Los personajes pertenecen a la maravillosa Stephenie Meyer, yo solo deje fluir mi imaginación creando una historia un tanto diferente.
—3—
"Y las cosas mejoran por si solas"
—Sé que no te resulta importante—murmuró él, abrazándola con la mayor fuerza que sus brazos producían. —Pero necesito que al final de la conversación, tú me perdones.
— ¿Por qué iba a tener que perdonarte? —preguntó ella, con los ojos violeta clavados en el hermoso rostro de Emmett. La expresión de la rubia resultaba confusa—Tu no…hiciste nada malo. ¿O sí?
Ella tragó con fuerza, y las piernas le temblaron por un segundo. Sin duda alguna, el hecho de una traición podría tachar aquella efímera felicidad que sentía en esos momentos, y que esperaba, jamás dejar de sentir.
—No hice nada malo—Habló él con seguridad. —Pero te deje, sola, cuando no tenías a nadie más que a mí. Por mi culpa, perdiste el apoyo más grande que la vida te proporcionó, y no creo poder luchar con eso, si tú no llegaras a perdonar mi falta.
Rosalie suspiró.
Sabía que las cosas no irían de maravilla, con calderos de oro y flores mágicas durante su vida, pero a veces, y solo a veces, con Emmett solía sentirse en un cuento de hadas. Como si tenerlo significara una mínima porción del deseo infantil de ser una princesa. Cuando él la dejó, su mundo se desbarató, o parte de él. Los ladrillos que sostenían a ese amor tan grande que sentía, se quebraron hasta convertirse en ceniza, y eso a ella no le gustó.
Pero después del beso, después de todas aquellas lindas palabras con las que Emmett le prometía el cielo. Quería creer en él, de nuevo, perdonarle la falta de haberse marchado, y comenzar de cero, porque el dolor era un sentimiento que no iba con ella, y no quería tenerlo ni de cerca.
No estaba completamente segura de que todas sus promesas fueran ciertas. Y si bien, el temor y la rabia que había sentido al quedarse sola, había sido menos soportable de lo que él, en realidad, podía imaginarse, Rosalie estaba dispuesta a escucharle, al menos para cumplir con aquel ciclo de su existencia.
—Bueno—comenzó ella, mirándole a los ojos con la mayor profundidad y seriedad de su vida—no será tan fácil convencerme, Emmett. Pero como te dije antes, estoy dispuesta a escuchar cada palabra tuya, y si es la verdad, si realmente es la verdad. Podríamos buscar una solución para esta situación.
Él asintió, emocionado por la respuesta certera de Rosalie.
—Después de tenerte entre mis brazos, no quería nada más que amarte hasta el fin de mis días—le confesó sonriendo con ternura, mientras le acariciaba la suave mano a su novia—era de noche, y quería dormir con mis brazos alrededor de tu cintura. Me encanta el calor que tu cuerpo emana, es fragante y cómodo. Perfecto para mí. Dormimos un par de horas, de hecho.
Rosalie recordaba vagamente aquel abrazo, y el par de horas con sueño tranquilo. Le sonrió, en espera de que prosiguiera con el relato.
—Después de ello, me desperté sintiendo golpes en la puerta de la habitación. Era la casa de mis padrinos, y solamente yo tenía las llaves, por lo que me produjo cierta curiosidad y temor. Sin embargo, me enfunde en una bata y abrí la puerta. No conseguí mucho, si te digo la verdad—torció el rostro en una clara mueca de desagrado—hubiera preferido quedarme durmiendo contigo. De no ser por mi madre y Amelie, lo habría hecho.
— ¿Amelie? —le preguntó ella, sin poder detener la ola de celos que buscaba introducirse por cada poro de su piel. A Rosalie no le gustaban las mentiras, y si Emmett comenzaba con intrigas desde el inicio de su historia, estaba segura que no gustaría de oírla.
—Es mi hermana—le confesó él, con las mejillas maravillosamente sonrojadas. Era una visión muy graciosa, un hombre tan grande y fuerte, avergonzado. — ¿Recuerdas que te lo comenté? Un día, comiendo helado de cereza. Te dije "Tengo una hermana de la edad de Sophia, estudia en un colegio de monjas carmelitas, en España".
