Los personajes pertenecen a la maravillosa Stephenie Meyer, yo solo deje fluir mi imaginación creando una historia un tanto diferente.

—1—

"Y si las cosas no resultan como prefieres"


El agua comenzó a caer por su espalda, bañando cada centímetro de su tersa piel.

Con cuidado, y utilizando el poco champú que restaba de la botella, bañó sus largos y rubios rizos en espuma fragante a frutas exóticas. Limpió su piel con la esponja amarilla, y rastrilló la zona donde la tierra tuvo contacto con sus brazos, por causa del entierro.

Mientras, respiraba una y otra vez, buscando tranquilidad, para que cuando la tuviera en sus manos, pudiera enfrascarla en un tarro de mantequilla, y llevarla con ella a donde fuera, sin importar el lugar o la hora. Ella quería respirar paz, poder sentir la fuerza que solo su padre le proveía, y ahora sin él, resultaba un poco imposible, vivir siquiera una mínima parte de lo que Andrew podía brindarle.

Cuanto terminó el baño, salió envuelta en una toalla hacia su habitación.

Observó el vestido a los pies de su cama, con mangas largas y falda ampona, llena de flores. Sin rechistar lo usó, calzando sus delicados pies en zapatos altos. No entendía porque su madre terminaba tan pronto el duelo, sin por lo menos, y según sus nulos conocimientos, durar tres días. Sin embargo, arregló con una peineta brillante su cabello, y sin mirarse al espejo, abrió la puerta de su habitación y descendió las escaleras.

El cuerpo le temblaba aún, como efecto tardío de los sollozos últimos en el entierro de su padre.

Pero cuando lo vio, sentado junto a su madre.

Las piernas se le volvieron de gelatina, y por un par de segundos dejó de respirar.

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Emmett sabía que la idea de recuperarla, tendría que llevarse a cabo como fuera. Con o sin fuerzas para caminar, respirar o hablar. Era su obligación amarla hasta el fin de sus días, se lo había jurado a la rubia la última vez que se habían visto, entre aquellas sábanas de seda, mientras las respiraciones de ambos se agitaban más que el océano en un cambio de estación lunar.

Después de caer rendido, con la nariz entre las almohadas del hotel, un plan había comenzado a formarse en su cabeza. Parecía no tener sentido a simple vista, pero intentarlo no le restaría puntos al asunto, de manera contraria, le devolvería lógica a aquel amor que él mismo había quebrado.

A pesar de hablar con su hermana, y de hecho, tenerla encargada en el convento de las Madres Carmelitas, en el país hermano de España, Emmett estaba seguro del punto de vista de Amelie. Su hermana, pensaba que no era culpa suya la sucesión de actos que habrían terminado en desastre. Y de hecho, la cabeza del grandulón también llegaba a creer en esa idea, muy de vez en cuando.

No fueron necesarias las horas, ni los minutos, para poder encender su plan, como si fuera de una carcacha vieja. Era su antigua mentalidad después de conocer a Rosalie. Enamorarla, para luego casarse con ella y hacerla su mujer, en todo el sentido de la palabra. Solo que ahora, un par de cambios se presentarían, deformando a idea original.

Ahora, la familia Hale lo necesitaba.

Era él, la única salvación valedera para tanto tormento que caería sobre los hombros de cuatro mujeres, teóricamente solas. No tenían dinero, ni medios para trabajar. Sophia, la hermana menor de Rosalie, aún no terminaba el colegio, y la propia Lilian, menor a sus dos hermanas por diez años, apenas y estaba iniciando el primer año.

No era difícil de comprender. Necesitaban un hombre, alguien que las hiciera respetar por sobre todas las cosas, sin importar el precio que fuere. Incluso, y durante unos segundos, se imaginó a sí mismo, con Amellie y todas las hermanas de Rosalie, ellos dos casados, y la madre de su esposa, todos juntos en un día de campo, mientras el sol brillaba en lo alto de la cumbre.

Y la idea le gustó.

Entonces, caminó varias cuadras, llegó a casa de sus tíos y pidió hablar con Alice. Al inicio, la menor de los Brandon se negó a verlo, siquiera. Pero con el paso de los minutos, y los lloriqueos de él– que dispuesto estaba, a lamerle las suelas de los tacones– Emmett consiguió escuchar dos que tres palabras de la pequeña damita, a través de bufidos y sonidos lábiles.

