10. Mentiras piadosas
Elena dormía, soñaba. Era un bonito sueño en el que ella estaba peinando los cabellos de Margaret mientras la tía Judith preparaba un sabroso pastel de manzana. Se sentó en la cama al despertar, y lloró; lloró como no lloraba desde la noche en que habían regresado de la Dimensión Oscura. Damon la vio así al regresar del bosque y corrió a abrazarla.
—¿Qué ocurre, Elena? ¿Por qué ese llanto?
—Perdóname, Damon. Yo te juro que soy feliz contigo, que te amo mucho, pero… ¡extraño tanto a mi familia! No puedo resignarme a no verlos más, a que piensen que he muerto. Margaret cree que soy un ángel que la visita de vez en vez, pero tía Judith, ella fue atormentada por Katherine, quien se le aparecía con mi imagen para culparla de mi muerte. No logro aceptarlo; eso de que no pueden verme en el pueblo, porque creerán que soy un fantasma, o peor, una vampira…
—Tal vez podamos hacer algo, decir algunas mentiras piadosas para que puedas volver al pueblo, pero no te harían quedar muy bien, ni a ti ni a Stefan; ni a mí, supongo, pero ya sabes que eso nunca me ha preocupado mucho.
—A ver —ella se secó las lágrimas y lo miró fijamente—, ¿cuáles mentiras serían esas?
Esa noche, tocaron a la puerta de tía Judith. Después de tocar el timbre, se tomaron fuertemente de la mano. Fue Robert quien abrió, y su mandíbula quedó desencajada al ver a Elena.
—Elena, ¿eres… eres tú? ¡¿Estás viva? —la tocó para ver si era real; parecía a punto de desmayarse.
—Soy yo; Robert. ¿Por qué preguntas si estoy viva? Siempre lo he estado. Yo siento mucho lo que hice; no estuvo bien escaparme de este modo…
—¡Elena! ¡Encontraron tu cuerpo! ¡Te enterramos en la tumba familiar! ¡O al menos ella era igual a ti! Aunque estaba quemada, un poco desfigurada…; pero tus amigas dijeron…
—Mis amigas no sabían nada. ¿Puedes contarle a tía Judith que estoy aquí, que estoy viva? Yo les diré cómo ocurrió todo. ¿Me dejan entrar a la casa? ¿A mí y a Damon?
Solo entonces Robert miró a Damon, y las manos entrelazadas de los dos.
—Sí; creo que sí. Esperen en la sala.
Robert casi corrió a la cocina. Judith apareció unos pocos minutos después, y no hizo ninguna pregunta antes de abrazar a Elena llorando. Fue sólo un rato después que la miró desaprobatoriamente.
—¿Cómo pudiste hacernos esto, Elena? ¿Irte y no dejar ninguna seña tuya… por tantos meses? Creímos que habías muerto.
—Ya lo sé. Robert acaba de contármelo. Pero yo acabo de llegar al pueblo, Damon y yo…
—Damon Salvatore —Judith lo interrogó también a él con la mirada—. ¿Qué fue lo que hiciste con Elena? ¿Ella no era la novia de tu hermano?
Damon fue a contestar pero Elena lo interrumpió, poniendo la cara más avergonzada que podía fingir.
—Fue precisamente por eso que huimos, tía. Yo no sabía cómo enfrentar a Stefan, ni tampoco Damon, ni a ustedes ni a la gente del pueblo, cuando supieran que yo había dejado a mi novio por su hermano.
—Es realmente monstruoso, Elena; ¡no sé cómo pudiste! Tus padres no te criaron así; yo creí que eras una muchacha de bien.
—Sé que hice mal, tía; especialmente por guardar silencio sobre mi paradero, lo que propició que me creyeran muerta, pero la verdad es que… amo a Damon, y no quería perderlo. Yo… estoy embarazada de él.
—Ya… ya vi tu vientre; tienes como 8 meses, ¿no?
—Ya pronto voy a dar a luz; y no quería estar lejos de mi familia en esos momentos; por eso convencí a Damon de regresar…
—Señora Gilbert —esta vez él sí logró hablar sin que Elena lo interrumpiera—, yo también lo siento mucho, por todo lo que hice. Pero mi hermano ya me ha perdonado; espero que ustedes también puedan perdonar a Elena.
Judith miró a Elena largamente, volvió a correr una lágrima por su mejilla.
—Para mí es como un milagro volverla a ver, viva; intentaré aceptar lo que hicieron, sólo necesito tiempo.
Elena sonrió entre lágrimas también.
—Gracias, tía. Me voy ahora. Por favor, habla con Margaret, trata de que entienda; y dile que pasaré a verla mañana.
A Elena no le gustaba mentir; pero sabía que lo había hecho por una buena razón. Llamó a Bonnie al regresar a la pensión y la puso al tanto de lo que ella y Damon acababan de hacer. La alegría iluminaba otra vez su rostro.
—Damon, ahora sé mejor que nunca que tú eres el que amo. No te voy a negar que quiero mucho a Stefan, que me preocupo por él y que por un tiempo creí que era el amor de mi vida…
—Él te lo hizo creer…
—Como sea. El hecho es que ahora estoy clara en cuanto a eso. No sentía pasión por Stefan; era un amor de la cabeza y no del corazón. Era un amor frío, pero contigo siempre todo ha sido fuego. Como tú dijiste varias veces, tú y yo tenemos el mismo fuego interior; tú y yo nos pertenecemos, y somos los que tenemos que estar juntos.
—Estoy completamente de acuerdo con eso —el sonrió con picardía—. ¿Sabes qué?, te haría le amor ahora mismo si no fuera por el embarazo.
—¡Ah, vamos, Damon; no seas anticuado! No tiene nada malo hacer el amor embarazada; todas las mujeres lo hacen.
—Todas las mujeres humanas, cuando esperan un hijo de otro humano. Pero tú llevas en tu vientre una criatura que se ha desarrollado en 7 días como si fueran 28 semanas.
—Igual, sé que no hará ningún daño; me lo dice ese sexto sentido desarrollado que tengo.
—¿Ah, sí?
Él se le acercaba peligrosamente; empezaba a cubrir su piel con besos y caricias. Su sexo reaccionó con más rapidez aún a su cercanía con Elena; tal vez era un efecto de esa metamorfosis continua que había comenzado en él desde la primera vez que se había unido a ella. Intuyó que quizá ella también necesitara la conexión; y se entregó a hacerla para los dos absolutamente inolvidable.
