Los personajes pertenecen a la maravillosa Stephenie Meyer, yo solo deje fluir mi imaginación creando una historia un tanto diferente.
—Epílogo—
Emmett sabía que para la luna de miel, debía preparar algo grande.
No solo era un viaje, era el primer viaje con su esposa. Y debía ser algo tan maravilloso como ella, tan grande y perfecto como su hijo, y tan fuerte y emocionante como el amor que se tenían.
La casa de California, era cómoda y apta para ellos dos, sin nadie allí, ni familia ni hermanas. Solamente ellos dos, con ganas de tener más besos el uno para el otro, más caricias, y más palabras amorosas hacia el prometedor futuro que tenían entre manos.
Por ello, él se opuso a que Rosalie viera la casa antes de tiempo. Si bien, era grande, tenía las habitaciones suficientes, y el jardín maravilloso que ella soñaba, también tenía otras áreas, aptas para el estudio de sus hijos, o el de ella misma, pues si el deseo de Rosalie era seguir estudiando él no podría impedírselo.
Una de las cosas que más le gustaba del lugar, era el gran balcón que todas las habitaciones poseían para ver el horizonte, donde el inmenso océano se combinaba con el ancho e infinito cielo que recubría la cálida ciudad. Y el otro secreto, que aún no era capaz de revelarle a su flamante esposa, era la cómoda y romántica cabaña que se situaba a varios kilómetros lejos de la casona, entre una especie de bosque tropical, con muchos árboles frutales y plantaciones de café, realizadas por los pocos cubanos y mexicanos que caminaban sobre esas tierras, como empleados.
Y era justamente allí, donde todo lo que él tenía preparado se llevaría a cabo. Entre la fragancia instintiva del chocolate y la vainilla, la fuerza de las frutas exóticas, y el sabor exuberante de la piel de su nueva y amada esposa. De la única mujer que poseía su cuerpo y su alma por completo.
Habían tomado el tren en horas de la tarde. A eso de las siete de la noche, Rosalie dormía plácidamente, recostada sobre el ancho hombro de su esposo. Mientras, él pensaba en todas las cosas que tenía planeado, para pasar un tiempo fenomenal solo los dos.
Tenían maletas listas, con ropa de playa acogedora y práctica para el embarazo. Y aunque el viaje duraba al menos un día, Emmett no se detuvo a pensar en ello cuando decidió que su luna de miel sería en el lugar donde pasaría el resto de su vida, solamente quería llegar a la cabaña que tanto le había gustado, dormir dos horas, alimentarse bien, y pasar el resto de su tiempo con Rosalie.
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A la mañana siguiente, después de sentir los músculos agarrotados, y las piernas amortiguadas por la misma posición durante más de ocho horas, Rosalie se levantó y caminó un par de metros hacia el vagón de las señoritas azafatas, pidió un par de desayunos americanos lo más rápido posible, y regresó a su vagón, con ganas de tomar un vestido cómodo y terminar con aquella tortura de zapatos altos. Ahora, el cuerpo le pesaba más por causa del bebé.
Observó cómo Emmett dormía como un niño, enroscado en lo que quedaba de la frazada que los había resguardado a ambos por la noche. Notó que su respiración era regular, y tenía la nariz hundida entre los almohadones que había conseguido el mismo, la noche anterior.
Se preguntó si causaría mucho problema, el mudarse de ropa delante de él. La fila para entrar al baño del tren era interminable, y los pies no aguantaban un segundo más sobre los tacones. Tenía que hacer algo al respecto, o terminaría con un humor de perros el primer día de su luna de miel.
Regresó la vista a Emmett, y notó que tenía los ojos completamente cerrados, incluso dejaba escapar el aire por la boca, como si fuera un pequeño bebé buscando descansar. Entonces decidió que el sueño era muy pesado en él, y un par de segundos cambiándose de vestido y ropa interior no alterarían nada a un Emmett completamente dormido.
Luego, haría la infinita cola para el baño, buscando asearse y terminar de arreglar su cabello.
Abrió la maleta que contenía su ropa, y con cuidado desató un conjunto adecuado para el tramo de viaje que aún faltaba por recorrer. Tomó un conjunto de ropa interior color palo de rosa, un par de zapatos en tonalidades violeta, y suspiró.
Emmett era su esposo.
Habían pasado muchas cosas juntos para llegar a ese punto. Y ella deseaba obtener esa felicidad, y mantenerla dentro de su cuerpo, por mucho más tiempo.