La conversación duró al menos tres horas, pero al final un abrazo selló la paz de ambos amigos, que parecían más hermanos.

Después de la información que estaba retenida en los oídos y cabeza de Emmett, decidió dar el primer paso sin detenerse a pensar en nada, ni en la gente de la ciudad, ni en los prejuicios. Solo quería tener a Rosalie entre sus brazos, sin importar el peso que eso podría acarrear.

Una parte de la conversación con su prima, reavivó dentro de él un instinto que solamente salía a flote, por causa de Amelie.

—Te lo digo Emmett, Rose está muy mal. Desde que su padre cayó en depresión por las deudas, no ha tenido deseos ni de tomar un helado con nosotras. La mayor parte de su día, se la pasa encerrada, tratando de terminar las enseñanzas de Sophia, y en las tardes ayuda a Lilian dejándole tarea extra. La única vez que conseguimos que saliera, fue hace dos semanas, para comprar los tocados del matrimonio de Stephenie. Podrías decir tú, hace dos meses y medio desde que te fuiste. Y ni aún con nosotras, se mejoró. De hecho, vomitó una o dos veces seguidas, y se mareaba a cada instante. Delhia decidió llevarla al médico, pero ella se negó. Es que a veces es tan terca…

Y su cabeza comenzó a dar vueltas.

Imaginando un mundo donde sus hijos pudieran cobijarse bajo el seno de una madre tan hermosa, como su querida Rosalie. Pensando que podría tener con ella una relación, vivir en la misma casa, y beber el té a las seis de la tarde todos los días, en medio de caricias furtivas, mientras los niños jugaran con los amigos del vecindario.

Por eso, y por muchas razones más–dejando atrás su cara de cínico– decidió golpear la puerta de la casa Hale a las seis de la tarde, antes de la cena.

La señora Anabelle le recibió con los ojos escudriñados, y las manos sudorosas, nerviosas, entrelazando sus dedos una y otra vez. Le invitó a tomar un café, y le armó una plática de manera amable, con los labios fruncidos. Pero él podía ver, podía sentir las ansias de la mujer por lanzarse ante su cuello, y marcar aquellas uñas del color del vino tinto en la piel de la zona.

—A qué debo su visita señor McCarthy? —le preguntó con voz nasal, mientras le colocaba una taza de porcelana, con bordes blancos y pulidos. Trabajo de la antigua criada, que según Alice, había abandonado la casa ni bien el primer ataque de Andrew Hale, había comparecido.

Emmett tragó seco.

—Quiero…necesito hablar con Rosalie. Cuando me fui…yo…creo que le debo explicaciones a mi novia.

La mujer le clavó un puñal con los ojos ante la mención de la última palabra, pero lo dejo correr, con manos temblorosas, mientras la cuchara de plata chocaba con el plato donde estaba depositado.

Él sabía lo que le esperaba en esa casa. Sin embargo, Rosalie aún era su novia, al menos de manera práctica, teórica, oficial, y montón de mogollonerías más. No importaba si, al irse, la vida de ella se había derrumbado, él había vuelto, y quería tenerla de nuevo a su lado. Y además…la palabra novia sonaba tan perfecta, conjuntada a la imagen de Rosalie en el mismo campo, que Emmett deseó poder suspirar como una niña quinceañera, desesperada por su galán.

—No creo que sea posible, señor McCarthy—murmuró la mujer colocando tres terrones de azúcar a su café, sin ningún pudor. —Mi hija está sensible, ya sabe usted, por la muerte de mi amado Andrew.

—Entonces, podré…hablar con usted.

—¿Conmigo? —la mujer pegó un gritito que enervó a toda la casa. El gato, chocolate, de la pequeña Lilian escapó de la sala a trompicones, batiendo sus cabellos largos y templados. Con aquellas patas gordas y suaves.

—Verá usted—murmuró poniéndose en pie— creo que ya es tiempo de que Rose y yo nos casemos.

—¿Matrimonio? —preguntó la mujer, con la mano blanca y rechoncha pegada al pecho del vestido negro y pomposo en la falda. A Emmett, una gota fría de sudor le recorrió la espina dorsal entera.

