7. La decisión de Elena

El sol brillaba con fuerza, colándose a través de las ramas de los árboles. Damon y Elena caminaban enlazados, en el séptimo día de su nueva vida juntos. Sage seguía rondando por el bosque con Talon y Saber, sus mascotas cazadoras. Se detuvieron en un claro.

—Aquí fue donde regresé a la vida. Los espíritus guardianes se llevaron todo lo maligno; pero a ti no te tocaron. Debimos darnos cuenta todos entonces de que tu maldad era sólo una máscara.

—Nunca maté a nadie realmente, Elena; a no ser en defensa propia. Lo que no niego es que engañé a muchos; los seduje con mi encanto, les pagué su sangre con monedas de fantasías y placer.

—Y querías que yo fuera tu princesa de la oscuridad.

—Oh, sí; ¡y tanto! Pero tú estabas obsesionada con mi hermano. Yo no podía creer que me estuviera pasando lo mismo que con Katherine; siendo ustedes tan diferentes.

—¿Katherine prefería a Stefan?

—Tú la oíste, en la tumba: «Sé a quién odio más ahora, Stefan, y es a ti. Porque te amé más que a tu hermano». Esas palabras dolieron. Y contigo, por segunda vez, la mujer que yo amaba escogía a mi hermano.

—Tiene que haber alguna cosa que explique mi parecido con ella, y que ustedes, los dos, se sintieran atraídos por ella y por mí.

—Atraídos; sí, esa es la palabra. Yo creí que amaba a Katherine, pero cuando te conocí a ti supe que no era cierto; ella sólo me atraía, y supongo que esa atracción inevitable sí tiene que ver algo con la genética. Pero el amor, uno ama la personalidad del otro más que su carne, y tú tenías un fuego igual al mío, yo podía notarlo cada vez que estabas cerca. Yo sabía que éramos tú y yo los que debíamos estar juntos pero no podía obligarte a escogerme por sobre mi hermano. Tú debías elegirme por propia voluntad.

—Y lo hice.

—¿De veras? —él la miró a los ojos—. ¿El que Stefan haya decidido alejarse de ti no tuvo que ver en tu decisión?

Elena no supo qué contestar. Damon la tomó en sus brazos y le dio un beso profundo, y ella sintió que se derretía en ese beso, que nada podía ser mejor que los besos de Damon, que Damon y sólo Damon existía en su mundo. Entonces él se apartó un poco, la miró a los ojos.

—Quiero que pienses esa respuesta, sola, sin mi influencia a tu alrededor.

—Pero, Damon, esa respuesta no cambiará nada para mí…

—Lo sé, y creo que para mí tampoco cambiaría radicalmente las cosas, pero es mejor que nos saquemos todas las dudas y los temores antes de que estos crezcan y se vuelvan monstruos devoradores, o nos encadenen —ella entendía lo que él estaba diciendo. Asintió. Damon la besó en la frente—. Si estás en peligro, sólo envíame una llamada mental: yo la escucharé y vendré a protegerte.

—Pero…

Él ya la había dejado sola. Elena caminó un poco, mirando a su alrededor, acariciando su vientre que crecía con rapidez inaudita: tenía más o menos el tamaño de una gestación normal a los 4 meses. Sí, Damon tenía razón: ¿qué habría decidido ella si Stefan no la hubiera apartado? Una cosa era absolutamente cierta: estar con Damon borraba, al menos durante esos momentos, sus sentimientos hacia Stefan. Eso había pasado la primera vez que lo vio, en el gimnasio de la escuela: cuando Damon intentó basarla ella borró a Stefan de sus pensamientos, hasta lograr recomponerse. Y cuando se convirtió en vampiro: su instinto había ido hacia Damon inmediatamente, sólo después recordó que era Stefan su prometido, su amado. ¿Y no sería ella misma quien se estaba obligando a ello? O sea, ¿no sería ella misma quien no quería aceptar que sus sentimientos hacia él habían cambiado luego de conocer a Damon?