Trató de asimilar la vergüenza que carcomía sus mejillas, por tan solo pensar en desnudarse en las narices profundamente dormidas de su esposo. Respiró varias veces seguidas, acarició su vientre unas pocas más, y se decidió a hacerlo, antes de que su hombre despertara, y arruinará toda la valentía que había logrado recurrir.
A fin de cuentas, pensó ella, la fila para utilizar el baño era mucho más larga que lo habitual.
La mudada de ropa que había utilizado de pijama, era un conjunto blanco que fácilmente pudo deshacer. Cuando tuvo la camisa fuera, tomó los delicados tirantes del brasier con encajes en las copas, y se lo colocó con mucho cuidado y vergüenza, controlando en todo momento la pausada y seguida respiración de Emmett.
Entonces, tomó la blusa blanca y sin mangas, parte del conjunto, y se la colocó con rapidez, deslizándola sobre su cuerpo. No le prestó atención al nudo en su cuello, simplemente se ocuparía de él después. Con rapidez, se abotonó el suéter color uva cerrando el tórax.
Deslizó la cremallera de su falda tratando de no provocar ruidos. Y cuando la tuvo fuera, tomó los anchos pantis, con enlaces al liguero que venía en el conjunto de lencería. La falda formaba un círculo perfecto a sus pies, y estos estaban en directo contacto con la superficie de madera recién lustrada del piso de la cabina.
Después de suspirar, deslizó la suave tela de los pantis fuera de su cuerpo, y al mismo instante se colocó los nuevos. No tardó tiempo en ligar con delicadeza las cintas que modelaban a sus muslos, y cuando terminó con aquella parte, dejo salir un suspiro de satisfacción.
Y a pesar de que Emmett seguía dormido, pudo escuchar el atronador ruido de la puerta al abrirse de manera abrupta.
Se giró, para enfrentar a un hombre con el tono de piel más pálido de lo normal, el traje de botones arruinado, y la vista fija en el hombre grandulón que se despertaba, al tiempo que Rosalie se cubría con la falda lo que alcanzaba de las piernas, y chillaba como una loca desesperada.
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Emmett no recuerda de manera clara lo que ocurrió, simplemente que abrió los ojos y encontró a las hermosas y perfectas piernas de Rosalie, desnudas ante un hombre que parecía ser el botones, pero tenía cara de pervertido. Aún al contrario del color de su pálido rostro.
El grito de su mujer resonaba por todo el corredor. Y las mejillas sonrojadas de la rubia, delataban a la falta de respeto del muchacho, y del carrito proveedor de dulces que se filtraba en su habitación.
Se levantó de golpe, y tomó con una sola mano, el cuello débil del lánguido y asustado muchacho.
—¡Lárgate! —le gritó, con todas las fuerzas de sus pulmones—¡Pobre pervertido! ¡Aleja tu asqueroso cuerpo de mi cabina!
Consiguió notar que el hombre balbuceaba, y sudaba más de lo normal. Incluso parecía que lágrimas se formaban en sus aturdidos y asustados ojos.
—¡Lárgate de aquí! —rugió, aventando al muchacho por la puerta semi-abierta de la cabina. El sujeto cayó de rodillas en el corredor, y de repente junto sus manos en un gesto desesperado.
—¡No me mate! —suplicó el hombre, con las lágrimas deslizándose de sus ojos—¡Tengo cinco hijos! ¡Y ni siquiera me he casado!
Emmett le miró, con los ojos entornados. No entendía las palabras que salían de la boca de aquel hombre.
—¡No te vuelvas a acercar! —le gruñó, antes de aventar la puerta ruidosamente. Dejando al par de recién casados encerrados en la cabina.
Él notó que Rosalie temblaba de miedo. Tenía los ojos cubiertos de lágrimas, y las manos que aferraban con furia la falda de cuadros, mostraban nudillos blancos. También las piernas le temblaban, y las rodillas parecían resquebrajarse a cada instante.
—T…te jur..o—sollozó ella, con las mejillas bañadas en llanto—qu..e no…
Él sonrió. Y comenzó a respirar pausadamente, desempuñó las manos, y permitió que una ola de aire escapara de su cuerpo, junto con toda la furia que pudo acumular en el encuentro con aquel hombre pervertido.
—Tranquila, mi vida—murmuró, acercándose a ella a paso lento, para después abrazarla con la mejor de las delicadezas. Ella se dejo ir en los brazos de él, y no lo soltó hasta que hubo calmado sus sollozos.