—Rosalie es mi novia desde hace un año. Siento como si me perteneciera—sus pulmones se inflaban a cada palabra que salía de su boca—A veces, la pienso como uno solo, conmigo. —Sonrió ante la confesión, y buscó dejar los nervios atrás, por el bien de la operación. Si quería tener a Rosalie junto a él, lo mejor era dejar las cobardías atrás, y ponerse los pantalones apretados a la cadera.

—Usted…usted se ha marchado—musitó la mujer, colocando la taza en la mesa de té del centro. Las mejillas de Doña Anabel se colorearon de un suave tono rosa. —Se ha ido hace ya, tres meses. Mi hija, mientras, ha tenido que pasar la etapa más dura de su vida, sola. —Los ojos violeta de la madre brillaron en medio del salón, y Emmett sintió que las manos le temblaron del puro asombro. La señora Hale elevó la barbilla con orgullo y decencia, dirigiendo su mirada al hombre delante de sus ojos—No veo qué tipo de amor pueda sentir usted por mi Rosalie, si al mínimo problema se ha ido a atender otros quehaceres, en vez de centrar su cabeza en la que vendría a ser su esposa, según sus intenciones. ¿No le parece?

—La comprendo—habló Emmett, después de varios segundos de silencio. Tragó en seco, y de repente, sintió como la correa mental de su valentía buscaba aflojarse. Empuñó sus manos y buscó voz de donde no la tenía para hablar—Pero he de explicarle todo, con punto y detalle. Tanto a usted como a su hija, si así me lo permiten. Por ello, solo buscó una oportunidad para aclarar la situación.

Doña Anabelle suspiró.

—Creo joven, que Rosalie podría atenderlo en una media hora, si está usted dispuesto a esperar.

Una sonrisa tonta se dibujó en los labios del hombre.

—Verá usted, señora mía. Podría dormir en la alfombra, con tal de verla. Ni el frío me molestaría.

La mujer bufó.

—Espere usted aquí, veré que puedo hacer para que la pueda ver.

Emmett mientras, observó la estancia con ojos curiosos, grabando en su retina cada minúsculo signo de Rosalie que pudiera habitar el salón. Ya de por sí, las cosas se iban arreglando, con tan solo las ganas de reparar lo que una vez había malhecho.

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Rosalie no encontró la voz en cuanto lo vio.

Todo comenzó a parecerle un mal sueño, como aquellas pesadillas que azotaban su sueño cuando contaba con menos de diez años.

Abrió y cerró los ojos, varias veces seguidas. Por lo menos doce, y aún así, Emmett seguía allí, brindándole una fabulosa vista de la ancha espalda que poseía, mientras charlaba de forma amena con su madre.

Respiró dos, tres y cuatro veces.

Cuando al fin, un signo de fuerza regresó a su cuerpo, hundió los puños en la falda floreada de su vestido.

—Emmett—susurró con voz imperceptible.

Y como si él la pudiera escuchar, aún a kilómetros de distancia, se volteó para verla, y derretir las ansias que tenía por partirle el rostro con el tacón de sus zapatos favoritos.

Sintió la mirada de su madre, sin embargo, no pudo apartar los ojos de los de él.

Seguían igual de oscuros, templos de lujuria, diversión y desafío, tan propios como solo él podría poseer. Las cuencas lucían mucho más hundidas que de costumbre, y las pestañas igual de rizadas, como siempre. Sin embargo, notó algo que la estremeció. Aquel brillo que había visto la última vez, y se había quemado a fuego lento en su piel, aún permanecía allí, latente. Emmett le clavó los ojos, con fuerza y desesperación, con el cuerpo temblando por ir y esconderla entre sus brazos. Continuando con el escaneo necesario de sus corneas, después de varios minutos, que dejaron sin aire a sus pulmones, buscó con la mirada el vientre de la que sería su mujer.

Y lo encontró.

Algo más abultado que de costumbre, cubierto por aquella blusa negra de tela delgada, que de nada podía proteger, ni siquiera de una fría caricia de aire.

El corazón de Rosalie se achicó. Y con miedo, posó sus blancas y delgadas manos sobre su vientre, tratando de proteger algo que no sabía si existía.

"Emmett lo sabe."

Su cabeza le murmuró al oído.