—No me dijiste su nombre—susurró ella, preocupada por admitir que en las conversaciones de su enamoramiento, el tema de conversación había sido ella, y solo ella.
—No lo creí importante—habló él, besándole la frente, y con ello, borrándole los sentimientos de frustración dentro del alma, a Rosalie—en su momento, debo confesarte que lo nuestro me pareció efímero, y cuando hablamos de nuestra familia llevábamos apenas dos salidas.
—¿A partir de la tercera creíste en nuestro noviazgo? —le preguntó ella sin el menor de los rencores, solo con diversión en la voz, por haber coincidido en algo más con Emmett. También ella había presentado dudas al inicio, tenía un divertido temor acerca de comprometerse con un hombre de grandes proporciones, y adicto al helado.
Emmett rió, a grandes carcajadas.
—Puede parecerte divertido—hipó entre su contagiosa risa—pero, el día que te vi con el vestido palo de rosa…
Ella bufó.
—Te encanta aquel vestido—cuchicheó entre dientes, con los brazos cruzados.
—Creo que me gusta—admitió él, besándole las mejillas, el cuello y el rostro, de manera lenta y sensual—pero nadie se vería tan genial, como tú, en aquella tela. De hecho—murmuró besándole el ángulo de la mandíbula—sería un trapo si cualquier otra lo usara. Tú haces el vestido.
Rosalie se regocijó de orgullo, y extendió más su largo cuello de cisne, en espera de que él lo aprovechase.
Esa era su naturaleza. Orgullosa, hermosa, y deliciosamente atractiva.
—Me gusta tenerte así—le murmuró él, antes de soltar un suspiro y mirarle de nuevo a los ojos. El tiempo de proseguir con la historia, se había reanudado.
—A mí también me gusta estar así—acordó ella, acariciándole la mejilla con la blanca mano que poseía.
Emmett suspiró por segunda vez.
—La señora Mallory esperaba en mi puerta, con una carta de Amelie, quién había dejado el internado hace algunos meses. En ese papel, estaba escrita una de las peores desgracias de mi vida. Y cuando leí el mensaje, decidí salir en socorro de mi hermana. —Rosalie bufó, en respuesta al tácito olvido que él había supuesto. Emmett en respuesta, le sonrió. —Pero no me olvide de ti. Traté de despertarte varias veces, sacudí tu cuerpecito, pero el sueño y el cansancio de la noche pasada, estaba cobrándote factura. Y después de una gran regañina a mí mismo, por haber abusado de ti y tus débiles condiciones, te besé en la frente y salí de la casa. Prometiendo en silencio que volvería a llamarte.
—Nunca cumpliste tu promesa—murmuró ella, recordando el pequeño sopor en el que se había sumido después de convertirse en mujer de Emmett.
—El tiempo no me alcanzó—se excusó él, mirándole con sinceridad a los ojos—tenía muchos trámites que hacer en España, y el viaje también tenía su parte. Para cuando llegué, las cosas no estaban mejor que en la carta, y el dinero y los minutos huyeron de mi cuerpo, como si fuera arena entre mis dedos.
—No quiero más excusas—le rezongó ella, con ganas de hundir sus uñas en el cuello suave de él, y ahogarlo por las mentiras que podría estar diciendo—aunque a ella le sonaba todo muy sincero—Le resultó increíble, el cambio de ánimo tan violento. —Si tienes algo que decir, maldita sea. Solo dilo ya.
—En la carta—susurró Emmett, juntando su cuerpo al de Rosalie por inercia. Como si tuviera miedo de pronunciar las siguientes palabras—se contaba la historia de mi madre. De cómo ella había pasado los últimos seis meses que viví con mis padrinos. Ella—el hombre tragó en seco—tenía problemas cardíacos, y a pesar de la resma de doctores que pagué para que la atendieran, nada mejoró su estado de salud. Días después de un último ataque, Amelie había escapado del internado, buscando ayudar a su madre. Y cuando la encontré yo, siguiendo las sílabas y palabras de la carta, fue demasiado tarde.
