Los personajes pertenecen a la maravillosa Stephenie Meyer, yo solo deje fluir mi imaginación creando una historia un tanto diferente.

—5—

"Entonces las cosas toman su rumbo"


Después de aquellas noticias, todo pasó muy rápido.

Emmett decidió que la familia de su novia, merecía tener la dicha de mantener su orgullo lo más alto posible. Así que, con ahorros suyos, y después de separar el dinero que por herencia, le pertenecía a Amelie, finiquitó con todas las deudas de la familia Hale.

Le pagó, al mercader de frutas, al zapatero, a la modista, al vendedor de periódicos, y a un sinfín de comerciantes, que esperaban ansiosos el dinero que las mujeres—que, desde ya pertenecían a su familia—adeudaban.

Luego de aquella noche, en casa de su nueva suegra, las pláticas con Rosalie se convirtieron en algo mucho más ameno, y conocer a las hermanas de la rubia, fue algo realmente divertido, Emmett pocas veces en su vida había sentido tanta dicha, al verse rodeado de tantas personas.

En cuanto al embarazo, ambos ya lo daban por hecho. Ella presentaba los síntomas completos, incluso los antojos habían aumentado durante esa última semana. Ni siquiera las galletas saladas, de la tienda de la señora Bertha, los calmaban. Aunque deseaban acudir al médico lo más pronto posible, para confirmar la noticia que más los unió durante ese tiempo, conseguir verdaderos profesionales fuera del pueblo, fue toda una odisea para Emmett.

Algo dentro de su cuerpo, no le dejaba confiar en los doctores que revisarían a su próxima mujer. Era como si ningún hombre fuese suficiente para ella, y para el niño que venía en camino.

Ahora, ellas vivían provisionalmente en su casa, mientras él se encargaba de encontrar una nueva en California. Algunos de sus compañeros marines, le habían comentado que el clima en esa zona era de lo mejor, y para pasar tiempo en familia, no había mejor lugar que California. Había playa, y él casi podía imaginar a su hermosa Rosalie, enfundada en un vestido blanco de playa, con la arena escurriéndosele entre los dedos de los pies, y el sol brillando contra su cabello, haciéndolo lucir como oro líquido ante sus ojos.

Sophia tenía deseos de estudiar para ser maestra, y al igual que Doña Anabelle, Emmett coincidía en que el mejor lugar para formar a una perspicaz y vivaz señorita de tan solo quince años, era el internado en España, con las monjas Carmelitas, donde su propia hermana Amelie estudiaba.

Llegaron a un acuerdo, en el que se mencionaban varias cosas para obtener el futuro perfecto, que Emmett deseaba con toda su alma. Sophia y Lilian estudiarían junto con Amelie, en la madre patria. Rosalie, después de tener al primero de muchos hijos de Emmett, se inscribiría en la universidad para ser profesora, y la joven pareja, junto con la suegra y el bebé recién nacido, se mudarían a California, desde donde controlarían los progresos de las tres muchachas a su cargo.

Después de revisar su sombrero, Emmett sonrió ante la imagen del espejo.

Llevaba su traje favorito, negro completo, con una camisa blanca, que formaba a la perfección su pecho delineado. Había escogido un sombrero, solo porque sabía que Rosalie llevaría uno a la cita del médico.

A pesar de su desconfianza con los médicos, había conseguido, por consejo de un viejo amigo residente de Norridge, pasando por Kennedy Expy. A tan solo unas horas, el doctor más confiable de aquel pueblo, esperaba por los señores McCarthy, pues Emmett había concertado la cita a nombre de una pareja de recién casados, con el deseo de escuchar de labios envidiosos de otros, el nombre de su Rosalie, atado para siempre al suyo.

Descendió las escaleras del hotel, después de echar la cerradura en su habitación. Bajo cada escalón con detenimiento, y al llegar a la puerta, saludó al hombre de la portería, y caminó los pasos necesarios para llegar a casa de los Hale.

