INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ

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AGUANTA CORAZÓN

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CAPITULO 1

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Kagome Darby apretó su pequeño bolso entre sus brazos.

Apenas podía contener la sonrisa en su rostro, que las hermosas muchachas encargadas de la recepción del edificio Stidwell le hicieron una mueca.

Kagome se daba cuenta que la veían con desprecio, pero a la joven nada podía importarle menos.

¡Habia conseguido empleo!

Y nada menos que como secretaria de uno los socios en Harlock Investment Group de Manhattan, en el corazón de Wall Street.

Sí, tendría días muy difíciles porque nunca había trabajado en una compañía de inversiones, pero el abogado que la entrevistó fue rápido y tajante con ella. Fue la segunda a quien llamó de una fila repleta de mujeres bellísimas y esculturales cuyo aspecto compatibilizaba más con el lugar.

Kagome era la única en el grupo, de profusas curvas y ligero sobrepeso, con una apariencia que contrastaba con las otras aspirantes. Aun así, el reclutador la llamó y parecía más interesado en su experiencia, apenas le dio una mirada al currículo.

― ¿Desde cuando eres secretaria? ―preguntó sin desviar la mirada del papel en sus manos.

―Fui secretaria legal por diez años ―alcanzó a responder Kagome.

El elegante abogado, que tendría la misma edad que Kagome, echó otro vistazo más a la hoja de vida y luego lo soltó sobre el enorme escritorio.

―Comenzará el lunes.

Cuando Kagome oyó eso, pensó que era una broma, pero el semblante serio del hombre le dio a entender que no.

―Entregue su documentación a Recursos Humanos ―fue lo último que le dijo, antes de contestar una llamada en el móvil.

Kagome salió de la oficina enseguida y tuvo que esquivar las miradas inquisitivas de las otras mujeres que aun aguardaban su turno, uno que ya sería en vano, ya que el puesto acababa de ser ocupado.

Sabía que vendría alguien a avisarles que ya no era necesario que esperasen, así que Kagome se apresuró en desaparecer de la zona y tratar de encontrar el área de Recursos Humanos, lo cual no sería difícil, atendiendo que el sitio estaba señalizado.

Ese último trámite fue rápido y de la felicidad, Kagome ni siquiera se fijó en el rostro de quienes la atendieron. Lo único que retuvo fue el interesante salario que percibiría.

De recordar eso se alegraba tanto.

Decidió que quería disfrutar un poco más de su victoria, así que no salió, en cambio volvió a subir hacia la planta donde leyó que se encontraba la cafetería.

Era un lujo que en otro momento no se hubiera permitido, pero necesitaba poder regocijarse un momento, a solas.

Era el primer triunfo que caía a sus espaldas, luego de dos meses de penurias desde que llegó a New York.

Cogió la taza humeante de americano y decidió disfrutarlo con calma. Vio su reflejo en el enorme espejo decorativo del sitio, que aún tenía escasa clientela por el horario.

Era cierto que no era el tipo de muchacha esbelta que pululaba en el edificio y que sus ropas sencillas no eran impactantes trajes de dos piezas ni tampoco lucía tacones de plataformas, pero tenía un rostro armonioso, un poco ojeroso pero coronado con dos enormes orbes marrones, pestañas tupidas y con un aire hasta juvenil que le quitaba un par de años a los veintinueve que detentaba.

En lo primero que pensó, es que con su primer salario sería capaz de buscar un piso para ella y su hijo Tanner y dejar libre a Sango, quien los estaba acogiendo en un piso minúsculo en Queens.

Al recordar a su pequeño de diez años, el semblante triunfante cambió a uno lleno de ternura.

Tanner se estaba preparando para comenzar el quinto grado en la escuela, luego de un gran esfuerzo para lograr obtener sus documentos de traslado a tiempo. Al principio temió que su hijo no se adaptara a la ciudad, siendo que toda la vida residió en Cheyenne, un pueblo rustico y tranquilo a casi dos días de viaje en coche de distancia de New York, pero de nueva cuenta, Tanner volvía a sorprenderla con aquella chispeante inteligencia y mordacidad que lo hacía capaz de ajustarse donde sea.

Nunca se quejó del repentino cambio.

Lo que hubiera sido unas simples vacaciones familiares a New Jersey desde su natal Cheyenne, en compañía de su ahora ya ex prometido Koga y su insoportable hija Rita, en una merecida prueba de lo que sería su futura familia ensamblada, resultó en un fracaso estrepitoso.