Entonces, le entraron unas ganas fuertes y poderosas de correr tan lejos como las piernas y los zapatos le permitieran. Sin pensarlo dos veces, abandonó la mirada ardiente del hombre delante de sus ojos, y abrió la puerta de golpe. En el mismo instante en que su tacón tocó el frío pavimento, lo único que llevó en mente fue correr.

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Emmett se quedó varios segundos en blanco, observando como la vida se le escurría entre las manos, mientras Rosalie abandonaba la casa con aquellos zapatos altos, y las manos sobre el que podría ser su hijo.

—¡Qué está esperando, hombre! ¡Vaya por ella! —exclamó Doña Anabelle con gesto furibundo.

Él no necesitó una nueva llamada, con la chaqueta sobre los hombros y los zapatos sin lustrar, salió tras la pista de su mujer.

La observó, con paso acelerado entre los transeúntes, mientras la ondulada cabellera rubia se esparcía y escabullía a la vez, entre los rostros de la gente. Cruzaron así, con una distancia de por lo menos 5 metros, una peluquería, un centro de lectura, y varias casitas coloridas, con los rostros chismosos de las amas de hogar con la frente pegada al vidrio.

A Rosalie los pulmones no le respondían, y decidió que el próximo callejón era la última alternativa que le quedaba para huir de Emmett. No entendía del todo, que la había impulsado a correr lejos del que un día fue, y seguía siendo, el único hombre en su vida, y el posible padre del único hijo que podría llegar a tener. Pero seguía, con la adrenalina corriendo por sus venas, a paso incansable, con aquellos tacones que le propiciaban lastimaduras que ya sentía, se estaban formando.

Al llegar a dicho callejón, y sintiendo las pisadas de Emmett tras las suyas, curvó en aquel pasaje con el cuerpo temblando por antelación, porque sabía que él la encontraría. Era militar, tenía sentido común, de lógica, y se especializaba en encontrar a fugitivos. Ella, simplemente, no podría escapársele, ni aún viviendo en el desierto del Sahara.

Avanzó, con la boca dejando salir jadeos a borbotones, tres metros. Y entonces una cálida mano sujetó su brazo con fuerza y delicadeza.

Un fuego proliferante le recorrió cada célula de la piel, y con ganas de verle, ladeó el rostro, clavando sus ojos en los de él. Era como si necesitara ese toque más que nada en su vida, como si dependiera de ello para creer que Emmett estaba a su lado, con aquel pecho suave y delineado, tan solo a unos centímetros de ella. Tenía la cabeza, el cuerpo, y el alma divididas en dos hemisferios, el lado que se alegró al verlo, ansiando comerle la boca a besos, y el lado que simplemente quería partirle la cara.

Emmett la observó con la boca entreabierta, con la nariz apenas rozando la suya. El cálido y varonil aliento a hombre la embargaba pie tras pie, sin darle tregua ni por un segundo. En un movimiento rápido, y sin dejar atrás los jadeos por la falta de aire, él le colocó ambas manos sobre la cabeza, mientras la otra mano sacaba un pañuelo bordado del bolsillo izquierdo de su abrigo.

A Rosalie el cuerpo le tembló de excitación, sin saber que podría ocurrir en esos instantes. Tenía la mente llena de miedo y confusión, tratando de dispersar ambos sentimientos para dejarla ver la situación con claridad. Sin embargo, el gesto de él, de limpiarle con delicadeza la gota de sudor que recorría su cuello, a ella consiguió enloquecerla.

—Qué quieres—le soltó en cuanto recuperó el aire, mientras sus muñecas forzaban por liberarse del agarre del que eran presos.

—No tenías que correr tanto—respondió él, juntando ambos cuerpos, y pasando su mano libre por la cintura de ella. Evitando así, que el moho de la pared sucia osara siquiera, tocar el cuerpo donde su familia habitaba.

—Emmett. Suéltame ahora. Voy a gritar.

El hombre se carcajeó, eliminando el par de centímetros que aún los separaban.

—No pienso dejarte ir, así que puedes gritar lo que te dé la gana. Digamos que tengo otros métodos, mucho más eficientes para cerrar esa boca tuya.

Rosalie sintió que aire abandonaba sus pulmones, mientras su cuerpo y el de Emmett se fundían en uno solo, de manera mucho más artificial a la de hace tres meses, donde ella se había convertido en mujer de él, sin siquiera proponérselo.

