Latet anguis

Le había echado la culpa al alcohol anteriormente cuando se fue a pasar la noche con Bradley, porque el de ese país donde el invierno era terrible, golpeaba como un mazazo y en el otro, debido a que con semejante calor y malaria en el aire, unos cuantos margaritas helados y ya uno no podía controlarse, después de derramar tanta sangre y recibir condecoraciones por ello. ¿Pero ese día, ya que ni había caído el Crepúsculo cuando lo arrastró hacia la cama, tras mirarlo intensamente en la sala de reuniones donde se les convocó para contemplar el discurso de Zero, retornado de la tumba?

Luciano incluso estaba escéptico, en evidencia, con la ceja alzada al desvestirlo, sin oler ninguna sustancia pegada al uniforme o saboreada con las lenguas entrelazadas hasta un momento atrás. Solo la desesperación propia de los que van a morir. Que no podía menos que gustarle, más allá de lo extraño de la situación en sí.

-Usa un condón esta vez, si no te importa.-Le dijo Suzaku, con los ojos cerrados, al escuchar que apretaban el tubo de lubricante e imaginar la silueta de la carne levantada en la oscuridad, siendo ungida por una consideración que le despertaba ironía.

-Nope.-Se rieron encima suyo, acariciándole el pecho con las manos frías de la loción, antes de separarle las piernas lánguidas y llevar sus tobillos hacia los hombros. Pensó en resistirse, pero no tenía fuerzas. De repente. Las hubiera usado para cargar con el peso del mundo, destrozar este e iniciar uno nuevo, sino simplemente para retroceder a una infancia llena de terror en su inocencia despreocupada. Hizo una mueca de protesta que no duró mucho, porque se arqueó al sentirlo dentro, aferrando las sábanas. Luciano comenzó a moverse demasiado rápido. Descendía sobre él para hablarle. Justo cuando él quería silencio.- ¿Eres una ramera? ¿O crees que lo soy?-Le aferraron con fuerza los brazos contra el colchón, a medida que aumentaba la velocidad y la realidad perdía forma con la fricción.- ¿Será que estás ovulando y temes que te embarace?-Jadeando, contra su oído. La cabeza le daba vueltas. Apretaba, pero era mejor que otras veces. Lastimaba menos, penetraba con más soltura. Era todavía obsceno como debía serlo un castigo. Suzaku estuvo agradecido consigo mismo al despreciarse.