Después de la fabulosa cena, Emmett decidió ayudarlas, como un préstamo hasta que Sophia y Rosalie consiguiesen propios trabajos para cancelarle el dinero. Pero en realidad, todo había sido una excusa, para impedir que en la casa de aquellas bellas mujeres, faltase el pan más delicioso que ellas desearan. Ya vendrían los años, y con ello el agradecimiento de su familia, además del olvido de aquel episodio tan triste de sus mujeres, como ahora las llamaba.

En cuanto estuvo delante de la puerta, tocó el timbre con delicadeza, como nunca antes lo había hecho. Ansioso de ver a Rosalie, después de casi diez horas.

Sophia le abrió la puerta, también le saludó con un efusivo abrazo, y lo condujo hasta el centro del recibidor, el cuál quedaba bajo las espléndidas escaleras de caoba, que lucían algo envejecidas por la falta de pulir que presentaban. Espero varios segundos, y luego escuchó el golpeteó delicado de dos tacones sobre el refinado suelo de madera.

"Es tuya"

Le dijo su cabeza, mientras sus ojos no dejaban de revolotearle como luciérnagas perdidas por la luz.

Rosalie, ese día lucía espléndida. Llevaba un abrigo negro, que cubría su pecho, y parte del maravilloso y seductor vestido rojo bajo aquel nubarrón de tela gruesa. Sus zapatos tenían un tacón alto, pero manejable para ella. Y tanto los largos guantes de cuero, como el sombrero y los zapatos, eran del mismo rojo pasión que el vestido.

Ella estaba exuberante, su piel contrastaba a la perfección con el traje, y su cabello apenas y estaba recogido, bajo un par de líneas trenzadas que rizaban más los angelicales bucles que adornaban su rostro.

Al tocar el suelo, le sonrió a Emmett, y después de guiñarle un ojo, algo cohibida, le besó una mejilla como saludo.

—Hola—le murmuró contra el oído, enroscando su brazo en el de él.

—Estás hermosa—habló él, luego de sonreírle, y regresarle el beso en la mejilla del mismo lado—no creo que exista una mujer más bonita que tú, en todo el universo común.

Ella se rió, dejando a su cabello ondular y llenar las fosas nasales de Emmett, de su atractivo perfume.

—Veré a mi hijo por primera vez, y me gustaría que fuese una ocasión especial—respondió ella, tomando la bolsa que tenía en la mesa del recibidor, junto a una maceta muy bien regada y cuidada, llena de violetas blancas.

—Será todo lo especial, que pueda ser—le aseguró él.

Y luego, se regocijó de ser el afortunado más grande del mundo, por tener a una mujer tan hermosa, por dentro y fuera, a su lado. Por tener tres hermanas menores que cuidar, y una suegra que complacer. Y por tener al primero de sus hijos en el vientre de su mujer.

Se despidieron de Doña Anabelle y las niñas, con un beso y un fuerte abrazo, y salieron del lugar tomados del brazo. Mientras el fuerte contraste de los guantes de Rosalie, impactaba sobre el negro terno de Emmett.

Él, en días anteriores, había rentado un auto en una estación cercana, y estaba en planes de comprar uno propio para su familia. Aunque pensaba hacerlo cuando estuviesen instalados en California, mientras tanto, utilizaría el Camaro en buen estado, que había conseguido a un precio razonable.

Emmett condujo hasta el lugar de la cita, y Rosalie no paró de hacerle preguntas acerca de cómo era conducir, de dónde lo había aprendido, y quién le había enseñado. Qué cómo funcionaba esa máquina, y otras cosas más, que él estuvo encantado de responder.

Se rieron, la última parte de la conversación. Cuando Emmett comenzó a burlarse de una mujer que había resbalado por causa de sus altos zapatos.

Entonces, a él se le prendió una bombilla en la cabeza, como indicativo de que algo en Rosalie no cuadraba con la seguridad.

—Cariño—le habló, cuando se detuvieron en una esquina, para que una viejita con sus nietos pudiera cruzar la avenida—¿Puedes decirme de que alto son esos zapatos?