El corazón le palpitaba con la mayor de las fuerzas, como un loco tambor desesperado por escapar. Mientras, sus manos temblaban sin la menor intención de contenerse, y las rodillas le fallaron en más de una ocasión, sin embargo, la lucha que tenía por aflojar el agarre de sus muñecas persistía.

—Por lo que más quieras Emmett, suéltame. No quieres perder tu capacidad para tener hijos. — Su amenaza sonó algo deplorable, no por la situación en la que se encontraban, sino por el torcido y suplicante tono de su voz, que, visto de otra forma, podía ser el arma más letal del mundo. Para Emmett, por supuesto, lo era.

—Esta vez, Rose, tendrás que escucharme, quieras o no. Y no dudes que usaré todos mis medios para evitar que escapes.

Durante varios segundos, ambos se mantuvieron la mirada penetrante, a forma de desafío. Ella le clavó las uñas rojas, y recién pintadas en la carne suave de su mano, y él, distante de devolverle el golpe, prefirió rozar ambas narices con cuidado y provocación. Premeditando el próximo movimiento de Rosalie, e invitándola a hacerlo.

Con los labios fruncidos y los ojos entornados, Rosalie decidió que la situación podría ser peor, tal vez inmanejable. Por ello, mantuvo su mirada, pero disminuyó la fuerza de su agarre. Mientras, Emmett la observó un par de segundos, tentándola a actuar de una manera más salvaje, y a los pocos minutos se dio por vencido, besando la punta de la nariz de su novia, y ganándose un bufido de parte de ella, en respuesta.

La gruesa risa de Emmett llenó el fétido callejón.

—Me encanta cuando jugamos a desafiarnos.

—¡Maldita sea! ¡Deja de ser tan pendejo! — el grito que escapó de sus labios estuvo fuera de su control. Estaba desesperada, por el cuerpo le corrían fuentes enteras de miedo y rabia, los ojos le picaban más de lo normal, y las ganas de desmoronarse y llorar aumentaban mientras los segundos pasaban.

—Qué boquita—susurró él, con la mayor de las tranquilidades, arreglando un rizo rubio que había escapado de la peineta negra y brillante.

— ¡Suéltame! —exigió la rubia sacudiendo todo su cuerpo, tratando de clavar sus tacones negros en la pantorrilla de él.

—Mira Rose, tu aún eres mi novia, y tenemos que hablar. Punto. No hay otra cuestión, y no pienso soltarle si no tienes ganas de escucharme. ¡Me escucharás! —exclamó él mirándola con ojos furiosos. De repente, toda la diversión de segundos anteriores, se había esfumado— ¡Y al carajo el resto de cosas!

—¡Yo no soy nada tuyo! —Respondió la rubia en el mismo tono de voz. —Puedes atarme aquí, me importa un pepino lo que salga de tu boca.

—Eres mi novia—murmuró él, con los ojos cerrados en busca de tranquilidad—y ahora, escucha con claridad. ¿Estás embarazada?

El aire escapó de los pulmones de Rosalie.

Ella tenía dudas, bastantes dudas acerca de ello. Pero no podía negarlo, el período se le había retrasado, ya dos veces, y los síntomas se le presentaban con mucha constancia. Los vómitos llegaban siempre en la mañana, y el desmayarse se había convertido en un acto de temer si caminaba con tacones.

Había pensado en esa posibilidad, pero le parecía imposible, y sobre todo, sentía miedo de que fuera real.

Estaba sola, sin su padre, sin Emmett, y con cero centavos en el bolsillo de la falda. ¿Cómo criaría un hijo sin una profesión y con una familia entera por alimentar?

La rubia negó con la cabeza.

—No lo sé—susurró mientras los ojos comenzaban a aguársele. Bajó la cabeza.

Emmett suspiró, y soltó las muñecas de su novia.

—Rose ¿Te llegó el período?

Ella negó con la cabeza, mientras dos lágrimas traicioneras surcaban sus sonrojadas mejillas. No le importaba tener las manos libres, de repente, y de la nada, las ganas de huir habían desaparecido. Su cuerpo buscó aovillarse en el suelo, pero Emmett la sujetó con fuerza, tratando de evitar que tocara el sucio suelo del callejón.