Rosalie comenzó a comprender la historia, a paso lento. Y con ganas de estrangularse, le abrazó con la mayor fuerza de sus brazos. Él le respondió el gesto, hundiendo su cabeza cerca del vientre donde su hijo reposaba.
—Ella murió, Rose—musitó él, con la voz ronca por el recuerdo—Amelie y yo, la lloramos por tres días enteros, incapaces de creernos aquella verdad. Fue tan difícil…
Y ella le entendió.
Porque había sufrido el mismo dolor que él hace tan solo horas de diferencia. Era su padre, quién estaba hundido tres metros bajo tierra, y el dolor de saber que nunca más le vería a aquel que te dio la vida, le quitaba fuerzas de lo más profundo del alma.
Ambos se abrazaron, y sosteniendo las lágrimas en el hombro del otro, lloraron por la tristeza que aquella perdida les provocó. Drenando su corazón de la amargura que tenía prohibido acercarse a su nueva historia de amor.
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—Quédate a dormir—le pidió él, después de varios segundos, en cuanto el punzante dolor en el pecho paró.
Ella se rió, aún con la cabeza recostada en el pecho de Emmett.
—No creo que sea una buena idea…
—No haremos nada—prometió él, con ojos suplicantes—solo dormir. Y te abrazaré por todas las noches que no te abracé. Y te besaré tanto, tanto, que el aire va a faltarnos.
—Mi madre se alterará—murmuró ella, con las manos empuñadas en la camisa—ya seca—de él.
—Hablaré con ella, y mañana mismo iré a contarle de nuestro matrimonio.
—Emmett—le llamó ella, y en cuanto se miraron, los ojos de ambos se conectaron de una manera peculiar—yo quiero…quiero que sepas que te quiero—vaciló un par de segundos, después le besó con delicadeza la punta de la nariz—y que te perdono todo lo quieras que te perdone. Solo si tú me prometes, a mí, perdonar mi comportamiento infantil— en cuanto las palabras hubieron salido de su boca, un cálido aire se expandió por su pecho, activando cada centímetro de su corazón. Llenándole de sabor la boca, y reiterando la magia que solo Emmett podía brindarle.
Rosalie comprendió que no se trataba, entonces, de permitir que Emmett ingresara de nuevo a su vida, y a la de su hijo. Él ya estaba en sus vidas, formaba una parte fundamental, y sin él, muchas cosas no tendrían sentido. Era el único sostén que tenía en aquel terrible momento, y jugar a la terquedad no le convenía. Y para ser sinceros, tampoco quería serlo.
Estar con Emmett le hacía sentir completa, como si su mundo tuviera oportunidades de convertirse en mágico.
Él suspiró, feliz y pacífico por primera vez, desde que regresó a Chicago.
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Esa noche, ambos descansaron en aquella habitación de hotel. Y mientras las manos de un Emmett dormido, recorría el abultado vientre de Rosalie, ella pensaba en todas las cosas que podrían haber pasado en esos tres meses que no se vieron. Ya él le había contado una parte de los hechos, con detalles y lágrimas de por medio. Pero aún quedaban los días fuera del entierro de su madre, y por supuesto, conocer a la hermana del que próximamente sería su esposo.
La cabeza le dio vueltas durante varias horas, y aunque consideraba complicarse la existencia, el pensar que tal vez, Emmett solo quería casarse con ella por el hijo que podría venir en camino. Cuando esas grandes y suaves manos le acariciaban el abdomen con tanta delicadeza, y cuando, de manera inconsciente, él le besaba la mejilla o hundía su rostro en el cabello de la rubia, todas aquellas ideas se le esfumaron, hasta que por fin, consiguió dormirse, hundida en sueños llenos de hoyuelos.
—Buenos días—le saludó una cálida y gruesa voz al oído.
La mujer se removió entre las cobijas varias veces, y cuando abrió los ojos, la luz del sol brillante que resplandecía esa mañana en Chicago, le golpeó los ojos.