Ella le sonrió, y comenzó a acariciarle el muslo con dedos atrevidos.

—Solamente, unos pocos centímetros. Yo puedo manejarlos, y si tengo problemas con ellos, prometo decirte lo más pronto posible.

Emmett suspiró.

—Si es algo no seguro para nuestro hijo, me gustaría hablar acerca de ello…

—Es seguro, Emmett. No voy a caerme, y tendré más cuidado. Solamente hoy, los usé. Sabes de sobra que toda esta semana, he vestido los cómodos y bajos zapatos rojos que me regalaste el domingo. No me los he quitado ni por un solo instante. —Ella le miró a los ojos, y depositó un beso en la comisura de los labios masculinos—prometo comportarme bien.

—De acuerdo—murmuró él, convencido por las palabras y los gestos de su prometida—pero, apenas salgamos de este pueblo, regresaremos a casa y tomaremos tus zapatos más cómodos. O me dejaras comprarte unos nuevos, de cordón y fáciles de amarrar.

—De acuerdo, Bear—rió ella, ascendiendo con su mano, por el grueso muslo de él—pero serán unos que a mí me gusten.

Él asintió. Y Se dejó llevar por la caricia que Rosalie le proporcionaba.

Llegaron pronto al consultorio médico. En cuánto Emmett tomó la avenida W. Fosster, en intersección con Canfield, las ruedas del vehículo, se detuvieron por unos instantes, y mientras el motor terminaba su ciclo de combustión, Rosalie sacó un espejo de su pequeña bolsa roja, y lo utilizó para retocarse.

Emmett contuvo sus deseos de reírse, y en vez, la miró con ganas de besarla.

—¿Se puede saber porque te arreglas el labial? Que yo sepa, solamente vamos al doctor.

Rosalie le regresó una mirada pacífica, y luego de besarle la mejilla, marcando sus rojos labios, le contestó:

—Es importante que la señora McCarthy, este siempre lista ¿Sabes? No sabemos, cuando pueda ocurrir un imprevisto.

Esta vez, él dejó fluir la risa.

—Al señor McCarthy, le encanta la idea de que este siempre lista. Al menos, él, siempre está listo, para cualquier situación que se presente.

Ambos se rieron, ella un poco más tímida de lo normal.

—Será mejor que bajemos, no queremos perder la cita con el bendito doctor.

En los labios de Rosalie, se dibujó una mueca algo inconforme.

—¿No te agrada la idea de venir a un control? —Emmett no pudo evitar preguntarle.

—Si te soy sincera—comenzó, mientras le limpiaba el labial del cachete, con un poco de papel de su bolsa—no me gusta, creo que…tengo miedo. Es decir, no eres tú, quién tiene que abrirse de piernas frente a un hombre distinto al padre de tu hijo.

Él le besó la punta de la nariz, con una sonrisa orgullosa.

—Me encanta que pienses así—murmuró, abriéndole la puerta para que ella pudiera salir—pero en este caso, las cosas son un poco distintas. Necesitamos saber el estado del bebé, es por el bien tuyo y de él, yo no quiero que sufran problemas en el embarazo.

Ella asintió, y juntos se encaminaron a una casona normal. Parecía tener tres pisos, el techo de color terracota, y las paredes de un blanco mortecino. No era un hospital, ambos sabían eso, sin embargo, tenía puertas de fierro, y ventanas híbridas, entre tonos azules y amarillos, lo que colaboraba con la semejanza a un lugar de salud.

Emmett golpeó la puerta, y una mujer de unos cuarenta años de edad lo recibió con un agradable saludo. Le pidió su nombre, y luego les comunicó a ambos el número de cita.

Tomados de la mano, con los dedos entrelazados, caminaron por un amplio corredor con piso de madera, y llegaron a un salón cómodo y lleno de sillones acolchados, en tonos caoba. La espera no duró mucho, y luego de que una mujer embarazada saliese del consultorio, con un grupo de papeles entre las manos, la misma enfermera exclamó con voz de trompeta su número de turno.