—Tú no has hecho nada ¿Verdad? —le preguntó él, besándole los cabellos, y las sonrojadas mejillas.
Rosalie asintió.
—La fila del baño estaba muy larga—explicó, mientras Emmett le limpiaba los resquicios de lágrimas con besos—y decidí cambiarme en la cabina. De hecho, ya lo había conseguido, solamente me faltaba la falda…y entonces…
Ella le miró con los ojos más amorosos del mundo. Y él, sin pensárselo dos veces, la besó con todas las ansias reprimidas desde la boda.
Emmett sintió las manos de Rosalie en su espalda, sintió como cada dedo se colaba por la camisa, y se aferraba a él con toda la fuerza del mundo. Él la levantó con mucho cuidado, y la siguió besando, hasta que el aire de sus pulmones se hubo esfumado, y tuvo que recurrir a acariciarle lánguidamente el cuello con sus labios.
La rubia suspiró.
Su esposo había mostrado una de las facetas más violentas que jamás había visto, pero con ella seguía siendo el mismo pan dulce de siempre. Y eso solamente lo lograba el amor.
—Me gustaría—susurró él, con cierta voz ronca, tintada de lujuria—que te colocaras la falda, lo más pronto posible.
Ella se rió, y le besó el lóbulo de la oreja.
—Tenemos mucho tiempo para eso, Emm.
—Lo sé—susurró él de vuelta.
Se sonrieron, y de la nada, Rosalie comenzó a reírse desaforadamente.
—¿Puedo saber de que se ríe, señora McCarthy?
—Has visto…—hipó, con la mayor de la sonrisas en los labios—ese hombre…pensaba que lo…ibas a matar. —Soltó una carcajada aún mayor—¡Lo has…asustado!
Él le acompañó en las risas durante varios segundos, y después de que Rosalie consiguiera utilizar el baño, y terminar de arreglarse. Fueron juntos a desayunar, tomados de la mano como unos recién casados.
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Cuando llegaron a la cabaña, Rosalie se sintió maravillada. El lugar era más hermoso que cualquier otro que pudo haber visitado, cuando aún era una niña y su padre vivía llevándosela de viaje, a todo lado.
Le encantaron las fragancias tropicales de las frutas, los colores brillantes de las nubes blancas, del cielo azul y las palmeras verdes. Amó sentir la brisa golpeando sus pies con mucha delicadeza, y la fuerza de las olas arrastrando a cualquier impedimento que se interponía en su camino.
Cuando llegaron a California, pasaron las primeras horas caminando por una cerca, alrededor del fresco mar. Emmett no paraba de hablarle de lo mucho que le gustaría el pueblo, la gente, y las diversas aventuras que podrían vivir allí. Le contaba de los años que vivió en esa ciudad por causa de su padre, y de la felicidad que sentía cuando jugaba libremente con el mar y la arena filtrándose entre sus dedos.
Y luego de almorzar en un bonito lugar que él conocía, llegaron a la cabaña donde pasarían su luna de miel.
Rosalie apreció el trabajo de Emmett por colocar la decoración adecuada en las habitaciones de la cabaña. A pesar del carácter rústico, había una chispa de calidez y frescura que convertían al lugar en un punto relajante, fantástico.
La pequeña casita tenía solamente dos habitaciones, un baño cómodo y una pequeña cocina, pero Emmett le aseguró que no tendría que preparar ninguna comida si así ella lo deseaba.
Ya cuando el crepúsculo se acercaba, ambos se retiraron al dormitorio, abrazados y con las ganas de sentir la piel del otro, en límites inimaginables.
Durmieron un par de horas, con los brazos del otro como cobijo, y se refrescaron al despertar con la fresca brisa, que se filtraba por la ventana principal del dormitorio en donde descansaban.
Rosalie tenía deseos de hacer algo, desde hace mucho tiempo. Pero como sabía que Emmett no quería forzarla a que nada pasara, decidió ella tomar el primer paso para que la contienda iniciara.
—¿Emmett? —lo llamó, mientras sus habilidosos dedos se deslizaban hacia la cremallera trasera de la falda.
—¿Si cariño? —respondió él, brindándole una sonrisa reconfortante.
—No te has puesto a pensar…si esta es nuestra luna de miel, ¿No sería correcto hacer lo que todas las parejas hacen en estos viajes?
Él se rió, y le abrazó la cintura con mucha delicadeza, acortando la distancia entra ambos cuerpos.
—¿Qué es lo que hacen todas las parejas? —le preguntó, mientras sus dedos detenían los inútiles dedos de Rosalie de deshacerse de su falda.