—Despierta, ya—rió Emmett, abrazándola con fuerzas. De golpe, la levantó de la cama, paseándola por toda la habitación en medio de volteretas y risas estruendosas, por parte de él.
Rosalie se mareó un poco, al comienzo. Pero con el pasar de los segundos, comprendió la alegría de Emmett, y después de aferrarse a los hombros de él con sus pequeñas manos, le acompañó en la risa, mientras la cálida corriente regresaba a su cuerpo.
—Buenos días—le saludó ella, después de besarle la mejilla con mucho entusiasmo.
—Pensé que jamás despertarías—le confesó él, cuando la depositó en la cama con cuidado.
— ¿Por qué?
—Tienes un sueño muy profundo—Emmett se alzó de hombros mientras hablaba—además…es culpa mía, me gusta verte. Dormida o despierta, sigues siendo igual de linda.
Ambos se sonrieron, y a Rosalie, de la nada, le entraron antojos de fruta picada.
— ¿Crees que podríamos desayunar? —le preguntó la rubia, mirándole con ojitos suplicantes.
—En cuánto te cambies—respondió él, mientras colocaba a los pies de ella, dos cajas, una más pequeña que la otra.
— ¿Compraste ropa para mí? —los ojos de Rosalie se abrieron, y una perfecta "O" se formó en sus labios.
—Necesitas algo que ponerte, y no puedes usar el mismo vestido húmedo del día anterior—Emmett me besó la frente, antes de caminar hacia la puerta—necesito arreglar unos papeles en la recepción, y espero que mientras tanto, tomes una ducha y uses el vestido de la caja. Yo lo escogí—él torció el gesto—no sé si te guste, pero traté de encontrar algo de tu talla.
—Gracias—murmuró ella, observando con curiosidad los paquetes.
—Ahora vuelvo—susurró él, antes de cerrar la puerta y dejarla sola en el dormitorio.
Rosalie pensó que su novio, seguramente querría hablar con su madre. Y si iba en serio, aquel tema del matrimonio, entonces buscaría la forma de comunicarle a la señora Anabelle sus deseos. Le tembló el cuerpo un poco, sin importar la reacción de su madre, lo que consiguió removerle las tripas, fue las seguras miradas ponzoñosas de la calle.
Negó con la cabeza, tratando de creer eso que estaba viviendo con Emmett, y con un leve mareo, se dirigió a la ducha.
Después de tomar el baño, en la tina más grande que sus ojos habían visto, decidió abrir los paquetes, ansiosa por encontrar allí algo agradable.
Por la enfermedad de su padre, no tuvo oportunidad durante los últimos meses de adquirir un nuevo diseño. Ciertamente, en esos momentos no estaba pensando en ello, pero ahora, sentía que podía confiar en Emmett, y que tenía allí el mayor apoyo de su vida. Por ello, su cabeza le permitió pensar en trajes costosos.
El vestido dentro del paquete, era uno de los más bonitos que había visto en su vida. El encaje en el punto exacto, la cintura estrecha y la falda de caderas convertían a aquel pedazo de tela en una prenda perfecta. Y los zapatos, con un tacón regular, encajaban como una pieza de rompecabezas con el abrigo y el gorro blancos, de seda suave y polvorosa.
Rosalie contempló aquel vestido, y lo vistió con delicadeza. Consiguiendo que cada centímetro de su piel rozase con la cómoda y maravillosa tela del vestido. Delante del espejo principal de la habitación, se acomodó el largo y rizado cabello, con algunos mechones delante del sombrero, y finalmente, revisó el atuendo completo, sintiéndose más bonita que en cualquier otro momento de los pasados tres meses.
Pensó también, que la presencia de Emmett contribuía en gran parte, a ese estado de perfección y felicidad que vivía, como si las cosas con él al lado, fueran mejor que en cualquier otro tiempo, incluso que en su noviazgo.
Cuando abrió la puerta para descender las escaleras, hacia la recepción en busca de su novio, lo encontró a un palmo de su rostro. Bajo el umbral de la puerta, con la sonrisa más grande y hermosa del planeta.