Conoció primero a Stefan, un chico guapo que guardaba un secreto, un muchacho atormentado, dulce. Damon se presentó en la oscuridad, aprovechando oportunidades, soberbio y complaciente al mismo tiempo; mágico, intrigante. Pero ella había jurado tener a Stefan o morir; no era cosa de dejar ir una obsesión tan fácilmente, eso no era propio de Elena Gilbert. Y también estaba su sentido de la fidelidad, del respeto, la idea que los demás tenían de ella y que no quería decepcionar. No quería decepcionar a sus mejores amigos, ¿cómo escoger entonces al monstruo que ellos creían ver en Damon? Y sobre todo no quería decepcionar a Stefan, que la miraba siempre con ojos de cervatillo herido.

Él apareció ante sus ojos, tan bello como la primera vez que lo vio, y vestido con chaqueta de cuero negro. No llevaba gafas, y los destellos esmeralda de sus ojos la conmocionaron por un momento.

—¡Stefan! ¡Estás bien!

—Sí; la sangre humana hizo el milagro.

—¿Sangre humana? ¿Tú…?

—Tuve que hacerlo, Elena. Era eso o morir.

—Sí, yo no te lo reprocho. ¿Tú… has vuelto?

Él no contestó; miraba fijamente hacia el vientre abultado de Elena. Luego de un rato de silencio incómodo, la miró a la cara.

—Sólo quiero ver que todo esté bien contigo, Elena.

—Todo está bien.

—¿De veras? —apuntó al vientre de la muchacha.

—Sí; esto también está bien. Tendría que explicarte muchas cosas para que entendieras cómo fue posible…

—¿Amas a Damon más que a mí?

—Stefan, yo no quiero herirte.

—Puedes hablar; necesito saber toda la verdad.

—Bueno, pues… creo que… sí; al menos ahora lo hago.

—¿Por qué?

—No sé explicarlo.

—Mi madre también lo amaba más.

—¿De qué hablas?

—Ella dio su vida por él, para salvarlo de mi padre.

—Stefan, ¿tú fuiste testigo de eso?

—Ah, sí; yo fui testigo de cada paliza que mi padre le dio a Damon desde que tuve conciencia. Y creo que… en el fondo las disfrutaba…

—¡Stefan!

—Es cierto, Elena. Yo estaba celoso de él, porque mi madre parecía amarlo más, protegerlo más; y mi padre volcaba todo su afecto en mí y a él… lo odiaba. Damon tenía sólo dos años más que yo; pero se le enfrentaba, sobre todo si era nuestra madre la atacada, y siempre él llevaba la peor parte. Yo tenía seis cuando Damon le clavó un cuchillo en el brazo para que soltara a mamá, y él persiguió a Damon con su espada; no podía alcanzarlo —los recuerdos parecían dolorosos; era como si Stefan estuviese viviendo todo de nuevo— pero casi lo tenía arrinconado cuando ella se interpuso entre la espada y Damon, y la espada la atravesó. Estaba muriendo cuando cayó al suelo, mi padre huyó de la habitación y ella… nos miró a los dos, pero le habló a Damon. «Cuida a tu hermano, Damon; prométeme cuidar a Stefan». Y él juró solemnemente, como si ya fuera un hombre. Ella no… se despidió de mí —Stefan hizo una pequeña pausa, como si tuviera que elegir las palabras—. La vida en el castillo se volvió luego un infierno para Damon, pero no importaba cuán lejos lo mandaran él siempre regresaba a enfrentar la ira de Giuseppe Salvatore, y yo me preguntaba por qué lo hacía, por qué tanta soberbia. Después me di cuenta que lo hacía por mí, para poder cumplir su promesa de cuidar de mí —Elena quiso tocarlo, para calmar un poco su visible alteración, pero él se apartó—. No me toques, Elena; para un vampiro es más duro alejarse de la tentación. Y yo estoy decidido a no intervenir más en la vida de mi hermano.

—¡Stefan!

—He sido muy egoísta; siempre he querido para mí todo el amor que alguien le pudiera dar a él. Y lo peor, bajo la apariencia de una total inocencia. Cuando lo ataqué con la espada, creo que eso despertó imágenes dolorosas en él y lo cegó la furia: mi muerte hubiera sido justa, pero yo… yo lo condené a esta existencia…

—No es así, Stefan; piensa. Lo que Damon hizo contigo, según me contaste, fue producto de algo así como un ataque de locura temporal. Para él no era justo que murieras. Quizá eso ha sido una de las cosas que lo ha estado atormentando por tanto tiempo: haber hecho algo así con su hermano, a quien amaba. Tal vez por eso intentó por tanto tiempo apagar sus sentimientos de ternura, cubrirlos con una máscara de odio y crueldad, echar a un lado la culpa…

—Yo lo maté a él también, y luego los dos pasamos a estar así. Damon siempre me echó en cara la supuesta muerte de Katherine, pero en verdad creo que lo que no me ha perdonado nunca es haberlo condenado a esto.