Un hombre con rayones blancos en la cabellera negra y una sonrisa innegable, les recibió. Se presentó como el Doctor Jason Jenkins, y les habló de lo importante que era el compromiso de ser padres, antes de tomar los datos de Rosalie en una ficha.

Ella dio su nombre de futura casada, y le respondió al resto de preguntas con total sinceridad. Después de varios segundos, en los que el doctor y Emmett mantuvieran una conversación acerca de los alimentos adecuados, y todas las medidas necesarias para la futura venida de su primogénito, Rosalie pudo recostarse en la camilla y deslizar un poco la cremallera trasera de su vestido, dejando ver retazos de su piel con aspecto de porcelana.

El doctor Jenkins le revisó el vientre, tocándola en puntos importantes, y luego de revisar su estado de salud completo, y escuchar todos los síntomas de ella, les dio un veredicto final. Les aseguró que Rosalie tenía, por lo menos tres meses de embarazo, y que por lo que podía notar, el niño iba a salir igual de agradable que sus padres.

A Emmett el corazón le explotó, como si hubiese estado comprimido en un puño, y tuviese que bombear con mucha más fuerza. No esperó a salir del consultorio para levantar a Rosalie, tomarla entre sus brazos, y plantarle reverendo beso en los labios. Incluso sus manos se grabaron en la cintura de ella, mostrándole que jamás la dejaría ir.

Rosalie tuvo que dejarse llevar por la felicidad de su prometido, pues era la suya misma, en el corazón que ambos compartían. Hundió sus blanquecinos dedos en los cabellos rizados de él, y clavó la otra mano en el inmenso hombro que él poseía.

El doctor Jenkins tuvo que aclararse la garganta sonoramente, para evitar que la pareja diera otro tipo de escenas, no tan aptas ni púdicas para aquella época.

—Disculpe—murmuró Emmett, mientras Rosalie sonreía con las mejillas algo arreboladas—ha sido el impulso de la felicidad.

Jason se rió.

—No se preocupe, el primer hijo que tuve con mi fallecida Mathilda, obtuvo el mismo recibimiento. Así que los comprendo.

—Muchas gracias por todo, entonces. —Susurró Rosalie, tomando su bolsa del escritorio del médico—ha sido un verdadero placer conocerle.

—Igualmente—se despidió él, entregándole una receta a él.

Emmett le miró, y las ganas de comérsela a besos regresaron. Se vio a dos centímetros de fundir su boca con la de ella, pero se detuvo, al comprender que el pago hacia el doctor aún no era realizado.

—Espérame afuera, preciosa—le susurró, besándole el lóbulo de la oreja—termino unas cuentas aquí, y luego compramos el par de zapatos que te prometí.

Ella bufó.

—Estoy embarazada, Emmett. No, inválida.

—De acuerdo—se rió él, besándole la mejilla, y abriéndole la puerta con delicadeza—toma asiento en las bancas de la enfermera, y nos hablamos en cinco minutos.

Después que la cabellera rubia de Rosalie desapareció, el doctor y Emmett mantuvieron una charla de varios minutos, que básicamente consistía en los cuidados que una mujer embarazada debía tener. Ácido fólico, realmente bueno en los primeros meses, nada de sustancias tóxicas cerca a ella, y una alimentación saludable, principalmente compuesta por la ración justa de todos los niveles alimenticios.

Emmett le agradeció al doctor, y luego de guardar un par de papeles con recomendaciones escritas, salió del consultorio, y encontró a Rosalie sentada en la banca que antes habían ocupado.

—¿Nos vamos? —le preguntó ella, con una sonrisa radiante que combinaba con el tono de su cabellera.

—Algo así—sonrió él, tomándola del brazo para sacarla de allí.

Una vez fuera de la casona, él la besó con todas las ansias reprimidas de la mañana, del consultorio, y del auto.