Se sonrieron mutuamente, con ínfulas de enamorados, y después de que Emmett le recorriese el cuerpo con los ojos más lujuriosos que Rosalie le había visto, el habló con una voz que destilaba necesidad.
—El vestido…—se aclaró la garganta, tomándola de la cintura de golpe—te quedó perfecto.
—Supongo—susurró ella, segura de sí misma. Rosalie sabía utilizar sus leves conocimientos en seducción, aprendidos con el mismo Emmett de maestro.
—Estás realmente hermosa—volvió a alagar él, besándole la mejilla de forma lenta.
—Tú compraste el vestido—susurró la rubia, al oído del hombre—debe gustarte.
Emmett suspiró, unos segundos antes de mirarla a los ojos.
— ¿Eres consciente del efecto que causas en mí? —los labios de ambos estaba separados por tan solo centímetros.
La rubia rió, y sus ojos violeta brillaron con fuerza, contrastando con el traje blanco.
—Emmett, escucha esto—le aprisionó el rostro con sus uñas, perfectamente manicuradas—solamente yo, consigo que enloquezcas. —Le besó con cuidado, detrás del oído, y él se estremeció—y eso nunca cambiará. ¿Estamos claros?
Él asintió, por inercia. Mientras, una chispa de calor sofocante comenzaba a incendiar sus ojos, de manera asfixiante, como si necesitara ser liberado para apagarse.
Rosalie se sintió satisfecha.
Durante los seis meses que vivieron como enamorados, ella siempre lo tuvo bajo su control, completamente dominado. Y eso, más que ninguna otra cosa, le gustaba. Adoraba sentir que Emmett hiciera las cosas como ella quería, de la forma en que ella deseaba y como ella lo deseaba. Le hacía sentir poderosa, capaz de manejar al mundo.
Después de aquella acalorada conversación, sellaron con un beso la salida del hotel.
Rosalie tiene que reconocer que las muecas de enojo y molestia, en los trabajadores del lugar, le divirtieron mucho. Ya no le afectaban las miradas penetrantes e inquietantes, en realidad, había superado aquella etapa hace mucho. Todo por causa del abandono de Emmett.
Ahora que lo pensaba bien, estaba segura de que su perdón mutuo, había sido el proceso correcto. Tanto él, como ella, habían sufrido la perdida de seres realmente importantes en su vida, por eso, merecían el mismo tiempo para asimilarlo. Y si el tiempo que Emmett necesitó para aceptar la muerte de su madre, fueron casi tres meses, ella no era quién para cuestionarlo.
De cierta forma, su situación había sido diferente. La muerte de su padre, fue una larga tortura, de la cuál todos conocían el fin. Sin embargo, no estaba completamente lista para dejarlo ir. La idea de olvidarse de su padre, le resultaba tan dolorosa, como alejarse en aquellos momentos, de Emmett.
Tomados de la mano, recorrieron la calla principal de Chicago, acompañados de las miradas de personas corroídas por la envidia.
Rosalie no se sintió, en ningún momento, sola o desamparada. En realidad, el fuerte agarre de Emmett en su cintura, con la grande mano que poseía, casi sobre su abultado vientre, le daba ansias y fuerzas. Ansias por caminar esas, y todas las calles del mundo, para que toda la gente comprendiera que estaban juntos. Y fuerzas. Porque sabía que a su lado, no tenía nada que temer.
— ¿Quieres desayunar aquí? —le preguntó él, con los ojos brillantes y la latente sonrisa enamorada.
La rubia observó la cafetería, donde la vitrina de la ventana posterior servía como demostrador de los deliciosos postres que el establecimiento poseía. Incluso, encontró un fresco soufflé de fresas, bañado en dulce mermelada de moras. Ella había oído que los antojos en el embarazo, eran inmensos. Y que las frutas cítricas, tenían el efecto contrario en mujeres de su estado. Ahora creía todas esas palabras.
—Emmett—le llamó, mientras su mano le jalaba de la chaqueta negra que él traía puesta.
El hombre se rió, y la besó en la frente.
—Dime.
—Quiero dos de esos soufflés—murmuró, con los ojos suplicantes.
