La luna brilla en el cielo, en lo alto del cielo, tratando de iluminar la noche, de demostrarle al sol que nadie lo necesita, que sin él igual se puede ver. A las personas, por lo general, les gusta que la noche esté clara, les asusta menos, no se sienten rodeados por la oscuridad, por lo desconocido. A Remus le gustaría ser uno de ellos. Ser capaz de salir en una noche como ésas y dar ese paseo bajo la luz de la luna que tantos consideran romántico. Pero no puede, porque en el fondo se muere de miedo.
Por eso tiene la cortina cerrada, para que ningún rayo de luna atraviese la ventana. Porque una noche clara significa una luna llena, o casi llena, no es mucha la diferencia, si no es hoy, será mañana. Porque el lobo sale a la luz cuando la luna lo llama. Y Remus, contra el lobo, no tiene nada que hacer más que esperar. Y la luz de la luna le recuerda ese control que no tiene, esa soberanía sobre sí mismo que pierde una vez cada veintiocho días.
Años han pasado desde la primera vez, y cualquiera diría que ya debería estar acostumbrado, cualquiera que no tenga que vivirlo todos los meses. No se puede. Pero es verdad que le había perdido un poco el miedo, porque ellos estaban ahí, porque si se descontrolaba tenía a Sirius para que le devolviese el control. Suena irónico ahora que lo piensa. Día a día, Sirius era el impulsivo, el que no pensaba y sólo actuaba, y era él, Remus, el encargado de frenarlo, de ponerle los límites. Pero una vez al mes los roles se invertían, si no fuera por Sirius, quizás a cuántos infelices le habría arruinado la vida.
A ninguno, Remus, porque tú no eres así, tú puedes dominar al lobo. Eso le habría dicho Sirius, y Remus no le habría creído, porque Sirius no sabe lo que se siente cuando el lobo decide tomar las riendas de su cuerpo. No le habría creído, pero le habría dado las esperanzas que ahora necesita y no tiene de dónde sacar.
Porque ahora Remus vuelve a estar solo, vuelve a no tener a nadie más que a sí mismo y al animal esperando bajo sus entrañas. Está en su habitación, con los brazos y las piernas amarrados a su cama, esperando a que ocurra. Hace mucho tiempo que no tomaba la precaución de dejarse inmovilizado, porque no recuerda haber tenido nunca tanto miedo antes de la transformación. Ya no hay merodeadores que lo acompañen, que lo protejan, que le impidan hacer cosas de las que se arrepentiría al volver a ser humano. Nunca dejas de serlo, Remus, siempre sigues siendo un hombre.
Remus sacude la cabeza, tratando de dejarla en blanco. Recordar en cada momento algunas palabras y frases de Sirius no ayuda a permanecer en calma, a mantener su corazón sereno. Tienes que odiarlo, Remus, merece tu odio. Se lo repite constantemente, pero no sabe cómo hacerlo. Lo tiene dentro, debajo de la piel, y todo intento por sacarlo es en vano. Entregó a James y a su familia, asesinó a Peter. Razones suficientes para borrarlo de su vida para siempre.
Pero a ti no te hizo nada, tú sigues vivo, igual que él.
Tiene esa vocecita en la cabeza que no puede ser su conciencia, porque Remus no piensa así. Odia a Sirius, lo odia porque nunca ha amado a nadie de la manera en que lo amó a él, porque se le entregó a ojos cerrados, por que le dio su confianza y él lo traicionó, los traicionó a todos.
Cierra los ojos al sentir las primeras punzadas de dolor en el cuerpo. Cierra los ojos para no verse a sí mismo convirtiéndose en el animal descontrolado al que tanto detesta. Le reza a dioses en los que nunca ha creído para que las amarras aguanten los forcejeos del lobo y para que la puerta lo detenga en caso de que lo primero no suceda. Y, de pronto, deja de sentir, deja de pensar. Ya no es humano, por mucho que Sirius siempre le haya dicho lo contrario, ahora es un animal irracional que quiere esa libertad que siempre le ha sido negada, antes por el perro, el ciervo y la rata, y ahora por gruesas cuerdas que no tiene cómo hacer ceder.
