3. Metamorfosis

Él reía, con una risa que ella no le había escuchado antes: sin rastro de cinismo, ironía o amargura; sólo pura euforia. A ella se le contagió aquella risa, mientras él se acostaba a su lado y la abrazaba contra su cuerpo.

—¿Qué tal, Elena —dijo él al fin, calmando un poco su risa—? ¿Cómo estuvo tu primera vez?

—Tan bien como lo sentiste.

—Fue ¿mágico?, era como si los dos hubiéramos entrado a otro mundo.

—Ah, ¿tú también sentiste eso?

—Creo que somos algo único… tú y yo juntos.

—Sí —y ella no pudo evitar pensar en Stefan al afirmar—. Damon, ¿no sientes algo diferente ahora en ti?

—¿Diferente? pues claro, ¡soy feliz! —él mismo se asombró de esas palabras, y entendió el total sentido de la pregunta de ella—. ¿Tú me has cambiado?

—¿Yo? No. Has sido tú; el amor te cambió.

—¿Y qué soy ahora?

—Eres un vampiro; de eso no hay duda; pero presiento que te has vuelto otro tipo de vampiro.

–¿Y existe otro tipo?

—Supongo que tú eres el primero. Yo descubrí tu secreto, lo que escondías en lo más profundo de ti.

—¿…?

—Un unicornio.

—¿Un unicornio?

—Sí.

—¿Sabes que, según las leyendas, el unicornio sólo puede ser domado por una doncella de corazón puro, una virgen…

—«Carnada para unicornio».

—Eso —él la hizo mirarlo de frente. Los ojos color lapislázuli de Elena brillaban viendo en los de él miles de estrellas—. Y ¿qué va a pasar ahora conmigo, con nosotros?

—No lo sé, Damon; aún no sé nada. Sólo que estoy aquí contigo, ahora. Y que estoy a punto de volverte a rogar que me hagas el amor. Anda, por favor, por favor…

—No hace falta que ruegues, mi ángel.

Querían tomarse su tiempo: paladear cada sensación, descubrir cada respuesta de su cuerpo. Poco a poco, Elena olvidó todo lo demás, excepto que Damon estaba ahí, y que Damon la amaba.