Él asintió.
—Y los tendrás. A decir verdad, también yo tengo antojo de algo así.
—¿Enserio?
—Creo que…—Emmett se rascó la cabeza, pensativo, con una mueca en forma de "S" en los labios. Debatiéndose entre decirle o no—los últimos días, no he comido muy bien.
A Rosalie se le atoró una gran nuez en la garganta.
—P-porque…
-Necesitaba vivir esto-le confesó él, mientras la sostenía fuertemente de las manos. —Estaba desplomado sin ti.
El aire regresó el cuerpo de la mujer.
—Entonces, no perdamos tiempo—pidió ella, observando de reojo el lugar—realmente tengo hambre.
Emmett soltó una gran carcajada, y juntos atravesaron el umbral de la cafetería.
—Buenos días—se presentó una señorita de cabello rizado, oscuro y maltratado. Después de que se acomodaron en una mesa del rincón, iluminado por una bella luz entrante de la ventana. — Mi nombre es Marcí, y seré su mesera esta mañana ¿Qué se les ofrece?
—Buenos días—respondió Emmett, con su mano y la de Rosalie entrelazadas sobre la mesa—¿Qué contiene el desayuno americano?
—Una taza de chocolate caliente, tostadas con mermelada y mantequilla, jugo y huevos frescos, y el postre que usted elija.
La rubia observó la ventana, notando por primera vez en el día, el clima de Chicago.
El viento azotaba con delicadeza, las hojas secas del otoño sobre el asfalto. Y las mujeres lucían vestidos de colores pardos, en contraste perfecto con el cielo gris que se ofrecía esa mañana. Las nubes, tan cálidas en otras ocasiones, hoy se mostraban pesadas, con ganas de desplomar su peso sobre los tejados de casas confortables.
—Creo que quiero uno de esos—respondió, después de varios segundos—el chocolate me vendrá bien.
—Entonces dos de esos—le pidió Emmett, sonriéndole cortés a la mujer—Y en el caso de los postres…
—Tenemos pie de limón, suspiro de naranja, soufflé de frutas rojas y torta de chocolate blanco.
—Un soufflé de frutas rojas—se adelantó la rubia, con voz emocionada.
—Y una torta de chocolate blanco—agregó Emmett, con risillas disimuladas, escondidas tras sus blancos dientes.
En cuánto la mesera se despidió con la orden, una carcajada escapó de los labios del morocho.
—¿De qué te ríes? —preguntó Rosalie, observándole como si el pelo rizado le hubiera crecido en la nariz, y no en la cabeza.
—Creo que estás muy ansiosa, cariño—habló él, después de acariciarle el dorso de la mano de manera disimulada—nunca antes te había visto tan emocionada por algo.
—Bueno—murmuró ella, clavando sus serpenteantes ojos en los de él—sí que he estado ansiosa en otras ocasiones.
La sonrisa del rostro de Emmett, desapareció.
—Yo nunca te he dejado ansiosa—susurró con voz ronca, mientras acercaba su rostro al de ella.
—¿Cómo lo sabes? —se atrevió Rosalie a preguntar—tú no estás en mi cabeza.
—Te conozco—Emmett se alzó de hombros—además, mantenemos una conexión especial. Cuando yo estoy ansioso, tú también lo estás.
—No es cierto—negó ella, juntando tanto su rostro al de Emmett, que sus narices se rozaban—puede ser que te haya dejado creer eso.
Él se rió.
—Lo que dices Rosalie, no tiene ni pies ni cabeza—y entonces, ella sintió que podría desmayarse de la vergüenza.
La grande mano de Emmett se paseaba sobre su rodilla, con alevosía descarada. Permitiendo que los dedos traviesos se fundieran con la tela de su falda. Y aquel contacto, a ella le hacía estremecer de pies a cabeza, como si le rozaran la columna vertebral con el delicado pétalo de una rosa. Y al mismo tiempo, le besaran los labios con ruda pasión.
—Deberías dejar de hacer eso—murmuró ella, mirándole a los ojos con un fuego impaciente. En algún lado del salón se escuchó un hipido asustado.
