4. Cuestión de sangre
Al amanecer, Damon la dejó sola el tiempo suficiente para cazar una o dos presas: el depredador seguía existiendo en él, pero no se sentía capaz de engañar a un ser humano para beber su sangre; no después de esa noche que acababa de vivir con Elena. Él quería ser mejor, quería sentirse merecedor de tanta felicidad. Ella había desvelado sus secretos, había limpiado su alma de todos los malos recuerdos, los rencores, la pesadilla real que había sido su vida aún antes de convertirse en un vampiro. Antes no se hubiera admitido a sí mismo que realmente quería a Stefan, que se preocupaba por él y se sentía el protector de su hermano pequeño; que la barrera mayor entre los dos siempre había sido el trato abusivo de su padre hacia Damon mientras favorecía a Stefan, y la indiferencia de Stefan ante los maltratos que sufría su hermano. Damon había guardado todas las humillaciones en su interior, dejando esos recuerdos protegidos por sentimientos de hierro a los que nadie nunca logró llegar, únicamente Elena.
Sentía un cierto dolor dentro de toda su felicidad porque sabía que Stefan también la amaba. Sólo por eso Damon se había contenido tantas veces: había pretendido ser indolente, cruel y egoísta, sin embargo, prefirió sufrir la tentación y ser consumido por la amargura de amar a una mujer inalcanzable para él porque era de su hermano. Sí, porque Elena era físicamente parecida a Katherine, pero hasta ahí llegaba su parecido: Elena era un ángel, una mujer auténtica, fuerte, y Stefan la había amado enseguida, y ella lo había amado a él; Damon creyó haber llegado tarde a esa ecuación. Pero ahora Elena lo había elegido a él, le había entregado su virginidad; Stefan tendría que entenderlo: que ella era su punto débil, que él era capaz de todo por ella, y que nadie podía resistirse a ella cuando demandaba amor en respuesta. Y ella dijo que Stefan había desistido.
Al llegar a la pensión, ella se había marchado. Y Damon recordó: cada vez que ocurría un cambio importante en su condición, Elena tenía, por un tiempo, problemas de memoria. Supo que tenía que hallarla pronto, que ella debía estar muy confundida; incluso puede que estuviera en peligro…
Hasta ahí llegaban los recuerdos de Damon; y sí, él tenía razón, la habían ayudado a despertar los suyos. Elena suspiró fuertemente y le pidió algo que él no esperaba.
—Bebe mi sangre, Damon. Quiero que tú también puedas ver mis recuerdos.
—No, Elena; estás débil y aún hay algo que tenemos que aclarar. ¿Tú lo has recordado todo? —ella asintió—. ¿También lo que Bonnie vio dentro de ti? —Elena volvió a asentir—. Y… ¿piensas que es cierto?
—Bonnie nunca se equivoca; ya lo sabes.
Él se sentó a su lado y le tomó las manos.
—Es que eso es imposible, Elena.
—Nada es imposible.
—Yo soy un vampiro, mi ángel, y los vampiros somos estériles, no engendramos bebés.
—¿Eso es una regla escrita e inviolable? Porque nosotros ya hemos roto unas cuantas. ¿Cómo se sabría si todos los vampiros son estériles si generalmente ninguno practica el sexo como los humanos? Supongo que lo sucedido con nosotros no es un caso único, pero sí bastante excepcional.
—Nunca oí hablar de algo así en toda mi existencia vampírica, o como quiera que se le llame a esta vida no-vida…
—Yo creo que la magia que lo hizo posible sólo está en ti.
—No entiendo.
—Que eres un ser diferente, que eres algo así como un semidiós.
Damon se rió.
—Creo que ahora estás alucinando, Elena.
—No; estoy casi segura de que es así, de que Stefan y tú no tuvieron el mismo padre; sólo así se explican todas esas imágenes que vi en tu interior, todo lo que Giusseppe Salvatore te hacía sufrir. Estaba lleno de odio porque eras el recuerdo de que su esposa le había sido infiel. Y supongo que en esa época nadie creería a tu madre que un ser sobrenatural la había amado y la había dejado esperando un hijo; pero ya ves, las leyendas se vuelven reales, y si no, míranos aquí. He leído mucho sobre eso, porque el unicornio siempre me ha fascinado, ¡y hay tantas historias de amor entre el unicornio y la doncella!