Lo peor es que Kagome aún estaba pagando aquel viaje, en cuotas de su tarjeta de crédito porque Koga le insistió que le tenía otras sorpresas, a cambio de que ella se encargase del viaje y hospedaje de todos, incluido cumplirle los caprichos a Rita, aquella niña de edad similar a Tanner, pero en versión malvada y veleidosa.

Luego de la gran pelea que desembocó que Koga la dejara, Kagome y Tanner quedaron varados en New Jersey, y en una extraña coincidencia se topó con Sango Maldiva, una antigua compañera de instituto quien insistió en salvarla.

Fue una suerte extraña que Sango se encontrara allí, siendo que residía en Queens en New York, pero aquella afortunada coincidencia le salvó la vida.

¿Cómo era posible toparse con una persona que conoció en su pueblo?

Y además con tantas ganas de ayudarla. Pero la propia Sango le dijo, le debía una.

Sin dinero ni conocidos, sólo con una tarjeta de crédito reventada, la aparición de Sango la salvó de recurrir a su padre, o peor aún a su hermana Kikyo, quienes vivían en Cheyenne.

Ni siquiera era capaz de imaginar cómo se hubiera burlado Kikyo de ella.

― ¿Otra vez te engañaron, Kagome…?

Habia soportado diez años que su padre la despreciara por haberse convertido en madre soltera y que Kikyo, su hermana mayor la mirase con lastima, fruto de la displicencia.

Solo el asunto de su embarazo vino a acentuar la fractura familiar, ya que siempre la subestimaron, porque la señora Darby falleció al dar a luz a Kagome. Ese triste suceso era un estigma que siempre colgó en la cabeza de Kagome, ya que su padre y Kikyo la culpaban de aquella muerte.

No recibió un centavo de la fortuna de su madre, a quien nunca conoció. Ese dinero se lo adjudicó su padre en exclusividad. Claro, siempre tenía para compartir con Kikyo, quien era la luz de sus ojos.

Su padre era delegado del ayuntamiento y su hermana trabajaba en su oficina.

Lo último que hubiera querido era pedirles ayuda.

Nunca recibió nada de ellos, desde que se marchó de la casa familiar y buscó independizarse para escapar del severo juzgamiento.

Sin dinero, solo le tocaba trabajar de lo máximo que podía sin estudios. Fue así que entró a trabajar de secretaria en un bufete de abogados de Cheyenne, por recomendación de su maestro de química de la secundaria, que era hermano del socio director del bufete.

Solo así contrataron a una muchacha inexperta de 18 años, con un bebé de pocos meses de padre desconocido. Gracias a la batuta del socio gerente, nunca la juzgaron ni la recriminaron. Le tuvieron paciencia y Kagome, decidida a conservar el empleo y retribuir la confianza, acabó convirtiéndose en esos diez años, en la mejor secretaria legal de la región.

Desgraciadamente hace menos de seis meses, falleció su mentor y Kagome se encontró envuelta en una lucha de poder entre los socios que querían apoderarse de la firma.

En medio de ese torbellino, conoció a Koga Jackson, un médico cirujano de Colorado, que pasaba por el bufete. Viudo y padre de una hija Rita, el hombre era un excelente prospecto, a diferencia de todos los perdedores que engrosaron su lista de fracasos amorosos.

Profesional de medicina y con un cargo permanente en el Hospital Escuela de Colorado, Kagome finalmente se atrevió a aceptarle, soñando con darle una familia a Tanner y demostrarle a su familia que podía conseguir un buen esposo.

Se comprometieron enseguida, solo allí Kagome descubrió una faceta de su prometido que prefería ignorar por el bien común: era terriblemente avaro y tacaño.

Tanner tampoco se guardó sus opiniones.

―Rita tiene piojos y no le gusta bañarse, creo que podrá convertirse en la nieta favorita para el abuelo.

―Cariño, no seas malvado con Rita.

―Juro que no lo soy, mamá…pero esa niña es de cuidado.

Entre su situación laboral que pendía de un hilo, luego del cambio del socio director y de la postura familiar, donde Kagome tenía que hacerse cargo de todos los gastos de su relación con Koga, la joven estaba decidida a mantener la armonía, con la esperanza de que Koga le propusiera matrimonio.

No es que estuviera enamorada, pero Koga era un buen partido a ojos vista, que no sería objeto de burlas por parte de su hermana ni de juzgamiento de su padre. Lo mejor es que Koga la aceptaba con Tanner y nunca le hizo preguntas sobre su origen.

Y menos mal, porque de lo único de lo que jamás hablaba era de la ascendencia de su hijo. Era una condición no negociable.

De solo recordar aquella verdad secreta y única en su corazón, hasta era capaz de temblar, pero se había jurado a sí misma que nunca hablaría de ello.

