5. Amistades peligrosas

Bonnie aún no se decidía a llamar a la puerta, pero su preocupación por Elena excedía al respetuoso temor que le inspiraba Damon.

Él nunca la había aterrorizado realmente, no como a los otros, porque creía conocerlo mejor: ella había sido testigo de momentos en que Damon intentaba portarse como un total monstruo, pero su imagen de cruel e indiferente al sufrimiento humano se resquebrajaba ante Bonnie, y ella se había sorprendido a sí misma confiando totalmente en él en situaciones desesperadas.

El secreto mejor guardado de la muchacha pelirroja era su atracción inevitable hacia ese vampiro. Sin embargo, no se hacía ninguna ilusión al respecto. Ya se había preguntado a sí misma varias veces por qué los hombres que a ella le parecían interesantes siempre escogían a otras: Alaric, a Meredith; Damon, bueno, él estaba centrado en Elena.

¿Y ahora… qué estaba pasando entre Damon y Elena? ¿Qué había hecho a Stefan reaccionar de la forma en que lo hizo?

…..

Bonnie había sido testigo: Shinichi estaba vencido; pero tenía una sonrisa malévola mientras hablaba de venganza y amenazaba contar todos los secretos de los presentes, incluidos los de Sage, quien tanto les había ayudado mientras estaban en la Dimensión Oscura. Y Damon le había prometido mandarlo al infierno si contaba los suyos.

—… y quiero que devuelvas todos los recuerdos que me has robado, ¡ahora!—amenazó también Damon.

La sonrisa bailó otro instante en los labios del kitsune: lo que más disfrutaban él y su gemela Misao era el juego, jugar con las almas de los demás.

—Bien —asintió Shinichi—; todos los recuerdos que he tomado de Damon Salvatore desde el momento en que nos conocimos hasta… hoy —Bonnie presintió la trampa, pero no pudo estar segura de cómo vendría— irán a Stefan Salvatore —nadie pudo evitarlo; fue instantáneo. Stefan estaba abrazando a Elena, muy cerca de la pensión, que era adonde habían salido de la Dimensión Oscura, y todos vieron el cambio en su expresión. La soltó de repente, los miró a ella y a Damon; las lágrimas asomaron a sus ojos.

Bonnie no entendió muy bien lo sucedido después: Stefan miró a Elena como si la viera por primera vez, maravillado y dolido al mismo tiempo. Elena quiso acercársele y él no la dejó.

—Aléjate de mí, Elena. Agradezco lo que han hecho por mí, todos ustedes, pero tú y yo, Elena, ya no nos pertenecemos…

Ella pareció a punto de desfallecer.

—Stefan, no hagas esto, yo te amo…

—Tú perteneces a él —Stefan le señaló a Damon—. Debes estar con él.

Bonnie vio la duda en los ojos de su amiga; Meredith intentó decir algo y la contuvo con un gesto. Damon parecía extrañamente quieto, como si esperara el resultado de todo sin intervenir. Al fin Elena miró a Stefan a los ojos.

—¿De verdad es esto lo que quieres? ¿Es tu elección?

—Lo es.

—Porque luego no habrá vuelta atrás —sin darse cuenta, ella estaba usando las mismas palabras de Damon, aquella noche en el motel.

—No me busques más, Elena.

—Pero… ¿por qué…? —Stefan se deslizó en un segundo junto a su oído y le dijo algo que nadie pudo oír, ni siquiera Bonnie con sus sentidos de bruja. Entonces huyó; así, medio cadavérico como estaba, y Elena dejó caer su orgullo, y empezó a gritar.

—¡No, Stefan! ¡Vas a morir si no te alimentas pronto! ¡No puedes irte aún! ¡Por favor, regresa!

Bonnie y Meredith estuvieron mucho rato junto a ella, pero no lograron consolarla. Seguía llorando cuando Meredith dijo que tenía que irse a su habitación: estaba muy cansada. Bonnie vio llegar a Damon, que se veía perturbado ante las lágrimas de Elena, y se inclinó hacia ella.

—No sigas llorando así, Elena. Ven.

Ella cedió, dócil, a la mano que la llevaba. Bonnie le avisó desde lejos que iría a verla en un rato. Y así lo hizo, luego de instalarse en la habitación junto con Merdith. Elena aún sollozaba.

—Matt y la Sra Flowers se habían ido a las habitaciones de la planta baja, Elena. Meredith y yo… —no pudo contener más la pregunta que se le atoraba en la garganta—. ¿Adónde se fue Stefan, Elena? No puedo entender…

—No sé adónde fue. —Elena trató de componerse—. Y no lo sabremos si él no quiere que lo hagamos. Sólo espero que se alimente de algo allá afuera.

—¿Ya no lo buscarás más?

—No —Elena sollozaba ahora más fuertemente.

