Sirius puede contar los años que pasó en Azkaban dentro de los peores de su vida, de eso no hay duda. Y no porque fuera inocente y no hubiera cometido ninguno de los crímenes por los que cumplía sentencia; sino porque, en realidad, se sentía absolutamente culpable de dichos crímenes. Se negó a ser el guardián secreto, no se creía tan digno de confianza. Estupideces. Ni quinientos Cruiciatus habrían sido suficientes para que delatara a los Potter, sus amigos, su familia. James era su mejor amigo, su hermano del alma. El pequeño Harry era la alegría de su vida, casi como si fuera su propio hijo. Por ningún motivo los habría entregado, con gusto habría muerto él a cambio. Su vida siempre había sido una mierda, sigue siéndolo hasta el día de hoy; en cambio los Potter… su vida, su familia, todo era perfecto. Y había sido él quien lo había sugerido. Todos pensarán que el guardián secreto seré yo. Mejor que sea Peter, sería menos evidente. E intentó autoconvencerse de que esa era la verdadera razón de su negación. Jamás pensó que se arrepentiría el resto de su vida de haber confiado en uno de sus mejores amigos en lugar de sí mismo. Era algo totalmente impredecible. Después de todo, eran los Merodeadores, con años de amistad tras de sí; la traición entre ellos era algo inconcebible, al menos lo era para Sirius.

Doce años en Azkaban fue el precio a pagar. Doce años en que no era necesario tener a un dementor en la puerta de su celda para imaginar los gritos de Lily al ver a Voldemort entrando en el Valle de Godric, o la decepción en el rostro de James al darse cuenta que había sido traicionado por el propio Peter, o a Harry viendo a sus padres muertos a su lado mientras él se salvaba de milagro.

Y esa rata asquerosa continuaba corriendo libre en algún lugar del mundo, sin arrepentirse siquiera de haber entregado la vida de uno de sus mejores amigos y de haber enviado a otro a Azkaban quién sabe por cuánto tiempo. Ésa fue la razón que le permitió a Sirius conservar su cordura: las ansias de vengarse de Peter Pettigrew, de matarlo y así llevar a cabo el crimen por el que fue condenado a Azkaban, por el que ya llevaba pagando doce largos años.