13. Últimas lágrimas por Elena.

Cuando Stefan entró a la habitación, Elena aún se cepillaba el pelo, que parecía más dorado, más vivo. Al volverse, él pudo ver también la diferencia en el color de su piel: quizás los ojos humanos no vieran más que un ligero rubor, pero los de un vampiro dirían que parecía piel nueva, completamente regenerada. Ella captó la mirada y se explicó:

—Acabo de beber sangre de Damon. Él insistió…

—¿Es que realmente la sangre de Damon tiene otros poderes ahora? Bonnie comentó algo allá afuera…

—Tuvimos una visita, el unicornio Isfendarmad, uno de los siete protectores hijos de Asallam, por tanto…

—… hermano de Damon. Ya estuvo hablándole en el bosque, pero yo no pude verlo.

—Bueno, pues él nos explicó muchas cosas sobre todo lo que ha ocurrido, y supongo que Damon te las contará luego con más detalle, pero lo principal tiene que ver con la transformación de Damon en algo así como un vampiro-unicornio, un vampiro con sangre curativa. Y todo eso se despertó cuando él y yo…

—Se conectaron… sexualmente.

—Creo que más bien debía ser una conexión de alma y cuerpo. Y nuestros hijos también son especiales, pueden cambiar de forma, a unicornio y hada; ah, porque resulta que yo soy una princesa hada, y también lo era Katherine…

—¡Vaya! Todo planeado, ¿no? Excepto yo; yo he sobrado siempre en la ecuación.

—¡Para nada! Siempre has tenido un papel: lo dijo el propio Isfendarmad. Pero creo que es Damon quien tiene que hablarte de esas cosas, no yo. Yo sólo quería verte para asegurarme de que estarás bien.

—Lo mismo quería yo.

—Lo sé. Stefan, tú y yo nos quisimos mucho, y yo deseo seguirte queriendo… como un hermano. Pero ahora Damon es mi vida. Y sé que era así como tenía que ser; él y yo, y nuestros hijos. Perdóname si eso te hiere…

—No, Elena; no hay nada que perdonar. En todo caso, tú debes perdonarme a mí, por obligarte a sufrir tanto antes de alcanzar la felicidad.

—Oh, creo que eso también estaba escrito en mi destino, que debía sufrir para purificar mi corazón, para poder elegir con sabiduría, y para poder salvar a Damon de la Oscuridad. Ahora que sé lo que me costó llegar hasta aquí, jamás me arriesgaré a perderlo. Además, tú me diste buenas lecciones sobre amor; gracias a la sinceridad de tus sentimientos hacia mí fui capaz de reconocer esos mismos sentimientos en Damon, y reconocerme a mí misma que yo sentía ese amor verdadero por él, no por ti.

—Entonces ahora todo está donde debe estar —él bajó la cabeza; ella se acercó y lo abrazó.

Stefan lloró, prometiéndose que serían sus últimas lágrimas por el amor de Elena; que debía comenzar de nuevo. Ella lo tomó entonces de la mano y lo acercó a las cunitas.

—Ellos son Brenna y Bran.

Stefan se secó los ojos y sonrió al fin.

—Son absolutamente bellos. Ella se parece a ti…

—… y él a Damon, sí —ella rió alborozada.

Damon entró entonces, con el bouquet de flores envuelto en extraños símbolos que un kitsune le regalara a Stefan. Un regalo que todos habían olvidado en medio de la vorágine de lo ocurrido, y del que desconfiaban un poco también. Pero Isfendarmad había sugerido que se lo dieran a Stefan, que sería algo que él realmente ansiaba hacía mucho.

—Creo que deberías abrirlo ahora, Stefan.

—¿No será una trampa de la Dimensión Oscura?

—No; estoy seguro que no. Este kitsune tal vez sí era uno de los buenos. No te pediría hacerlo en la misma habitación en que están Elena y mis hijos si desconfiara.

—Lo haré, entonces.

Stefan abrió el paquete, una rosa de magia negra se erguía en el centro invitando a olerla, y Stefan lo hizo. Y entonces… sintió el oxígeno entrar a sus pulmones, otra vez, después de 500 años. ¡Stefan había vuelto a ser humano! Sí, y él estaba feliz, muy feliz, por recuperar al fin su humanidad, la razón por la que primeramente había accedido a entrar al Shi no Shi. Miró a Damon y Elena con la mayor alegría reflejada en sus ojos. Bonnie entró asustada por las exclamaciones de asombro de Elena y los gritos exultantes de Stefan. Damon miraba todo con una sonrisa satisfecha. La pelirroja se acercó lentamente a Stefan, le tomó una mano.

—Ahora… ¿crees que podrás ser feliz?

Él la miró, radiante.

—Necesito ir afuera; respirar, mirarlo todo de nuevo con ojos humanos. Bonnie, ¿me acompañas?

—Por supuesto.

Salieron de la habitación, mientras Damon y Elena se abrazaban y besaban.