Los labios de ambos danzaban en perfecta sincronía, como si tuvieran un ritmo propio, y disfrutaran de una tonada especial que solamente ellos podían imaginar. Él sentía el embriagador perfume de ella, la esencia de lilas invadiéndole cada poro de la piel, y cada neurona de la cabeza.

La abrazaba fuerte, por miedo a perderla en algún instante, y una de sus manos le acariciaba el cabello, lánguidamente, mientras la otra sostenía su estrecha cintura. Ella tenía ambas manos alrededor del cuello de él, y las puntas de los pies apenas rozando el suelo. Las sensaciones la abrumaban como un maremoto estallando en cada una de sus terminaciones nerviosas. Se sentía volando entre suaves y románticas nubes, queriendo más de cada caricia que él le podía brindar.

Después de varios segundos, ambos tuvieron que separarse por la falta de aire que el beso había provocado, Sin embargo, Emmett descansó su cabeza en el cuello de ella, embriagándose más de su esencia.

—Te amo, Rose—le susurró, antes de depositar un beso en esa zona y mirarla a los ojos.

—También te amo, Emmett—ella se lo decía enserio, con todas las fuerzas que se habían creado por causa del amor voraz que le tenía. Aquel sentimiento que a veces le costaba digerir, por lo mucho que abarcaba en su vida.

Él se rió. Tal vez de la confusa expresión de ella.

—Entonces, conociendo la verdad de nuestros sentimientos, creo que podemos dar el siguiente paso.

A ella, el color y la alegría le volvieron al rostro, y después de besarle una mejilla le preguntó con voz divertida, mientras él le abría la puerta del vehículo.

—¿Nos falta algún paso por dar?

Entonces, antes de darle tiempo a nada, Emmett se arrodilló ante ella, asegurándose de que estuviera cómodamente sentada sobre el sillón de cuero del copiloto.

—Verás—susurró tomándole la blanca mano, para desvestirla del fino guante de cuero—hay un par de cosas que me gustaría hacer, antes de vivir juntos en California.

Ella tragó seco.

Sabía lo que ocurriría, y tenía algo de miedo por la pregunta aún no formulada. Las piernas comenzaron a temblarle como si fueran de gelatina, y las rodillas le dolieron por la falta de inestabilidad.

—Emm…—susurró, con la garganta atorada—tu…yo…nos vamos a casar.

—Bueno—continuó él entre susurros—de mi parte, estoy completamente seguro de ello, pero me gustaría saber tu respuesta.

—¿Qué respuesta?

—Rosalie Lilian Hale, la mujer más hermosa que he conocido, ¿Quieres casarte con un hombre que te ama más de lo que alcanza en su cuerpo? ¿Quieres unir tu vida al ser que terminará con todos los tarros de helado que tus hermosas manos preparen? Quieres….¿Quieres que nos amemos el resto de nuestra vida?

A ella se le comenzaron a escapar las lágrimas, como si fueran ríos de alegría despavorida, fluyendo desde una vertiente mágica que alimentaba las ganas de vivir algo hermoso con el hombre a sus pies.

—Si—susurró en respuesta, sin dudarlo ni por un segundo.

Él le sonrió, mostrando todos los blancos dientes que tenía, y sacó de su bolsillo derecho una caja plateada. La abrió ante los ojos de ella, mostrándole la piedra de rubí más grande que jamás había visto en su vida.

—Te amaré por siempre—le aseguró, colocando la argolla delgada y plateada, en el fino y elegante dedo anular de ella.

.

.

.

Eran las doce del día, la luz del sol más bonita comenzó a caer entre las hojas de los árboles, filtrando gamas nuevas de colores.

A ella le sudaban las manos, y evitaba limpiárselas en la falda del caro vestido de tul.

La tela era tan blanca y hermosa. Los bordes eran dorados, y transmitían tanta tranquilidad y pureza, que al verle de primera mano, supo que aquel era el vestido que usaría para su boda con Emmett.