Lo ideal era poder concretar algo más serio con Koga. El pasado ya era el pasado. No valía la pena seguir escarbando en eso, pese a que cada vez que veía a Tanner, advertía el calcado del rostro del misterioso progenitor. Los mismos ojos azules y la misma tenacidad.

La mujer se sacudía la cabeza de esos recuerdos.

Cosa hace dos meses surgió la posibilidad de hacer una corta excursión a New Jersey.

―Querida, es ahora cuando las mujeres deben mostrar su autosuficiencia y seguir las nuevas corrientes. Lo correcto es que pagues tú el crédito del viaje y prometo devolverte la parte mia y de Rita en cuando volvamos a Cheyenne ―le había dicho Koga.

Promesas.

Promesas.

Kagome sacó la tarjeta de crédito.

Abonó el alquiler del coche, los pasajes de avión, el hospedaje en un hotel de cuatro estrellas porque Koga argumentó tener alergia a las de menos estrellas. Sin contar los numerosos gastos de golosinas y dulces de Rita, quien no se privaba de pedir lo que viese.

¿Cómo es que una chiquilla podía ser tan glotona?

Ni siquiera Tanner se portaba así.

Al recordar todo eso, una mueca adusta se apoderó de Kagome al rememorar que, en plenas vacaciones, sobrevino el gran disgusto entre ella y Koga por causa de Rita. Y para cereza del asunto, le comunicaron por teléfono su despido de la firma.

Bajó la taza vacía sobre la mesa.

Ya no quería seguir recordando las circunstancias que hicieron que ella y su hijo acabaran en New York, aunque en el fondo agradecía ya que era una forma perfecta de comenzar de vuelta.

Nunca había soñado que trabajaría en la gran ciudad y por primera vez, se sentía libre, porque se encontraba demasiado lejos de los ojos vigilantes de su padre y de Kikyo.

Sacó unas monedas y lo puso en la cajita de las propinas de la cafetería.

Era mejor regresar al piso, porque Sango tenía horario nocturno en la empresa de limpieza donde era operaria. Aprovecharía de cocinar el platillo favorito de Tanner y festejar la noticia del empleo.

Acomodó su bolso y salió, esperanzada de coger temprano el metro que la llevaría a Queens.

Traspasó la imponente entrada, ignorando los cuchicheos de las recepcionistas que no dejaban de reparar en su aspecto.

Levantó la mirada y todavía se sorprendía con los rascacielos de la gran ciudad. Y lo hacía sin pudor, porque no temía pasar por la auténtica pueblerina que era.

En eso le llamó la atención, como a todos los otros transeúntes el imponente Aston Martin de color plata que estacionó frente al edificio. Uno de los valet parking salió presuroso a abrir el soberbio coche y como si fuera una visión, un hombre alto de impecable traje a medida que portaba gafas oscuras bajó del mismo, arrojándole la llave al chico.

Kagome iba a devolverse, pero algo la detuvo a seguir mirando al impresionante sujeto con pinta de ejecutivo. Algo en su porte le resultó tan espantosamente familiar.

Alto y bien formado, con el traje prácticamente al cuerpo que denotaba un excelente estado físico, como si fuera un modelo de revista, se quitó las gafas, por supuesto ignorando a todos los curiosos y enfocando sus ojos al edificio.

Kagome retrocedió varios pasos de la impresión y dio contra uno de los pilares.

Esos inolvidables ojos azules sólo podían ser de una persona.

Además de que reconocía aquella mirada en Tanner.

Comenzó a temblar como una hoja, cuando él desfiló frente a todos y desapareció en el interior del edificio, dejando a su paso una ola de suspiros entre las mujeres y sorpresa entre los hombres.

Pero el estupor de Kagome no era fruto de lo mismo.

Ella acababa de ver un fantasma.

El fantasma de carne y hueso de Bankotsu Van Dyke.

El padre de su hijo Tanner, uno que él ni siquiera imaginaba que existía.


CONTINUARÁ

Buenas noches, hermanas, damos por iniciada una nueva aventura de 20 capítulos y lo haremos con este romance contemporáneo.

Prometo que se irá develando más información, imagino que quieren saber más de Koga y de Rita y de la pelea, en el siguiente lo sabrán cuando hagamos la retrospectiva a lo ocurrido hace dos meses.

Todo tiene un motivo, incluso los de Sango para acogerlos. Hasta porque el abogado contrató a Kagome sin tanto rodeo. Iremos desentrañando juntos esta historia.

Tengo la ambición de actualizar miércoles y domingo, a ver si puede darse.

Besos.

Paola.