Desde el momento en que fue mordido por un hombre lobo, Remus Lupin supo que su vida sería un infierno. La fortuna señala, sin seguir justicia alguna, a ciertas personas y literalmente les jode la vida. Remus está entre ellos.
Es un hombre lobo. Una bestia que muerde, que mata, que a la hora de atacar no distingue corazones.
Mientras era un niño, Remus imaginó lo que sería el resto de su vida cientos de veces, y nunca le gustaba lo que imaginaba. Se veía a sí mismo, ya como un lobo, igual de tenebroso que aquél que lo había mordido unos cuantos años atrás, igual de rabioso, igual de bestial, igual de animal.
¿Y la transformación? ¡Cientos de veces la imaginó también! A cada momento le asaltaban la mente diferentes posibilidades de cómo sería la tan temida transformación. Llegó un punto en que le daba miedo estar con gente, por si ocurría y atacaba a alguien inocente. Pero también le daba miedo estar solo, quién sabe cuánto dolor significaría la transformación y le asustaba pensar que lo más probable era que nadie pudiera acompañarlo en ese sufrimiento, si tan sólo fuera un poco menos peligroso…
Dicen infierno y uno piensa en llamas abrasadoras, que alcanzan el cielo, y el diablo con su tridente y su cola terminada en punta. Un infierno lejano, irreal, de algún cuento de ficción. Para Remus el infierno existe, es parte de él, tiene garras y colmillos, y amenaza con apoderarse del control para siempre. Es un animal que lucha por salir y un hombre que a toda costa intenta mantenerlo a raya.
Una constante guerra. Humano contra bestia.
La mayoría del tiempo, Remus es dueño de sí mismo. Una vez al mes, la batalla la gana el lobo.
Nada es comparable al dolor y a la desesperanza de la transformación. Remus lo supo desde la primera vez. Perder el control, abandonarse a los instintos, no ser dueño de tus acciones por una noche. Una sensación de libertad tan grande que tiene el efecto contrario: sentirse prisionero dentro del propio cuerpo.
Desde ese momento, eso fue el infierno para Remus. Sabía que sus impulsos podrían llevarlo a hacer cosas de las que luego se arrepentiría por el resto de su vida. Remus es una buena persona, pero eso ya no corre cuando deja de ser persona.
Sirius se lo decía al amanecer, después de cada transformación. Una batalla no es la guerra, Lunático. Y Remus le creía, no porque de verdad lo hiciera, sino porque necesitaba hacerlo. Porque si no era cierto, era tan solo un animal hambriento esperando a la próxima luna llena para alimentarse. Porque si no era cierto, entonces no merecía seguir viviendo. Porque si no era cierto, todo era infierno, fuego y cadenas.