—¿Quieres que me quede en la habitación contigo? No creo que debas estar sola.

—No; Damon estará aquí conmigo.

—¡¿Los dos en la misma habitación?¡¿Y crees que estás segura con él?

—Más que con nadie más. Ya nos hemos quedado en habitaciones juntos, en autos, y él siempre crea alrededor nuestro una red de Poder impenetrable, para que nada ni nadie me lastime.

—De acuerdo; entonces. Nos veremos mañana. Me levantaré temprano e iré a casa, a ver a mi mamá y tratar de explicarle… mi ausencia; supongo que tendré que hablar mucho de la brujería en la familia. Pero vendré a verte enseguida que tenga un tiempo.

—Sí. Y por favor, Bonnie, advierte a Meredith y los demás que no deben intentar entrar a esta habitación si Damon no se los pide. No sé bien cómo trabaja ese escudo de Poder pero sé que podría matar sin que él lo pueda evitar a tiempo.

—Lo haré, voy a decírselo a Sage, Meredith, Matt y Mrs. Flowers. Y luego iré a dormir: ya casi es medianoche.

….

Bonnie se culpaba por confiar; porque era evidente que algo le había pasado a Elena esa noche mientras Damon estaba solo con ella. Al fin tuvo el valor de llamar a la puerta; y allí estaba él, pero tenía algo diferente.

—¡Tus ojos…

—¿Qué pasa con ellos, Bonnie? —él sonaba burlón.

—¡Ya no son negros!

—Nunca lo fueron —él sonreía abiertamente ahora; otra cosa que Bonnie no recordaba haber visto antes en Damon—; eran azul oscuro.

—Y ahora…

—Están más claros.

—¡Clarísimos! ¡Son como un pedazo del cielo!

—Bonnie, ¿estás flirteando conmigo? ¡Traviesa! A Elena no le gustará.

Ella se recompuso de su asombro.

—Anda, Damon, que no estoy para tus juegos. ¿Cómo está Elena?

—Bien; perfecta, diría yo.

—Déjame verla.

—Claro. Yo debo ir a cazar; las dejaré solas un rato.

Desapareció en un instante, y Bonnie entró a la casa más extrañada cada vez. Damon parecía el mismo y a la vez… ¡era tan distinto!

—¿Bonnie? ¿Eres tú?

Elena bajaba las escaleras soñolienta; un pequeño bulto ya se adivinaba en su vientre.

—¿Entonces es cierto, Elena? ¿Estás embarazada?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Hace dos noches.

—¡No puede ser! ¡Si ya se te nota!

—Yo tampoco puedo explicarlo muy bien.

—¿Cómo sucedió? ¿Quién es el padre?

—Damon.

—¡¿Damon? ¿Pero no dicen que los vampiros no…?

—Siéntate, Bonnie. Debo contarte una historia larga.

El relato de Elena se interrumpió cuando llegaron a la noche pasada.

—Ese es un tipo de magia desconocida para mí —dijo la pelirroja.

—Ya lo sé; ni siquiera Damon y yo la entendemos muy bien.

—Ay, Elena, ¿cómo va a ser tu vida ahora? ¿Y estás segura de que escogiste bien al quedarte con Damon? Siempre dijiste que tu amor era Stefan, juraste que lo tendrías o morirías.

—Ya morí, ¿recuerdas?

—Sí; tampoco entiendo la magia que te devolvió a la vida.

—A lo mejor, eso y lo de mi embarazo son parte de la misma magia.

—Explícate.

—No; no sé, son solo intuiciones que tengo.

Bonnie se quedó callada un momento, pensativa. Recordaba las palabras de Elena en su convalecencia de un encuentro extraño entre Damon y ella que casi lo mata a él y la convierte a ella en vampiro, de nuevo. En el momento pareció que Elena sólo se había confundido: «Estoy aquí para salvar a mi amado Damon y Stefan sólo me está ayudando». ¿Sería esa la verdad? Todo lo que habían vivido era para… ¿hacer algo por Damon? ¿Algo como lo que había visto esa mañana? Salvarlo. Tomó la mano de Elena.

—Ya sabes que puedes contar conmigo para todo. Incluso para darle una paliza a Damon si te hace daño, aunque pueda matarme con un pestañeo. —Elena rió del comentario gracioso de su amiga—. Oye, Elena, ¿puedes matar mi curiosidad? Yo quisiera saber que te dijo Stefan al oído ese día? Porque eso fue lo que te convenció, ¿verdad?

—Lo dijo sólo para mí; lo siento, pero no puedo contarte.

—Está bien entonces. Vamos arriba y te ayudaré a peinarte.

Elena asintió. Mientras subía, seguían resonando en su cabeza las palabras de Stefan: «Salva a Damon; él lo merece».