12. Amigos con beneficios
Levantó la cabeza y lo vio, la cara de él muy cerca de la suya, y sus ojos mirándola como si quisieran llegarle al alma.
—Suéltalo, Bonnie, ¿qué es lo que te tiene así?
Ella volvió a bajar el rostro.
—Ah, no es nada.
—Sé que estás mintiendo; tengo práctica en leer rostros. Y la verdad, creo que… tiene que ver conmigo.
Bonnie ahora lo miró con enojo.
—¿Crees que todo gira alrededor de ti? Parece que esto ahora de los unicornios y tu «misión en el mundo» no ha hecho más que aumentar tu ego superdesarrollado.
—Grítame todo lo que quieras, pero yo sé lo que digo. Y lo sé porque… tal vez es mi culpa. Cuando te conocí, hice lo posible por seducirte. Yo entonces… no conocía a Elena.
—Eso no es cierto.
—Lo es. Bonnie, tú no recuerdas lo que te pasó la noche aquella en que te quedaste en la biblioteca y en la mañana apareció un muerto en los alrededores del edificio. No lo recuerdas porque yo… te convencí de olvidarlo.
—¿Qué? ¿Me influenciaste?
—Pensé que hacía lo mejor para ti; y además yo… hacía eso en esos días: seducía a mis víctimas, las compulsaba a acceder voluntariamente a ser donantes, y luego les hacía recordar sólo el placer…
—¿Tú bebiste mi sangre?
—¡No!
—¿Y por qué no?—ahora Bonnie se paró, visiblemente alterada—. ¿No te parecí apetitosa?
—Cuando llegué allí, Bonnie, tú eras una doncella en peligro con la que dos hombres lobo sádicos y golosos querían jugar; me pareció adecuado mostrar que ninguna otra criatura puede aventurarse a cazar en mi territorio, nada más. Pero luego, al hablar contigo, al verte bien, supe que eras demasiado inocente, casi una niña, y… no sé, despertaste cierta ternura en mí. Y tuve que controlar mi tentación, y hacerte olvidar, para poder dejarte intacta. Quizá por eso tú…
—Por eso siempre he sabido que puedo confiar en ti. Por eso siento cierta atracción…
—¡Ah!, ¿ves? Ya lo dijiste…
—Sí, pero eso está muy mal; porque Elena es mi mejor amiga y yo no puedo…
—¿Ser mi amiga?
—¿Eso es lo que quieres, Damon?
—Sí, Bonnie; nunca he tenido un amigo de verdad, a no ser Sage que… es muy especial porque no tiene mucho sentido moral, pero yo… siento que tú… me entiendes. Elena es mi amor, mi alma gemela, pero… todo el mundo necesita un mejor amigo. Y yo sé que, para mí, esa eres tú. Incluso… siempre me he sentido muy protector hacia ti.
La muchacha pelirroja asintió.
—Puedo ser tu amiga.
—Ahora permíteme hacer algo por ti —Damon se cortó la muñeca y ofreció su sangre a Bonnie.
Ella se echó hacia atrás.
—¡No! ¡No puedo!
—Sí puedes. Acabas de escuchar que mi sangre es curativa, incluso cura la melancolía. Y tú la necesitas, ese tipo de curación.
—Pero Damon, dicen que eso de intercambiar sangre con un vampiro se siente como el sexo. ¡Sería muy raro!
Damon rió.
—Es bastante así; pero no hay nada morboso si no lo deseas.
Volvió a acercarle la muñeca, y esta vez Bonnie bebió, sólo un pequeño sorbo. Sintió una inmensa alegría, y el mundo le pareció más brillante luego. Miró con deleite a su alrededor, y lo vio, a Stefan. No sabía si era efecto de la sangre de Damon, pero estaba mirándolo como no se había atrevido a verlo antes: ¡vaya que Stefan era todo un dios del sexo también! «Pero, ooooohhhhhhhhhh, él tiene cara de asesinato, y al que mira así es a mi nuevo amigo, Damon».
—Entonces no te basta con Elena; quieres abarcar a todas las chicas posibles —él miró a Damon reprobatoriamente.
—Espera, Stefan; no malinterpretes nada. Bonnie y yo… somos sólo amigos.
—Es cierto —lo apoyó Bonnie—. Yo necesitaba una pequeña transfusión de sangre de unicornio; es todo, Stefan. Deberías probarla; tal vez se te quite esa cara amargada.
A pesar del momento de tensión, Damon no pudo evitar una pequeña risa ante las palabras de la chica. Se acercó a su hermano.
—Tenemos que ponerte al tanto. Lo primero es que conozcas a tus sobrinos —le puso una mano en el hombro.
—¿Sobrinos? ¿Son dos? —esa noticia borró temporalmente su expresión severa.
—Bran y Brenna. Yo… voy a decirle a Elena que estás aquí. ¿Bonnie, querida, me harías el favor de acompañar a Stefan a la habitación… en unos cinco minutos?
—OK, cuenta conmigo. —Ella le guiñó un ojo. De alguna manera, había vuelto a tener el ánimo festivo de la Bonnie anterior a todos los desastres ocurridos en el pueblo.
Damon entró a la casa, mientras Bonnie se deslizó al lado de Stefan y le tomó una mano.
—Sé lo que sientes, pero Elena no es la única chica en el mundo. Aún puedes hallar la felicidad, y puede que esté más cerca de lo que piensas.
Stefan la miró, un poco asombrado: la cara en forma de corazón, el pelo de color rojo fuego, los ojos almendrados llenos de vida, y una de las personalidades más deliciosas que hubiera conocido. Sí, tal vez había una oportunidad.