—No lo creo. Stefan, yo… nunca entendí muy bien todo eso; porque Damon siempre decía odiarte pero jamás permitió que alguien te dañara. Ni siquiera yo, ¿recuerdas? Cuando fui vampiro y te ataqué a ti por haberlo herido a él.

—Damon siempre dijo que quería vengarse de lo que le hice, y no dudo que quisiera hacerlo, pero él no deja nunca de cumplir una promesa.

—Eso lo sé bien.

—Y él había prometido cuidar de mí.

—Él no te haría daño de verdad. Pero no sólo por su promesa; yo sé que él te quiere.

—Lo ha hecho, ¿no? Ha cumplido siempre con su promesa —prosiguió Stefan como si no hubiera asimilado las últimas palabras; estaba absorbido por sus propias ideas—. Ni siquiera tuvo el valor para tomarte a ti mientras tú siguieras siendo mía: lo vi en sus recuerdos. Incluso la noche en que me fui siguieron llegando imágenes de su mente: Damon cuidando de ti, lleno de sentimientos tiernos y sintiéndose culpable por desear tanto a la mujer que me pertenecía.

—Pero yo no te pertenecía, Stefan; no soy tu propiedad.

—Eras incapaz de dejarme, porque yo te había influido.

—¡¿Qué?

—Lo hice, la primera vez que nos vimos. Y me arrepentí luego pero ya era tarde; ya tú habías hecho tu propio juramento… de sangre.

—En el cementerio. Moriría si no hacía mío a Stefan.

—Yo te inspiré esa infeliz idea. Y luego te convertiste en vampiro, y por un tiempo, recordaste cuál era tu verdadero destino, a quién pertenecías realmente.

—Damon.

—Yo manipulé tus sentimientos, Elena, porque te quería para mí, porque te amaba.

—¿Entonces… crees que siempre estuve destinada a Damon?

—Katherine también lo estaba antes de que Klaus la hallara; pero Klaus tenía su propio plan diabólico para controlar el mundo, y este incluía a Damon viviendo en la oscuridad, lleno de resentimientos, solo. Porque Damon era una pieza clave del Poder.

—¿De que Poder hablas?

—Está todo aquí —sacó un libro de dentro de su chaqueta—. Es el diario de madonna Salvatore. Lo obtuve de entre las cosas de ella, apenas siendo un niño, y se lo oculté a todos, especialmente a Damon; pero no lo leí hasta hace poco. Toma —le alargó el libro—. Léanlo juntos y, por favor, pídele que me perdone —otra vez asomaron lágrimas a los ojos de Stefan—, dile que yo quiero que sea feliz.

Elena se acercó; tomó el libro, viejo y descolorido.

—Stefan, tal vez… —no pudo terminar la frase; lo único que pudo ver fue la imagen de un halcón que se elevaba. De pronto los árboles le dieron miedo; quizá pensando en ese Poder desconocido. Y lanzó inconscientemente una llamada de auxilio. Damon estuvo en un instante a su lado; sosteniéndola.

—Elena; estás temblando.

—Stefan estuvo aquí.

—¡Ah! —él no pudo ocultar su perturbación—. ¿Decidió regresar?

—Me dio esto —le mostró el libro—. Dijo que debemos leerlo juntos.

—¿Qué es?

—Es el diario de tu madre.

Ella vio su gesto angustiado.

—Creo que mejor volvemos a la pensión, ¿eh, mi ángel?

—Sí, mi amor —Elena sonrió mirándolo—.

—¿Esa es tu respuesta a mi pregunta de hace un rato o sólo que asientes a volver a la pensión?

—Las dos cosas. Te he elegido a ti por mi propia voluntad, porque eres… mi verdadero amor. Y sí, vámonos a la pensión rápido, para empezar a leer este diario, porque me mata la curiosidad por saber más sobre tu historia.

—Entonces, vámonos volando.

Se elevó con ella en sus brazos.