Ella bufó, y retiró la mano dejando su espalda a merced de él.
—Verás…se entregan el uno al otro. Se aman Emmett. —Ella se explicó, y hundió su rostro en el confortable pecho de él, donde fue depositando pequeños besos, desde el centro del tórax hasta el cuello.
Él se estremeció.
—Yo ya te amo, Rose. No necesito hacer nada para comprobártelo. Incluso, tenemos un hijo, por nuestras…pruebas. —él también comenzó a besarle el cuello, con delicados movimientos de sus labios sobre aquella zona.
—¿Tú…no quieres…estar conmigo? —le preguntó, deteniendo sus besos en el rostro pulcro de él, observando como la sonrisa de Emmett se hacía más grande a cada segundo.
—Quiero estar—ronroneó él, abrazándola más, y eliminando el espacio entre ambos para siempre. Ahora, ella podía sentir cada botón de su camisa, incluso sentía el roce de los calcetines de lana de Emmett, con sus delicados y libres pies. —Contigo, quiero estar hasta el final, pero…
Él se detuvo varios segundos en su plática. Ella en respuesta, le besó los labios de manera tímida, y le sonrió con los ojos.
—¿Pero?
Emmett bufó.
—Pero no quiero hacerte daño—susurró, besándole cada centímetro de piel que se mostraba ante sus ojos—Te amo mucho, más de lo que puedes imaginar, Rose. Y no quiero que tu y el bebé salgan dañados. Son muy importantes para mí, no te imaginas cuanto, y…
Ella le detuvo, silenciando su verborrea con sus dedos índice y corazón.
—Le pregunté al doctor—confesó con las mejillas algo sonrojadas—si tu y yo…le dije que si… podíamos estar juntos. Y él dijo que no habría problema los primeros meses, hasta el quinto o sexto. Luego, tendríamos que abstenernos, para el bien de nuestro hijo.
Él se carcajeó, y depositó un suave beso sobre la punta de la nariz femenina.
— ¿En realidad lo hiciste?
Rosalie asintió, ondulando su larga cabellera rubia, ante los ojos desorbitados de su esposo.
—Creo…creo que para ti, es algo…imp…importante—titubeó, mirándole con ojos enamorados.
—Es importante para mí, Rose. Solamente si es importante para tí—murmuró él, besándole la clavícula sobre la tela, y parte del hombro descubierto.
Ella tembló, y decidió que si estaban casados, debían tener confianza entre ellos dos.
—Yo quiero, Emmett—aseguró ella, acunando el rostro varonil con suficiente fuerza—quiero sentirte en mí. Quiero saber que soy tu mujer, que nadie más lo es. Quiero volver a sentir esa calidez tan bonita, que solamente siento cuando estoy en tus brazos…es como… estar en casa. En mi hogar, en el lugar a donde pertenezco.
Él suspiró.
—También siento eso, Rose. Cuando estoy contigo, no quiero nada más que volver a tenerte entre mis brazos, hasta que el día y el mundo se terminen. —le besó la boca, con amor y pasión, delineando el contorno de sus labios con mucha necesidad, y comenzó a juguetear con el borde la blusa veraniega, con dedos finos y delicados—Si estoy dentro de ti, no quiero perderme tu calidez nunca. Eres lo que más amo en el planeta, mi vida.
—¿Entonces que te detiene para avanzar? —le preguntó ella, jadeando por los repentinos masajes de él en el ardiente abdomen de ella.
—No quiero…equivocarme. Esta vez, vamos a ser uno por lo que me queda de vida, y si cometo algún error contigo…—Emmett bufó, y ella le acunó el rostro con ambas manos—no puedo quitarme de la cabeza, lo que debieron ser tus pensamientos la mañana siguiente a tu primera vez. Me siento…—la miró fijamente a los ojos, y se perdió en la candidez del hermoso violeta que sus iris poseían—si te confieso algo—murmuró, después de besarle los labios, dejando entrever su necesidad imperiosa por tomarla allí mismo, con cierta presión en la ingle femenina—desde que te volví a ver, las ganas de comerte a besos corrompieron a mi cabeza. Cuando fuimos a ver al doctor Jenkins, ese vestido rojo terminó con la sensatez que se había instalado en mi cuerpo, y durante varios segundos solo pensé en tomarte. Pero me contuve porque merecías respeto. Ese respeto que yo no te había dado cuando fuimos novios.
— ¿Entonces se te fueron las ganas? —preguntó ella, con el rostro hundido en la curvatura del hombro de él.