Él estaba empezando a creer.
—Entonces, Elena, tu explicación a todo esto es que soy en parte unicornio.
—Creo que habías desterrado esa parte de ti, la habías encerrado y rodeado de oscuridad, porque el unicornio siempre teme a la traición…
—…excepto de la doncella amada…
—Tú debes saberlo mejor que yo. Tú me has llamado «carnada para unicornio» varias veces…
—El unicornio es dócil mientras no lo acosen, pero aterroriza a los cazadores, puede ser mortal para aquellos que lo lastiman o a la gente que quiere…
—Así es. Y tú fuiste demasiado acosado, demasiado herido; pero aún así no dejaste de amar…
—Ah, Elena, ¿de dónde sacas tanta sabiduría?
—¿Olvidas que fui al «más allá» y regresé? —bromeó ella, acariciándole el cabello. Él, en cambio, le acarició el vientre.
—¿Crees que soy otra criatura ahora?
—Siempre han dicho que la sangre de vampiros es curativa; supongo que aún más si es medio unicornio.
—Pero olvidas algo, Elena: tú lo liberaste…
—Lo sé. Supongo que esto era nuestro destino; no tengo todas las respuestas.
—¿Y la criatura que hemos procreado? ¿Qué va a ser?
—No sé; pero estoy segura de que será especial, con una misión en el mundo. Tal vez esa es la única razón para que tú y yo nos conociéramos en primer lugar…
Damon aún tenía dudas: en todo ese mundo fantástico que Elena le había mostrado, donde parecía haber una causa para cada cosa, había algo que no encajaba. Stefan. Stefan y su amor inmenso por Elena. Stefan y su renuncia.
Elena buscó sus labios, y él la besó con esa pasión que no podía evitar nunca cuando estaban juntos. Luego sintió el sabor de la sangre en su boca: ella se había herido la lengua a propósito contra sus colmillos. Él la saboreó y luego la apartó un poco.
—No lo hagas, Elena; te estás hiriendo.
—Tú me sanarás —respondió ella y le colgó los brazos al cuello. Damon sabía que no podía resistirse; probó un sorbo más de sangre y fue arrastrado hacia las imágenes que ella quería mostrarle.
Sin intentar influenciarla, él estaba quieto extendiendo sus alas oscuras sobre ella sin dejarle por donde huir, por donde escapar. Elena sintió que empezaba a desfallecer con la intensidad de la pasión que habían forjado entre ellos. Como un gesto final, no de repudio sino de invitación, ella arqueó su cabeza hacia atrás, exponiéndole su cuello desnudo y dejando que él la sintiera anhelarlo. Y como si grandes campanas de cristal estuvieran repicando a la distancia, ella sintió su júbilo ante su voluntaria rendición al terciopelo negro que la estaba sobrecogiendo.
Ella nunca sintió los dientes que rompieron su piel clamando por su sangre; antes de que eso sucediera ella estaba viendo estrellas. Y entonces el universo fue tragado por la oscuridad de los ojos de Damon.* Él se detuvo por un instante; la miró: su cara mostraba éxtasis, esa indescifrable expresión de felicidad, placer y entrega que hiciera tan famosa a la Santa Teresa de Bernini —Damon siempre había gustado de esa escultura—. Dudó. Pero entonces Elena volvió a abrir sus ojos color lapislázuli.
—¿Qué esperas?
Él la mordió al fin, pero no en el cuello, sino un poco más abajo del hombro que, hacía un rato, mirara desnudo, cuando la tuvo en sus brazos y ella creía ensoñar con Stefan, aunque era la voz de Damon la que le susurraba: Siempre estoy contigo. Te sostendré. En mi vida. Lo juro. Sólo descansa. Déjame sostenerte sólo una vez...**
Elena se removió bajo su cuerpo, acercándosele; ahora parecía más consciente de sus acciones. Dejó correr sus manos por la espalda de él, sobre la camisa negra, buscándole la piel, que estaba inusualmente cálida; junto a la pelvis, podía notar el tacto duro de una erección. Sí, de eso también la había protegido Damon en ese viaje: otros vampiros no debían saber cuáles eran los agradables efectos secundarios de permanecer cerca del aura de Elena. Era una verdadera tortura para él estar todos los días con ella, sentir todo ese deseo, y contenerse.