—Estoy haciendo nada—le retó él, sonriéndole con más fuerza que nunca. De la nada, su mano ascendió con delicadeza y lentitud hacia el muslo.
Rosalie sintió un extraño hormigueo entre las piernas, y se removió inquieta en el cómodo sillón.
—Por favor—le pidió, con voz avergonzada—estamos en un sitio público. Alguien podría verte.
—Esto, Rose—susurró Emmett, besándole la punta de la nariz, y retirando sus manos con suma delicadeza—es para que comprendas, que a mí, tú no puedes mentirme.
La rubia pudo respirar en paz.
—No es mentira—bufó ella, mientras la mesera se acercaba a ellos con una bandeja plástica en la mano—pero no tiene caso que hablemos de ello.
—¿Entonces era una broma? —le preguntó él, con ojos divertidos.
—Aquí está su pedido—murmuró la mesera, al depositar cada uno de los platos en la mesa de mármol. —Si necesitan algo más, háganmelo saber.
—Gracias—respondió Emmett.
Comenzaron a comer con necesidad, en especial Rosalie, quién no se había alimentado en correctas condiciones los días pasados, por la falta de dinero en su casa.
Emmett observó atónito, como ella devoraba sus tostadas con la misma rapidez que él, y una idea muy certera se le cruzó por la mente.
—¿Crees que tu madre y tus hermanas hayan desayunado? —preguntó, capturando la barbilla de la rubia con una mano.
Ella le miró, avergonzada.
—Desde que papá murió…no hemos tenido mucha suerte con los compradores de los cuadros. Ya sabes—ella se aclaró la garganta, buscando soltarse del agarre de Emmett—mamá no es mujer de trabajo, y no permite que yo lo busque. Piensa casarme con algún…hombre.
— ¿Tiene candidatos? —preguntó él, sin poder detener el fruncir de su ceño.
—Ninguno—Rosalie le sonrió con ganas, acariciándole la mejilla con delicadeza. Entonces Emmett alejó su mano de su novia.
—Eso es bueno—murmuró él, después de beber un par de sorbos de su jugo.
— ¿Por qué habría de ser bueno? —le preguntó ella, mirándole fijamente a los ojos, con una mano sobre el mantel color crema de la mesa.
—Porque—Emmett se acercó a la rubia, y le plantó un beso que la mareó. Dejo que sus labios se fundieran en un solo con los de ella, y la saboreó como si fuera un dulce suave y cremoso—solamente yo puedo casarme contigo. Tú eres mía, parte de mí.
Rosalie asintió, sin saber muy bien cómo reaccionar después de semejante beso.
Terminaron el desayuno, y luego de compartir sus postres, decidieron salir rumbo a la casa de Rosalie, al fin, y al cabo, tenían que hablar con Doña Anabelle y dejar los puntos en claro.
Emmett no la soltó el poco tiempo que anduvieron por las calles, y durante todo el camino, siguió susurrándole lo mucho que la amaba, y las ganas que tenía de practicar, para que en un futuro, el hijo que seguramente Rosalie llevaba en su vientre, tuviera un hermanito con quién jugar.
Hola!
Agradecimientos especiales a: ShArIcE-94. PattyQ. DCullenLove. Denisse-Pattinson-Cullen.
Bueno...espero que les guste el cap de hoy. El poll lo ganó Cry, sin embargo, como este es un mini-fic, decidí subirlo más rápido. A veces me sale como aguita XD, y tengo más caps avanzados. El vestido de Rosalie está en mi perfil, y también el link para mi formspring. Pueden preguntar lo que quieran. Les agradezco todas sus lindas palabras, y bueno, si hay lectoras fantasma ¡Aviéntense y dejen un review! jajaja...me encanta escuchar sus opiniones sobre el fic. Aún cuando solo sea un "Me gusta" o "Quiero otro cap".
El próximo cap viene pronto, y luego, habrá un salto en el tiempo.
¿Alguna tiene una idea de como sacarse a un tipo de la cabeza? Si tienen la respuesta, ¡Help!
Muchos besos
valhe