Emmett consiguió escuchar el sollozo, entintado por la decepción.
Él suspiró, y después de besarle el cabello, los omóplatos, y el hombro hasta el codo, le pidió en un susurro que regresara la vista hacia él. Rosalie le miró, con el cuerpo temblando por las sensaciones que acababa de experimentar en sus brazos, y luego de que él le sonriera con gestos de temor en su rostro, la sonrisa femenina se convirtió en una mueca de llanto, y la rubia salió de la cama en un salto. Aún con los pies desnudos y la blusa algo desarreglada.
—No necesito tu lástima, Emmett—murmuró, mientras las lágrimas caían por su rostro. A pesar de ello, mantenía la barbilla en alto, y los ojos clavados en los de él—yo te amo, pero no necesito rogarte para esto…es…es algo que todas las parejas quieren—prosiguió, arreglándose la blusa con manos temblorosas.
Emmett la miraba atónito desde la cama, con los ojos desorbitados y la boca formando una pequeña "O".
—Estaré en la otra habitación, y cuando tenga sueño regresó—murmuró ella, con las rodillas a punto de quebrársele. Le dio la espalda y caminó tres pasos hacia la puerta, giró la perilla con cuidado, y dolor en todo el cuerpo, no siendo más que un reflejo de las sensaciones de su alma.
No sabía ni porque salía de esa habitación en el estado en el que se encontraba, pero sabía que la humillación estaba calando en lo más profundo de su ser. Todo por causa de Emmett. Él la amaba, la quería mucho, y deseaba el hijo que ella llevaba en su vientre, pero no la quería a ella en su cama. Y a pesar de los muchos esfuerzos que estaba haciendo por no desbaratarse delante de él, le resultaba bastante difícil conseguir mantenerse en pie.
Le dolía la reacción poco masculina de su propio esposo hacia ella.
Parecía ser, que a él no le importaba la reacción de ella, porque Rosalie pudo salir del dormitorio principal, e incluso caminó varios pasos hacia el salón, con el golpeteo de sus dedos desnudos contra el suelo cálido y de madera.
Encontró el sofá principal de la cabaña, y se aovilló allí, con las manos cubriéndole el rostro y los pies temblándole por la fría pero fresca brisa que entraba por la ventana a sus espaldas.
Cerró los ojos unos segundos, y pensó en dormir como la solución más eficiente. Así que suspiró, y comenzó a pensar en lo feliz que haría a su hijo crecer en una familia completa. Cuando un sollozo de sus labios escapó, en busca de desahogo, sintió como una fuerte mano la levantaba del lugar en donde reposaba.
—Abre los ojos—habló una voz ronca, mientras la mano que quedaba libre ataba su cintura a la pelvis del hombre.
Ella obedeció, temiendo en un inicio el profundo enojo que encontró en la forma en que Emmett la llamó.
—Nunca más—murmuró él, mientras deslizaba la cremallera de la falda con sumo cuidado—vuelvas a dejarme solo en nuestro dormitorio. Nunca más, Rosalie.
Ella respiró, por primera vez en unos cuantos minutos. Pero se decidió a no darle tregua, después de todo no era culpa de ella. Le miró a los ojos, y los encontró algo oscurecidos, incluso tenía los labios hinchados, y la nariz dilatada. Evitó a toda costa perderse en la mirada masculina, y a cambio, sintiendo como las habilidosas manos de él deslizaban la tela de su falda, y estaba chocaba contra el suelo, le respondió con la voz que encontró dentro de su cuerpo.
—Fuiste tú—susurró la rubia, conteniendo la respiración al sentir el viento frío rozar sus muslos semi-desnudos—quién decidió que después de embarazarme, ya no te resultaba atractiva.
Emmett bufó, y colocó su gran mano sobre el glúteo derecho de ella, fundiendo amabas carnes, y sintiendo el hermoso calor que ella desprendía. Rosalie pegó un respingo, y por miedo a perder el equilibrio, ató sus brazos alrededor del cuello grueso de él.
—No me dejaste hablar, Rosalie—contestó él, juntando ambas frente, y tentando al autocontrol de los dos al mismo tiempo—simplemente decidiste tú. —Él se aclaró la garganta, y comenzó a masajear la zona donde su mano descarada reposaba—¿Recuerdas la primera vez que te toqué? Estábamos en mi casa, cenando con mi madre, para tus padres. Y besándonos como locos adolescentes, para nosotros y todos mis vecinos.