—Hazlo; tú quieres y yo quiero, hace mucho que queremos esto —casi suplicó ella.
Él se removió sobre ella y la humedad entre las piernas de Elena aumentó.
—¿Qué es lo que quieres? ¿Quieres esto? —volvía a moverse sobre ella, torturándola; el olor de él la embriagaba, la oleada inevitable de su Poder. Sólo lo había sentido tan cercano la vez en que sacó de él aquella Maldad viscosa que Shinishi pusiera en su interior, y lo acunara en sus alas de Purificación. Esa vez él había llorado en su regazo, pero ahora Damon no recordaba nada de esos momentos. Ella se desesperó.
—Hazlo, Damon; por favor —sus manos le desabrocharon la camisa de un tirón, y él se dejó hacer.
Acarició suavemente, sin quitarle el camisón que llevaba puesto, todo el cuerpo de Elena. Su mano derecha fue hacia abajo, se introdujo bajo la ropa interior, y ella gimió con su contacto. Él comenzó a pasar sus dedos por la entrepierna de Elena, que estaba muy mojada, y ella sentía una energía eléctrica traspasándola, un placer que la alejaba de la realidad; comenzó a emitir suaves quejas, ronroneos, gritos. Damon sólo acariciaba, no se decidía a ir más profundo. Ella lo apremiaba; él entonces terminó de desnudarla. Ella puso las piernas a los lados de las caderas de él, y entonces Damon la detuvo, mirándola a los ojos.
—¿De veras, Elena? ¿De veras lo harás conmigo? Porque esto no tiene vuelta atrás, y yo te estoy llevando a rescatar a Stefan…
—Shh, no hables de Stefan; no ahora. Necesito esto, Damon; ¡te necesito a ti! Por favor, por favor…
Pero el nombre de Stefan ya había sido pronunciado, dos veces. Y él no sintió seguridad en la voz de Elena sobre lo que se disponía a hacer; se alejó de ella con una velocidad vertiginosa.
—¡Soy un idiota! ¡Sólo grito, vocifero, amenazo, y al final…! ¡No puedo hacerlo! ¡No puedo hacerle esto a Stefan mientras él está no sé dónde ni cómo, y todo por mi culpa!
—¡Oh! —ella se incorporó, decepcionada. Volvió a anudarse la bata de baño—. ¡Lo siento! Yo sólo creí que tú… te sentirías mejor si yo…
—Mejor no hablemos más de ello, Elena, o tal vez no pueda resistir la tentación. Por ahora, seguirás siendo «carnada para unicornio». Mejor duerme, en la cama; yo me sentaré aquí, a vigilar.
Elena se recostó.
—¿Me das un… beso de «buenas noches»?
Él dirigió el beso a su mejilla, pero ella le atrapó los labios, lo acarició.
—Mañana; mañana hablaremos de todo esto, Damon, y tendremos que tomar algunas decisiones.
—Sí, Elena; mañana.
Ese era otro recuerdo invaluable que Shinishi le había robado; no era extraño que Stefan reaccionara como lo hizo si había visto…
—Damon —Elena acariciaba su mejilla—, te he hecho ver esto para que entiendas que lo que hay entre nosotros dos… ¡es demasiado fuerte! Pierdo el control cuando estoy contigo, me olvido de todo, hasta de Stefan, y nada me gusta más que tus besos.
—Pues… ven aquí. —La besó, sin trabas, lentamente. Luego la hizo sentarse a su lado. —Elena, si yo hubiera recordado todo al día siguiente, ¿qué era lo que pensabas hacer?
—Probablemente, te habría pedido que me ayudaras a liberar a Stefan para entonces, poder contarle todo y decirle que también te amaba a ti, que no podía elegir entre los dos.
Él la abrazó contra su cuerpo casi con rudeza, y no se atrevió a hacer la otra pregunta: ¿Y ahora, podrías elegir?
* Lisa Jane Smith: Almas sombrías.
** Idem