Le pasó un fuerte brazo por la cintura, y con el otro le obligó a mirarlo a los ojos.

—Desde hace dos meses—susurró ella en cuanto le vio.

El pecho de Emmett se infló por la emoción, y sus ojos brillantes se clavaron en los violeta de Rosalie.

—Entonces podemos ser papás.

Rosalie soltó un sollozo.

—¡No digas estupideces! —le gritó ella, golpeando su fornido pecho con puños delicados—¡Yo no tengo en donde caerme muerta! ¡No puedo estar embarazada! ¡No puedo! No puedo…—la voz se le quebró al pronunciar la última palabra, y la mujer comprendió que el miedo era más grande de lo que pensaba.

—Puedes—le susurró él después de varios minutos, mientras ella mantenía el rostro hundido en la camisa de Emmett—si me tienes a mí, juntos podemos tocar…

—Las estrellas—musitó ella contra la tela, su voz vibró en el pecho de su novio—y el cielo…

—Si la vida nos alcanza—completó él, atreviéndose a besar la coronilla de la rubia cabeza de Rosalie.

Ella suspiró, derretida bajo el toque del hombre.

—¿Por qué me haces esto Emmett? —le preguntó con rabia creciente en la voz—Te vas, justo después de que me entrego a ti, no esperas ni siquiera un día. Y luego, vuelves después de tres meses, prometiendo cosas que no puedes cumplir.

—Todo lo que prometo, lo cumplo—gruñó Emmett, abrazándola con más fuerza. Y obligándole a mostrar su pálido rostro—y esta vez no es la excepción. Te prometí que nos casaríamos, y estoy aquí, dispuesto a amarte hasta el último de mis días, sin un solo minuto con mis pensamientos fuera de ti, te necesito para poder vivir.

—¿Y si me mientes? —preguntó Rosalie, con los ojos llenos de esperanza. Nunca antes había escuchado tal veracidad en la voz de Emmett, pero las palabras no siempre resultaban ciertas. No cuando de hombres se trataba. Sin embargo, guardaba esperanza, ganas de quedarse junto a él. Los meses que habían vivido juntos, como un par de enamorados, le resultaron los más hermosos de su existencia.

—Yo nunca, en toda mi vida—susurró él, abrazándola con ansias, y hundiendo sus verdosos ojos en los de ella—podría mentirte. No tengo el alma suficiente para hacerlo.

—Te fuiste una vez—murmuró ella, clavando sus frágiles dedos en los fuertes antebrazos de Emmett. Le miró como si las ansias de tres meses sin verlo, recién tomaran efecto en su cuerpo—Me mentiste. Esa noche…—su voz disminuyó hasta convertirse en un susurro, y con ojos aguados le miró asustada, y con toda la rabia que pudo guardar dentro de sus pulmones. Realmente se había asustado, el día siguiente sin Emmett—Cuando salí de tu casa, estaba dichosa. Y luego, cuando teníamos que vernos…tu…no f-fuiste—sollozó Rosalie, sorbiendo su nariz y abriendo bien las órbitas de sus ojos. Para evitar llorar.

Emmett suspiró.

Rosalie lo miró con ojos bien abiertos. Y en cuanto la voz le regresó, después del ataque de miedo que sintió al recordar aquellos terribles momentos, le habló con voz dulce, como si una flor rozase sus pétalos con otra, mientras las hadas se contaban un secreto.

—Te amo tanto, que pensé esperarte hasta el día siguiente, y el día siguiente, y el día siguiente hasta el fin del mundo. Pero llegó un momento, cuando papá empeoró y no teníamos para cenar. Hubo un instante en el que comprendí que no regresarías. Qué era estúpido esperarte, porque no tenías intenciones de volver con una muchacha ignorante, que realmente creyó en tu amor. —Suspiró, y con delicadeza, retiró sus manos de Emmett, buscando terminar con aquel abrazo que tanto calor le había proporcionado—Por solo un segundo Emmett, supe que tu no me querías, y si volvías a entrar, por la puerta grande de mi casa. Si volvías a pedir permiso para verme. En realidad no sería por mí, sino por el niño que llevaba en mis entrañas. —Un par de lágrimas escaparon del rostro de Rosalie, y sin apartar su mirada del hombre delante de sus ojos, su mano derecha las limpió. Ella pudo ver, con claridad, como él seguía con los brazos extendidos hacia ella, y el rostro deformado por la confusión y tristeza—Y por todo esto. Por todo lo que sentí el día que mi padre murió y no tuve quién me consolará. Por todos los gritos que preferí ahogar en lo profundo de mi pecho. Por eso Emmett, decidí que no te dejaría volver. Qué no podrías mentirme de nuevo, porque no era tan tonta como antes, y no jugarías con nadie. Ni conmigo, ni con el bebé.