Ella asintió, y tuvo que morderse la lengua, antes de aceptar que la forma en la que él la tocaba era maravillosa. El cosquilleo intermitente en su estómago no se detenía por nada del mundo, y el temblor se había convertido en algo propio para sus pantorrillas.
—Bueno—continuó él, depositando besos cortos sobre el cuello y mandíbula de ella, su otra mano había abandonado la muñeca de Rosalie, y ahora se encargaba de levantar la blusa con cuidado y sensatez—esa vez, pude detenerme, porque sabía que terminaría casándome contigo. Pero me sentí un completo pervertido—susurró, mientras la mano de la zona trasera abandonaba su labor, y colaboraba con la otra para arrancar a la maldita prenda, lejos del cuerpo de su esposa.
Ella movió la cabeza, y permitió que la blusa saliera de su cuerpo. Segundos después, el abrazo retornó, y él hundió su cálida boca en el cuello de ella.
—Pero esta vez es diferente ¿No? Ahora eres mi esposa, y estás ansiosa porque tome posesión de lo mío ¿No es así? —cada sílaba que escapaba de sus labios, sonaba como miel dulce ante los oídos de Rosalie. Y mientras ella procesaba sus palabras, Emmett lamía y mordía cada centímetro de piel con la mayor de las dedicaciones. Una mano se había desplazado al broche del brasier, en la zona de la espalda, y los dedos toqueteaban la piel con mucho cuidado alrededor del cierre, como si quisiera jugar con la cordura de la rubia. La otra, estaba de nuevo en sus glúteos, acariciándolos y jugando con ellos, como si deseara apretarlos de un solo golpe, y tenerlos preparados para el impacto.
Y así lo hizo, dos segundos después de que la rubia no contestara, Emmett junto su pelvis con la de ella de manera brutal, mientras su segunda mano se trasladaba a la cadera de su mujer.
—Responde—exigió, deteniendo sus besos en la zona del cuello, y mirándola con decisión y lujuria en los ojos. Notó que la tonalidad violeta de los ojos de su esposa, se tornaba azul oscuro con mucha más rapidez. Ella rodó los ojos, desesperada por sentir los labios de él de nuevo—Háblame Rosalie, ¿Quieres que tomé lo que es mío?
—Si—susurró ella, enroscando sus piernas en la cadera de él, y frotándose descarada, como él mismo le había enseñado hace algunos meses. Ni siquiera necesito pensar en la respuesta adecuada, eso era algo que ella ansiaba.
Emmett rugió, y comenzó a caminar hacia atrás, con pasos desorientados. Mientras sus besos carcomían el inicio de los níveos pechos de su mujer, impidiendo que llegara a tocar el resto por causa del tenue brasier color rosa, que le daba un aspecto realmente inocente a su Rose. Cuando llegó a la puerta del dormitorio principal la abrió de una sola patada, y aventó el dulce y curvilíneo cuerpo de su mujer contra la cama.
Rosalie le sonrió, mientras extendía sus brazos hacia él, y su esposo le correspondía, desesperado por quitarse la camisa de un solo tirón.
Ella rió, por primera vez en la toda la torturada noche, e ignorando la humedad naciente entre sus piernas, jaló el cuello de la camisa de su esposo, y comenzó a desabotonarla con cuidado y delicadeza, rozándole el pecho a propósito. Él no aguantó, y de golpe hundió sus manos entre el cuerpo de ella y la colcha, buscando el cierre del brasier, mientras sentía que los pensamientos coherentes desaparecían de su mente a la velocidad de la luz.
En cuanto la prenda estuvo fuera, él contempló ensimismado a los montes erectos que se presentaban frente a sus ojos. Rosalie sufrió de un escalofrío por el viento que le rozó las puntas sin delicadeza, y él, impulsado por el temblor de ella bajo su cuerpo, acercó la boca a uno de ellos y comenzó a realizar su labor disfrutándolo mucho.
Las manos de Rosalie abandonaron la camisa de él al instante, y de su boca comenzaron a salir extraños sonidos que Emmett reconoció como jadeos y gemidos. Al contrario, los dedos femeninos se hundieron en la mata de rizos de él, y ella comenzó un vaivén como Emmett le había enseñado la primera vez. La rubia le guiaba la cabeza hacia el lugar que requería de su atención, y mientras, sus piernas de manera instintiva se habían afirmado a la cadera de él, esperando algo que llegaría en menos de lo que ella imaginaba.
