
—Esos fueron los últimos recuerdos que te quitó, porque la conexión entre tu mente y la suya duraba sólo hasta… ayer—Elena se dio cuenta entonces de la trampa del kitsune—; y es más de medianoche —habló entre sollozos—. La conexión se ha roto al fin
—Hay cosas que no recuerdo y otras… Por ejemplo, ¿qué te pasó? ¿Por qué estás llorando? Lo último que recuerdo es nuestra salida de la Dimensión Oscura. Y luego todo es niebla, hasta ahora.
—¿No recuerdas haberme dicho que vendrías a dormir en mi habitación… para vigilarme, que lanzarías tu escudo de Poder alrededor nuestro?
—Bueno, venía a decirte eso ahora cuando caminaba hacia la habitación, pero luego pensé que seguramente Stefan querría estar aquí contigo, así que sólo vine a decir buenas noches y ponerme a tu servicio.
Ella pareció temblar aún más fuerte.
—Pues te equivocas, Damon: tú fuiste quien me trajo aquí diciéndome que me protegerías con tu vida, como siempre lo haces, y que lanzarías tu escudo de Poder, todo eso mientras yo lloraba porque Stefan… ¡Stefan se ha ido, Damon, para siempre!
—¡¿Qué? Entonces algo salió mal. Nosotros obtuvimos la llave para sacar a Stefan, y de paso las bolas astrales de Misao y Shinichi para obligarlos a deshacer todos sus hechizos, volvimos…
—Sí, pero Shinichi hizo algo inesperado; cuando regresamos aquí, como venganza, le dio todos los recuerdos que te había robado a Stefan.
—¿Y eso es demasiado malo?
—Creo que fue cruel con él. Tú no lo recuerdas, pero yo me entregué a ti en aquel motel.
—No, Elena. Aún eres «carnada para unicornio»; eres virgen.
—Lo sé. Tú pudiste haber tomado mi virginidad, puesto que mi aura le devuelve a los vampiros la posibilidad de hacerlo; yo estaba completamente entregada, dispuesta a darte todo lo que quisieras…
—¿Estabas influenciada? ¿Yo lo hice?
—No; nunca me has influenciado, Damon, yo sé eso. Cada vez que hemos estado en una situación como esa es porque te lo he permitido, porque no puedo evitar… amarte.
—¿Tú me amas, Elena? —ahora él también estaba temblando.
—Me lo negué durante mucho tiempo, pero es la verdad. Parece que heredé más de Katherine que su hermosura y el mismo color de ojos; no he podido elegir entre los dos.
—Stefan no te compartiría.
—¿Y tú sí, Damon?
—No; yo tampoco —él se alejó un poco de ella, aunque era visible su desesperación por volver a tomarla en sus brazos, sentir su respiración cercana, su calidez.
—Tienes razón —Elena bajó la mirada, con una sonrisa amarga—, Stefan no me compartiría.
—Elena…
—Ya lo sé, Damon, tú no eres el mismo que conocí hace meses y quería hacerme su Princesa de la oscuridad, y sobre todo obtener algo que era de tu hermano.
—Sí, tú eres suya.
—No. Stefan ha desistido de mí.
—No lo creo.
—Lo hizo, después de ver en tus recuerdos que fuiste tú el que decidió respetar mi «virtud», mientras yo te pedía «por favor, por favor» que me hicieras el amor —él la miró, incrédulo—. Y al final, fue la experiencia más maravillosa que haya tenido, y creo que fue en ese momento que mi amor por ti alcanzó el que siento por Stefan.
—¿Pero… por qué él…?
—Shh, no preguntes más; ven aquí, conmigo —él la obedeció, incapaz de negarle nada. Se arrodilló ante ella, y puso la cabeza en su regazo. Ella le acarició el cabello, suavemente—. Damon, ¿vas a besarme?
Él la miró; ella ya no lloraba. No era la primera vez que le pasaba algo así: mientras estaban tan cercanos, Elena no podía evitar la ansiedad por fundirse con él en espíritu y cuerpo. Damon la besó y sintió una inmensa ternura inundándolo, derritiendo alguna cosa en su interior.
Se desnudaron entre caricias, y él experimentó una vez más el milagro que provocaba la cercanía de Elena: su sexo estaba despierto, listo para el ataque del depredador a su presa; sólo que el depredador amaba a su presa, la amaba al punto de dejarse matar si ella lo pidiera, de dejarla matarlo con sus propias manos si quisiera hacerlo. Pero ella no lo quería muerto; más bien le pedía estar vivo y dentro de su cuerpo, y Damon sentía que sí, que estaba vivo de nuevo.
Elena ya no podía sentir nada más que su ansia por él, su necesidad de entregarse por completo. No había nada más fuera de esa habitación, no había nadie más importante. Abrazó su cuello y susurró: «Soy tuya».
Con sus pieles desnudas en contacto, él sentía una corriente cálida en su organismo, una sensación que sólo obtenía a medias cuando bebía sangre directamente de un ser humano. Acarició el rostro de Elena, sus cabellos, y ella gimió deseosa su nombre, «Damon». Se dedicó a besarla tiernamente, rozando con sus labios cada palmo de piel que encontraba a su paso. Ella era una virgen, así que él sabía que debía tratarla con toda la delicadeza que le fuera posible. La excitación de Elena, su respiración agitada y esa insistencia de ella en acercarse cada vez más al otro cuerpo, lo hicieron saber que estaba lista —hacía más de 500 años que Damon no hacía algo como esto pero «lo que bien se aprende…»—. En el momento en que entró a su cuerpo, justo en ese instante, él se mostró completamente vulnerable, y lloró.
Elena estaba vagamente consciente de la realidad a su alrededor, de que estaba junto a Damon, envuelta en sus brazos, bajo su cuerpo, unida a él como no lo había estado antes a nadie. Pero en ese instante lo que cautivaba su atención era la bella sonrisa del niño con los rasgos de Damon en pequeño. Él le tendía la mano, feliz.
—Volviste, Elena, ¡lo prometiste y volviste!
—Claro, tenía que volver por ti.
—Mira, ya no estoy encadenado —le mostró sus brazos y piernas—. Él me liberó. Y ahora puedo guiarte al lugar por donde la trampa puede abrirse.
—¿No es necesario… tener alguna llave?
—Sí, y tú la tienes. Ven.
Ella caminó con él. Llegaron al núcleo de hierro y entonces ella vio la resquebrajadura: a través de esta asomaba una luz cegadora, y a la misma vez, absolutamente deseable. Puso en esa grieta su mano y en el mismo momento sintió una sensación de placer recorriéndola de pies a cabeza. Tuvo que cerrar los ojos y gritar para no explotar de felicidad. Abrió los ojos de nuevo, todavía atacada por oleadas y oleadas de placer, y allí estaba el unicornio. Se acercó a él lentamente, y el bello animal inclinó su cuello hacia ella, la dejó acariciarlo, la tocó con su cuerno…
Estaba otra vez consciente de estar en la cama, y Damon se estremecía encima de ella, gimiendo, gritando su nombre.
—Te amo, Elena, ¡te amo!