Rosalie miró al cielo, en el preciso instante que gotas gruesas de agua caían sobre el techo de las viviendas acogedoras, propias de Chicago.

Se sentía libre.

Por primera vez, después de tantos meses, volvía a ser la misma. Necesitaba decirle eso a Emmett, desde que él se fue, y la dejó con la reputación podrida. Y ahora, después de hacerlo, el primer respiro de muchos escapó de sus labios, dejándole un dulce sabor a tranquilidad, incrustado en la boca.

—No puedes dejarte llevar por los actos—murmuró Emmett, obligándola a regresar la vista al hombre en su delante, que extendía una chaqueta. —Póntela—pidió con voz delirante, como si suplicará porque ella lo hiciera. —Tenemos suficiente tiempo para hablar de esto, pero no creo que en la lluvia como el mejor acompañante.

Ella se lo pensó dos veces, imaginando los distintos escenarios y conversaciones que podrían resultar de esa proposición. Pero, y a pesar de todo, decidió darle una oportunidad. Solo, por la fuerza con la que su pecho latía al verlo. Simplemente porque sabía que lo amaba más de la cuenta, y la tranquilidad que sentía, aumentaría al escuchar su gruesa y varonil voz.

—Gracias—susurró, tomando la chaqueta entre sus manos, y colocándosela sobre los hombros. Se revolcó en la dicha de sentir el aroma tan varonil de él, y con dedos frágiles y níveos, apretó las mangas del saco.

Un signo de tranquilidad escapó de los labios de Emmett.

"No es una sonrisa".

Le habló la mente, a Rosalie.

"Algo es mejor que nada".

Le respondió ella, suspirando al verlo bajo la lluvia.

—¿A dónde vamos? —le preguntó ella en un susurro. Después de comenzar su caminata por las calles de la ciudad. Desérticas, por cierto. Sin una sola persona decidida a escuchar el golpeteo de la lluvia contra el cemento de la vereda.

—Vamos a un hotel—le respondió él de vuelta. Enrollando su brazo derecho en la cintura de ella, buscando protegerla de algún modo. Ella se acurrucó, y buscó equilibrio suficiente en el fuerte pecho de Emmett. —Creo que volver a tu casa, no resulta una elección favorable, para ninguno de los dos. Y bueno…estoy quedándome en un hotel, así que iremos allí. A terreno neutral.

Rosalie se rió.

—¿Tu piensas que es terreno neutral? — le mostró sus blancos dientes, en una gran sonrisa algo amarga. —Estaremos en tu habitación, del hotel que tú pagaste. Es tu terreno Emmett. No hay nada de neutral en ello.

—Será suficiente—le murmuró él al oído. Luego, depositó un dulce beso allí.

Ya no le importaba nada.

Emmett quería tenerla de nuevo en su vida, en sus brazos. Y perderla sería tan grande, como hundirse de nuevo en el pozo común de hace días atrás.

En el pozo donde su madre había sido enterrada. Delante de sus dos hijos.


Hola!

Bueno chicas, subí el cap lo más rápido posible. Cry también está actualizado, y las votaciones del poll terminan el lunes siguiente. Ustedes deciden, así que no dejen de votar en la encuesta, y tampoco olviden sus hermosos reviews. Espero que les guste, y mucho, este cap. Después de cerrado el poll, veremos cuál historia continúa*Aunque he de decir que a mi me encantan las dos* y a ustedes?

*Quiero agradecerles inmensamente sus alertas, favoritos y reviews. Sus comentarios fueron hermosos, y me alegraron por completo el día. Además de llenar un espacio importante en la historia. No olviden dejarlos, y me encargaré que reciban su recompensa.

*Tengo ¡Formspring! Si quieren preguntar algo, el link está en mi perfil, o búsquenme como Mrs Black UbT, sin el punto.

Besos

Valhe