—Te amo—gimió ella, moviendo su cadera en un roce provocativo para él. No podía pensar en nada coherente con Emmett cerca, haciendo esas fabulosas cosas con su lengua y besando piel tan delicada, de una manera tan deliciosa. El cúmulo de sensaciones y placer que sentía ella, en el centro de su vientre eran fabulosos. Y él parecía estar en una situación parecida, por la forma en que gruñía mientras le besaba el pecho.
—También yo te amo—jadeó él, cuando consiguió mirarle por varios segundos. Ambos trataban de controlar el calor profundo que sentían en cada centímetro de su piel, y ella sacudía su cuerpo contra el de él, en busca de fricción que lograra calmar el cosquilleo que sentía en aquella zona. La humedad presente en sus piernas era la señal suficiente de que pronto todo terminaría. Y aquella desesperación y ansia por no saber qué hacer, desaparecería con el paso del tiempo, y de las hermosas caricias que su esposo le proporcionaría.
Sin embargo, en ese momento no conseguía obtener ideas conjuntas, no lograba armar palabras coherentes mientras él le besaba el vientre con cuidado, y deslizaba su boca hacia el lado interno de sus muslos. Emmett había alejado el panty hace un par de segundos.
Se convulsionaba como una loca, y empuñaba la colcha entre sus manos. Gimiendo cosas sin sentido, y sintiendo como los rizos de él le rozaban sin temor alguno los pliegues internos.
Emmett levantó el rostro para verla, y la encontró con los ojos bien abiertos, mirándole a él con deseo y pasión.
—Es solo…—susurró él, besándole el lado interno de su muslo derecho—una prueba mi vida, para saber si estás lista.
—Oh Dios, estoy lista Emmett. Por lo que más quieras…Estoy lista.
Emmett se rió, y el sonido envió ciertas vibraciones ahí, provocándole que se removiera inquieta, mientras aguantaba unas ganas inmensas de clavarle las uñas a la fabulosa y bien formada espalda de él.
No sabía en qué momento se había deshecho del resto de la ropa, pero verlo completamente desnudo, y suyo, era una de las cosas que jamás olvidaría en su vida.
Emmett no le dejo de ver, mientras introducía su dedo pulgar en ella, causando que Rosalie gimiese por la sensación.
De nuevo la burbuja en su estómago, tratando de explotar sin conseguirlo.
Él movió su dedo con facilidad, empujando hacia adelante y atrás para conseguir que Rosalie moviera su cadera al ritmo que le marcaba. Su esposa jadeaba desesperada, y balanceaba la pelvis y las piernas a un ritmo incontrolable.
—Por favor…—susurró ella, y él no pudo esperar más.
Gateó hasta posicionarse sobre ella, y colocó cada pierna femenina y bien formada alrededor de su cadera. Le retiró con una mano los cabellos rubios fundidos con la transpiración, que cubrían parte de sus hermosos ojos, y después la besó.
De una manera distinta y especial, como nunca antes la había besado.
Comenzó recorriéndole los labios, las mejillas internas, el paladar, cada estructura que encontraba cerca era amada y sentida por la talentosa lengua de Emmett. Luego, y con mucho cuidado, colocó una mano en el cabecero de la cama, y sin dejar de mirarla a los ojos le separó un poco las piernas.
Rosalie contuvo la respiración, y luego lo dejo entrar. Sintiendo como él formaba parte de ella, centímetro a centímetro. Con mucho cuidado, amando cada instante. Y en cuanto lo tuvo dentro de ella por completo, jadeó al comprender cuán maravilloso y perfecto era.
—¿Estás bien? —preguntó él, con una voz ronca y estrangulada.
—Oh…sí—susurró ella, atando sus manos al cuello de él.
A pesar de la incómoda posición, ella sintió que Emmett le besaba la cabeza con amor, y en respuesta, la rubia depositó un beso sobre el bien formado pectoral de él.
—¿Con…Continuo?
—Por favor—respondió ella, juntando ambos cuerpos. Sintiendo cada centímetro de la piel de su esposo.
Emmett comenzó una serie de embestidas lentas y torturantes, moviéndose dentro de ella al ritmo de una suave canción que buscaba recomponer en su cabeza. Rosalie sabía lo que estaba haciendo, porque la primera vez juntos él se había controlado mucho, y tal vez no había disfrutado tanto como ella.
Pero esta vez era distinta. Rose lo quería salvaje, entregándole a su esposa todo lo que tuviera para dar.
—Más fuerte—le susurró con una voz aguda y delgada, mientras le besaba el lóbulo de la oreja.