El corte superior era palabra de honor, y la cintura era estrecha, con un grupo pequeño de ajustes para evitar que el bebé que estaba allí, sufriera algún perjuicio.

Miró la ventana una vez más, mientras los nervios le carcomían cada centímetro de piel nívea y perfumada. Allí abajo, le esperaba el hombre que más amaba, junto con su madre y hermanas, además de la divertida y hermosa Amellie.

Todas lucían bellas, y tenían el grato honor de presenciar la boda más deseada por las mujeres de la ciudad. Sin duda el gran marine, Emmett McCarthy, no era tan sencillo de atrapar como todas creían.

El cielo se mostraba despejado, y las nubes blancas fijaban la segura paz y tranquilidad que su vida con él, poseía. Habían pasado tres semanas desde la propuesta, y según la boca masculina, la casa en California estaba más que lista para recibir a toda la familia.

Solo faltaba el matrimonio, el susurro intangible de Rosalie, confirmando sus sentimientos por Emmett.

Después de un largo suspiro, se revisó varias veces en el espejo, acomodando el cabello largo y rizado que bañaba parte de su descubierta espalda, por corrientes brillantes de oro.

Antes de descender las escaleras, colocó un beso en su palma, y luego posicionó esta sobre el vientre, un tanto más abultado que antes.

"Te quiero, bebé".

Pensó antes de abrirse paso entre las damas de honor, que regocijaban su llegada junto con la marcha nupcial.

Caminó sobre el césped verde y pulcro, escuchando el frenético bombeo de su corazón, sintiendo la fuerte atracción de llegar al altar para murmurar el sí final, y terminar con los fatales nervios que le carcomían el estómago.

Al final de la marcha nupcial, y de la suave alfombra de tul, le esperaba un padre con anteojos de antaño, y una calva pronunciada. Y por supuesto, su sonrisa favorita.

Emmett estaba allí, mirándola como si fuera la mejor cosa del mundo. Lo que más amaba ante el resto de personas. Le sonrió con ojos grandes y abiertos, y luego le extendió la mano en señal de aceptación.

El resto, fue totalmente sencillo.

Los nervios se le disiparon en su compañía, y la ceremonia resultó más hermosa que nunca, con una novia segura de si misma. Y aunque solamente habían siete invitados, a partir de los novios, la música y la comida fueron suficientes para que hasta el cura lo disfrutara, como nunca antes.

Rosalie conoció al mejor amigo de Emmett, Edward Cullen, y su esposa Isabella. Entabló una amistad pronta con ella, y luego de varias horas bailando con sus hermanas, cuñadas, y el padre que ofició la misa, ambos decidieron despedirse, con un entusiasmo propio de los señores McCarthy.


Hola!

Agradecimientos especiales a: gabyhyatt. Denisse-Pattinson-Cullen.

Si están leyendo esto, es que fanfiction me dejo subirlo. Humm, parece que el cap anterior no les gusto mucho U_U, pero de todas formas, muchas gracias a todas las niñas lindas que lo leyeron, y las pocas que comentaron el capítulo. Es muy importante para mí saber si les gustó o no, aunque esto lo hago por divertirme un ratito yo, XD. Quiero contarles, que solamente nos queda el epílogo después de este cap *lágrima que corre*y ¿Quieren lemmon en el último cap? Sé que la historia es M, pero me ha salido una pareja más dulce que cualquier otra cosa, así que ustedes deciden. Espero que me respondan, sale?

*Tengo formspring! Pregunten lo que quieran.

*Samantha McCarty, muchas gracias por ayuda nena, eres todo un sol!

*En mi perfil, está el vestido de novia de Rosalie, y todo el traje rojo, partiendo del sombrero hasta los zapatos. Visítenlo!

*Muchas gracias por sus comentarios, no se olviden de contarme lo que sea que piensen de la historia. Aún cuando sea algo como, mejora esto u lo otro. Me gusta leer también a las lectoras fantasmas! Así que avientense, que al final del fic, habrá una mención especial para todas las que se hayan manifestado!

Muchos besos

valhe