Emmett quiso negar con la cabeza, pero Rosalie, conteniendo un gemido que comenzaba a brotar de su pecho después de un movimiento delicioso de su pelvis con la de Emmett, le besó en la comisura de la boca, y él rugió en respuesta.
—Más, Emmett—gimió ella, sintiendo como sus paredes se cerraban en torno a él.
Él comenzó a aumentar su ritmo, sin poder aguantar la deliciosa y placentera presión que ella ejercía entre sus brazos. No quería hacerle daño, era el único pensamiento que tenía claro en la cabeza, y Rosalie con sus gemidos y jadeos no lo ayudaba en casi nada.
Una a una las embestidas se volvieron rápidas e incontrolables, marcando un ritmo incesantemente delicioso. Emmett la llevó al borde de la locura haciéndola sentir el mayor de los placeres mientras ambos corazones latían con perfecta sincronía corroborando su amor, todos aquellos sentimientos que durante meses se vieron escondidos y presos de un dolor provocado, ahora se liberaban por cada poro de sus cuerpos emergiendo a la superficie.
—Oh Dios—gimió la rubia, hundiendo sus uñas en la blanca espalda de él—así Emmett, un poco más.
Ella sentía que reventaría por causa del placer que su esposo le proporcionaba. Tenía las puntas de sus pies totalmente amortiguadas por el cúmulo de sensaciones. No podía pensar, solamente quería disfrutar del tacto de Emmett, y la forma en que se movía dentro de ella.
La cabeza le iba a estallar, y el cuerpo le comenzó a temblar incontrolablemente.
De repente, sintió cerca el hecho de que la burbuja se reventaría, y arqueó su espalda, permitiendo que el impacto de la penetración fuera mucho más placentero y doloroso.
Y con un par más de embestidas finales, ambos gimieron y explotaron, dejándose llevar por los temblores finales que recorrían sus cuerpos como rezago del último orgasmo. Se besaron con tan solo un roce cuando Emmett cayó sobre ella, dejando el cuerpo de Rosalie recostado por completo.
—Nunca dudes—susurró él, mientras la recostaba bajo el edredón, abrazando a su desnudo cuerpo—que te deseo, y que te amo con todas las fuerzas de mí ser.
Ella asintió, y entrelazó sus piernas con las de su esposo.
—Solamente quería algo especial para tí—continuó él, besándole los párpados que caían por el peso de las emociones del día—flores en el piso, y velas aromáticas por todo el lugar.
Rosalie se rió, y hundió su cabeza entre la almohada y el pecho de Emmett.
—Me encantó todo, como fue— un bostezó escapó de sus labios, y luego cayó atrapada en las redes del sueño.
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Emmett y Rosalie vivieron en California muchos años, hasta que cumplieron 89 y 80 años, respectivamente. Tuvieron dos gemelos y una nena, aparte del primogénito, que resultó siendo niño. Vieron crecer a sus nietos, y se abrazaron hasta la última noche de sus vidas, cuando sintieron el agridulce peso de la muerte. Aún cuando la felicidad primó durante toda la eternidad de su amor.
Fin.
Hola!
Agradecimientos especiales a: Tania XD. DcullenLove. Denisse-Pattinson-Cullen. Gabyhyatt.
Chicas, quiero agradecerles profundamente que hayan seguido la historia, y la apoyen. Es un minific que tenía ganas de escribir, y gracias a ustedes lo he conseguido. XD Emmett y Rose siempre vivirán en mi cabecita como una linda pareja de los años 50, así como me los imaginé me parecen muy tiernos. Aquí tienen un lemmon, por el que realmente me esforcé. Ojala y me haya quedado medio alaja:D La ropa de Rosalie está en mi perfil, igual que la portada y anexos de capítulos anteriores, ojalá y se pasen por ahí. Muchas gracias por sus palabras hermosas, y por las niñas que siempre me echaron ganas para seguir les gustó en algo como escribe esta humilde servidora, pueden pasarse por el resto de sus historias, y por un par de fics nuevos que subiré dentro de unos días, si Dios quiere.
*No se olviden de dejar sus reviews, para despedirse de Bittersweet con honores. Vamos, que a quién deje unas palabritas, le entregó un regalito por PM...¿Sale?
*Por favor, pásense por mi nuevo one-shoot, With Love. Un Rosemmett, muy divertido. Inspirado en el vídeo de Hilary Duff de la misma canción. Kellan caliente!
Muchos besos y un agradecimiento profundo por haberme leído.
Valhe
